LA LLEGADA


 

    

               CRAZYWORD I

                  LA LLEGADA

 

Desperté, o más bien volví en mí, en plena noche. Me encontraba atrapado entre los hierros de un coche, que supuse mío. Aunque más bien debería decir que se trataba de un acordeón sin techo –era un deportivo descapotable-  directamente empotrado en el grueso tronco de un árbol.

 

No recordaba nada. Deduje que yo era el conductor, que me gustaba correr y que el accidente era estadísticamente muy probable. Pero lo que realmente urgía era salir de allí. Di una orden a las piernas y estas se movieron –menos mal- utilicé brazos y dientes para desprenderme del airbag y culebrear hasta que terminé en el suelo, primero la cabeza y  luego la espalda.

 

A pesar del terrible vacío que notaba en el interior de mi cráneo, una tímida lucecita se encendió en mi cabeza. Lo importante era alejarme del vehículo accidentado, porque éste podía explotar, aunque si no lo había hecho ya, era posible que no lo hiciera en el futuro.  ¡A ver quién es el guapo que se juega su vida a una suposición!

 

Me arrastré como pude por el suelo mullido del bosque hasta llegar a una distancia prudencial. Allí me senté, apoyándome en el tronco de un árbol y recapitulé lo ocurrido. Seguía sin recordar nada. Estaba vivo. Cierto, ¿pero estaba bien? Me dolía todo el cuerpo. La cabeza era una pelota de baseball golpeada una y otra vez por el bate. Por el rostro se deslizaba una sustancia viscosa y repugnante. La palma de mi mano derecha tocó la piel con cuidado. A la escasa luz de los faros del coche, que aún seguían encendidos, pude comprobar que era sangre. Para cerciorarme más pasé la lengua. Desde luego no era gasolina.

 

Así pues urgía encontrar ayuda. Me levanté haciendo un esfuerzo ímprobo y seguí la carretera, pensando que al menos pasaría alguien, de vez en cuando… No pasó nadie. A mi derecha pude ver un letrero mohoso que decía: “Crazyworld”.  Un camino de tierra supuestamente conducía al mundo loco que esperaba fuese mi salvación.

 

Al fondo, entre los árboles, titilaba una lucecita lejana. Cada vez me encontraba más débil y la masa viscosa no dejaba de moverse lentamente por mi cara. Tambaleándome me moví en aquella dirección… No sé cuánto tiempo transcurrió, ni si me desmayé en algún momento. Finalmente llegué a un muro de piedra, con una verja metálica. Estaba cerrada. Me así a ella y respiré anhelosamente.  A mi derecha pude ver una luz roja parpadeando. Tardé en darme cuenta de que se trataba de un timbre. Puse mi dedo en él y esperé…y esperé… hasta que caí redondo al suelo.

 

        

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