Diario de Ermantis I


DEL PLANETA OMEGA – LIBRO TRILOGÍA DEL PLANETA OMEGA

TRILOGÍA DEL PLANETA OMEGA

I

DIARIO DE ERMANTIS

Diario de Ermantis I

DEL PLANETA OMEGA – LIBRO PRIMERO

                D I A R I O   DE ERMANTIS

                 CAPÍTULO I

Mi nombre es Ermantis que en la antigua lengua de los habitantes de las Montañas Negras, los oromantios, viene a significar, en traducción libre, algo así como “Hijo de la montaña”. Mis padres, Eunis y Eraia, lo tomaron prestado de un antiguo manuscrito oromántico que los granjeros rebeldes conservaban con veneración religiosa en un refugio secreto solo conocido por el sumo sacerdote ( mi abuelo materno) y los guardianes de la antiquísima creencia en la Mente Universal. El abuelo, Arminias, era un ser extraordinario en todos los aspectos pero el que a mi más me atraía era su facilidad para narrar historias y leyendas tan antiguas que ni el mismísimo HDM-24 guardaba en sus bases de datos. Fue una verdadera lástima que nuestras granjas estuvieran tan separadas y que mi padre padeciera de misantropía, era tan raro que los granjeros le llamaban “El hombre invisible” porque nunca se le veía ni el pelo ni el resto del cuerpo. Me hubiera gustado disfrutar mucho más de la compañía del abuelo pero éste ya era muy anciano y le costaba moverse de la granja y mi madre estaba demasiado ocupado con las dura tarea de mantenerla en pie para atender a mis peticiones de visitarle.

En cuanto a “H” -así llamaban abreviadamente a HDM-24 la más portentosa inteligencia artificial imaginada por seres inteligentes- formaría parte de mi vida hasta extremos impensables para cualquier omeguiano. A la muerte de Eunis, mi padre, dejaría en la granja a mi madre y a mi hermanita, Aline, para ir de visita por primera vez a Vantis, la capital planetaria. En mi corazón abrigaba amargos deseos de venganza que “H” se encargaría de transformar en amor, un sentimiento sin sentido cuando se trata de una inteligencia artificial pero no adelantemos acontecimientos.

Han pasado más de trescientos años desde que viera la luz en la granja La vieja Ahrma, así llamada en honor a la hembra de caeros regalada por los abuelos y que llegaría a ser un miembro más de la familia. El tiempo puede modificarlo todo, hasta la solidez de un planeta. Omega sufrió un cataclismo imprevisible, ahora todo el planeta se encuentra cubierto por una gruesa capa de nievo. No se trata de una glaciación temporal sino de la muerte irreversible de un organismo vivo -al menos eso fue siempre para mi Omega- en el que ya no queda más vida que unos cientos de omeguianos enjaulados en el subsuelo alrededor del gran laboratorio construido por “H” para los locos que han decidido quedarse y buscar el milagroso cambio genético que les permita seguir viviendo sobre la superficie.

No quieren abandonar su hogar y eso es comprensible, casi tanto como mi actitud de esperar la cercana muerte en la misma tierra que me vio nacer. La posibilidad de que me encontrara a bordo de una nave en cualquier rincón del universo, entre estrella y estrella, era de todo punto impensable. Así lo entendió también “H” que aceptó construir un refugio subterraneo dotado de un gran laboratorio para todos los que quisieran quedarse. Con tiempo suficiente previó lo que se avecinaba y preparó la evacuación de todos los omeguianos que ya se encuentran lejos, navegando en una poderosa y numerosísima flota, camino de un nuevo hogar. No todos los que se han quedado son viejos y sin familia como Ermantis, algunos jóvenes matrimonios y sus hijos junto con un grupito de maduros solitarios tomaron la arriesgada decisión de quedarse e intentar un nuevo futuro para sus hijos aunque ello supusiera echar abajo el imposible metafísico de la adaptación de sus cuerpos a un planeta helado.

Omega significa en lengua oromantia “Madre de todos”. Desde hace milenios ha sido el planeta más envidiado del cuadrante 2NC, único habitado por vida inteligente. Al menos a esa conclusión han llegado los numerosos exploradores que se atrevieron a pasar las puertas imaginarias de las estrellas gemelas de Arian que dan acceso al universo desconocido. Su clima templado, ideal para casi todas las razas de seres inteligentes que habitan el cuadrante, le conviertieron en el planeta turístico por excelencia. Los omeguianos vivieron muchos milenios del facil trabajo de ser amables con sus visitantes hasta que la acumulación de riqueza y el lógico deseo de dejar un estado servil les llevaron a diseñar a HDM-24, la inteligencia artificial más ambiciosa diseñada por las civilizaciones inteligentes conocidas. En un principio tenía como misión la de encargarse de facilitar a los omeguianos una vida de ocio total, lo que significaba preocuparse de la alimentación, vivienda y la regulación de las estructuras sociales que permitieran a todo el mundo disfrutar de una vida tranquila haciendo lo que cada cual quisiera. Para ello se diseñó un complejísimo programa que le permitiera buscar las mejores fórmulas para solucionar los grandes problemas que alcanzar esta meta iba a generar y entre los que no era el menor de todos organizar un mecanismo de defensa muy poderoso que permitiera rechazar las invasiones que indefectiblemente se iban a producir, al menos por parte de los noctorianos.

El bunquer construido por “H” está a más de dos omeg, medida de longitud que viene a ser lo que medía una vieja nave interplanetaria. Está compuesto de un enorme laboratorio en forma circular con dormitorios y comedores en un círculo externo. Un estrecho y largo pasillo comunica con los hangares de las naves que están preparadas para la evacuación del resto de omeguianos en cuanto se de la orden. Unos gigantescos ascensores pueden colocar estas naves en la superficie en apenas unos minutos y de allí despegarían verticalmente sin la menor complicación aunque la tormenta generara vientos huracanados. Mi pequeño cubículo está justo al lado de la entrada a ese pasillo. Ormis, el comandante científico, me obligó a ocuparlo por si en el último momento cambiaba de opinión y decidía unirme a ellos. El no cree en milagros pero decidió quedarse para echarles una mano y cuidar de su viejo amigo. Otra de las razones para obligarme a aceptarlo es la conocida misantropía que continúa siendo la cualidad más llamativa de mi carácter. Nadie pasa por aquí excepto los técnicos de mantenimiento que revisan las naves cada dos o tres meses. El cubículo es tan pequeño que no podría recibir a más de tres visitantes a ala vez. Aquí duermo y me traen la comida una vez al día, otro detalle de Ormis con su viejo amigo. Aprovecho mi tiempo grabando mi diario en una grabadora holográfica regalo de “H” con el encargo expreso de escribir un diario de mi vida que ayudara a las futuras generaciones a rehacer Omega allí donde estuvieran. No pude dárselo al capitán de la flota principal de evacuación pero les llegará a través del espacio gracias a la tecnología que “H” puso a mi disposición antes de desaparecer.

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