Mes: septiembre 2009

RELATOS DE A.T. I


                 

 

             RELATOS DE A.T.

 

UNA VISITA INTEMPESTIVA

 

Aquella noche, siguiendo una inveterada costumbre que nada ha podido cambiar, me encontraba reposando mi cuerpo en el amplio lecho de mi habitación –me sigue gustando la amplitud, esa sensación de libertad con espacio suficiente para expandirse- con la espalda apoyada en un mullido cojín, mi postura favorita para leer. Y eso estaba haciendo en aquel momento, leyendo una novela de la que rezumaba toda la melancolía de un pasado muerto –esa melancolía que nada puede curar- ; mientras sostenía el libro de bolsillo con mi mano izquierda, con la derecha no cesaba de rascarme el cuero cabelludo –los picores me han acompañado siempre como un placentero estigma  que nunca he repudiado- cuando recibí un gran sobresalto al escuchar un sonido no programado, tardé algún tiempo en comprender que se trataba del timbre de la puerta.

 

Puede que ya llevara un buen rato sonando sin que me hubiera apercibido de ello, siempre me he preciado de una gran capacidad de concentración pero últimamente  ésta ha crecido tanto que  se necesita bastante más que una simple llamada de atención para volverme receptivo. El timbre está graduado de tal manera que apenas es pulsado un leve susurro musical se expande por toda la casa como una suave brisa. Si la insistencia o nerviosismo del visitante se agudizan la fuerza con que lo va pulsando transforma el sonido en una perfecta gradación de  ruidos naturales hasta llegar al último escalón: un agudo y estridente sonido que aumenta hasta hacerse irresistible.

 

Sin duda el visitante debía llevar largo rato llamando porque la agudeza del sonido había conseguido llamar mi atención. A pesar de ello decidí dejar que siguiera llamando, si la causa que lo atraía hasta mi puerta no era bastante urgente terminaría por cansarse y dejarme en paz. Cerré el libro y me volví hacia uno y otro lado buscando una postura más cómoda, mi espalda empezaba a sentir las molestias que conlleva  una posición largo rato mantenida. Coloqué el libro sobre la mesita y apagué la luz intentando olvidarme de lo que estaba pasando fuera de mi morada. Todo resultó inútil, el timbre llegó al grado de histerismo que mis nervios no pueden soportar. Decidí que si el visitante no se iba a marchar me convenía más abrir y escuchar lo que tuviera que decirme, ni la peor noticia conseguiría privarme de los brazos dulces de la Venus del sueño.

 

Encendí la luz, acaricié con nostalgia la suavidad aterciopelada de las sábanas recien puestas como si éstas fueran a diluirse en cualquier momento; miré hacia la pared frontal donde el hermoso cuadro de un paisaje de montaña nevada me obligó a suspirar con tristeza; finalmente alcé la vista hacia el techo para contemplar la pintura fosforescente imitando un despejado y bellísimo trozo de cielo nocturno. Solo después de cumplir este ritual puse mis pies en el suelo y busqué con ellos la presencia de las cómodas chanclas. Me puse en pie y acercándome al vestidor me coloqué la preciosa bata azul con dibujos de dragones rojos lanzando fuego. Traspasé la puerta y ya en el pasillo encendí la luz. Caminé sin prisas por el largo pasillo decorado con intrincados cuadros abstractos que acostumbro a intentar comprender, analizando una y otra vez sus dibujos geométricos colocados unos encima de otros sin ningún orden como planos reflejando mundos sin sentido.

 

 

Llegué a la puerta y la abrí brúscamente como queriendo dar a entender al visitante lo molesto que me sentía por su intolerable intromisión. En lugar del rostro impaciente del visitante me quedé paralizado ante una brillante luz que me deslumbró obligándome a cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos ya me había hecho una idea de lo que tenía delante de mis narices. En el centro del grán círculo de luz se estaba formando un rostro que no tardó mucho en adquirir su forma plena. Me resultaba totalmente desconocido, sin duda no lo había visto nunca, de ser así no lo habría olvidado porque  aquel rostro de anciano con su larga barba blanca, sus ojos profundos y brillantes y la pequeña boca sonriente desprendía una gran paz que cosquilleaba mi plexo solar con una suave y placentera energía. Nada en el universo sería capaz de descontrolar aquella expresión de paz profunda que emanaba de lo profundo de aquel rostro. Sin embargo el timbre había sonado con gran estridencia, semejante control sobre sus emociones no era muy común.

 

-Te saludo A.T., sin duda dormías profundamente para no oír mis insistentes llamadas. Me has obligado a esperar mucho más tiempo del que estoy acostumbrado  a aguardar ante puertas más poderosas que la tuya.

 

La sospecha que había brotado en mi interior como un chispazo me obligó a cerrar los ojos otra vez buscando adaptarme a la conclusión que inevitablemente se presentaba a mi consciencia en estado de alerta. Al abrirlos mi mente dejó de percibir la estructura de la casa a mis espaldas, ésta  se había diluido en el aire sin el menor ruido.  Como siempre que me sucedía me sentí triste y humilde como un pajarillo en presencia de un halcón, mi mente aún no era suficientemente poderosa para mantener  dos mundos opuestos a la vez dentro del invisible circulo de su poder. No me preocupaba mucho el hecho de haber perdido mi hogar, ya lo reconstruiría cuando terminara  con aquella visita. Siempre soy muy respetuoso con mis semejantes pero el hecho de tener presente a un Gran Maestro me obligó a olvidarme de mi peculiar sentido del humor, mejor sería ver antes cómo respira un Gran Maestro.

 

-Vaya A.T., lo has hecho muy bien y con gran celeridad. Me sorprendes. Ahora que ya sabes quien está ante ti creo que podremos hablar del objeto de mi visita si no tienes inconveniente.

 

Inútil intentar engañarle, para saber mi nombre de guerra era preciso que me conociera muy bien. No puse ningún obstáculo a que dentro de mi círculo de energía se fuera formando mi rostro habitual, el de mi último cuerpo, el que mejor conozco y recuerdo. Intentando reconcentrarme en mi mismo para que la consciencia del Maestro no percibiera con demasiada intensidad mis pensamientos, analicé con mi peculiar astucia lo que me estaba sucediendo buscando las mejores soluciones. La visita de un “Gran Maestro” solo podía significar problemas, ninguno de ellos interviene en las modestas vidas de los novicios del más allá sin una causa importante.

 

El hecho de que se hubiera dirigido a mi por mi nombre de guerra debería tener algún significado. Recuerdo muy bien las estúpidas “hazañas” que me hicieron ganar a pulso este apodo tan idiota, A.T. –Angel Tontorrón- así me llamó alguien a quien intenté ayudar ingenuamente, este apodo hizo pronto furor y ya nadie me conocería desde entonces por otro nombre o apelativo. Cuando pasó el tiempo necesario para adaptarme al más allá luego de mi último tránsito emprendí un camino adecuado al carácter de que había hecho gala cuando estaba vivo en la carne. Orgulloso de mi bondad y de mis ansias de ayudar al próximo decidí que a falta de pan buenas son nueces; puesto que aquí, faltos de un cuerpo sometido a las leyes físicas, no tenemos otra diversión que la que nos buscamos, el deseo de convertirme en un angel de bondad, ayudando a todo el que se me pusiera a tiro, era un ideal tan bueno como cualquier otro. Así inicié una larga carrera de despropósito e inútiles perdidas de tiempo hasta que comprendí, trabajo me costó, que no hay mayor estúpido que quien intenta ayudar en contra de los deseos de la víctima. Me reciclé y de angel tontorrón terminé en un tranquilo detective husmeadno de vez en cuando aquí y alla por si pudiera descubrir algún misterio o solucionar algún enigma, en todo caso la aventura estaba asegurada. Pronto conseguí una cierta fama como sabueso pero no la suficiente para acabar con mi apodo que acabé aceptando e incluso disfrutando.

-A tu disposición, Maestro.

-Bien, veo que ya tienes una ligera idea de quién soy. De momento no neesitas saber más, ni siquiera mi nombre, si aceptas la misión que te voy a proponer llegaremos a conocernos mejor y entonces podrás hacerme cuantas preguntas pueblen tu fértil fantasía.

-Disculpa, Maestro, pero preferiría no saber nada de ninguna misión. El hecho de que me haga pasar por detective aficionado y acepte algunos encargos sin importancia es solo un juego para pasar el rato en este lugar sin tiempo donde podría acabar dormido por aburrimiento y despertar el día del juicio final sin haber notado nada. Lkas misiones de los Maestros sobrepasan mis facultades y deseos.

-Bien, A.T., no te voy a obligar a nada, sabes que toda violencia para conseguir algo es una pérdida de tiempo, espués hay que volver a empezar desde el principio y con mayores dificultades. Solo te ruego tengas la cortesía de escucharme –asentí-. Tenemos un problema con un nuevo huesped. Acaba de entrar en nuestro mundo después de haber sufrido un accidente de automovil y está tan desconcertado que actua como si aún siguiese embutido en su endeble cuerpo de carne. No cesa de crear problemas en su antiguo entorno físico, tantos que ya se ha empezado a hablar de un fantasma. Sabes que no nos interesa que los vivos empiecen a pensar en nosotros como seres invisibles, eso solo nos crearía problemas. A los Maestros no nos haría ningún caso aún suponiendo que lograra percibirnos; mandar a otro de su misma energía vibratoria sería peor remedio que la enfermedad, acabaría adquiriendo los peores vicios del mundo invisible y puede que su condición de fantasma le acabase gustando tanto que nos viéramos obligados a  una dura sesión mental para convencerle de que no se puede jugar con estas cosas. Necesitamos acabar con el problema, que nuestro hermano se adapte lo mejor y lo antes posible a nuestro delicado mundo y creemos que tu eres el mejor candiddato para ayudarle. Por otro lado conociéndote como te conocemos suponemos que una aventurilla como esta te vendrá muy bien A.T.; no puedes engañarnos, la sofisticada morada que acabas de destruir solo hubiera sido posible si alguien muy aburrido se dedica a ello con intensidad. Estamos seguros de que no rechazarás esta misión. ¿Qué me dices?.

            -Necesitaría pensarlo, no me gusta enredarme con los de abajo, siempre termino bastante chamuscado.

-Tendrás mi ayuda aunque creo que no la vas a necesitar. Mientras lo piensas podemos hacer un corto viaje, sobre el terreno podrás decidir con mejor conocimiento de causa.

 

 

Su energía se expandió acariciando la mia como un brazo físico de piel suave y cálida. Me sentí sujetado con gran fuerza a pesar de ello, como si una dulce y bella mujer de piel suave pero amante salvaje me hubiera estrechado entre sus brazos sin el menor deseo de dejarme marchar. La experiencia me pareció muy desagradable aunque nadie en su sano juicio espera nada placentero del contacto con un “Gran maestro”. Su energía es tan sutil y depurada que la nuestra siente su rechazo como una enorme bofetada.

 

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RELATOS DE A.T.


 
                      RELATOS DE A.T.   INTRODUCCIÓN
 
      A.T. significa en realidad Angel Tontorrón. Así se llama el protagonista de esta novela o serie de relatos que pretenden darnos una visión del más allá. A.T. viaja constantemente de acá para allá, intentando ayudar a este o a aquel y liando las cosas casi siempre. Los viajes son mentales, por supuesto, porque en el más allá solo se puede viajar con la mente, puesto que nadie tiene cuerpo.
 
         Esta fue mi primera incursión en el relato esotérico. Quedó aparcada cuando inicié la serie "Relatos esotéricos" protagonizada por uno de mis personajes humorísticos más terrorífico, el verdugo del karma. Me gustó tanto el verdugo que dejé de lado esta serie que no acababa de satisfacerme. Por eso ahora intento recuperarla. Si bien el esbozo tenía sus gotitas  de humor, ahora espero que el humor lo empape todo, es la única forma de enfrentarse a algo tan terrible como es morir y seguir vivo… solo que de otra manera.

El hombre del extraño poder I


                   

 

 

 

 EL HOMBRE DEL EXTRAÑO PODER

 

CINTA PRIMERA

AÑO 2020, 7 DE JULIO. MEDIANOCHE

Una playita desierta de la costa cantábrica. Una visión extraña me ha puesto en alerta. Nada de nombres, nada de datos que puedan ayudar a alguien a localizarme. No entiendo la visión pero algo me dice que debo hacer caso a las visiones que me asaltan de modo intempestivo desde el accidente.

La idea de grabar este diario en cintas se me ocurrió de forma repentina esta mañana, en el supermercado. Entré para comprar un cartón de leche y una caja de galletas. En el monedero que pude rescatar de mis pertenencias en el hospital había doscientos euros en billetes de cincuenta. Era urgente encontrar un trabajo y lo encontré… esta mañana, en el supermercado. Un cartel pedía un mozo de reparto. “Se necesita…” Me dirigí a la cajera. Me miró con suspicacia. “Me temo que es usted un poco mayor, ¿qué edad tiene? Treinta años. Lo dije al azar. No recuerdo la edad, no recuerdo nada o casi nada. Me aconsejó que buscara a la encargada. La encontré en un despachito, al fondo, junto a la carnicería. Solo queremos un mozo para recados, pagamos poco. Habíamos pensado en alguien mucho más joven que usted. Me dijo la encargada, una chica joven y simpática.

Me miró el rostro con atención. ¿Qué le ha pasado? /Un accidente de coche. Se quemó. Sufrí quemaduras por todo el cuerpo. El rostro me quedó un poco desfigurado. Lo siento / ¿Por qué lo siente? No es culpa suya/ Lo sé, pero entiendo que no es agradable mirarme. Necesito trabajo. Es una pena que no sea más joven. Adiós.

La chica me retuvo. Me observó compasivamente/ Si necesita tanto este trabajo no importa que sea un poco mayor, siempre que acepté el sueldo/ Lo acepto/ ¿No quiere saber cuánto ofrecemos?/ Aceptaré lo que me den.

La chica se ablandó/ ¿Puede empezar mañana?/ Puedo. ¿A qué hora?/ A las nueve tiene que estar aquí, en la puerta. Abro yo, tendré tiempo para enseñarle lo que tiene que hacer. No es difícil/ Entonces hasta mañana y gracias.

La grabadora la encontré al pasar por un mostrador metálico donde anunciaban algunas ofertas. Era pequeña y las cintas diminutas. De pronto se me ocurrió la idea. Podría llevarla encima constantemente. Era estúpido pensar que alguien me estuviera persiguiendo y me viera obligado a huir con lo puesto, pero la visión me hizo pensar en que algo así podría ocurrir. No sé cuándo. Las visiones no tienen tiempo.

Quiero grabar todo lo que recuerde. Algo me dice que será importante cualquier dato. Me ayudará a reconstruir mi pasado. Me ayudará recordar las visiones y estas extrañas experiencias que me asaltan desde el accidente. Por eso estoy aquí, paseando por la arena en esta playita desierta. Es medianoche. Estoy solo. Las olas quedarán grabadas como ruido de fondo. Será relajante cuando vuelva a escucharla.

Necesito recapitular lo ocurrido. Solo los datos esenciales. Me desperté en un hospital. No voy a decir el nombre del hospital, ni siquiera el de la ciudad. Abrí los ojos y en la habitación no había nadie. Recordé la terrible pesadilla. Entró una enfermera. Se sorprendió. Regresó con el médico de guardia. Este me hizo algunas preguntas. Quise saber qué había ocurrido. Me lo explicó. Un accidente de coche. Estaba vivo de puro milagro. El vehículo se incendió. Un conductor que pasaba por allí pudo sacarme antes de que mi coche se incinerara.

El médico quiso saber mi nombre. No lo recuerdo, le dije. Me hizo más preguntas. Concluyó que sufría de amnesia. No habían encontrado documentación. Pensaban que se había incinerado con el coche. No importaba. Ya habría tiempo de saber quién era. Ahora lo importante era que me recuperara.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? Quince días. Había estado en coma. Nadie daba un céntimo por mí. Habían radiado algunos mensajes buscando familiares o alguna persona que me conociera. Nadie había respondido.

Me dieron algo de beber y me dejaron dormir. Sufrí de nuevo terribles pesadillas. Al despertar creí ver puntitos de luz. Cerré los ojos y los puntitos permanecieron, brillantes, frente a mí. Luego me pareció ver el rostro de la enfermera. No era exactamente su rostro sino una imagen brillante, transparente. A través de ella pude ver a lo lejos a una joven que se cambiaba de ropa en lo que parecía un vestuario, delante de una taquilla. Pude ver sus bragas brillantes sobre un trasero que me quitó la respiración. No entendí lo que me ocurría, ni siquiera ahora tengo una idea aproximada de lo que significó aquella visión.

Al día siguiente vinieron muchos médicos que me hicieron muchas preguntas. No pude contestar a ninguna. Concluyeron que sufría amnesia postraumática pero que me pondría bien. Al menos eso me dijeron, tal vez para no desanimarme.

La enfermera me trajo un caldito. No puede comer sólido de momento, recuerde que ha estado en coma quince días. Se volvió y caminó hacia la puerta. Me fijé en su trasero. Aún bajo la bata era inconfundible. Era el que había visto en mi visión. Me dije que cuando estuviera mejor me gustaría conocerla a fondo. Esa idea se me quitó por la tarde, cuando otra enfermera, a mis ruegos, trajo un espejo y pude ver mi cabeza vendada. Me dijo que sufría quemaduras pero que ahora la cirugía estética estaba muy avanzada. Con unos injertos de piel quedaría como nuevo. Se marchó y yo miré mi cuerpo bajo la bata. Sufría quemaduras y parte de mi cuerpo estaba vendado.

El tiempo transcurrió muy despacio. Las visiones con los ojos cerrados continuaron. Pude ver a un médico joven, con gafas, el médico de guardia que me viera por primera vez, en un lugar que parecía su casa. Estaba viendo la televisión. Lo reconocí de inmediato, aunque la visión duró apenas unos segundos. Las otras visiones fueron peores. Los puntitos de luz permanecían constantemente frente a mí cuando cerraba los ojos. Se fueron haciendo más grandes y más brillantes. Hubo momentos en los que creí escuchar voces, pero en la habitación no había nadie. Hubo momentos en los que escuché golpes en las paredes del cuarto, pero nada podía producirlos. Empecé a sentirme aterrorizado.

Se lo comenté a una psiquiatra de hermosos pechos que me visitó una mañana. Lo achacó a delirios postraumáticos. Noté que se preocupaba mucho. Decidí no volver a comentar estas experiencias con nadie.

Mis quemaduras fueron mejorando. El especialista en quemaduras me dijo que no sería necesario injertarme piel en el cuerpo, pero que mi rostro sí iba a necesitar un injerto o quedaría marcado.

Comí sólido y me sentí mucho mejor. La enfermera del culo brillante era amable conmigo, pero no podía ocultarme lo mucho que le desagradaban las quemaduras en mi rostro.

Una visión hizo que tomara la decisión de fugarme. No la recuerdo bien. La policía interrogándome. Muchos problemas. No sé si por algo que había hecho o por algo que haría. Las complicaciones eran tantas que comencé a planear la fuga. No pude ni puedo entender cómo hice caso de algo que se parecía mucho a un delirio sin sentido.

Una noche me levanté, busqué por las habitaciones cercanas hasta que encontré en un armario ropa de mi talla. Me vestí y logré salir del hospital sin demasiadas dificultades, por urgencias. El guardia de seguridad estaba hablando con una enfermera y no había nadie más. Esperé el momento propicio. Ambos entraron en una habitación charlando animadamente. No sé qué iban a hacer allí, pero era mi momento y lo aproveché.

El resto fue fácil. Llevaba encima el monedero con los doscientos euros, pero no quise gastarlos en un viaje en autobús o en tren. Ni siquiera sabía a dónde deseaba ir. Salí de la ciudad siguiendo la carretera nacional. Hice autostops y me paró un camionero que deseaba un poco de cháchara. Ni siquiera le pregunté a dónde se dirigía. Me quedé dormido. Soñé con una casa con las paredes llenas de conchas marinas. Me desperté. Le pregunté al camionero dónde habría una casa así/ En cualquier pueblo costero/ Me dijo, pero eso no me ayudó.

Me dejó en una ciudad donde tenía que descargar. Esperé a que abrieran un cibercafé. Quise cambiar un billete de cincuenta, pero el encargado me dijo que no tenía cambio/ Si es solo para consultar el correo electrónico le daré una moneda/ Acepté y consulté en Internet casas con conchas en la fachada. Salieron varias. Una me recordaba a la del sueño. Tomé nota mental de la localidad.

Hice autostop. Otro camionero me aceptó. Me dejaría a apenas treinta kilómetros de mi destino. Bendije mi suerte. El camionero hizo muchas preguntas y yo me inventé una historia. Mi amnesia no era completa porque recordaba muchas cosas pero ninguna que hiciera referencia a mi pasado.

Conseguí llegar a este pueblo sin gastar un euro. Entré al supermercado para comprar algo para comer y allí encontré trabajo y esta grabadora.

He tenido suerte, pero ahora me queda lo peor. No he conseguido recordar nada. Al menos tengo dinero para comer y pagar la modesta pensión donde me alojo. Debo ser paciente. Con el tiempo las visiones y delirios desaparecerán y puede que recordar mi pasado no resulte tan malo. Tal vez me espere alguien, tal vez recupere mi vida. Tal vez, solo tal vez.

 

El hombre del extraño poder


 
 
                        EL HOMBRE DEL EXTRAÑO PODER-INTRODUCCIÓN
 
      Es una de mis novelas más antiguas. Se puede decir que la esbocé a los 18 años, junto con la trilogía del Planeta Omega. Un joven sufre un accidente de tráfico y al despertar del coma, en un hospital, se va dando cuenta de que ahora tiene unos poderos paranormales muy extraños.
 
      La historia estaba en un cajón, a la espera de que encontrara verosimilitud a la trama. Hace unos meses no solo no encontré la verosimilitud que buscaba sino que la historia se despeñó en un delirio impresionante que me dejó pasmado. Cuando me repuse del susto me encontré con un nuevo formato, una nueva estructura, un nuevo narrador (pasó de tercera a primera persona) y sobre todo una historia que me ponía los pelos de punta y que de pronto y sin aviso se despeñaba en una catarata de erotismo esotérico que no pude ni quise remediar. Al final ni sé cómo acabará ni comprendo cómo he podido imaginar semejante delirio. No obstante hay algo que me engancha en ella y no puedo remediarlo. Es como si el mundo se pusiera patas arriba y se le cayera todo lo que es normal de los bolsillos.

EL SILENCIO


                 

 

 

                             EL SILENCIO

 

                            NOVELA

 

 

                   CAPÍTULO I                                                                                        

 

 

Su mujer estaba en el porche. Podía verla desde el camino de tierra, que unía la carretera comarcal a su finca. Había encendido un cigarrillo, pero al verle intentó bajar las maletas hasta el camino de gravilla, aunque parecían pesar mucho, porque las dejó donde estaban, con un gesto brusco. Aparcó a su, bajó del coche, abrió el maletero y se dispuso a hacerse cargo de las maletas.

 

-¿Está todo? ¿Has apagado las luces?

 

No recibió respuesta. Ella ni siquiera le miró. Colocó las maletas en el maletero y ambos entraron en el coche. Arrancó  sin echar ni una mirada a la, aún sabiendo que muy bien podría no volver a ella, los jueces acostumbraban a dejar el domicilio conyugal a las esposas en los casos de separación. En aquel hogar fue muy feliz, allí nacieron sus dos hijas y transcurrieron los mejores años de su vida, pero, mientras aguardaba en el ceda el paso para salir a la carretera general, solo pensaba en las tres horas que tenían por delante, hasta llegar a la cabaña que su amigo les había prestado. Iban a ser muy duras si ella seguía negándose a hablarle.

 

-¿Te importa si pongo la radio?

 

Ella se encogió de hombros, sin volver la cabeza, tenía la vista fija delante de sí como si un imán hubiera sujetado su “mirada de hierro”. Una buena metáfora si fuera escritor – pensó con desesperación-. Movió el botón del dial buscando una emisora con un programa interesante, agradecería una voz amiga que le ayudara a pasar el mal trago. No la encontró, en todas hablaban de famosos y sus frívolos problemas sentimentales. Las vacaciones hacían aún más fútiles y vacíos los programas de entretenimiento. Se disponía a cambiar, cuando al mirarla le pareció notar en su rostro una cierta expresión de interés en lo que estaban diciendo. Dispuesto a hacer cuanto estuviera en su mano para tender un puente sobre el abismo, levantó la mano y la colocó sobre el volante, apretándolo con enorme fuerza como si pudiera romperlo. Los dolorosos recuerdos acudieron a su mente una vez más, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, como un difunto que rememorara su fallecimiento, incapaz de hallar nada interesante en el más allá, ahora que deja atrás todo lo que alguna vez le había interesado;  así él se sentía impotente para encontrar algo atractivo en el tiempo que se prolongaba hacia delante, con la misma indiferencia que la raya continua de la carretera.

 

 

 

Nunca se puede situar en un punto concreto el nacimiento de los grandes problemas de la vida, a no ser que lo hagamos en el momento del nacimiento, pero si uno se viera obligado a hacerlo, ante la insistente pregunta de un psiquiatra, lo colocaría en el verano anterior. Fue por entonces cuando su mujer se vio obligada a renunciar a las vacaciones, ya que la empresa para la que trabajaba como directora de relaciones públicas le exigió amablemente que se quedara puesto que su presencia era imprescindible para rematar una fusión muy importante, que les daría la supremacía en su sector comercial.

 

Cuando ella se lo contó, con rostro compungido, no pudo dejar de pensar que su inevitable presencia seguramente tendría relación con su gran atractivo físico, capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa. No podía entender que los acuerdos comerciales no pudieran firmarse sin su presencia, su mujer era licenciada en derecho y doctora en economía, una lumbrera, pero totalmente desaprovechada en la empresa, donde si bien era cierto que recibía un substancioso sueldo, mayor del que pudiera percibir en la enseñanza o en un bufete mediocre de abogados, era más por exhibir su cuerpo, su simpatía y labia, aparte de su dominio de los idiomas, que por sus innegables conocimientos en derecho o economía.

 

 Él había esperado para pedir las vacaciones, pero viendo que el humor de su esposa no era muy bueno, si se le calificaba generosamente y detestable si uno se dejaba de remilgos, se decidió a tomar unos días de vacaciones, y con las niñas se había acercado a una zona costera. Agobiado de playa decidió llevarles a un campamento de verano, en la montaña. El se hospedó en un parador cercano y se dedicó a ver paisajes o hacer rutas de senderismo. Cuando el director del campamento le rogó que no viera tan a menudo a las niñas, porque sobre todo la pequeña le echaba luego mucho de menos y se volvía insoportable, se compró una tienda de campaña y marchándose del parador pasó el resto de la quincena dándole vueltas a la cabeza, acampado en hermosos paisajes montañosos.

 

 

Por fin se acabaron las vacaciones y regresaron a casa. Su mujer, a la que había dejado de llamar por teléfono, ya que siempre terminaban discutiendo, se encontraba aún de peor humor, si ello era posible. Por lo visto algún directivo había pensado que en vez de relaciones públicas era una especie de fulana de lujo. Cuando le puso en su sitio, con la firmeza de carácter que él conocía bien, se vio obligada a facilitarles diversiones sexuales para lo que tuvo que contactar con gente muy poco recomendable. Las niñas huían de ella como de la peste y él tuvo que soportar su cólera cuando una noche se puso cariñoso. El resultado fueron habitaciones separadas durante todo el otoño e invierno. Ni siquiera el buen éxito de la fusión empresarial trajo la reconciliación.

EL SILENCIO-INTRODUCCIÓN


EL SILENCIO
       Tomé el título para esta novela de la conocida película de Bergman, uno de mis directores favoritos. En su tiempo me impactó mucho y me ha seguido impactando en las siguientes revisiones.
          El silencio es la única de mis novelas totalmente seria sobre el mundo de la pareja, el amor, el desamor y el abismo de la soledad. No hay en ella ni una pizca de humor o de ironía. La inicié antes de descubrir mi faceta de humorista y con ella traté de llevar a buen fin una historia con estructura y estilo clásico, sin experimentaciones ni originalidades. Lo importante era la historia en sí, los personajes, la intensidad de los sentimientos  y la tragedia sin esperanza que supone toda vida humana.
           Después de muchos años de trabajar en ella aún no he conseguido rematarla, razón por la que me propongo ir subiendo capítulos a plazo fijo, para obligarme a finalizarla de una vez por todas.

LA VIDA ES PURA SENSACIÓN I


 

 

 

-Llamando a Alfa 02, conteste. Llamando a Alfa 02, conteste.

 

Alfa 02, un joven caucásico de rasgos suaves y agradables, se encontraba sentado frente al volante de su coche patrulla, un modelo aerodinámico en color blanco con franjas rojas como el utilizado por todos los patrulleros de Alfa T-1, la gran ciudad del noroeste del país habitada por cinco millones de cuerpos –que estos tuvieran alma o mente era algo muy dudoso para el joven patrullero- y situada en una árida estepa lejos del océano, más de cien leguas y de la cadena montañosa más cercana, unas 80 leguas –una distancia menor hubiera supuesto soportar los hedores de las gigantescas bañeras repletas de desechos en que se habían convertido las aguas marinas del planeta Tierra, las montañas no estaban mucho mejor, el turismo de riesgo, de moda las últimas décadas, había dejado valles y montañas transformados en repugnantes basureros donde pululaban los gusanos.

 

-Detective Smyte, conteste, por favor.

 

Era la dulce voz femenina, aunque con un tono de ternura y frialdad metálica allá en el fondo, que acababa despertando al oyente de su ensoñación de estar hablando con la más bella mujer de la historia femenina del planeta Tierra. Smyte continuaba devorando su hamburguesa mientras apuraba un trago de vez en cuando de su botella de plástico reciclable, llena con un líquido verdoso que pretendía ser un refresco. Estaba hambriento. Aquella mañana apenas tuvo tiempo de tomarse un café y una chocolatina en la máquina de la comisaría; de vez en cuando le sucedía que se sentía totalmente incapaz de levantarse del lecho y no solo cuando padecía de insomnio o la agradable gimnasia amatoria con una de las pocas mujeres que aún se atrevían a salir de su casa, le clavaban al lecho. Notaba cómo se iba contagiando del ambiente sonámbulo que flotaba en el aire de la ciudad, como suponía él sucedía en el resto de ciudades del país y del planeta, aisladas entre sí por leguas de basura putrefacta.

 

Sus habitantes permanecían en sus casas, encerrados detrás de puertas último modelo, a prueba de casi todo, excepto de las pistolas láser de los patrulleros. Sus mentes permanecían en perpetuo estado de ensoñación gracias a la variada y estimulante programación de la gran pantalla TX-24. El la utilizaba a veces. como todo el mundo, pero se sentía incapaz de aceptar una vida fetal, aislado de la dura realidad que les rodeaba, sin otro horizonte que una muerte placentera a su debido tiempo.

 

-Detective, ¿se ha quedado dormido?

 

La pregunta de Lucy, la chica favorita de todos los patrulleros, no era retórica. La delincuencia se iba apagando, al mismo tiempo que la gran pantalla TX permanecía encendida más y más tiempo, los patrulleros a veces se quedaban dormidos dentro de sus coches, el aburrimiento o el simple cansancio del día anterior les provocaban agradables siestas a las que ninguno se resistía. Lucy se veía obligada a despertarles, simulando la voz gruñona y enfadada de una esposa malhumorada a quien su marido no puede escuchar,  a pesar de su buena voluntad.

 

-Adelante Lucy, estoy devorando mi comida. ¿Ha ocurrido algo?

 

-No es una clave roja, repito, no es una clave roja, pero haría bien en terminar lo antes posible y dirigirse a la dirección que he comunicado a su ordenador de a bordo. Se ha recibido una denuncia sobre olores putrefactos en un piso de la Avenida Lesington; los vecinos temen por un hombre en el cuarto piso al que nadie ha visto en mucho tiempo. Todo parece indicar una clave Azul-1.

 

-Siempre tan optimista, Lucy. ¿Algo más?

 

Una vecina del segundo piso, puerta tercera le dará más detalles, es ella quien ha llamado.

 

-De acuerdo, dame cinco minutos y me pongo en marcha. Corto.

 

-Comunique incidencias. Corto.

 

Terminó su hamburguesa a grandes bocados, aunque con una cierta repulsión, Azul-1 era una de las claves más utilizadas, indicaba la muerte de un solitario en su piso, al que nadie echará de menos; su cadáver podría estar pudriéndose hasta el juicio final, a no ser que los vecinos tengan buen olfato y no padezcan fobias a comunicar a la policía nada que no les afecte directamente. De un trago apuró la botella de refresco y salió del coche dirigiéndose hacia un punto higiénico, la cartuchera bamboleante a su costado derecho dejaba ver la culataa nacarada en la que la luz del sol levantaba pequeños reflejos. La pistola ZX era el último grito en armamento para los cuerpos de seguridad, se trataba de una mezcla de pistola laser con la habitual pistola de ultrasonidos convenientemente puesta al día. Con ella se podía hacer frente a una numerosa pandilla, dotada de armas convencionales, sin el menor riesgo a recibir un rasguño.

 

 

No tardó mas que un par de minutos en llegar al punto higiénico. Las aceras estaban sembradas de estos modernos artilugios, que apenas se utilizaban ya. Los ciudadanos de Alfa T-1 no salían lo suficiente de sus casas como para que los centros higiénicos amortizaran su costoso precio. Smyte arrojó la bolsa con los restos de la comida por la gran boca metálica, situó sus manos sobre un pequeño lavabo metálico y oprimió un interruptor con la rodilla. Un chorro de desinfectante humedeció sus manos hasta las muñecas, luego una cálida brisa las secó casi instantáneamente. Iba a dirigirse a la parte trasera, donde estaba situada la puerta al interior del cubículo metálico, necesitaba descargar su vejiga, aunque no fuera urgente, cuando recordó que Lucy estaría cronometrando todos y cada uno de sus pasos, se pondría nerviosa como una ansiosa amante si superaba en un par de minutos el tiempo razonable para un código azul.

 

Regresó al coche, su gran altura proyectaba una alargada y frágil sombra sobre el asfalto a pesar de que el sol del cálido verano seguía encontrando serias dificultades para atravesar la capa de niebla contaminante. Ya en el interior colocó la palma de su mano derecha sobre un círculo blanco en el interior del volante, el coche se puso en marcha y el ordenador de a bordo pidió instrucciones con urgencia. Verbalmente le ordenó dirigirse a la dirección facilitada por Lucy. En manual, por favor, le pidió, le apetecía conducir o hacerse la ilusión de que lo estaba haciendo, aferrado al volante como si persiguiera al veloz vehículo de un sospechoso.

Continuará.