LA VIDA ES PURA SENSACIÓN I


 

 

 

-Llamando a Alfa 02, conteste. Llamando a Alfa 02, conteste.

 

Alfa 02, un joven caucásico de rasgos suaves y agradables, se encontraba sentado frente al volante de su coche patrulla, un modelo aerodinámico en color blanco con franjas rojas como el utilizado por todos los patrulleros de Alfa T-1, la gran ciudad del noroeste del país habitada por cinco millones de cuerpos –que estos tuvieran alma o mente era algo muy dudoso para el joven patrullero- y situada en una árida estepa lejos del océano, más de cien leguas y de la cadena montañosa más cercana, unas 80 leguas –una distancia menor hubiera supuesto soportar los hedores de las gigantescas bañeras repletas de desechos en que se habían convertido las aguas marinas del planeta Tierra, las montañas no estaban mucho mejor, el turismo de riesgo, de moda las últimas décadas, había dejado valles y montañas transformados en repugnantes basureros donde pululaban los gusanos.

 

-Detective Smyte, conteste, por favor.

 

Era la dulce voz femenina, aunque con un tono de ternura y frialdad metálica allá en el fondo, que acababa despertando al oyente de su ensoñación de estar hablando con la más bella mujer de la historia femenina del planeta Tierra. Smyte continuaba devorando su hamburguesa mientras apuraba un trago de vez en cuando de su botella de plástico reciclable, llena con un líquido verdoso que pretendía ser un refresco. Estaba hambriento. Aquella mañana apenas tuvo tiempo de tomarse un café y una chocolatina en la máquina de la comisaría; de vez en cuando le sucedía que se sentía totalmente incapaz de levantarse del lecho y no solo cuando padecía de insomnio o la agradable gimnasia amatoria con una de las pocas mujeres que aún se atrevían a salir de su casa, le clavaban al lecho. Notaba cómo se iba contagiando del ambiente sonámbulo que flotaba en el aire de la ciudad, como suponía él sucedía en el resto de ciudades del país y del planeta, aisladas entre sí por leguas de basura putrefacta.

 

Sus habitantes permanecían en sus casas, encerrados detrás de puertas último modelo, a prueba de casi todo, excepto de las pistolas láser de los patrulleros. Sus mentes permanecían en perpetuo estado de ensoñación gracias a la variada y estimulante programación de la gran pantalla TX-24. El la utilizaba a veces. como todo el mundo, pero se sentía incapaz de aceptar una vida fetal, aislado de la dura realidad que les rodeaba, sin otro horizonte que una muerte placentera a su debido tiempo.

 

-Detective, ¿se ha quedado dormido?

 

La pregunta de Lucy, la chica favorita de todos los patrulleros, no era retórica. La delincuencia se iba apagando, al mismo tiempo que la gran pantalla TX permanecía encendida más y más tiempo, los patrulleros a veces se quedaban dormidos dentro de sus coches, el aburrimiento o el simple cansancio del día anterior les provocaban agradables siestas a las que ninguno se resistía. Lucy se veía obligada a despertarles, simulando la voz gruñona y enfadada de una esposa malhumorada a quien su marido no puede escuchar,  a pesar de su buena voluntad.

 

-Adelante Lucy, estoy devorando mi comida. ¿Ha ocurrido algo?

 

-No es una clave roja, repito, no es una clave roja, pero haría bien en terminar lo antes posible y dirigirse a la dirección que he comunicado a su ordenador de a bordo. Se ha recibido una denuncia sobre olores putrefactos en un piso de la Avenida Lesington; los vecinos temen por un hombre en el cuarto piso al que nadie ha visto en mucho tiempo. Todo parece indicar una clave Azul-1.

 

-Siempre tan optimista, Lucy. ¿Algo más?

 

Una vecina del segundo piso, puerta tercera le dará más detalles, es ella quien ha llamado.

 

-De acuerdo, dame cinco minutos y me pongo en marcha. Corto.

 

-Comunique incidencias. Corto.

 

Terminó su hamburguesa a grandes bocados, aunque con una cierta repulsión, Azul-1 era una de las claves más utilizadas, indicaba la muerte de un solitario en su piso, al que nadie echará de menos; su cadáver podría estar pudriéndose hasta el juicio final, a no ser que los vecinos tengan buen olfato y no padezcan fobias a comunicar a la policía nada que no les afecte directamente. De un trago apuró la botella de refresco y salió del coche dirigiéndose hacia un punto higiénico, la cartuchera bamboleante a su costado derecho dejaba ver la culataa nacarada en la que la luz del sol levantaba pequeños reflejos. La pistola ZX era el último grito en armamento para los cuerpos de seguridad, se trataba de una mezcla de pistola laser con la habitual pistola de ultrasonidos convenientemente puesta al día. Con ella se podía hacer frente a una numerosa pandilla, dotada de armas convencionales, sin el menor riesgo a recibir un rasguño.

 

 

No tardó mas que un par de minutos en llegar al punto higiénico. Las aceras estaban sembradas de estos modernos artilugios, que apenas se utilizaban ya. Los ciudadanos de Alfa T-1 no salían lo suficiente de sus casas como para que los centros higiénicos amortizaran su costoso precio. Smyte arrojó la bolsa con los restos de la comida por la gran boca metálica, situó sus manos sobre un pequeño lavabo metálico y oprimió un interruptor con la rodilla. Un chorro de desinfectante humedeció sus manos hasta las muñecas, luego una cálida brisa las secó casi instantáneamente. Iba a dirigirse a la parte trasera, donde estaba situada la puerta al interior del cubículo metálico, necesitaba descargar su vejiga, aunque no fuera urgente, cuando recordó que Lucy estaría cronometrando todos y cada uno de sus pasos, se pondría nerviosa como una ansiosa amante si superaba en un par de minutos el tiempo razonable para un código azul.

 

Regresó al coche, su gran altura proyectaba una alargada y frágil sombra sobre el asfalto a pesar de que el sol del cálido verano seguía encontrando serias dificultades para atravesar la capa de niebla contaminante. Ya en el interior colocó la palma de su mano derecha sobre un círculo blanco en el interior del volante, el coche se puso en marcha y el ordenador de a bordo pidió instrucciones con urgencia. Verbalmente le ordenó dirigirse a la dirección facilitada por Lucy. En manual, por favor, le pidió, le apetecía conducir o hacerse la ilusión de que lo estaba haciendo, aferrado al volante como si persiguiera al veloz vehículo de un sospechoso.

Continuará.

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