EL SILENCIO


                 

 

 

                             EL SILENCIO

 

                            NOVELA

 

 

                   CAPÍTULO I                                                                                        

 

 

Su mujer estaba en el porche. Podía verla desde el camino de tierra, que unía la carretera comarcal a su finca. Había encendido un cigarrillo, pero al verle intentó bajar las maletas hasta el camino de gravilla, aunque parecían pesar mucho, porque las dejó donde estaban, con un gesto brusco. Aparcó a su, bajó del coche, abrió el maletero y se dispuso a hacerse cargo de las maletas.

 

-¿Está todo? ¿Has apagado las luces?

 

No recibió respuesta. Ella ni siquiera le miró. Colocó las maletas en el maletero y ambos entraron en el coche. Arrancó  sin echar ni una mirada a la, aún sabiendo que muy bien podría no volver a ella, los jueces acostumbraban a dejar el domicilio conyugal a las esposas en los casos de separación. En aquel hogar fue muy feliz, allí nacieron sus dos hijas y transcurrieron los mejores años de su vida, pero, mientras aguardaba en el ceda el paso para salir a la carretera general, solo pensaba en las tres horas que tenían por delante, hasta llegar a la cabaña que su amigo les había prestado. Iban a ser muy duras si ella seguía negándose a hablarle.

 

-¿Te importa si pongo la radio?

 

Ella se encogió de hombros, sin volver la cabeza, tenía la vista fija delante de sí como si un imán hubiera sujetado su “mirada de hierro”. Una buena metáfora si fuera escritor – pensó con desesperación-. Movió el botón del dial buscando una emisora con un programa interesante, agradecería una voz amiga que le ayudara a pasar el mal trago. No la encontró, en todas hablaban de famosos y sus frívolos problemas sentimentales. Las vacaciones hacían aún más fútiles y vacíos los programas de entretenimiento. Se disponía a cambiar, cuando al mirarla le pareció notar en su rostro una cierta expresión de interés en lo que estaban diciendo. Dispuesto a hacer cuanto estuviera en su mano para tender un puente sobre el abismo, levantó la mano y la colocó sobre el volante, apretándolo con enorme fuerza como si pudiera romperlo. Los dolorosos recuerdos acudieron a su mente una vez más, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, como un difunto que rememorara su fallecimiento, incapaz de hallar nada interesante en el más allá, ahora que deja atrás todo lo que alguna vez le había interesado;  así él se sentía impotente para encontrar algo atractivo en el tiempo que se prolongaba hacia delante, con la misma indiferencia que la raya continua de la carretera.

 

 

 

Nunca se puede situar en un punto concreto el nacimiento de los grandes problemas de la vida, a no ser que lo hagamos en el momento del nacimiento, pero si uno se viera obligado a hacerlo, ante la insistente pregunta de un psiquiatra, lo colocaría en el verano anterior. Fue por entonces cuando su mujer se vio obligada a renunciar a las vacaciones, ya que la empresa para la que trabajaba como directora de relaciones públicas le exigió amablemente que se quedara puesto que su presencia era imprescindible para rematar una fusión muy importante, que les daría la supremacía en su sector comercial.

 

Cuando ella se lo contó, con rostro compungido, no pudo dejar de pensar que su inevitable presencia seguramente tendría relación con su gran atractivo físico, capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa. No podía entender que los acuerdos comerciales no pudieran firmarse sin su presencia, su mujer era licenciada en derecho y doctora en economía, una lumbrera, pero totalmente desaprovechada en la empresa, donde si bien era cierto que recibía un substancioso sueldo, mayor del que pudiera percibir en la enseñanza o en un bufete mediocre de abogados, era más por exhibir su cuerpo, su simpatía y labia, aparte de su dominio de los idiomas, que por sus innegables conocimientos en derecho o economía.

 

 Él había esperado para pedir las vacaciones, pero viendo que el humor de su esposa no era muy bueno, si se le calificaba generosamente y detestable si uno se dejaba de remilgos, se decidió a tomar unos días de vacaciones, y con las niñas se había acercado a una zona costera. Agobiado de playa decidió llevarles a un campamento de verano, en la montaña. El se hospedó en un parador cercano y se dedicó a ver paisajes o hacer rutas de senderismo. Cuando el director del campamento le rogó que no viera tan a menudo a las niñas, porque sobre todo la pequeña le echaba luego mucho de menos y se volvía insoportable, se compró una tienda de campaña y marchándose del parador pasó el resto de la quincena dándole vueltas a la cabeza, acampado en hermosos paisajes montañosos.

 

 

Por fin se acabaron las vacaciones y regresaron a casa. Su mujer, a la que había dejado de llamar por teléfono, ya que siempre terminaban discutiendo, se encontraba aún de peor humor, si ello era posible. Por lo visto algún directivo había pensado que en vez de relaciones públicas era una especie de fulana de lujo. Cuando le puso en su sitio, con la firmeza de carácter que él conocía bien, se vio obligada a facilitarles diversiones sexuales para lo que tuvo que contactar con gente muy poco recomendable. Las niñas huían de ella como de la peste y él tuvo que soportar su cólera cuando una noche se puso cariñoso. El resultado fueron habitaciones separadas durante todo el otoño e invierno. Ni siquiera el buen éxito de la fusión empresarial trajo la reconciliación.

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