El detective-La casada infiel


 

 

                 

 

 

                        EL DETECTIVE

                           I

 

                     LA CASADA INFIEL

 

 

No todas las aventuras de un detective privado en la vida real son tan sórdidas como las pintan en la novela negra. Esta historia en concreto comienza muy bien… Mis sucios zapatos sobre mi sucia mesa de despacho situada de cara a la puerta de mi hediondo cuchitril, al que llamo despacho, en un vano deseo de subir su baja autoestima. Creo que no encontraría mejor definición de mi, como individuo de la especie humana, aunque me pasara el resto de la vida buscándola en una enciclopedia. Releo por centésima vez "El sueño eterno" de Chandler, la novela que marcó mi vocación en esta vida miserable, cuando un vendaval de fuerte y carísimo perfume voltea la página que estoy leyendo.

 

Alzo la mirada y utilizando la puntera del zapato para hacer puntería descubro justo el comienzo de los muslos de mujer más hermosos que he visto nunca -y he visto muchos…bueno, aunque no se lo crean así es-  y siguiendo el alzamiento de la mirada llego a las caderas, a los pechos, al rostro sonriente de piel tersa y muy pintada y al cabello rubio, brillante, peinado a la moda descuidada de hoy en día. Es una mujer muy alta, la prueba está en que mi mesa de despacho no es baja y tras hacer puntería he tenido que recorrer un largo camino para llegar al fondo de sus ojos verdes, tan verdes que hasta desentonan con el resto de su cuerpo.

 

No todos los días tiene, un sórdido sabueso como este detective, el inmenso placer de contemplar a semejante sex simbol, rezumando un sex appeal que tira para atrás, haciendo de estatua en el centro de su cuchitril, alias despacho. El bombón había traspasado la entornada puerta sin que yo me enterara. Ahora continuaba sonriendo… y entonces  comprendí que lo hacía de mi desairada posición en la vida. Rápidamente me volteé como pude, me puse en pie con agilidad de mono urbanita, apreté mi cinturón de cuero basto hasta el último agujero, subí la cremallera del pantalón que acostumbro a dejar abierta cuando no hay nadie en el despacho, para que el pobre pajarito pueda respirar el poco oxígeno que sobreviva -lo tengo en gran aprecio- y una vez pasada mi mano ruda por mi duro y pelado cráneo, estuve en disposición de invitarla a sentarse.

 

Lo hizo con tal descuido que la escueta minifalda subió unos centímetros -lo que es mucho teniendo en cuenta la poca tela de que disponía- y así pude contemplar con arrobo y total desvergüenza sus hermosos muslos, expresión que reitero, y que eran la maravillosa culminación de unas piernas largas, muy laaargas, como las de Julia Roberts, pero más. Las había enfundado en medias color carne. Di un suspiro, pensando: ¡Quién fuera una de sus medias!. Ni corta ni perezosa se puso a manosear, con sus uñas laaargas y pintadísimas, el cheque que acababa de sacar de su bolso de piel de cocodrilo. En el trozo de papel hay escrita una cantidad que aún no ha mencionado mientras me contempla en un estudio que abarca todo mi cuerpo y hasta mi alma, en el caso que la tenga, por supuesto.

 

Como no se decide a escupir la primera palabra me entretengo recorriendo de nuevo sus piernas, esta vez con mucha más calma. Empiezo desde los tacones, pero al legar a las rodillas acabo desistiendo como un conductor que no termina de ver dónde puede terminar el asfalto, en una autopista recta hasta el infinito.La mujer parece estar dispuesta a casi todo por disipar mis dudas, esa supuesta renuencia que pongo a veces en mi duro rostro solo para que suban más y más…la cantidad del cheque, la faldita o lo que sea. La rubia interpretó correctamente mi expresión porque aún elevó más la tela -no sé cómo lo hizo- y me dispensó una sonrisa embriagadora, realmente comprometedora si hubiera sido mía, pero era suya y eso no significaba mucho. Me vi obligado a extender mi mano y recoger el cheque, antes de que terminara por desnudarse, en un mezquino, aunque sin duda antológico streaptease.

 

            *       *       *

Con la lista de todos sus amantes -y eran muchos- en un bolsillo de mi cazadora, recorrí casi todas las calles de la ciudad en mi viejo y destartalado utilitario (la economía no da para más). A pesar de mi nariz de sabueso sólo encontré un sospechoso que mereciera ese nombre. Era alguien que no tenía nada que perder, ni siquiera una familia, mucho menos una posición social, ni otra cosa que no fuera un agradable físico -y en mi humilde opinión ni siquiera eso-. Incluso su autoestimano  no era muy alta. Le apreté las tuercas y cantó como un jilguero. Era un vividor sin escrúpulos que había conocido a mi clienta en una extraña fiesta -tenía que ser muy extraña para que lo hubieran invitado a él- en la que se había colado del brazo de su última amante chantajeada. Porque mi amigo se ganaba la vida de esta manera tan repugnante. Descubrió a mi rubia favorita, se informó sobre ella y con todo el descaro del mundo puso a su antigua amante en otras manos y se dedicó al asedio de mi bombón.

 

Quien no le hizo mucho caso porque al menos tiene bastante buen gusto para los hombres. Entonces el chantajista se dedicó a reunir toda la información y las pruebas que pudo sobre la vida amorosa de la rubia y la amenazó con irse con el cuento a su maridito. En realidad le interesaba más su cuerpo que el dinero que pudiera obtener de ella pero mi rubia no era tonta y acudió a su detective favorito -aún sigo pensando cómo me encontró-. En realidad no me resultó muy difícil llegar a un acuerdo con el chantajista. A cambio de lo que mi bombón quisiera darle se iría con viento fresco, muy, muy lejos, donde ni ella  ni yo volviéramos a verlo. Caso contrario le apretaría las tuercas un poco más, hasta que le rechinaran los engranajes del cuerpo.

 

      Salí hasta una cabina y llamé a mi cliente, aceptó de inmediato. Llegó en un descapotable y me entregó un paquete envuelto en papel de periódico con una cantidad, módica para ella, no para mí. Sentí la tentación de quedármelo, pero soy un honrado profesional a pesar de mi mala conciencia. Al vividor le faltó tiempo para salir de estampida con el paquete bajo de los calzoncillos.

 

Al día siguiente recibí una llamada en mi humilde despachito. Ella quería agradecer mis redoblados esfuerzos por librarla de las garras de la maledicencia y el chantaje. Me invitó a cenar en un exquisito restaurante, degustamos exquisiteces y hablamos como dos viajeros de tren, solos en un vagón, camino de Siberia. A ella lo que más le preocupaba era que su marido se hubiera enterado. No quería hacerle daño. Se trataba de un matrimonio feliz a pesar de sus deslices debidos a que su horno calentaba demasiado, no podía encenderlo sin que se viera precisada a meter algo en él, una pierna de cordero, una pierna de carnero, lo que fuera. Ella creía que su marido le era fiel hasta la adoración.

 

Ante su sentimiento de culpa me vi obligado a consolarla tomando su adorable manita y pidiendo otra botella de gran reserva. A la segunda copa ya se había consolado. Tanto que me invitó a pasar la noche en un hotel, yo sería el anfitrión y ella la invitada. Tengo que admitir que su cuerpo era mejor desnudo que vestido; aunque solo fuera una faldita y una blusita de nada pero hay que ver cómo cambia una sex symbol en cuanto se desnuda. Mejora mucho, muchísimo. En la cama era un horno aún más potente de lo que yo había imaginado. Casi acaba conmigo, me chamuscó hasta los pelos.

 

Se despidió con un beso prometiendo volver a utilizar mis servicios, no dijo cuales, en cuanto se viera en otro problema. Aposté que sería pronto y me relamí los labios que sabían a carmín del caro.

 

Pasó algún tiempo. Apareció en la portada de una revista del corazón. Estaba muy guapa al lado de su rico marido. Hacían una pareja tan espléndida que a poco echo la lagrimita delante del quiosquero, que se quedó mirándome fijamente y moviendo la cabeza de un lado a otro. Me pareció entenderle que se hacía cruces del poder de sugestión de la prensa rosa, hasta los hombres empezaban a llorar mirando las portadas.

 

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