El detective-nota


 

 

 

 

 

NOTA: Esta serie también surgió de un fracaso: la imposibilidad de rematar mi primera novela negra, El inspector. El bloqueo fue tan rotundo que decidí iniciar una serie de relatos cortos parodiando al detective clásico de novela negra. Pensaba que de esta forma podría descubrir el engranaje de este género tan complejo y apasionante. Para ello me quedé con el andamiaje esencial del género: el detective, solitario y bastante cínico, que desde su pequeño cuchitril observa impasible a una sociedad con la que comparte muy pocas cosas y a la que ni siquiera intenta comprender; la mujer fatal, que en realidad no es tan fatal como ella quisiera y como al detective le gustaría; la trama que casi siempre es más sórdida de lo que aparenta a primera vista y los personajes secundarios que suelen retratar mejor el ambiente en el que viven que los principales, muy ocupados en sus problemas, la mayoría de las veces minucias que el detective contempla con el sarcasmo que le es propio.

 

En la novela negra clásica la violencia acostumbra a describirse sin trampa ni cartón, aunque muchas veces impacta más la violencia soterrada en la psicología de los personajes que los disparos a quemarropa y la tortura sencilla y sin alaracas con la que los violentos consiguen sus fines. En realidad saber quién es el asesino importa muy poco en la novela negra (en algunas ocasiones el lector tiene que hacerse una composición de lugar para llegar a una conclusión minimamente lógica) lo que realmente interesa es la descripción del ambiente y de los seres humanos que pululan en él.  La sociedad que se pinta aparece desnuda, sin los velos de apariencia que ocultan sus deformidades.

 

El detective suele ser un ser solitario (rara vez tiene familia, amante o amigos) y está más ocupado en desentrañar sus casos que en buscar la felicidad, un concepto al que es tan ajeno que se da por hecho que buscarla resultaría una perdida de tiempo, puesto que la naturaleza humana no permite ni soñar con ella. Nuestro personaje asume su condición de perdedor sin el menor histerismo. Incluso se siente muy a gusto en su piel. La visión que se da de los triunfadores le pone una ligera sonrisa sardónica en la comisura de los labios. No le interesa el dinero (a menudo rechaza corromperse y solucionar su futuro económico con un simple gesto de la mano) no cree en los triunfadores, los poderosos, los que manejan el cotarro. Sabe muy bien que para triunfar hay que dejar en el camino lo mejor de uno mismo. Por eso acepta ser un perdedor, un marginal, un anónimo trabajador de la observación y de la pistola bajo el sobaco, que solo emplea para salvar su vida y a veces ni siquiera para evitar un agujero en la piel. La vida, su vida, no le importa demasiado. Puede que en realidad sea un suicida en potencia. La amargura y el desencanto que le produce su pasado y lo que ve en el presente le hacen aceptar con resignación el trozo de metal que el destino le tiene destinado.

 

En la novela negra clásica nunca sabemos si el detective fue alguna vez un joven idealista, si creyó encontrar el amor en una hermosa sonrisa femenina o si tuvo la tentación de formar una familia tradicional y dedicarse a vender seguros. Lo más que nos desvela el autor es que su personaje estuvo en la policía, de donde fue echado a patadas por no aceptar la sordidez de las circunstancias y la necesidad intrínseca de corromperse para sobrevivir. Su pasado está tan vacío como su vida actual, con un apartamento de soltero, sucio y desordenado, un  tablero de ajedrez donde ensaya alguna jugada (Philip Marlowe) y una botella de whisky de centeno oculta en un cajón de su mesa de despacho para consolarse cuando el caso termina y la muerte le ha respetado una vez más o la bella dama que tocó su corazón vuelve con un marido borracho o jugador o a su mundo burgués, donde los detectives son como cucarachas.

 

Hay mucho que desentrañar en la novela negra clásica, pero eso lo dejaremos para los restantes episodios de esta serie que comencé a tientas con esta primera entrega que nos presenta a un detective sin nombre, sin pasado, casi atemporal y sin más objetivos en la vida que sonreírse cínicamente cuando lo que descubre acaba por darle la razón. No cree que la condición humana merezca la pena, su cinismo es tan negro como sus horizontes. Aunque en algún momento llegará a encontrarse con personas por las que hasta se podría morir. Lo malo es que en la novela negra estos personajes acaban muriendo, casi siempre, o cediendo al chantaje de los malos. He tenido que reescribir el episodio porque era bastante malo y la novela negra no admite chapuzas: cuando es mala al lector le entran ganas de vomitar. No ha mejorado gran cosa pero conforme la serie ha ido avanzando he logrado entonarme un poco. Creo que al lector habitual de novela negra le podrá interesar algo esta parodia, al muy apasionado puede que le resulte patética, pero uno nunca llegará a ser un Chandler o un Hammet, por mucho que lo intente, aunque no desespero de lograr una calidad discreta. Por lo menos me he divertido mucho y eso ya es suficiente recompensa.

 

Solo una nota más. La misoginia aparente en la novela negra creo que no es tal. Sencillamente todo se acaba contagiando de la negrura ambiental, hasta la figura femenina. No obstante hay algunas verdaderamente espléndidas. Ahora mismo me viene a la memoria Lauren Bacall en el sueño eterno. La dureza de un Bogart en sus películas negras es lo mejor que ha hecho el cine por este género que en mi opinión nunca morirá mientras haya un solo lector que disfrute de esta exquisitez literaria. Si nadie volviera a escribir nunca una novela negra creo que algunos lectores nos pondríamos a la faena, aunque solo fuera por rememorar viejos tiempos. En mi caso, aunque sigue habiendo detectives actuales tan "negros" como el Pepe Carvalho de Vazquez Montalbán, necesitaba saber si la sociedad actual admitiría a estos personajes. Mi conclusión es que más que nunca el detective de novela negra tiene mucho que decir en estos tiempos.

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