Mes: noviembre 2009

EL TERRORISTA PSICOLÓGICO I


 

              

 

 

                NOVELA

 

         EL TERRORISTA PSICOLÓGICO

 

                

MANUAL DEL PERFECTO TERRORISTA PSICOLOGICO POR JAMES.

 

La guerra psicológica ha permanecido soterrada en nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales. Ya en las cavernas, a pesar de que se hablara poco y se utilizara el garrote mucho, no es posible imaginarse que los trogloditas fueran incapaces de utilizar pequeños trucos psicológicos, tales como pisar el callo del jefe en el momento oportuno, cuando el mamut resoplaba encima del cogote y cualquier descuido resultaba fatal.

 

La violencia física es mucho más llamativa y contundente, pero no me negarán que la guerra psicológica es imprescindible para la supervivencia del ser humano y como tal ha sido utilizada por los ejemplares más inteligentes de la raza humana. Como un gusano invisible ha ido socavando las estructuras más elementales de nuestra sociedad. Las lanzas y luego las bombas mataban cuerpos y la guerra psicológica asesinaba almas y estructuras sociales invisibles. Claro que como no existe lo invisible a nadie le importaba el asesinato de cuatro almas perdidas ni el resquebrajamiento de una estructura que no se podía ver ni palpar.

Estoy absolutamente convencido de que la guerra física, la violencia física, desaparecerán de la faz de la Tierra en las próximas décadas y en su lugar la guerra psicológica soterrada durante milenios aflorará mostrándonos su rostro monstruoso y terrible. El maltrato psicológico, el acoso moral, el chantaje emocional, el insulto y la injuria, el señalamiento con el dedo a las ovejas negras, la quema con fuego invisible de los herejes del siglo XXI, serán algunas de las armas en la nueva guerra incruenta que está llamando a nuestras puertas. Y digo todo esto, no por ganas de incordiar, sino plenamente consciente de que la locura de la violencia física no puede continuar durante más tiempo o la raza humana se extinguirá como dinosaurios en el desierto

 

Las estructuras sociales, la convivencia entre los seres humanos, la conducta pública, fueron impuestas a lo largo de la historia por dictadores o sumos sacerdotes del poder que pretendían sojuzgar a sus prójimos para impedirles alcanzar las cotas de riqueza y bienestar que tan solo unos pocos podían gozar so pena de que el pastel se acabara antes del alba. Ahora se utilizan los medios de comunicación de masas para imponer una estructura social injusta, que permita a unos cuantos habitantes del planeta gozar de todas las comodidades de una sociedad moderna y tecnificada mientras el resto de la humanidad muere de pura hambre. Claro que donde las dan las toman y el boomerang acostumbra volver a los morros de quien lo lanzó descuidadamente con sus manos malévolas.

 

 

 

Profetizo que pronto esta guerra psicológica será evidente para todos y sus consecuencias tan nefastas o más que la violencia física. He decidido escribir este manual para que las víctimas, que como le sucedió a James,  sufrirán el acoso psicológico más cruel por el mero hecho de ser minorías absolutas u ovejas negras de un rebaño de blanca lana y negro corazón, no se vean indefensas ante las trapacerías y maldades de los poderosos. No sean tontos y comiencen a prepararse desde ya o mañana será tarde.

 

 

Cita entresacada del prólogo al Manual del perfecto terrorista psicológico que el editor de este relato ha podido recuperar de la mínima edición fotocopiada que fue buzoneada durante un tiempo por las calles de Madrid por mano anónima.

 

 

 

                LIBRO I

 

 

 

             VIERNES POR LA TARDE

 

              CAPÍTULO I-UN DEPREDADOR AL ACECHO

 

Le gustaba que le llamaran James por James Stewart, uno de sus grandes ídolos cinematográficos. Pocos conocían su verdadero nombre. Ahora que sus padres estaban muertos y sus amigos se contaban con los dedos de una mano no es de extrañar que el narrador se vea en un apuro para rastrear el auténtico nombre y apellidos de nuestro protagonista. Le llamaremos pues por su apodo, James, y procederemos a narrar su historia en base a la documentación encontrada en su ordenador.

 

Son las siete de la tarde o postmeridiem, como acostumbran a decir los remilgados, de un viernes veraniego. En un barrio proletario de las afueras de Madrid James está bajando en este momento la trapa metálica del pequeño local que utiliza habitualmente como almacén (es un vendedor a domicilio de libros, música y todo lo que pueda conseguir e interese a su trabajada clientela) y menos habitualmente, cuando las cosas le van bien, como discreto picadero para sus conquistas. La parte trasera del local ha sido convertida en habitación gracias a una pared de ladrillo que él mismo elevó con sus manos. En ella hay un gran lecho y algunas cosillas más que describiremos en su momento.

 

Doblando su alta estatura, parece un pivot de baloncesto, echa el candado y luego se hiergue, se pone firme y quitándose el sombrero de cawboy, echa un meticuloso vistazo a su alrededor. Suele hacerlo porque no se fía de que los delincuentes habituales del barrio no acaben por enterarse de sus actividades secretas de seductor (el robo de la mercancía no le preocupa mucho, en aquel barrio se suelen mangar pocos libros) y un día le den un susto a alguna de sus parejas.

 

 

James es alto como ya hemos dicho, fuerte, musculoso con musculatura de gimnasio, atractivo al parecer para el bello sexo y peligroso para cualquiera que esté pensando en gastarle una broma. Su rostro de rasgos fuertes apenas es visible bajo el sombrero puesto que lleva unas gafas de sol de alto precio que ocultan sus ojos. Viste un vaquero desgastado, no se sabe muy bien si por el uso o la moda que está vigente en ese momento. Camisa a cuadros de manga corta (el verano es muy cálido ese año) y botas vaqueras de media caña. Su vestimenta llama la atención en este entorno y más cuando el calor hace sudar al asfalto pero no hay nadie que pueda sentir curiosidad porque la calle aparece desierta con excepción de algún que otro coche que se dirige deprisa hacia alguna sombra. Se echa de menos la cartuchera con el colt en su cadera pero estamos en Madrid y no en Montana.

 

 

Inicia su andadura, las piernas un poco torcidas como un vaquero recién descabalgado, y silbando entre dientes. Esta es la noche del depredador. Esta es la noche del cazador. Necesita echar un polvo con urgencia porque lleva ya un par de meses sin catar carne debido a circunstancias y a la mala suerte que parece perseguirle últimamente a la hora de insinuarse a las bellas damas. Se lleva un pañuelo limpio a la frente para enjugarse el sudor. Uno se imagina sus calcaños empapados bajo las botas. La tarde es especialmente bochornosa. Amenaza tormenta. Las nubes negras están tomando posiciones lentamente y no tardará mucho en descargar todo el aparato eléctrico de sus bodegas. El narrador no sabe esto porque no es un narrador omnisciente pero lo intuye, lo deduce del inextricable diario que de extraña y accidentada manera ha llegado a sus manos. No es el momento de hablar de ello pero sí es conveniente dar este dato para que el lector sepa a qué atenerse sobre algunos párrafos extravagantes que se colarán en esta narración, mitad traducción del diario de este ejemplar único que no hace mucho arrastraba su locura por las calles de la gran ciudad y mitad ficción sobre base real de este editor, escritor frustrado que se aprovecha de las circunstancias para hacer sus pinitos literarios.

 

 

James sentía especial predilección por esta vestimenta para salir a la caza de la hembra. Tal vez se debiera a una influencia malsana de la película cawboy de medianoche o simplemente a su deseo de llamar la atención a costa de lo que fuera. Sin duda se hubiera sentido mucho más a gusto en bermudas y con camisa hawaiana pero cada cual tiene sus gustos y es libre para hacer el ridículo de la forma que le parezca más oportuna. Incluso hay datos en su diario de la utilización de este disfraz para visitar a alguna clienta especial pero lo cierto es que el resto del tiempo pasaba bastante desapercibido. Un cawboy de medianoche no llamaba demasiado la atención en aquel tiempo, en plena movida madrileña, cuando podían verse en las discotecas de moda tipos mucho más extravagantes que él.

 

 

La calle dormitaba y el asfalto era una pasta reblandecida. El tráfico parecía haber sufrido un colapso cardiaco y llevado al hospital más cercano en una ambulancia surrealista. Todo conspiraba para que James decidiera ensoñar, una de sus muchas manías neuróticas y sin duda la menos peligrosa. Acostumbraba a hacerlo en los momentos estresantes, tales como dejarse llevar por el flujo y reflujo del hormiguero humano en las horas punta. Ya desde niño su hiperdesarrollada imaginación le concedía los mejores momentos de placer puro, espiritual, que buscaba reiteradamente con la desesperación del naúfrago que se niega a ser consciente de su irremediable situación actual. Durante grandes periodos de su vida esta facilidad para la fantasía le hizo vivir durante más tiempo fuera de la realidad que en contacto con ella. Fue su refugio en las tormentas de la vida y ahora que no necesitaba tanto de la huida mental era su diversión favorita exceptuando la caza de la hembra. El plan para la noche del viernes era sencillo, pasaría por el pub de Lorena y luego se acercaría a su discoteca favorita donde no dejaría de hallar un bomboncito ingenuo que se prendara de su apuesta figura. Necesitaba follar. Esta palabra traía a su mente reminiscencias morbosas tales como la caída de la hoja que tapa la entrada a la cueva prohibida o el manoseo del libro recién comenzado cuyas hojas se van pasando con dedos ansiosos. Era preciso que esta noche fuera productiva o se vería obligado a comprar la carne de una prostituta. Algo que le repugnaba sobremanera porque le recordaba viejos y miserables tiempos, ya casi olvidados.

 

 

Decidió representarse la noche que caería dentro de unas horas como el rodaje de una película. Iría recorriendo escena tras escena hasta el apoteósico final. Por un instante estuvo a punto de renunciar a la idea pensando que algo así atraería el gafe sobre su ansioso pene, pero incapaz de caminar sin una fantasía en la cabeza dejó que la idea de la película le sedujera al azar con cualquiera de sus encantos.

 

 

 

Continuará.

 

 

 

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EL TERRORISTA PSICOLÓGICO-INTRODUCCIÓN


          

 

      INTRODUCCIÓN

 

        Muchas de mis novelas han surgido de relatos cortos, apenas de una vaga idea que surge en un momento determinado y que queda aparcada hasta que poco a poco va creciendo en el subconsciente. Un día me encuentro con todo un mundo y me veo obligado a transformarla en novela.

 

“El terrorista psicológico” comenzó como un relato muy corto que escribí hace años, en una etapa muy dura de mi vida. La idea de la venganza es una de las peores con las que se encuentra un escritor a la hora de narrar una historia. Si además esa venganza tiene mucho que ver con su vida más vale que renuncie a ella o que logre transformarla hasta hacerla irreconocible, de otra manera el autor sufrirá un verdadero infierno y los resultados serán muy pobres.

 

Este es el caso de esta novela. La historia personal quedó relegada a una anécdota que da origen a toda la trama, pero muy poco más queda en ella de la idea original.

 

Lo mismo que sucede en “Diario de un gigoló” el protagonista se oculta tras un nombre ficticio, allí Johnny, aquí James. Ambos personajes son amantes del cine americano y de su cultura, no es extraño que a la hora de elegir un nombre para ocultarse piensen en americano y no en ruso, por ejemplo.

 

Tras una durísima experiencia que le lleva a la cárcel, ”James”, sale dispuesto a vengarse. Pero como él se considera una persona muy inteligente no elegirá el camino fácil de la violencia gratuita e indiscriminada. Su resentimiento va dirigido no solo contra las personas concretas que le hicieron daño, sino contra toda la sociedad. En vez de poner bombas “James” buscará la forma de hacer daño sin ser detectado ni encarcelado. Se transformará en un “terrorista psicológico” que pone al descubierto los mecanismos ocultos que hacen de esta sociedad una verdadera jungla, un auténtico infierno.

 

Al tiempo que busca a los “depredadores” para darles de su misma medicina, utilizará a las mujeres como el “descanso del guerrero”, no sintiendo remordimiento alguno al hacer daño a las mujeres que cree que se lo merecen.

 

Como me ha ocurrido en otras novelas el protagonista se acaba desmandando hacia derroteros eróticos y sexuales. No es sorprendente si tenemos en cuenta que la violencia, psicológica o no, que empapa el suelo de nuestra sociedad es caldo de cultivo propicio para lo que se supone es su contrapartida o el espacio contrario que recorre el péndulo que se ha escorado hacia un lado. El autor también es un apasionado del erotismo y del universo del sexo, no es de extrañar que sus protagonistas e historias desemboquen casi siempre en el mismo océano.

 

Con el tiempo “James” formulará toda una filosofía del terrorismo psicológico, escribiendo un manual que salpicará toda la narración.

EL BUDA LOCO I


 

                   

 

 EL BUDA LOCO

                                           I

         No recuerdo muy bien cuándo oí hablar de él por primera vez. Puede que llevara ya algunos meses en la ciudad,  antes de que el rumor de su extraño comportamiento llegara hasta mí. Me propuse llegar a conocerlo y  comencé a pasear por las calles, donde al parecer había sido visto pero no tuve ningún éxito, no conocía su aspecto físico y su comportamiento no debería ser siempre extravagante. Hasta los locos acostumbran a pasar periodos de normalidad.

  Por entonces yo no tenía otra idea de la locura que la imagen de un gran trauma, repercutiendo una y otra vez en la cabeza del condenado; la visión constante de ese trauma termina por volverlo completamente loco. Reconozco que era una imagen muy ingenua de la locura, por eso esperaba de alguna forma poder reconocerle en la calle. Tal vez hablara en voz alta o gesticulara en exceso o se metiera con la gente. El tiempo me llevaría a conocer su locura, una locura mucho más peligrosa que la gesticulante; un cáncer que hubiera podido acabar conmigo, si no fuera tal como soy: escéptico hasta la grosería, falto de curiosidad por la vida, que ya creo conocer hasta el fondo de su pozo de detritus, a pesar de mi relativa juventud y sobre todo, sobre todo me repugna la ingenuidad religiosa, espiritualista, esotérica, ese estúpido afán de intentar conocer lo incognoscible. La búsqueda del conocimiento nos hace infelices, tan infelices que hasta el ser más espiritual, mas desprendido, más generoso con sus hermanos, me da pena, mucha pena.

 

          No obstante, como nos sucede a todos, tengo mis contradicciones. La principal tal vez sea interesarme por lo que más desprecio o por lo que menos me interesa, algo que en mi caso siempre va unido. Por eso cuando una de mis amigas –bueno en realidad más que amiga, pero es un tema demasiado complejo para tratarlo ahora- me preguntó a bocajarro por teléfono si me interesaba conocer al hombre que estaba en boca de todos, no lo dudé un instante. Reconozco no haber podido resistirme a la curiosidad, a pesar de mi apatía, voluntaria hasta el punto de que la practico todos los días e incluso me entreno para ser más y más apático, con un entusiasmo que contradice y desmiente el significado de la propia palabra. Quise saber cómo lo había conocido y todo lo que supiera de tan interesante personaje. Cuando me respondió que era su amiga moví con tal fuerza la cabeza que a punto estuve de golpearme con la pared del pasillo desde donde estaba hablando por teléfono. Al parecer le había visto en la calle y  después de hablarle e invitarle a tomar algo en una cafetería no había podido resistirse a su encanto, de hecho no se separaron en una semana. Me quedé de una pieza. Mi amiga tiene fama de ser una lanzada, una mujer muy peculiar en su forma de ser y pensar, pero no podía imaginarla abordando a aquel hombre en plena calle, invitándole a un café y luego a compartir su lecho. No me lo dijo con esa claridad, pero no necesitaba que lo hiciera, la  conocía muy bien para saber que no desaprovecharía la ocasión de ordeñar su alma al mismo tiempo que sacaba de su cuerpo todo el placer que ella necesitaba para huir de la angustia. Sí, la angustia era su talón de Aquiles, la amordazaba con el sexo y trataba de mimarla con la espiritualidad como a un monstruoso bebé: mientras duerme no te morderá. Tal era la esencia de su filosofía vital.

 

 

 

 

EL BUDA LOCO-INTRODUCCIÓN


 

 

  EL BUDA LOCO-INTRODUCCIÓN

Es una de mis primeras novelas y la primera en la que me decidí a abordar el tema esotérico. No fue hasta bastante tiempo después, cuando emprendí con seriedad la escritura de una serie de relatos sobre el tema, “Relatos esotéricos”,  que me hice consciente del enorme potencial narrativo que posee el esoterismo.

Este primer intento terminó en la carpeta de los manuscritos que no llevan buen camino. Allí durmió el sueño de los justos. Ahora me propongo aprovecharlo, si es que puede serlo, creo que sí.

Uno de sus personajes, Nerea, terminó siendo personaje de “Diario de un gigoló”, eso demuestra bien a las claras la poca confianza que tenía en los personajes del “Buda loco”  y en la historia en general. El protagonista no es un personaje que haya cuajado y en cuanto al “Buda loco” creo que debe mucho al “Lobo estepario” de Herman Hesse. Como dice el aforismo: “Bienaventurados nuestros imitadores porque de ellos serán nuestros defectos”.  Creo que este personaje tiene todos los defectos posibles y ninguna de las cualidades del “Lobo estepario”.

A pesar de ello me mueve la esperanza de lograr salvar un manuscrito que ya daba por perdido.               

EL VIDENTE I


    

 

                                        EL VIDENTE I

 

 

Corríjanme si me equivoco. Lo primero que hace todo caballero bien educado es presentarse. No puedo darles mi nombre ni dirección, ni dato alguno que pueda identificarme. Existen poderosas razones para ello que ustedes irán descubriendo a lo largo de esta historia. Así pues permítanme que me presente diciéndoles tan solo que soy un vidente. Es decir que veo lo que otros no ven o creen no ver.

Puesto que no es un secreto sí puedo decirles que trabajo para la policía en algunos casos especialmente sensibles y difíciles. Seguro que muchos de ustedes han visto alguna serie televisiva protagonizada por videntes o alguna película en la que un sujeto con facultades paranormales echa un cable a los agentes del orden para resolver casos que de otra forma permanecerían enterrados para siempre, dada su dificultad, entre altísima e imposible.

Olvídense de todo lo que han visto. La ficción es siempre ficción, por mucho que un guionista se rompa las meninges intentando hacer verosímil lo que no es sino una elucubración de su mente calenturienta.

Si alguna vez han deseado poseer facultades de videncia y dedicarse a lo que esos simpáticos personajes televisivos se dedican, mejor que vayan eligiendo otra profesión menos dura. Ser vidente no es exactamente un don que concede la vida a algunos afortunados, es un castigo terrible del que nadie puede escapar nunca. No se trata de una mala racha, es vivir constantemente en el infierno.

No me estoy refiriendo, por supuesto, a los fulleros y timadores que tratan de parecer lo que no son, sino a los auténticos videntes. A esos que nunca son creídos cuando se hubieran podido evitar nefastas consecuencias para otros seres humanos y que luego todo el mundo busca para resolver tragedias que ya no está en su mano evitar. Porque el verdadero vidente no escoge lo que desea ver y rechaza lo que le molesta. Tampoco puede ver cuando los demás quieren que vea, ni entra en trance por muchos fajos de billetes que se pongan frente a su nariz.

No es una profesión que se elija, ni puedes prepararte durante años para ejercerla, como si de una carrera universitaria se tratara. En un momento determinado de tu vida surge algo que trastoca todos tus esquemas mentales y por mucho que te ocultes de ahí en adelante las personas de tu entorno acaban por darse cuenta. Entonces tienes dos opciones: convertirte en un fullero y ganar todo el dinero que puedas o intentar pasar desapercibido, huir de acá para allá, buscando el anonimato sin conseguirlo y cargar a cuestas con la cruz que te ha tocado.

Cuando tienes mucha suerte pueden pasar algunos años sin grandes sobresaltos. Eso sí, te conviertes en un vagabundo que nunca sabe dónde estará mañana. Si no tienes tanta suerte puede ocurrirte lo que me ocurrió a mí y pasarte el resto de tu vida mirando por las rendijas de las cortinas de las ventanas de tu casa, esperando ver aparecer en cualquier momento un rebaño de reporteros prestos a descuartizarte con tal de hacerte una foto, grabar unos planos de tu rostro o un par de frases en sus grabadoras de bolsillo.

Resulta curioso que algo así acabe sucediendo porque una víctima o sus familiares han conmovido tu corazón y decides ayudarlos con lo único que posees: la capacidad de ver a través del espacio y el tiempo. Hasta el vidente más endurecido y más precavido termina cayendo en la vieja trampa. Cuando das el paso sabes perfectamente que si te equivocas te crucificarán sin compasión y si aciertas rara vez alguien te lo agradecerá de corazón y en la intimidad. Lo peor que te puede pasar es que algún ingenuo eche unas lagrimitas en público y mencione tu inestimable ayuda. Y a pesar de todo no dejarás de conmoverte por la carita angelical de un niño o por el dolor profundo como el cosmos de una madre que busca a un hijo perdido.

Eso fue lo que me ocurrió a mí. Si eres un vidente auténtico deberías haberlo visto y haber salido corriendo hasta Alaska y haberte quedado allí para vivir entre los osos blancos. Me dirán ustedes y con razón. Pero no lo vi, uno nunca ve lo que desearía y aunque lo vieras no te serviría de nada mientras sigas teniendo un corazón humano dentro de tu pecho. Estás perdido. Desde el momento en que tu don se manifiesta estarás perdido y para siempre.

Continuará.