EL BUDA LOCO I


 

                   

 

 EL BUDA LOCO

                                           I

         No recuerdo muy bien cuándo oí hablar de él por primera vez. Puede que llevara ya algunos meses en la ciudad,  antes de que el rumor de su extraño comportamiento llegara hasta mí. Me propuse llegar a conocerlo y  comencé a pasear por las calles, donde al parecer había sido visto pero no tuve ningún éxito, no conocía su aspecto físico y su comportamiento no debería ser siempre extravagante. Hasta los locos acostumbran a pasar periodos de normalidad.

  Por entonces yo no tenía otra idea de la locura que la imagen de un gran trauma, repercutiendo una y otra vez en la cabeza del condenado; la visión constante de ese trauma termina por volverlo completamente loco. Reconozco que era una imagen muy ingenua de la locura, por eso esperaba de alguna forma poder reconocerle en la calle. Tal vez hablara en voz alta o gesticulara en exceso o se metiera con la gente. El tiempo me llevaría a conocer su locura, una locura mucho más peligrosa que la gesticulante; un cáncer que hubiera podido acabar conmigo, si no fuera tal como soy: escéptico hasta la grosería, falto de curiosidad por la vida, que ya creo conocer hasta el fondo de su pozo de detritus, a pesar de mi relativa juventud y sobre todo, sobre todo me repugna la ingenuidad religiosa, espiritualista, esotérica, ese estúpido afán de intentar conocer lo incognoscible. La búsqueda del conocimiento nos hace infelices, tan infelices que hasta el ser más espiritual, mas desprendido, más generoso con sus hermanos, me da pena, mucha pena.

 

          No obstante, como nos sucede a todos, tengo mis contradicciones. La principal tal vez sea interesarme por lo que más desprecio o por lo que menos me interesa, algo que en mi caso siempre va unido. Por eso cuando una de mis amigas –bueno en realidad más que amiga, pero es un tema demasiado complejo para tratarlo ahora- me preguntó a bocajarro por teléfono si me interesaba conocer al hombre que estaba en boca de todos, no lo dudé un instante. Reconozco no haber podido resistirme a la curiosidad, a pesar de mi apatía, voluntaria hasta el punto de que la practico todos los días e incluso me entreno para ser más y más apático, con un entusiasmo que contradice y desmiente el significado de la propia palabra. Quise saber cómo lo había conocido y todo lo que supiera de tan interesante personaje. Cuando me respondió que era su amiga moví con tal fuerza la cabeza que a punto estuve de golpearme con la pared del pasillo desde donde estaba hablando por teléfono. Al parecer le había visto en la calle y  después de hablarle e invitarle a tomar algo en una cafetería no había podido resistirse a su encanto, de hecho no se separaron en una semana. Me quedé de una pieza. Mi amiga tiene fama de ser una lanzada, una mujer muy peculiar en su forma de ser y pensar, pero no podía imaginarla abordando a aquel hombre en plena calle, invitándole a un café y luego a compartir su lecho. No me lo dijo con esa claridad, pero no necesitaba que lo hiciera, la  conocía muy bien para saber que no desaprovecharía la ocasión de ordeñar su alma al mismo tiempo que sacaba de su cuerpo todo el placer que ella necesitaba para huir de la angustia. Sí, la angustia era su talón de Aquiles, la amordazaba con el sexo y trataba de mimarla con la espiritualidad como a un monstruoso bebé: mientras duerme no te morderá. Tal era la esencia de su filosofía vital.

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s