EL TERRORISTA PSICOLÓGICO I


 

              

 

 

                NOVELA

 

         EL TERRORISTA PSICOLÓGICO

 

                

MANUAL DEL PERFECTO TERRORISTA PSICOLOGICO POR JAMES.

 

La guerra psicológica ha permanecido soterrada en nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales. Ya en las cavernas, a pesar de que se hablara poco y se utilizara el garrote mucho, no es posible imaginarse que los trogloditas fueran incapaces de utilizar pequeños trucos psicológicos, tales como pisar el callo del jefe en el momento oportuno, cuando el mamut resoplaba encima del cogote y cualquier descuido resultaba fatal.

 

La violencia física es mucho más llamativa y contundente, pero no me negarán que la guerra psicológica es imprescindible para la supervivencia del ser humano y como tal ha sido utilizada por los ejemplares más inteligentes de la raza humana. Como un gusano invisible ha ido socavando las estructuras más elementales de nuestra sociedad. Las lanzas y luego las bombas mataban cuerpos y la guerra psicológica asesinaba almas y estructuras sociales invisibles. Claro que como no existe lo invisible a nadie le importaba el asesinato de cuatro almas perdidas ni el resquebrajamiento de una estructura que no se podía ver ni palpar.

Estoy absolutamente convencido de que la guerra física, la violencia física, desaparecerán de la faz de la Tierra en las próximas décadas y en su lugar la guerra psicológica soterrada durante milenios aflorará mostrándonos su rostro monstruoso y terrible. El maltrato psicológico, el acoso moral, el chantaje emocional, el insulto y la injuria, el señalamiento con el dedo a las ovejas negras, la quema con fuego invisible de los herejes del siglo XXI, serán algunas de las armas en la nueva guerra incruenta que está llamando a nuestras puertas. Y digo todo esto, no por ganas de incordiar, sino plenamente consciente de que la locura de la violencia física no puede continuar durante más tiempo o la raza humana se extinguirá como dinosaurios en el desierto

 

Las estructuras sociales, la convivencia entre los seres humanos, la conducta pública, fueron impuestas a lo largo de la historia por dictadores o sumos sacerdotes del poder que pretendían sojuzgar a sus prójimos para impedirles alcanzar las cotas de riqueza y bienestar que tan solo unos pocos podían gozar so pena de que el pastel se acabara antes del alba. Ahora se utilizan los medios de comunicación de masas para imponer una estructura social injusta, que permita a unos cuantos habitantes del planeta gozar de todas las comodidades de una sociedad moderna y tecnificada mientras el resto de la humanidad muere de pura hambre. Claro que donde las dan las toman y el boomerang acostumbra volver a los morros de quien lo lanzó descuidadamente con sus manos malévolas.

 

 

 

Profetizo que pronto esta guerra psicológica será evidente para todos y sus consecuencias tan nefastas o más que la violencia física. He decidido escribir este manual para que las víctimas, que como le sucedió a James,  sufrirán el acoso psicológico más cruel por el mero hecho de ser minorías absolutas u ovejas negras de un rebaño de blanca lana y negro corazón, no se vean indefensas ante las trapacerías y maldades de los poderosos. No sean tontos y comiencen a prepararse desde ya o mañana será tarde.

 

 

Cita entresacada del prólogo al Manual del perfecto terrorista psicológico que el editor de este relato ha podido recuperar de la mínima edición fotocopiada que fue buzoneada durante un tiempo por las calles de Madrid por mano anónima.

 

 

 

                LIBRO I

 

 

 

             VIERNES POR LA TARDE

 

              CAPÍTULO I-UN DEPREDADOR AL ACECHO

 

Le gustaba que le llamaran James por James Stewart, uno de sus grandes ídolos cinematográficos. Pocos conocían su verdadero nombre. Ahora que sus padres estaban muertos y sus amigos se contaban con los dedos de una mano no es de extrañar que el narrador se vea en un apuro para rastrear el auténtico nombre y apellidos de nuestro protagonista. Le llamaremos pues por su apodo, James, y procederemos a narrar su historia en base a la documentación encontrada en su ordenador.

 

Son las siete de la tarde o postmeridiem, como acostumbran a decir los remilgados, de un viernes veraniego. En un barrio proletario de las afueras de Madrid James está bajando en este momento la trapa metálica del pequeño local que utiliza habitualmente como almacén (es un vendedor a domicilio de libros, música y todo lo que pueda conseguir e interese a su trabajada clientela) y menos habitualmente, cuando las cosas le van bien, como discreto picadero para sus conquistas. La parte trasera del local ha sido convertida en habitación gracias a una pared de ladrillo que él mismo elevó con sus manos. En ella hay un gran lecho y algunas cosillas más que describiremos en su momento.

 

Doblando su alta estatura, parece un pivot de baloncesto, echa el candado y luego se hiergue, se pone firme y quitándose el sombrero de cawboy, echa un meticuloso vistazo a su alrededor. Suele hacerlo porque no se fía de que los delincuentes habituales del barrio no acaben por enterarse de sus actividades secretas de seductor (el robo de la mercancía no le preocupa mucho, en aquel barrio se suelen mangar pocos libros) y un día le den un susto a alguna de sus parejas.

 

 

James es alto como ya hemos dicho, fuerte, musculoso con musculatura de gimnasio, atractivo al parecer para el bello sexo y peligroso para cualquiera que esté pensando en gastarle una broma. Su rostro de rasgos fuertes apenas es visible bajo el sombrero puesto que lleva unas gafas de sol de alto precio que ocultan sus ojos. Viste un vaquero desgastado, no se sabe muy bien si por el uso o la moda que está vigente en ese momento. Camisa a cuadros de manga corta (el verano es muy cálido ese año) y botas vaqueras de media caña. Su vestimenta llama la atención en este entorno y más cuando el calor hace sudar al asfalto pero no hay nadie que pueda sentir curiosidad porque la calle aparece desierta con excepción de algún que otro coche que se dirige deprisa hacia alguna sombra. Se echa de menos la cartuchera con el colt en su cadera pero estamos en Madrid y no en Montana.

 

 

Inicia su andadura, las piernas un poco torcidas como un vaquero recién descabalgado, y silbando entre dientes. Esta es la noche del depredador. Esta es la noche del cazador. Necesita echar un polvo con urgencia porque lleva ya un par de meses sin catar carne debido a circunstancias y a la mala suerte que parece perseguirle últimamente a la hora de insinuarse a las bellas damas. Se lleva un pañuelo limpio a la frente para enjugarse el sudor. Uno se imagina sus calcaños empapados bajo las botas. La tarde es especialmente bochornosa. Amenaza tormenta. Las nubes negras están tomando posiciones lentamente y no tardará mucho en descargar todo el aparato eléctrico de sus bodegas. El narrador no sabe esto porque no es un narrador omnisciente pero lo intuye, lo deduce del inextricable diario que de extraña y accidentada manera ha llegado a sus manos. No es el momento de hablar de ello pero sí es conveniente dar este dato para que el lector sepa a qué atenerse sobre algunos párrafos extravagantes que se colarán en esta narración, mitad traducción del diario de este ejemplar único que no hace mucho arrastraba su locura por las calles de la gran ciudad y mitad ficción sobre base real de este editor, escritor frustrado que se aprovecha de las circunstancias para hacer sus pinitos literarios.

 

 

James sentía especial predilección por esta vestimenta para salir a la caza de la hembra. Tal vez se debiera a una influencia malsana de la película cawboy de medianoche o simplemente a su deseo de llamar la atención a costa de lo que fuera. Sin duda se hubiera sentido mucho más a gusto en bermudas y con camisa hawaiana pero cada cual tiene sus gustos y es libre para hacer el ridículo de la forma que le parezca más oportuna. Incluso hay datos en su diario de la utilización de este disfraz para visitar a alguna clienta especial pero lo cierto es que el resto del tiempo pasaba bastante desapercibido. Un cawboy de medianoche no llamaba demasiado la atención en aquel tiempo, en plena movida madrileña, cuando podían verse en las discotecas de moda tipos mucho más extravagantes que él.

 

 

La calle dormitaba y el asfalto era una pasta reblandecida. El tráfico parecía haber sufrido un colapso cardiaco y llevado al hospital más cercano en una ambulancia surrealista. Todo conspiraba para que James decidiera ensoñar, una de sus muchas manías neuróticas y sin duda la menos peligrosa. Acostumbraba a hacerlo en los momentos estresantes, tales como dejarse llevar por el flujo y reflujo del hormiguero humano en las horas punta. Ya desde niño su hiperdesarrollada imaginación le concedía los mejores momentos de placer puro, espiritual, que buscaba reiteradamente con la desesperación del naúfrago que se niega a ser consciente de su irremediable situación actual. Durante grandes periodos de su vida esta facilidad para la fantasía le hizo vivir durante más tiempo fuera de la realidad que en contacto con ella. Fue su refugio en las tormentas de la vida y ahora que no necesitaba tanto de la huida mental era su diversión favorita exceptuando la caza de la hembra. El plan para la noche del viernes era sencillo, pasaría por el pub de Lorena y luego se acercaría a su discoteca favorita donde no dejaría de hallar un bomboncito ingenuo que se prendara de su apuesta figura. Necesitaba follar. Esta palabra traía a su mente reminiscencias morbosas tales como la caída de la hoja que tapa la entrada a la cueva prohibida o el manoseo del libro recién comenzado cuyas hojas se van pasando con dedos ansiosos. Era preciso que esta noche fuera productiva o se vería obligado a comprar la carne de una prostituta. Algo que le repugnaba sobremanera porque le recordaba viejos y miserables tiempos, ya casi olvidados.

 

 

Decidió representarse la noche que caería dentro de unas horas como el rodaje de una película. Iría recorriendo escena tras escena hasta el apoteósico final. Por un instante estuvo a punto de renunciar a la idea pensando que algo así atraería el gafe sobre su ansioso pene, pero incapaz de caminar sin una fantasía en la cabeza dejó que la idea de la película le sedujera al azar con cualquiera de sus encantos.

 

 

 

Continuará.

 

 

 

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