Mes: diciembre 2009

EL DOCTOR SUN, DISCÍPULO DE JUNG


 

 

 

 

 

 

 

            EL DOCTOR CARLO SUN, DISCÍPULO DE JUNG

 

Bajito, enjuto, morenazo como buen siciliano que es. Sus orígenes le han dado más problemas que sus locos. Porque el doctor Carlo Sun es psiquiatra aunque sus métodos terapéuticos son un tanto extravagantes y no caen bien entre sus colegas de profesión. Se confiesa acérrimo discípulo de Jung y despotrica a gusto de Freud al que le ha cogido una manía propia de alguna de las patologías que sufrimos sus pacientes, pero claro él es el doctor y los locos nosotros. Los terapeutas no están locos, al menos eso es lo que dicen ellos, pero este narrador cree que está como un cencerro aunque me cae muy, pero que muy bien, lo confieso.

 

Tuvo serios problemas en Sicilia por tratar a un mafioso que creía estar volviéndose loco. Como sus métodos son tan estrambóticos no se le ocurrió otra cosa que decirle que en realidad no padecía ninguna enfermedad mental sino únicamente remordimientos de conciencia por sus muchos crímenes. El otro se lo tomó a mal. Hasta a los mafiosos les molesta esta sinceridad apabullante de que hace gala el doctor Sun que no parece tener remedio ni en este aspecto de su personalidad ni en ningún otro.

 

Recibió serias amenazas de muerte de su propio paciente que le obligó a seguirle tratando hasta que pensara en lo que iba a hacer con él. Seguramente algo horrible. Nada de una muerte rápida, unas buenas sesiones de tortura. Eso es al menos lo que pensó el doctor D. Carlo que, muy astuto él, le sugirió la terapia de la hipnosis regresiva y de esta forma clavó en su subconsciente la orden de que a escondidas de sus sicarios debería traerle una cartera repleta de fajos de billetes usados y con esa numeración que piden siempre los secuestradores aunque un servidor no sabe muy bien de qué va la cosa porque no me gustan demasiado las películas policiacas.

 

El caso es que el mafioso sería muy duro de roer pero cayó en la trampa del subconsciente como caemos todos. Dejó en las manos del Dr. Sun la cartera que éste recogió con verdadera devoción y puso pies en polvorosa no sin antes darle la orden hipnótica de que durmiera durante cuarenta y ocho horas seguidas y no recordara nada al despertar. ¿Saben a dónde fue a parar el ínclito Dr. Carlo Sun? ¿No se lo imaginan?  Pues, para suerte de todos los locos catalanes, españoles y de medio mundo, vino a poner sus magras posaderas aquí en Barcelona, en un despacho de la Diagonal. Doy gracias a Dios todos los días por haber guiado sus pasos hasta aquí y le pongo una vela en cuanto puedo a la Virgen de Montserrat, a la moreneta.

 

¿Qué quien soy yo? No se lo van a creer. El narrador es uno de sus pacientes, precisaría aún más, soy el único paciente que en sus duros comienzos aquí en Barcelona no le abandonó al primer descuido en cuanto se enteró de que era siciliano y tenía fama de mafioso. Como lo oyen, amigos. Sé que suena raro eso de un psiquiatra siciliano y con fama de mafioso pero cosas veredes amigo Sancho. Mi nombre es Severino Severo Amable y padezco el síndrome de empatía compulsivo-paranoide. No, no lo busquen en su diccionario de medicina porque lo descubrió el doctor Sun para mi alivio porque nadie daba con mi enfermedad. ¿Se lo pueden creer? No se lo voy a describir porque podrán leer mi historia clínica al final de esta biografía. Como ladrón de los historiales de sus pacientes (con su consentimiento por escrito) y cronista de esta vida heroica dedicada casi en exclusiva al estudio de la mente me permito la licencia me poner mi historia clínica la primera. Ustedes disculparán mi narcisismo patológico pero es que las enfermedades mentales, lo mismo que las infecciosas, nunca vienen solas.

 

Permítanme que una vez presentado el cronista continúe con la biografía de este personaje egregio e ínclito donde los haya. Sus comienzos no fueron fáciles puesto que aparte de proceder de familia humilde los mafiosos sicilianos seguían su pista y no podía hacerse publicidad así a las claras. A pesar de los numerosísimos títulos que colgó en los lujosos retretes para damas y caballeros que mandó instalar justo a la izquierda de la sala de espera según se entra y que todos miraban con los ojos abiertos como platos por razones que ya les describiré en su momento lo cierto es que espantaba un poco ver a un tipo bajito, enjuto y seco como mojama y con cara de mafioso sentado al otro lado de la mesa de caoba con su bigotito casi a la altura de la superficie de la preciosa mesa, preciosa-preciosa pueden creerme. De la primera impresión les entraba diarrea y ya en el servicio al enterarse de sus orígenes sicilianos escapaban con el papel higiénico entre las nalgas a la búsqueda de más información sobre el presunto mafioso. Les aseguro que ya no volvían por lo que la clientela del ínclito se resintió durante una larga temporada. Solo este humilde narrador permaneció erre que erre adicto a su sabiduría. Y les aseguro que no me arrepiento porque al menos hoy conozco el nombre de la enfermedad que padezco. Algo es algo.

 

Claro que no les he contado que los clientes en fuga no necesitaban correr mucho con el papel higiénico debajo de los calzoncillos porque antes de salir a la calle se encontraban con Rita la portera quien asustada de su aspecto les hacía sentarse en la portería donde les servía una tila e inquiría la causa de su malestar. Al enterarse de sus dudas les contaba la vida y milagros del Dr. Sun de “pé a pá” con lo que ya nunca jamás de los jamases volvían a pisar en varias leguas a la redonda. Imagino su miedo a ser desposeídos violentamente de su preciado subconsciente y les comprendo, vaya si les comprendo. No hay peor ladrón que el ladrón de subconscientes y más cuando es un mafioso. Se lo digo por experiencia propia.

 

Para evitar quedarse sin clientela el Dr. Sun contrató a Rita la portera también como enfermera con un buen sueldo y una ración de cotilleos sobre sus pacientes que alimentaba más a la forzuda y bigotuda portera que un kilo de buena butifarra. Lo cierto es que sin su ayuda le hubiera resultado imposible al buen doctor dominar a muchos de sus pacientes. Y para muestra un botón puesto que si no fui el primero de las víctimas de Rita la portera, digo la enfermera, lo cierto es que fui una de las más sonadas. Les voy a contar esta historia y discúlpenme ustedes otra vez si mi narcisismo patológico me lleva a hacer una nueva digresión de la biografía autorizada del Dr. Sun, pero es que uno es como es y no tiene remedio.

 

Reconozco que mi primera visita a Don Carlo no fue precisamente muy recomendable. Rita la portera-enfermera tuvo que emplearse a fondo para lograr tumbarme en el sofá y atarme con los cinturones de seguridad que tiene disimulados bajo la tapicería. Desde allí escuché impertérrito la presentación del terapeuta. Sí no se sorprendan ustedes porque van a tener la boca abierta mucho rato con las extravagancias de Don Carlo. Si bien es costumbre en todo terapeuta que se precie oprimir el botón del relojito apenas el paciente se recuesta en el sofá y esperar a que éste les cuente su vida en doce capítulos y un prólogo el Dr. Sun tiene a gala iniciar el la presentación narrando su vida con pelos y señales para que el paciente sepa con quién está tratando.

 

De padres sicilianos ( no se vuelvan a sorprender ustedes, muy bien hubieran podido ser coetáneos y paisanos del gran Freud) su infancia transcurrió feliz jugando a mafiosos. Oían hablar de ellos constantemente pero lo cierto es que les veían pocas veces excepto cuando se producía una omertá o el ajusticiamiento del chivato de turno que se había ido de la lengua sin respetar el primer mandamiento de todo mafioso y anacoreta que se precie: el silencio. Entonces el pueblo, reseco y polvoriento, se poblaba de extraños campesinos con la escopeta al hombro.

 

El niño Carlo Sun estaba tan impresionado con la mente inescrutable de sus paisanos que decidió hacerse psiquiatra. Para ello tuvo que convencer a sus padres para que reclamaran de un mafioso un antiguo favor. Lo que logró, algo que dice mucho de sus dotes de persuasión incluso siendo infante. Llegó a Viena con una mano detrás y otra delante. Todas sus pertenencias estaban dentro de su cráneo, algo que le convenció para siempre de que en realidad la mayoría de las enfermedades mentales proceden de la posesión de cosas materiales y no de su carencia.

 

Pretendía seguir los pasos de Freud pero por azares del destino y de la fortuna fueron las huellas de Jung las que se cruzaron en su camino y el subconsciente colectivo se convertiría en la gran meta de su vida. Lo de las huellas lo digo en sentido metafórico no real puesto que el cuerpo del genio llevaba muerto algunos años. Tal vez no su espíritu que empezó a rondar al Dr. Sun como el fantasma de su padre a Hamlet. El doctor no es tan viejo como todo eso, diría yo que no pasa de cuarentón. A pesar de ello o precisamente por ello cae bien a las mujeres, más que bien diría yo. Los jóvenes no suelen caer tan bien a las damas, su inexperiencia les quita aún más de lo que su cuerpo de efebos les da. ¡Lástima que sus primeros clientes fueran hombres y no mujeres!

 

El entonces muy aplicado estudiante se dio un día de morros con el subconsciente colectivo de Jung con la forma de un profesor adorador de esta extraña teoría apenas explotada por la ciencia psiquiátrica. Fue un flechazo a primera vista hasta el punto de que ya no pudo dejar de pensar en ella ni para ir a mear. Y ustedes disculpen la grosería de este cronista pero ¡qué se puede esperar de un cronista loco!. No pueden pedirme que hable como los cuerdos con mentiras elegantes y arteras. ¿No dicen que de la boca de los niños, los borrachos y los locos se escucha siempre la verdad?.  Pues se van a enterar ustedes de lo que es una verdad desnuda dicha por un loco. Van a pedir socorro y nadie acudirá en su ayuda, se los prometo. Por mentirosos, por corteses y educados, que son todos unos…Me disculparán ustedes una vez más esta pelotera pero es que a veces se me olvida que soy un cronista y me sale la vena de loco. No se preocupen que no les voy a agredir. ¡Ya ven como me controlo!. La vida del doctor Carlo Sun, personaje egregio donde los haya, merece este sacrificio y cien más que me pidieran.

Les decía que el encuentro con el monstruo al que algunos llaman subconsciente colectivo de Jung fue un flechazo a primera vista. Las posibilidades de este descubrimiento le pusieron los pelos como escarpias al amado doctor. Tanto que se vio obligado a buscar en la Selva Negra un aserradero que pudiera con la dureza de esas escarpias que ya habían mellado sierras, serruchos y no digamos tijeras. Tuvo que poner con mucho cuidado su egregia cabeza junto a la sierra dentada más afilada y dura de cualquier aserradero que ustedes conozcan. Fue una experiencia que nunca olvidó y su metáfora del subconsciente colectivo como una sierra dentada capaz de acabar hasta con el más guapo se convirtió en una coletilla plomiza y muy desagradable que finalizaba todas sus parrafadas. Una experiencia inolvidable, pueden creerme, porque como buen empático que soy ya he puesto mi cabeza de chorlito en lugar de la suya un millón de veces al menos. Y les aseguro que es una experiencia que lo cura todo o casi todo. Se lo repito por última vez y no me obliguen a hacerlo más voces porque entonces sí que pierdo el control.

 

Su tesis doctoral versó sobre este tema precisamente, ya es casualidad. Como lo fue también que los pelos de los componentes del tribunal que le examinó adquirieran la condición de escarpias. Fue aprobado con eso de cum laude, que no sé lo que es, pero me imagino que la prisa por hacerse serrar las escarpias no les permitió un examen muy a fondo de los conocimientos de mi dilecto doctor Sun porque de otra forma le hubieran encerrado en una mazmorra y torturado hasta la muerte. El hecho es que todo el tribunal en pleno se trasladó al famoso aserradero de la Selva Negra del que me niego a facilitarles el nombre porque en alemán suena como una descarga de fusilería y deberían saber ya que un servidor de ustedes no sabe idiomas, ningún loco es capaz de esta proeza sino está poseído por el mismísimo Satanás. Y les aseguro que nada complacería más a este empático que ponerse en la piel de este auténtico canalla. Lo cual sin duda sería más divertido que ponerse en la piel omnipotente de la divinidad habida cuenta de lo setas que han salido todos sus seguidores.

 

Me gustaría comentar con ustedes esta tesis doctoral que se cuenta ya entre los prodigios de la ciencia psiquiátrica pero eso nos llevaría un poco de tiempo y ya no puedo más. Mi narcisismo profundo e inapelable me obliga a que ustedes conozcan cuanto antes mi historia clínica. Léanla con detenimiento y que sea lo que Dios quiera.

 

No se marchen que las historias de locos son muy divertidas y más si las cuentan ellos. Un abrazo empático para todos ustedes.

 

Continuará

CLAVE I (OPERACIÓN RESCATE)


 

L

 

NOTA INTRODUCTORIA/ Se trata de uno de mis relatos más antiguos, en plena etapa juvenil, y surgió de un sueño, como muchos de mis relatos. Fue mi primer sueño largo y el más extraordinario de todos. En aquel tiempo llevaba unos meses trabajando sin descanso con la relajación y otras técnicas de yoga mental, a menudo me quedaba profundamente dormido, a medias de una relajación, sobre todo si la hacía en la cama y después de comer, durante la siesta. Algunas veces me despertaban mis horrísonos ronquidos. El sueño profundo está considerado por grandes figuras de la sabiduría esotérica como uno de los estados de consciencia más positivos y que genera más consecuencias revitalizantes para el cuerpo físico, la mente, y nuestra individualidad. Un sueño profundo de diez minutos puede sustituir horas de sueño normal y traer a nuestra consciencia estados espirituales tan elevados como en las mejores meditaciones. Lo que yo ignoraba era que el sueño profundo pudiera hacerte viajar por la eternidad y que luego pudieras recordar buena parte del sueño al despertar.La sensación que yo tuve cuando volví a la consciencia fue que el sueño había durado horas y horas. No fue así porque según el despertador apenas había transcurrido una hora, pero no me hubiera sorprendido lo más mínimo de haber transcurrido varios días o incluso un mes.

La impresión que me produjo el sueño y el impacto de los recuerdos de aquel misterioso viaje fue tal que decidí escribir inmediatamente todo lo que recordaba. Conforme lo iba haciendo el sueño se fue desvaneciendo poco a poco y tornándose muy confuso, no obstante siempre perviviría en mi la sensación de haber sido guiado por alguna entidad espiritual desde mi más remoto pasado hasta mi más lejano futuro. Por aquellos tiempos también estaba muy interesado en el fenómeno ovni e incluso en los delirios que me producía mi enfermedad mental llegaba a obsesionarme hasta extremos muy peligrosos. Aquel sueño comenzaba con una abducción por un ovni en uno de mis paseos por la montaña, sufría una de esas experiencias curiosas que yo había leído ya en el relato de otras supuestas abducciones. Lo que me resultaba completamente nuevo fue aquella extraña comparecencia en una nave extraterrestre ante los doce ancianos de los días y luego aquella supuesta visión en un insólito monitor de televisión de lo que había sido mi vida hasta ese momento, no solo mi vida actual sino, digamos, desde que fuera creado como partícula consciente, pasando por todo tipo de vida, mineral, vegetal, animal, hasta todas y cada una de mis reencarnaciones. La historia continuaba desde el momento presente de mi vida hasta mi muerte y más allá, más vidas, más historias, al tiempo que toda la historia de la especie humana se me ponía de manifiesto con toda profundidad e intensidad.

Aquel sueño llegó a obsesionarme durante muchos, muchos años. Al final decidí deshacerme de él transformándolo en un simple relato sobre ovnis. Y así quedó. En momentos puntuales de mi vida es como si algún recuerdo de aquel sueño olvidado regresara a mí, haciéndome vivir determinadas situaciones como un dejá vu. No se puede decir que este sea el mejor momento de la humanidad y del planeta, pero aún se me hace muy cuesta arriba aceptar aquella escena final del sueño en la que se procedía al rescate de los supervivientes de aquella humanidad para su traslado a otro planeta. Aunque la mayor parte del sueño lo pudiera encuadrar en uno de mis delirios de enfermo mental, la parte central, aquel largo viaje que la humanidad había seguido hasta su rescate definitivo siempre me pareció intensamente real y probable. La pérdida de memoria de los detalles de aquel sueño hacen que cuando algo se reaviva en mí, como un dejá vu, me ponga en guardia para no caer en algún delirio obsesivo.

Este es uno de mis primeros relatos y no me parece bueno, ni siquiera merecería salvarse sino fuera porque de alguna manera refleja lo básico de aquel sueño. He decidido intentar mejorarlo, en lo posible, y olvidarme de él definitivamente.

 

     CLAVE 1 (OPERACIÓN RESCATE)                UN RELATO SOBRE OVNIS

I

 

Mientras la niebla comienza a bajar de la alta montaña, en sutiles oleadas, cubriéndolo todo con el velo que protege su desnudo cuerpo invisible, con rapidez temerosa escoge un lugar resguardado, en medio de unas escobas y monta la tienda de campaña a apresurados trompicones. Apenas ha terminado de hacerlo una lluvia fina y penetrante comienza a caer con lasitud, empapando la hierba seca a su alrededor.

 

Ha resguardado la mochila en el interior y se acomoda como puede en un espacio tan diminuto. Se siente cansado, agotado, tras una larga caminata a través de montañas y bosques. Necesita relajar los músculos, pero sobre todo la mente que siente aún más embotada que el cuerpo. Respira con ritmo forzado, boca arriba, en la postura más cómoda posible y con los ojos cerrados; una cierta agitación le incomoda al principio pero poco a poco va llegando la calma; muy suavemente toma aire, en respiraciones profundas, hasta que la mente revive,  y entonces con gran alivio vuelve a retomar las riendas que el agotamiento le arrebatara. El más dulce de los sueños le está llamando.

 

Un recuerdo le asalta con la brusquedad de una inoportuna tormenta que estuviera oscureciendo el cielo azul de un maravilloso día de verano. Aquella extraña sensación, al ir trepando por  la montaña, se le hace presente ahora con intensidad alucinatoria. Con una mano poderosa alguien parece tomar su nuca, empujándolo hacia arriba, sube con prisa, casi con angustia, los últimos metros que le quedan hasta la cumbre. No puede creer lo que está viviendo. Nunca ha perdido el control de  forma tan rápida y misteriosa, ni siquiera le sucede en los sueños, tan misteriosamente imaginativos, que le persiguen desde la niñez en forma cíclica.

 

Se sienta y espera sobre la elevada cumbre, mientras el viento ruge a su alrededor, a que algo maravilloso llegue del horizonte, que no deja de contemplar con ojos extasiados. La puesta de sol es muy hermosa, observa cada detalle del horizonte con ojos nuevos, absolutamente maravillados. Resulta curioso que su mirada en ningún momento se aparte de un punto del cielo,  por encima de una montaña situada hacia el este. Su comportamiento no es normal, al contrario le resulta en extremo chocante; en especial el hecho de quedarse allí mientras la noche se le va echando encima, sin pensar ni por un instante en lo que está haciendo. A pesar de ello no se pierde ni un solo detalle del entorno que se domina desde la cumbre, matices que en otro momento le hubieran pasado desapercibidos.

 

La oscuridad  llega poco a poco, casi de puntillas. Solo cuando la noche está ya cerrada despierta bruscamente de su letargo y en un segundo se hace cargo de la situación. Es muy arriesgado intentar bajar ahora, aunque algunas estrellas punteen el cielo, la visión es muy difusa, un simple tropezón y se despeñaría montaña abajo. Por otro lado quedarse allí, a la intemperie, a merced de todos los vientos, exponerse cuando menos a una pulmonía, sino a la congelación es muy arriesgado. Sin ropa adecuada no tendrá muchas posibilidades de sobrevivir al intenso frío de la noche. Lo  piensa con toda la frialdad que le permite el miedo, ya casi pánico, que se adueña de sus emociones.

 

Antes de tomar una decisión se produce lo inesperado. Una luz brillante llama su atención, justo en el punto que ha estado contemplando toda la tarde. Parpadea claramente tres veces y se lanza hacia arriba a una velocidad vertiginosa para volver a su primera posición y allí permanece, quieta, inmóvil, como una estrella más.

m

INTELIGENCIA ARTIFICIAL


 

 

 

 

                  BREVES HISTORIAS DE OMEGA

 

                           I

 

NOTA: No exagero al situar por encima de los veinte los años que llevo escribiendo una trilogía de ciencia-ficción a la que llamé "Omega" provisionalmente y así se quedó. Aún no he conseguido ni terminar la primera novela titulada "Diario de Ermantis". Andaría yo por los veinte años cuando me juré a mi mismo convertirme en escritor, "en serio", con ello no quería decir que iba a ganarme la vida escribiendo, sino que pondría en el empeño alma y corazón. A lo largo de estos años he vuelto a jurar lo mismo al menos una docena de veces y aún sigo en el intento.

 

Entonces tomé un cuaderno escolar, sin empezar, resto del material de mi vida estudiantil que acababa de dejar, y esbocé unas cuantas historias: una obra de teatro de la que no recuerdo nada; una historia de tema paranormal (tal vez consecuencia de mi lectura de "La zona muerta" de Stephen King) que aún anda rodando por ahí, y dos o tres historias más para relato corto o novela según dieran de sí. Una de ellas se titulaba "El planeta de los vampiros". En una galaxia lejana, en un planeta muy raro, habitaba una raza de vampiros psíquicos que podían robarte la energía vital, emocional o intelectual, y te dejaban hecho unos zorros. Con el tiempo la historia fue evolucionando hasta transformarse en una trilogía de ciencia-ficción en la que solo el protagonista, Ermantis y el planeta, Omega, seguían siendo los mismos. El resto de la historia era irreconocible.

 

Hace unos días se me ocurrió la idea de no desaprovechar el ingente material que tengo el libretas y cuadernos y si no consigo terminar la novela, al menos intentaré que esas ideas no se desaprovechen. Con esta historia inicio una serie de episodios breves sobre el planeta Omega, intentando dar un provecho al material y al mismo tiempo clarificar puntos oscuros de la historia, que apenas están cosidos al cuerpo principal con alfileres. Este primer episodio se sitúa varios miles de años antes del nacimiento de Ermantis, cuando Helenio de Moroni, un profesor chiflado, decide inventar un cerebro artificial. Nadie, ni siquiera él, pudo imaginar que con el tiempo este cerebrito, HDM-24 (por Helenio de Moronia y el número de intentos fracasados) llegará a convertirse en la gran inteligencia artificial que controle Omega. Bueno, esto no es del todo exacto puesto que el protagonista de este episodio sí comienza a sospechar que en el cerebrito artificial hay algo que no va bien o que va demasiado bien como dice él. Esta es la historia.

 

                     INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 

El invento del profesor Helenio de Moroni estaba en boca de todos los omeguianos. Aprobado y recomendado por el Consejo Planetario de Omega -que por fin se había formado tras un muy largo periodo de negociaciones- era el tema de conversación predilecto de ociosos, que no dejaban de burlarse de las excentricidades del conocido sabio. En toda sociedad que alcanza un nivel tecnológico elemental acostumbra a surgir la figura del profesor chiflado, quien deja volar su delirante fantasía para producir engendros de lo más variopinto.

 

En el caso que nos ocupa el engendro no era otra cosa que un cerebrito artificial con el que nuestro chiflado profesor pretendía dar mil vueltas a todos y cada uno de los cerebros naturales omeguianos. Como diciendo: son ustedes tan tontos que una máquina con cuatro circuitos puede superar el pensamiento de los millones de neuronas que almacenan en sus gordas cabezas. Se trataba de la vieja cuestión de la preeminencia de la máquina sobre la carne que a todo científico le pasa por la mente en algún momento de su carrera contra-reloj por superar lo que la naturaleza hizo e hizo muy bien. Yo estaba convencido de que aquello era un simple divertimento o más bien la consecuencia de la congénita testarudez del ínclito profesor, quien no cesaba de pensar y hacer todo tipo de excentricidades, como si hubiera nacido exclusivamente para ello.

 

Quienes más nos burlábamos del invento éramos los estudiantes de primer curso de ingeniería aereoespacial. Los experimentos autorizados por el Consejo se iniciaban con nosotros, cobayas burlonas y rebeldes. Helenio iba a demostrar que su engendro podía dar clases y examinar mejor que cualquier otro profesor, incluido él. La voz vieja, metálica y gangosa del artilugio nos hacía pasar muy buenos ratos, todo hay que decirlo. Aunque yo no sentía muchas ganas de divertirme parodiando la dicción de la caja metálica situada sobre la mesa del profesor. Se aproximaban los exámenes finales y para mi era muy importante, no solo aprobarlos, sino sacar las mejores notas. Había solicitado una de las seis plazas ofertadas para la expedición de la Descubrimiento I, que saldría al espacio- si todo iba bien- dentro de unos veinte años. Como tripulantes se necesitaban omeguianos jóvenes y expertos. De ahí que escogieran fundamentalmente a futuros profesionales, ahora en formación.

 

Era condición imprescindible terminar la carrera y con muy buenas notas. Comprenderán mi nerviosismo tras pasarme muchas noches en blanco, intentando asimilar las asignaturas de primer curso, infladas por una multitud de datos facilitados por nuestro metálico profesor. No deseaba perderme la primera expedición que abandonaría el famoso cuadrante galáctico, habitado por especies inteligentes. La posibilidad de hallar vida inteligente fuera del universo conocido y que ésta nos ayudara a solucionar todos nuestros problemas de un plumazo (algo que se rumoreaba pretendían algunos miembros progresistas del Consejo) y que un estudiante anónimo y poco respetado entre sus colegas pudiera formar parte del comité que haría de intermediario entre ambas especies me erizaba el vello de satisfacción.

 

Llegó el día y la hora señalados y mis previsiones más pesimistas se materializaron. Realicé un examen nefasto. La única esperanza que aún me quedaba era que mis contrincantes lo hubieran hecho peor, algo realmente difícil, aunque no imposible. Nuestro muy poco apreciado profesor HDM-24 (Helenio de Moroni en su veinticuatroavo intento) se las ingenió para encontrar las preguntas más astutas y malevolentes, en un derroche de imaginación que necesariamente dejaría agotado cualquier cerebrito, por muy artificial que fuera. Al salir del aula pude oír comentarios para todos los gustos, todos coincidían en que al cacharro se le había quemado algún circuito o más bien varios. Un estudiante especialmente sarcástico hablaba de nuestra suerte por no haber perecido en un pavoroso incendio a consecuencia de los cortocircuitos del muy odiado profesor.

 

Mi sorpresa no tuvo límites cuando al día siguiente me encontré en la lista de aprobados, el primero, arriba del todo. Si Helenio, el profesor chiflado, no hubiera dado garantías a diestro y siniestro de que nadie, absolutamente nadie, podría manipular su artefacto, me habría atrevido a pensar en una recomendación de Moroni a mi favor. Algo insólito puesto que ni siquiera nos conocíamos. Fue entonces cuando inicié mis sospechas de que algo no iba bien en aquella inteligencia artificial. O puede que fuera demasiado bien, según el punto de vista.

 

No les voy a dejar con el suspense balanceándose en la nuez. Logré el título de ingeniero aereoespacial de primera. Embarqué en la Descubrimiento I, que partió un año antes de la fecha programada. Pero no les voy a narrar ahora estas aventuras, les cortarían el resuello. Es mejor que se vayan preparando porque esa es otra historia para otra ocasión.

 

A la vuelta, doscientos años más viejo, me encontré con una sociedad tan cambiada que no la reconocería ni su madre. Helenio de Moroni estaba difunto y su engendro había pasado a manos del Consejo Planetario, que lo utilizaba como asesor de todas sus decisiones. Algo así como un cerebro en la sombra, si me permiten el chiste. Omega había llegado a ser el planeta turístico por excelencia de todo el cuadrante. En las arcas del Consejo Planetario no dejaban de entrar divisas de todas las formas y calibres. Éramos inmensamente ricos, me refiero a todos los omeguianos, y se decía que el Consejo, con el asesoramiento de "H", estaba pensando en sacarse de la manga un decreto que cerraría Omega al turismo, nos aislaría del resto de la Galaxia y convertiría nuestra civilización en la primera absolutamente ociosa de que se tuviera noticia. Los robots a trabajar y nosotros a disfrutar.

 

No era una mala perspectiva, pero algo me olía mal en todo aquello. Estaba convencido de que el estúpido invento de Moroni no era una inteligencia artificial al uso. Algo que se confirmó cuando aparecí en la lista de candidatos del Consejo a nuevo Presidente. Se celebrarían elecciones virtuales y el que más votos recibiera sería el nuevo Presidente y el encargado de llevar a cabo los nuevos planes que se estaban cociendo en los circuitos del engendro y en los pasillos del palacio de cristal que se acababa de construir para su sede y la del Consejo Planetario.

 

Lo han adivinado. Salí elegido por mayoría absoluta y en la primera vuelta, a pesar de no haber movido un solo dedo en la campaña electoral. Me convertí en el veinte presidente de Omega y el primero vitalicio, según establecía el decreto convocando las elecciones. No estaba dispuesto a dejarme manipular por una simple máquina. No al menos de que antes me dejara conocer su secreto. Porque tras los circuitos de "H" existía un misterio. Eso era seguro…El final de la historia era totalmente predecible. El me lo hizo saber y yo me dejé manipular. Pero esa también es otra historia… para otro momento.

 

                     FIN

 

 

VARIACIONES CLIMÁTICAS II


 

 

 

 

 

   VARIACIONES CLIMÁTICAS II

 

Seguimos en el año 2051 y el mismo día aunque la hora es diferente. Las 15,30 P.M.  Madrid. Centro de protección civil. Dirección Nacional.

 

En el despacho del director están reunidos la plana mayor del Consejo Nacional de Protección Civil (CNPC) ;más el repartidor de bocatas que les acaba de traer la comida y ha decidido quedarse charlando a ver qué pasa; más  la novia de uno de ellos, concretamente del director del Centro Metereológico Nacional (CMN), quien decidió acudir en bicicleta (recuerden que están prohibidos los coches particulares) muy preocupada porque su novio o tronco – en lenguaje cheli madrileño que sigue estando en boga- la dejó plantada en un restaurante cercano; más el portero del edificio que ya es aceptado como uno más del cónclave desde que hace algunos días decidió pasar más tiempo en las oficinas del primer piso, donde se encuentra la dirección de la CNPC, que en el cuchitril al que llaman portería.

 

Quien les va a narrar esta historia soy yo, el repartidor de bocatas. Me he puesto en la foto con todos los demás porque soy humilde por naturaleza, aunque en realidad aquí el que va a llevar la voz cantante es “moi”.

 

Estoy en condiciones de darles algunos datos extremadamente interesantes, por ejemplo el menú de cada cual o cada quisque, porque ya les he dicho que soy el repartidor de bocatas. Además les voy a dar otros datos pero que muy requeteinteresantes porque no en vano he sido contratado por un diario de tirada nacional, del que no voy a dar el nombre, por razones obvias, para chivarme de todo lo que aquí se cueza o se fría, que de todo habrá.

 

Como sería muy largo describir, uno por uno, lo que han comido, procedo a una somera enumeración: seis bocatas de tortilla de patata, uno sin cebolla; dos de jamón y queso; una hamburguesa con patatas fritas; uno de atún con pimientos; una  ensalada de cangrejos y steak  tártaro y dos zumos de frutas, un yogur y un sándwich vegetal.

 

Desde mi llegada a esta oficina la conversación ha derivado más o menos por los siguientes derroteros:

 

-Director de la CNPC( es el que ha pedido la ensalada de cangrejos y el steak tártaro, como ustedes ya habrán adivinado):

 

Llevamos aquí toda la mañana y no hemos llegado a ninguna conclusión. Espero que ahora, con estos bocatas a la vista, se nos aguce el ingenio. Nos están achicharrando el culo por todas partes. Incendios a lo largo de toda la geografía nacional, hasta en sus partes más íntimas. Los golpes de calor han logrado que media población respire con cuidado, por si el aliento cálido fuera capaz de producir incendios. ¡Malditos golpes de calor y malditos incendios!. Y eso que en Europa están de inundaciones. ¿Qué habremos hecho nosotros para merecer esto?.

 

-Qué hemos hecho nosotros?.- Salta la novia desplantada por su novio en el restaurante y que es la que ha pedido dos zumos de zanahoria, un yogur y un sándwich vegetal. Ya que no he podido comer en el restaurante haré dieta (le ha dicho a su novio con muy malas pulgas) pero mañana no te libras de invitarme donde yo te diga.

 

¿Qué  hemos hecho nosotros?. y no es una reiteración retórica del narrador para meter algo en el sándwich, sino fiel reflejo de la realidad, que narro como en un espejo, y perdonen tanto circunloquio.

 

¿Les parece poco talar árboles? Han terminado con la selva amazónica. ¿Y eso le parece poco?. Ensuciamos la atmósfera con combustibles fosilizados, en lugar de hacer que los vehículos tomen el sol en cualquier playa (la decisión de hoy viene con retraso) o ponerles velas como barquitos, para que se muevan al primero golpe de viento¿y usted me dice tan pimpante qué hemos hecho?. A usted le voy a decir yo lo que hemos hecho, pedazo dede.

 

Aquí interrumpe el novio y se la lleva a un rincón, donde tapa su boca a cambio de recibir una patada en la espinilla que le hace ver el techo de la oficina como si fueran cúmulos y nimbos, retorcidos como gato panza arriba.

 

-Mientras tanto el director sigue su perorata.

 

Vale, vale. Admito que algo hemos hecho. ¿Pero tanto como para que un millar de incendios estén achicharrando nuestros traseros por toda la geografía nacional?. Creo que no. Más bien diría que estoy convencido de que no. Pero no es esto lo que más me preocupa al fin y al cabo tenemos el mejor parque de bomberos del mundo, medio millón de profesionales perfectamente cualificados y otro medio millón de voluntarios- sino los desórdenes que se esperan con la prohibición de los coches particulares. La gente está decidiendo que no le da la real gana hacerse un maratón de ida y otro de vuelta para trabajar (el aumento del transporte público es de todo punto insuficiente hasta el momento). Se están quedando en sus casas y el aburrimiento en una masa tan grande de desocupados va a ser un grave problema en los próximos meses. Ya lo creo que va a ser un grave problema. Ni la televisión por cable ni por satélite ventana a ventana, ni fútbol, ni nada. En cuanto empiecen a pasar hambre el aburrimiento, que es mal consejero, les llevará al vandalismo, al asalto de supermercados y tiendas de todo tipo y no vamos a tener fuerzas de seguridad suficientes para contener esa avalancha. ¿No es así señor Subsecretario de Seguridad Ciudadana?.

 

-Señor Subsecretario de Seguridad Ciudadana (es el de bocata de tortilla con mucha cebolla y chorizo. Así me lo pidió o me lo tiraría a la cara).

 

Así es, querido amigo. Cuando la masa pierde el norte se hace imprevisible controlar sus movimientos. Ni siquiera con la ayuda del ejército.

 

-¿Cree usted que el gobierno pondrá al ejército en esto?.

 

-No hemos llegado aún al momento crítico.

 

-¿Y a qué esperan?- es la novia desplantada por su novio la que ha conseguido zafarse de la llave- No hay suficiente trasporte público para que todo el mundo pueda ir a trabajar y no es fácil que lo haya en mucho tiempo. Los incendios están haciendo de este país una caldera de Pedro Botero. El cáncer de piel está a la orden del día. La gente quiere saber si la capa de ozono se ha ido definitivamente a la mierda y tenemos que salir de casa vestidos como buzos o aún estamos protegidos en algunos sitios y en qué sitios, si es así. La gente quiere saber si este invierno se nos van a congelar las meninges o podremos irnos a las playas con la tortilla de patata.  Si podemos tener hijos o más vale que lo dejemos para otra reencarnación, suponiendo que sea en un planeta que no se llame Tierra. Si podemos hipotecarnos hasta las cejas y dejas a los bancos con el culo al aire- porque nunca nos cobrarán- o debemos actuar como siempre, controlando para llegar a fin de mes. La gente quiere saber y tiene derecho a saber. ¿Estamos iniciando el Apocalipsis o podremos seguir de juerga hasta que se nos empiece a chamuscar el trasero?.

 

-Director del CNPC, dirigiéndose al director de climatología:

 

Oiga usted, amigo. A ver si controla a su novia, que parece un ciclón.

 

-Director del CNM:

 

Esto tiene sus ventajas. Usted ya me entiende.

 

-¿Quiere decir que un ciclón en la cama tiene su encanto?.

 

-Novia sulfurada hasta  echar chispas.

 

¡Malditos machistas de mierda!. Hablan de mi como si yo no estuviera presente. Serán cpiiii. Me voy. Y tú, ya sabes que mañana quiero una excelsa comida en el y te quiero allí a las 14 horas en punto o ya puedes buscar quien te replante en un bosque, porque es la única compañía que vas a tener.

 

Se marcha la novia. Se produce un pequeño barullo. Alguien dice que si no hay más que también se marcha. Antes de producirse la desbandada el jefe dice:

 

-Quiero a los de guardia aquí, a las 17 horas, sin excusas. A los demás mañana, puntuales. ¿Has recibido la comunicación del Presidente?- se dirige al novio.

 

-Claro, y por duplicado. Mañana tengo convocados a todos para hablar sobre cómo hacemos el informe. ¿Quién puede ver el futuro?. ¿Qué sabemos nosotros de por dónde irá el cambio climático dentro de un año?. Que el ciudadano quiera saber está bien, yo también quiero saber, pero eso es imposible. No te jode. Le pondremos cuatro mandingas para que todo el mundo quede contento y a otra cosa, efecto mariposa.

 

-Pues nosotros aún lo tenemos peor. ¿Cómo vamos a saber los incendios que habrá de aquí a que termine el verano?. Ni eso ni los efectivos que serán necesarios para afrontarlos, ni si necesitaremos más hidroaviones o personal voluntario o al ejército o a la policía para controlar los tumultos o si Juliette Osborn visitará Madrid y se despelotará otra vez en la Cibeles. Que esa chica parece una adicta. La otra vez salvamos in extremis de  una violación colectiva. Desde que su caché está en descenso no deja de hacer gilipolleces, una tras otra. Bueno, chico, mañana será otro día.

 

-Chao y no vuelvas a meterte con mi novia o me costará un serio disgusto cualquiera de estos días.

 

-Es que ya tenemos problemas para enfrentarnos además a un ciclón.

 

-No me muevas el ciclón, que de momento todo va bastante bien.

 

-Jaja. Tu verás compadre.

 

La oficina se va quedando vacía. Mucho ruido y pocas nueces. Yo me despido hasta mañana. Si el negocio de bocatas fuera de mi propiedad ya me habría hecho de oro, pero no lo es. Mañana le pediré al jefe que me aumento el sueldo. Y esta tarde mandaré mi reseña al periódico de tirada nacional. Se anuncia la llegada de Juliette Osborn, quien piensa despelotarse otra vez en la Cibeles. Pasaremos el día y la hora. Se habla de un ciclón. Ya daremos más datos (raro será que no aparezca alguno en cualquier parte del mundo uno de estos días). El director del CNPC (joróbate y baila, Calixto, que eres el único que no paga en mano, ya me debes tres bocatas, capullo) dice que no está lejano el día en el que dejará de haber incendios en el campo por falta de material combustible. Esperemos que cuatro idiotas no empiecen a quemarnos la ciudad. Bueno, ya me inventaré algo más. En estos tiempos todo cuela.

 

Siendo las 16,45 el repartidor de bocatas abandona las oficinas del CNPC. Mañana será otro día.

 

 

 

 

VARIACIONES CLIMÁTICAS


             

 

 

 

                     VARIACIONES CLIMÁTICAS

 

                              I

 

NOTA: Los hechos y personajes que aparecen en esta serie de relatos son todos absolutamente verídicos. El hecho de que sucedan en el año 2051 de nuestra era no significa nada. El autor confiesa con orgullo, casi soberbia, haber viajado en el tiempo gracias a un artilugio de su invención capaz de viajar en el tiempo como quien lava. Al acabar el viaje escondió el artilugio con tanto esmero que ahora sería incapaz de encontrarlo ni aunque tuviera en su poder los planos y la base de datos que hacía referencia al invento y el lugar donde está oculto, lo que no es posible porque han sido destruidos. Por eso nadie puede rebatir lo que cuenta. Solo viajando a los mismos lugares y en las mismas fechas que se dice aquí se podría saber con absoluta certeza que lo narrado es cierto o tan falso como las monedas de Judas. Solo queda confiar en el autor o esperar a que el futuro se haga presente. Les aconsejo la primera opción. Y ahora permítanme que situe la acción en el formato que está tan de moda actualmente en algunos seriales televisivos. Tomen nota y procuren no cometer los mismos errores que llevaron a la humanidad a tan peligrosa situación.

 

 

 

 

 

 

 

 MADRID-ESPAÑA.- 15 horas, 1 minuto, 30 segundos. Año 2051 de la era cristiana. Domicilio de D. Anselmo García Rodriguez.

 

Don Anselmo acaba de encender el televisor con la sana intención de enterarse de las noticias en el telediario de sobremesa. De la caja tonta al sofá ha tardado exactamente un minuto. Razón por la cual ha oprimido el botón de su armatoste a las 14,59 horas, exactamente, según marca su viejísimo reloj de pulsera, que aún funciona como un reloj de los buenos.

 

D. Anselmo respira por la boca, que mantiene abierta, amén de porque no es capaz de hacerlo por la nariz, por el gozo que siente al enterarse de la noticia con la que abre el telediario el canal 44, cuatro-cuatro, de cobertura nacional. El gozo que siente se ha iniciado en los riñones y ha tardado exactamente treinta segundos en llegar a la boca, por cuya comisura brota un hilillo de repugnante baba, que está llegando en este momento al mentón, desde donde caerá, como en cascada, hasta la pechera de una vieja camisa de color indescifrable que hace unos quince días que no se quita ni para dormir. ¿Para qué?, piensa D. Anselmo, con lógica implacable,si nadie me visita.

 

D. Anselmo es uno de los dos millones de ancianos que según las últimas estadísticas permanecen solos en sus pisos, debido al terror causado por la plaga de la salmonelosis cuarta, que ha matado ya al 50% de los ancianos residentes en asilos públicos y privados. Nuestro protagonista huyó en cuanto su compañero de cuarto inundó el retrete. Desde la residencia a su viejo piso, que conservaba cerrado, por si las moscas, tardó exactamente doce horas, treinta minutos y veinte segundos, a pie, por supuesto.

 

La noticia que a Don Anselmo produce tanto gozo dice escuetamente: "El gobierno español de coalición nacional, mediante decreto-ley por el trámite de urgencia, ha prohibido la circulación de vehículos particulares por todas las carreteras y calles del país. Se fundamenta esta medida en que el petroleo existente en nuestras reservas no serviría ni para  encender la pipa de un indio (suponiendo que aún quede algún indio y que éste fume petróleo). Otra de las razones muy convincentes se basa en el cambio climático, apabullante, que se ha producido en la última década. La contaminación acabará con todos nosotros en un periquete, si no tomamos ya las medidas oportunas. Ha dicho el portavoz del Consejo de ministros.

 

D. Anselmo ha escupido al suelo un repugnante gargajo. Pensando, con lógica implacable, que morirá antes de que algún asistente social le haga la primera visita. ¿Para qué limpiar, si nadie me visita?. En la pantalla de su viejo televisor, anterior a la era digital, las calles de Madrid aparecen tan desiertas de vehículos como un desierto lo estaría de peces, si las inundaciones catastróficas no hicieran impredecible semejante posibilidad. Las calles madrileñas son ahora autopistas para patinetes y bicicletas por donde grupos de jóvenes compiten por amor al arte. Una intrépida reportera entrevista en la Gran Via a un adulto, al que pesan más los años que los quilos. Justo hace un momento se rompió la nariz contra el asfalto. La pregunta quiere saber la gracia que le hace el nuevo decreto-ley del Gobierno.

 

De pronto se oyen unos pitiditos durante unos treinta segundos, de esos que suelen utilizarse para tapar los insultos, palabras groseras y hasta blasfemias que utilizan gentes sin escrúpulos para expresar sus emociones en momentos puntuales. Cuando terminan los pitiditos la intrépida reportera, intentando congraciarse con su entrevistado, le dice, toda sonrisa, que al menos él tiene la suerte de estar justo al borde de la jubilación.

 

Solo un año, un mísero año. ¿Pero cree usted que a este ritmo podré llegar?. Hoy la nariz, mañana la pierna y pasado la cabeza. Yo no llego vivo a la jubilación, no llego. De nuevo la atrevida reportera intenta una vez más dar en el clavo y le sugiere al entrevistado que tal vez una baja por depresión podría ayudarle a esperar que llegue el feliz momento.

 

¿Pero usted es…pitido…pitido? ¿No recuerda el último decreto-ley por el trámite de urgencia sobre la Seguridad Social?. Si me quedo de bajo no cobraré ni el 10%…¿Y si usa la bicicleta en lugar del patinete?. Insiste con paciencia asesina. Pitidito…pitidito…pitidito…Se interrumpe la comunicación y una bella locutora, con peinado a lo rastahari (está de moda) da paso a otras ciudades, otras opiniones, otros pitidos…

 

 D. Anselmo enciende un pitillo, da una calada y escupe al suelo un enorme gargajo. A continuación se echa a reír sin dientes a todo trapo. Cuando se le pasa la risa tonta comenta: A j…todos c… ¡Pa lo que salgo yo de casa!. A continuación se cuelga del pitillo como de un chupete. Hace unos años un real decreto-ley por…prohibió la producción y el consumo de tabaco. Antes de que entrar en vigor D. Anselmo se hizo con todas las existencias de un despacho de tabaco, cercano a su casa. Se gastó todos sus ahorros y pero calculando a paquete diario aún le sobrarían algunas cajetillas el día de su muerte. El referido decreto-ley también prohibió fumar en el propio domicilio particular, pero D. Anselmo no tiene miedo a la multa. ¡Pa lo que me visitan!.

 

Son las 15,10 horas y en el telediario de la cadena 44 se dan paso a otras noticias igualmente catastróficas. D. Anselmo carraspea y estrella un gargajo enorme, como un meteorito, contra el suelo.

Cárcel de alta seguridad


RELATOS CARCELARIOS

 

NOTA.- Hace unos meses fui elegido para sustituir a una compañera enferma en la oficina judicial de una cárcel de alta seguridad. Estuve allí cerca de dos meses y llené un montón de libretas con notas que luego me servirían para escribir estos relatos carcelarios. No estuve solo, compartí la oficina con tres compañeras que eran un verdadero encanto. Al saber que escribía y que estaba interesado en recopilar, cuantos más datos mejor sobre la vida en las prisiones, se ofrecieron a darme cuanta información estuviera en sus manos. Fue una experiencia interesante, a veces muy dura, a  menudo rutinaria, pero siempre suavizada por el encanto de estas tres compañeras a quienes dedico esta serie de relatos. He decidido no poner sus nombres por si pudiera causarles algún problema. No lo creo, pero mejor que acepte yo solito la responsabilidad.

 

A pesar de la documentación recogida debo decir que está tan manipulada que resulta difícil que alguien o algo pueda ser reconocido como real. Me he basado libremente en mis experiencias para escribir estos textos. Tan libremente que debo decir que todos los personajes que aquí aparecen, con excepción del protagonista, que es el autor también muy manipulado, son pura ficción y cualquier parecido con la realidad sería pura coincidencia.

 

El mundo de la delincuencia, de los presos, es una de las zonas marginales de nuestra sociedad a la que pocos se atreven a hincarle el diente. No es fácil mirar a la cara a un asesino y preguntarse qué hay en la naturaleza humana que pueda llevar a semejante degradación o qué hay en nuestra sociedad que lleva a muchos de sus miembros a la delincuencia e incluso a la más absoluta degradación como puede ser el asesinato, terrorista o no, o a la violación o simplemente a la delincuencia de guante blanco. Puedo decir que he visto asesinos, terroristas, violadores, pedófilos, estafadores y toda clase de condenados. A veces, al intentar ponerme en su piel, he sentido el tremendo vértigo de la nada azotarme por dentro. Otra veces he intentado mirarlo todo desde fuera, con frialdad y objetividad. Como dijo un clásico "nada humano me es ajeno". Aunque resulte difícil de digerir, los presos siguen siendo seres humanos. Puede que hayan llegado justo al límite donde termina la naturaleza humana y empieza la bestia, pero siguen siendo humanos. Yo al menos no me atrevo a quitarles esa condición, aunque la mayoría de ellos están bien donde están y más vale que nunca nos los encontremos por la calle.  Puede que esta serie vaya muy lentamente porque cada relato supone un gran esfuerzo por superar el miedo y el deseo de abandonarlo todo, dejarlo como está. Pero ya que estuve allí y fui testigo creo que debo contar mi historia. Muy manipulada, eso sí, pero mi historia.

 

                        I

 

 

        CARCEL DE ALTA SEGURIDAD

 

 

Cuando mi jefe me notificó por escrito el traslado forzoso a la oficina judicial de la cárcel de alta seguridad "Villabarrotes" pensé que se trataba de una de sus mezquinas venganzas (¡Que Dios me perdone!.) Si no fuera tan mal pensado habría captado enseguida sus buenas intenciones respecto a  uno de sus subordinados favoritos. ¿Por qué no aceptar sin más trámites que mi jefe estaba pensando en facilitarme un material de primera para una serie de relatos que acabarían, algún día, por darme fama, dinero y honor?. Ni siquiera me planteé semejante posibilidad, lo que indica bien a las claras lo rebelde, "amargao" y  retorcido de mi carácter. Siempre pensando mal del prójimo, asi no hay quien viva.

 

La cara que puse aquella mañana al subirme al coche oficial que me llevaría  a mi nuevo destino era todo un poema carcelario. Farfullé  un "bueos días" al conductor con el que también me llevaba mal. ¿Con quién me llevaba yo bien, si es que puede saberse?. Para disimular mi mal humor e impedir que me dirigiera la palabra cerré los ojos y me hice el dormido. Pero no hubiera podido hacerlo ni con una orquesta de cámara sobre el capot, dedicándome la hermosa nana de Schubert en sí menor, es un decir. Con los ojos cerrados noté todas las curvas, los frenazos, los acelerones, los cruces y hasta el olor del campo, seco, esquilmado, que entraba por la ventanilla semiabierta.

 

Entonces abrí los ojos y pude ver allá a lo lejos, a un tiro de curva, la cárcel de alta seguridad que habían inaugurado cinco años atrás, como mucho. Era pues nuevecita y reluciente. Luego me enteraría que había sido diseñada para dar cabida a unos dos o tres mil presos. Como sucede con las cárceles siempre suele haber más presos que plazas. Tal vez se deba a esa necesidad gregaria del ser humano, incluidos los presos, de apelotonarse unos contra otros en cualquier espacio. ¡Con lo grande que es el campo!.

 

Mi corazón destilaba hiel y mi fantasía no cesaba de ponerme ante los ojos mil escenas, a cual mal sangrienta, en las que los presos, amotinados y subidos como uno solo en el santo burro de la cólera, me convertían en rehén para negociar con papá Estado cualquier mandanga más o menos justa. También podía ocurrirme que me secuestraran los terroristas, como ya había ocurrido con un funcionario de prisiones, y me mantuvieran en un zulo meses y meses a pan y agua. O tal vez fuera violado en algún pasillo por alguna bestia feroz muy necesitada, pero que muy necesitada de carne o más bien de grasa. Todo puede suceder en una cárcel. Lo hemos visto en las películas, en los telediarios, en los titulares de la prensa y hasta en los tebeos. Nunca pasa nada, tranquilos, nunca pasa nada, pero como pase te van a joder "pa vino".

 

Estos y no otros eran mis tétricos pensamientos cuando el coche se detuvo frente a la entrada principal y mi cuerpo, dormido y temblón, tomó tierra. Estaba solo frente al peligro y nunca mejor dicho porque entre bajas y vacaciones en la oficina judicial de Villabarrotes estaría más solo que la una, recientemente divorciada del uno. El coche, que volvería a recogerme a la salida del trabajo, se alejó ráudo y yo me quedé allí, como un alma en pena, mirando primero a la cámara que rotaba de izquierda a derecha, enfocándome en ese preciso momento y luego volviendo a su sempiterno movimiento perpetuo. Estaba situada en una esquina sobre una pared que daba acceso al vestíbulo principal. Miré hacia el campo donde una vaca pastaba con esa imperturbabilidad que da haber alcanzado la budeidad perfecta o sencillamente ser más tonta que el que asó la manteca. Cerca de la cabina que controlaba el paso de funcionarios y proveedores a la prisión, por detrás de esta, un hombre canoso, con el uniforme azul de los funcionarios de prisiones, estaba haciendo carantoñas a un perrito que se dejaba querer. Luego me enteraría de que al construirse la prisión aparecieron por allí dos perritos abandonados a quienes todos recibieron con mucho cariño. Les llamaron Martín y Sarmiento por los apellidos del entonces director de prisiones.

 

Me pareció una escena muy tierna, aunque menos simbólica que un pajarito posado sobre la alambrada y cantando como un feliz tenorcillo de ópera. Harto ya de tanto lirismo me trasladé, moviendo un pie tras del otro, hacia el interior de la prisión que sería durante un tiempo mi nuevo lugar de trabajo. Me presenté a la funcionaria que controlaba la entrada (todas las puertas se movían al compás de botones que se apretaban para abrirse o cerrarse) y cuando ya me disponía a presentar mi documentación y a dejarme cachear si fuera preciso la joven me indicó que podía pasar.  Me deseó una feliz estancia y me entregó la llave de la oficina que iba a ser exclusivamente de mi propiedad. Me indicó que debería pasar por la oficina de peculio, a la derecha y subir por unas escaleras. Imaginé que allí en el peculio y no sé qué más controlarían el dinero de los presos. Dos funcionarios trabajaban a los ordenadores. Les saludé, me presenté, les dijo que hacía una baja, me dieron los buenos días y me indicaron que debería subir las escaleras, a mano derecha y enseguida vería la oficina. No tenía pérdida porque escrito en la puerta ponía bien clarito: Oficina judicial.

 

Atravesé un salón donde pude ver una cinta transportadora, una de esas máquinas que sirven para detectar el interior de los paquetes que se les entregarán a los presos y unas estanterías donde se amontonaban algunos enseres de los residentes forzosos,  Abrí la puerta de la oficina y tomé posesión de ella con calma, con una calma asombrosa. Sabía lo que debería hacer. Registrar los exhortos en el libro correspondiente, hacer las listas de presos a los que llamarían al día siguiente a locutorios, preparar todo el papeleo para perder el mínimo tiempo con cada preso y algunas cosillas más que no tenía muy claras pero que acabaría dominando con el tiempo.

 

Observé que la carpeta de aislamiento estaba llena, así como la del módulo once. Tendría que hacerlo después de locutorios. Coloqué mi libretita sobre la mesa, la abrí y anoté en la primera página en blanco: "Relatos carcelarios". Debajo, en mayúsculas, escribí: "Indice".  Y a continuación en diferentes apartados: personajes, historias carcelarias, distribución de la cárcel, horario, jerga carcelaria, anotaciones interesantes y apéndice. Luego me puse a planificar la mañana. Primero haría la lista de los presos para mañana, prepararía todo lo que hubiera que preparar y bajaría a locutorios, luego a las celdas de aislamiento y finalmente al módulo once. Con un poco de suerte aún me sobraría un poco de tiempo para tomar nota en mi libreta de lo que me interesara, relajarme un rato estirando las piernas por debajo de la mesa y mirar por la ventana.

 

Me costó un poco acoplarme al mecanismo, al principio siempre cuesta un poco, pero luego todo fue bastante bien. Plif-plaf, fechador, rellenar impreso, quitar las grapas y poner un clic sujetando los papeles para que el preso no tuviera que esperar ni cinco, sino se impacientan. Al montón, siguiente, plif-plaf, fechador, etc. etc.  Cuando hube terminado repasé los papeles uno por uno. ¡Vaya!, me había olvidado de cambiar el fechador y tenía fecha de ayer. A modificar las fechas de todos los papeles con bolígrafo. ¡Maldita sea!. Hay que ser idiota, cretino, o me despierto ya, de una vez, o voy a meter la pata en serio. Con las cosas de los presos no se juega.

 

Bueno, me dije, todo es cuestión de conseguir programarme y luego todo irá como un engranaje perfectamente engrasado. Miré el reloj de pulsera. Hora de bajar a locutorios. Tomé la carpeta y dos bolígrafos, uno para los presos por si los sidas o cualquier otra enfermedad infecciosa que puedan tener. En la oficina de peculio la funcionaria me pidió que esperara un poco. Estaba sola y tenía que terminar algo urgente. Siempre falta personal en la administración. Si alguien cae de baja otro tiene que hacer su tarea hasta que contraten un interino si lo hacen. Si hay vacaciones unos tienen que acoplarse para que no se note la falta de los otros. Por fín estuvo dispuesta y seguí sus pasos. Puerta abierta en el pasillo. Cerrarla inmediatamente, me advirtió la funcionaria, o no podremos pasar la siguiente. El sistema informático no admite puertas abiertas o se bloquea. Otro control. Salida a un enorme patio donde los diferentes barracones, módulos numerados, dan cabida a unos cien presos por módulo. Otra puerta, entrada a locutorios. La funcionaria me da la llave para que pueda abrir el candado de la rendija que me permitirá pasarles los papeles a los presos. Al lado un teléfono para poder hablar con ellos a través del cristal blindado. Todo preparado. Comienzan a llegar los presos.

 

Uno me está diciendo algo, no le oígo. Observo que no me habla por el telefonillo. Le indico por señas que lo tome y me hable a través de él. Buenos días, dice el prese. Buenos días, digo yo. ¿Nombre?., pregunto. Me lo dice. Busco en el montón de papeles, encuentro el suyo, le paso la documentación y a continuación el impreso de notificación donde debe firmar. A través de la pequeña rendija le paso el bolígrafo especial para ellos. Le digo que firme. No quiero, me contesta. Vale. Pásame entonces el impreso y el bolígrafo. Puedes irte…. Siguiente.

 

Levanto la vista y veo a una negrita joven, una auténtica preciosidad que me está mirando con cierta cara de chunga. ¿Nombre?. Sisibel. Le paso los papeles lo más rápido que puedo, contesto a sus preguntas. Le paso el bolígrafo y le pido que firme, rápido. Estoy pensando que han cometido un error. No se debería hacer pasar a una mujer junto con los hombres. Se puede armar una buena. Además la chica está de toma pan y moja. Puede que esté allí por prostitución. Algún recluso puede sentir la tentación de manosearla, incluso se puede armar una buena si alguien intenta violarla. Que la saquen de aquí cuanto antes.

 

Con el paso de los días me daría cuenta de que cada funcionario llevaba la rutina como mejor le parecía. Aquellos errores serían corregidos. Nunca pasa nada, pero cuando pasa te pueden "joder pa vino". Termino con un módulo y mientras llega el siguiente anoto en la libreta: Historia de Sisibel. Tengo que documentarme, saber algo más sobre ella. Parece un tema interesante para mis relatos carcelarios. Hago que por un error se cuele la mujer en locutorios donde unos cuantos reclusos con ganas de juerga intentan violarla. Se produce un motín, etc etc. El escritor manipula la realidad, para eso está la realidad y para eso está el escritor. Así funciona la literatura. Me digo que allí podré encontrar muchas y muy interesantes historias para mis relatos carcelarios. Al menos combatiré el canguelo escribiendo e imaginando una cárcel ficticia donde suceden cosas que nunca sucederán en realidad. O puede que todas ellas hayan sucedido ya. La realidad supera ampliamente a la ficción. Bueno, al menos espero que si tienen que suceder no me sucedan a mi. Nunca pasa nada, nunca pasa nada, pero si pasa te joden pa vino.

 

Me espera una larga y agitada mañana. Me siento nervioso. El jefe podía haber elegido a otro, sí podía haberlo hecho, pero me eligió a mi. "Alguien tenía que ser". Me dijo con cara sonriente. Bueno me lo tomaré con calma. Puede que de aquí salga una obra maestra de la literatura, incluso el guión de alguna futura película carcelaria. ¿Cómo se llamaba aquella película en la que el recluso Paul Newman se come unos cincuenta huevos duros por una apuesta y no revienta de milagro?. Ahora no me acuerdo. Bueno, espero tener suerte y salir indemne de allí. Nunca pasa nada, nunca pasa nada, pero si pasa te "joden pa vino".

 

El siguiente. ¿Nombre?.

 

Continuará.