Cárcel de alta seguridad


RELATOS CARCELARIOS

 

NOTA.- Hace unos meses fui elegido para sustituir a una compañera enferma en la oficina judicial de una cárcel de alta seguridad. Estuve allí cerca de dos meses y llené un montón de libretas con notas que luego me servirían para escribir estos relatos carcelarios. No estuve solo, compartí la oficina con tres compañeras que eran un verdadero encanto. Al saber que escribía y que estaba interesado en recopilar, cuantos más datos mejor sobre la vida en las prisiones, se ofrecieron a darme cuanta información estuviera en sus manos. Fue una experiencia interesante, a veces muy dura, a  menudo rutinaria, pero siempre suavizada por el encanto de estas tres compañeras a quienes dedico esta serie de relatos. He decidido no poner sus nombres por si pudiera causarles algún problema. No lo creo, pero mejor que acepte yo solito la responsabilidad.

 

A pesar de la documentación recogida debo decir que está tan manipulada que resulta difícil que alguien o algo pueda ser reconocido como real. Me he basado libremente en mis experiencias para escribir estos textos. Tan libremente que debo decir que todos los personajes que aquí aparecen, con excepción del protagonista, que es el autor también muy manipulado, son pura ficción y cualquier parecido con la realidad sería pura coincidencia.

 

El mundo de la delincuencia, de los presos, es una de las zonas marginales de nuestra sociedad a la que pocos se atreven a hincarle el diente. No es fácil mirar a la cara a un asesino y preguntarse qué hay en la naturaleza humana que pueda llevar a semejante degradación o qué hay en nuestra sociedad que lleva a muchos de sus miembros a la delincuencia e incluso a la más absoluta degradación como puede ser el asesinato, terrorista o no, o a la violación o simplemente a la delincuencia de guante blanco. Puedo decir que he visto asesinos, terroristas, violadores, pedófilos, estafadores y toda clase de condenados. A veces, al intentar ponerme en su piel, he sentido el tremendo vértigo de la nada azotarme por dentro. Otra veces he intentado mirarlo todo desde fuera, con frialdad y objetividad. Como dijo un clásico "nada humano me es ajeno". Aunque resulte difícil de digerir, los presos siguen siendo seres humanos. Puede que hayan llegado justo al límite donde termina la naturaleza humana y empieza la bestia, pero siguen siendo humanos. Yo al menos no me atrevo a quitarles esa condición, aunque la mayoría de ellos están bien donde están y más vale que nunca nos los encontremos por la calle.  Puede que esta serie vaya muy lentamente porque cada relato supone un gran esfuerzo por superar el miedo y el deseo de abandonarlo todo, dejarlo como está. Pero ya que estuve allí y fui testigo creo que debo contar mi historia. Muy manipulada, eso sí, pero mi historia.

 

                        I

 

 

        CARCEL DE ALTA SEGURIDAD

 

 

Cuando mi jefe me notificó por escrito el traslado forzoso a la oficina judicial de la cárcel de alta seguridad "Villabarrotes" pensé que se trataba de una de sus mezquinas venganzas (¡Que Dios me perdone!.) Si no fuera tan mal pensado habría captado enseguida sus buenas intenciones respecto a  uno de sus subordinados favoritos. ¿Por qué no aceptar sin más trámites que mi jefe estaba pensando en facilitarme un material de primera para una serie de relatos que acabarían, algún día, por darme fama, dinero y honor?. Ni siquiera me planteé semejante posibilidad, lo que indica bien a las claras lo rebelde, "amargao" y  retorcido de mi carácter. Siempre pensando mal del prójimo, asi no hay quien viva.

 

La cara que puse aquella mañana al subirme al coche oficial que me llevaría  a mi nuevo destino era todo un poema carcelario. Farfullé  un "bueos días" al conductor con el que también me llevaba mal. ¿Con quién me llevaba yo bien, si es que puede saberse?. Para disimular mi mal humor e impedir que me dirigiera la palabra cerré los ojos y me hice el dormido. Pero no hubiera podido hacerlo ni con una orquesta de cámara sobre el capot, dedicándome la hermosa nana de Schubert en sí menor, es un decir. Con los ojos cerrados noté todas las curvas, los frenazos, los acelerones, los cruces y hasta el olor del campo, seco, esquilmado, que entraba por la ventanilla semiabierta.

 

Entonces abrí los ojos y pude ver allá a lo lejos, a un tiro de curva, la cárcel de alta seguridad que habían inaugurado cinco años atrás, como mucho. Era pues nuevecita y reluciente. Luego me enteraría que había sido diseñada para dar cabida a unos dos o tres mil presos. Como sucede con las cárceles siempre suele haber más presos que plazas. Tal vez se deba a esa necesidad gregaria del ser humano, incluidos los presos, de apelotonarse unos contra otros en cualquier espacio. ¡Con lo grande que es el campo!.

 

Mi corazón destilaba hiel y mi fantasía no cesaba de ponerme ante los ojos mil escenas, a cual mal sangrienta, en las que los presos, amotinados y subidos como uno solo en el santo burro de la cólera, me convertían en rehén para negociar con papá Estado cualquier mandanga más o menos justa. También podía ocurrirme que me secuestraran los terroristas, como ya había ocurrido con un funcionario de prisiones, y me mantuvieran en un zulo meses y meses a pan y agua. O tal vez fuera violado en algún pasillo por alguna bestia feroz muy necesitada, pero que muy necesitada de carne o más bien de grasa. Todo puede suceder en una cárcel. Lo hemos visto en las películas, en los telediarios, en los titulares de la prensa y hasta en los tebeos. Nunca pasa nada, tranquilos, nunca pasa nada, pero como pase te van a joder "pa vino".

 

Estos y no otros eran mis tétricos pensamientos cuando el coche se detuvo frente a la entrada principal y mi cuerpo, dormido y temblón, tomó tierra. Estaba solo frente al peligro y nunca mejor dicho porque entre bajas y vacaciones en la oficina judicial de Villabarrotes estaría más solo que la una, recientemente divorciada del uno. El coche, que volvería a recogerme a la salida del trabajo, se alejó ráudo y yo me quedé allí, como un alma en pena, mirando primero a la cámara que rotaba de izquierda a derecha, enfocándome en ese preciso momento y luego volviendo a su sempiterno movimiento perpetuo. Estaba situada en una esquina sobre una pared que daba acceso al vestíbulo principal. Miré hacia el campo donde una vaca pastaba con esa imperturbabilidad que da haber alcanzado la budeidad perfecta o sencillamente ser más tonta que el que asó la manteca. Cerca de la cabina que controlaba el paso de funcionarios y proveedores a la prisión, por detrás de esta, un hombre canoso, con el uniforme azul de los funcionarios de prisiones, estaba haciendo carantoñas a un perrito que se dejaba querer. Luego me enteraría de que al construirse la prisión aparecieron por allí dos perritos abandonados a quienes todos recibieron con mucho cariño. Les llamaron Martín y Sarmiento por los apellidos del entonces director de prisiones.

 

Me pareció una escena muy tierna, aunque menos simbólica que un pajarito posado sobre la alambrada y cantando como un feliz tenorcillo de ópera. Harto ya de tanto lirismo me trasladé, moviendo un pie tras del otro, hacia el interior de la prisión que sería durante un tiempo mi nuevo lugar de trabajo. Me presenté a la funcionaria que controlaba la entrada (todas las puertas se movían al compás de botones que se apretaban para abrirse o cerrarse) y cuando ya me disponía a presentar mi documentación y a dejarme cachear si fuera preciso la joven me indicó que podía pasar.  Me deseó una feliz estancia y me entregó la llave de la oficina que iba a ser exclusivamente de mi propiedad. Me indicó que debería pasar por la oficina de peculio, a la derecha y subir por unas escaleras. Imaginé que allí en el peculio y no sé qué más controlarían el dinero de los presos. Dos funcionarios trabajaban a los ordenadores. Les saludé, me presenté, les dijo que hacía una baja, me dieron los buenos días y me indicaron que debería subir las escaleras, a mano derecha y enseguida vería la oficina. No tenía pérdida porque escrito en la puerta ponía bien clarito: Oficina judicial.

 

Atravesé un salón donde pude ver una cinta transportadora, una de esas máquinas que sirven para detectar el interior de los paquetes que se les entregarán a los presos y unas estanterías donde se amontonaban algunos enseres de los residentes forzosos,  Abrí la puerta de la oficina y tomé posesión de ella con calma, con una calma asombrosa. Sabía lo que debería hacer. Registrar los exhortos en el libro correspondiente, hacer las listas de presos a los que llamarían al día siguiente a locutorios, preparar todo el papeleo para perder el mínimo tiempo con cada preso y algunas cosillas más que no tenía muy claras pero que acabaría dominando con el tiempo.

 

Observé que la carpeta de aislamiento estaba llena, así como la del módulo once. Tendría que hacerlo después de locutorios. Coloqué mi libretita sobre la mesa, la abrí y anoté en la primera página en blanco: "Relatos carcelarios". Debajo, en mayúsculas, escribí: "Indice".  Y a continuación en diferentes apartados: personajes, historias carcelarias, distribución de la cárcel, horario, jerga carcelaria, anotaciones interesantes y apéndice. Luego me puse a planificar la mañana. Primero haría la lista de los presos para mañana, prepararía todo lo que hubiera que preparar y bajaría a locutorios, luego a las celdas de aislamiento y finalmente al módulo once. Con un poco de suerte aún me sobraría un poco de tiempo para tomar nota en mi libreta de lo que me interesara, relajarme un rato estirando las piernas por debajo de la mesa y mirar por la ventana.

 

Me costó un poco acoplarme al mecanismo, al principio siempre cuesta un poco, pero luego todo fue bastante bien. Plif-plaf, fechador, rellenar impreso, quitar las grapas y poner un clic sujetando los papeles para que el preso no tuviera que esperar ni cinco, sino se impacientan. Al montón, siguiente, plif-plaf, fechador, etc. etc.  Cuando hube terminado repasé los papeles uno por uno. ¡Vaya!, me había olvidado de cambiar el fechador y tenía fecha de ayer. A modificar las fechas de todos los papeles con bolígrafo. ¡Maldita sea!. Hay que ser idiota, cretino, o me despierto ya, de una vez, o voy a meter la pata en serio. Con las cosas de los presos no se juega.

 

Bueno, me dije, todo es cuestión de conseguir programarme y luego todo irá como un engranaje perfectamente engrasado. Miré el reloj de pulsera. Hora de bajar a locutorios. Tomé la carpeta y dos bolígrafos, uno para los presos por si los sidas o cualquier otra enfermedad infecciosa que puedan tener. En la oficina de peculio la funcionaria me pidió que esperara un poco. Estaba sola y tenía que terminar algo urgente. Siempre falta personal en la administración. Si alguien cae de baja otro tiene que hacer su tarea hasta que contraten un interino si lo hacen. Si hay vacaciones unos tienen que acoplarse para que no se note la falta de los otros. Por fín estuvo dispuesta y seguí sus pasos. Puerta abierta en el pasillo. Cerrarla inmediatamente, me advirtió la funcionaria, o no podremos pasar la siguiente. El sistema informático no admite puertas abiertas o se bloquea. Otro control. Salida a un enorme patio donde los diferentes barracones, módulos numerados, dan cabida a unos cien presos por módulo. Otra puerta, entrada a locutorios. La funcionaria me da la llave para que pueda abrir el candado de la rendija que me permitirá pasarles los papeles a los presos. Al lado un teléfono para poder hablar con ellos a través del cristal blindado. Todo preparado. Comienzan a llegar los presos.

 

Uno me está diciendo algo, no le oígo. Observo que no me habla por el telefonillo. Le indico por señas que lo tome y me hable a través de él. Buenos días, dice el prese. Buenos días, digo yo. ¿Nombre?., pregunto. Me lo dice. Busco en el montón de papeles, encuentro el suyo, le paso la documentación y a continuación el impreso de notificación donde debe firmar. A través de la pequeña rendija le paso el bolígrafo especial para ellos. Le digo que firme. No quiero, me contesta. Vale. Pásame entonces el impreso y el bolígrafo. Puedes irte…. Siguiente.

 

Levanto la vista y veo a una negrita joven, una auténtica preciosidad que me está mirando con cierta cara de chunga. ¿Nombre?. Sisibel. Le paso los papeles lo más rápido que puedo, contesto a sus preguntas. Le paso el bolígrafo y le pido que firme, rápido. Estoy pensando que han cometido un error. No se debería hacer pasar a una mujer junto con los hombres. Se puede armar una buena. Además la chica está de toma pan y moja. Puede que esté allí por prostitución. Algún recluso puede sentir la tentación de manosearla, incluso se puede armar una buena si alguien intenta violarla. Que la saquen de aquí cuanto antes.

 

Con el paso de los días me daría cuenta de que cada funcionario llevaba la rutina como mejor le parecía. Aquellos errores serían corregidos. Nunca pasa nada, pero cuando pasa te pueden "joder pa vino". Termino con un módulo y mientras llega el siguiente anoto en la libreta: Historia de Sisibel. Tengo que documentarme, saber algo más sobre ella. Parece un tema interesante para mis relatos carcelarios. Hago que por un error se cuele la mujer en locutorios donde unos cuantos reclusos con ganas de juerga intentan violarla. Se produce un motín, etc etc. El escritor manipula la realidad, para eso está la realidad y para eso está el escritor. Así funciona la literatura. Me digo que allí podré encontrar muchas y muy interesantes historias para mis relatos carcelarios. Al menos combatiré el canguelo escribiendo e imaginando una cárcel ficticia donde suceden cosas que nunca sucederán en realidad. O puede que todas ellas hayan sucedido ya. La realidad supera ampliamente a la ficción. Bueno, al menos espero que si tienen que suceder no me sucedan a mi. Nunca pasa nada, nunca pasa nada, pero si pasa te joden pa vino.

 

Me espera una larga y agitada mañana. Me siento nervioso. El jefe podía haber elegido a otro, sí podía haberlo hecho, pero me eligió a mi. "Alguien tenía que ser". Me dijo con cara sonriente. Bueno me lo tomaré con calma. Puede que de aquí salga una obra maestra de la literatura, incluso el guión de alguna futura película carcelaria. ¿Cómo se llamaba aquella película en la que el recluso Paul Newman se come unos cincuenta huevos duros por una apuesta y no revienta de milagro?. Ahora no me acuerdo. Bueno, espero tener suerte y salir indemne de allí. Nunca pasa nada, nunca pasa nada, pero si pasa te "joden pa vino".

 

El siguiente. ¿Nombre?.

 

Continuará.

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