Mes: febrero 2010

Metrópolis Virtual I


METRÓPOLIS VIRTUAL I

 Han pasado los años, mis articulaciones ya no son lo que eran. Ahora se resienten, se quejan como viejas bisagras oxidadas. Las rodillas rechinan tanto y tiemblan de tal forma que sentarme o levantarme de mi viejo sillón se ha convertido en un tormento que cada vez sufro menos porque ya no soporto que me trasladen del lecho de enfermo hasta el viejo cuartito donde hace ya tantos años que casi no me quedan recuerdos de ello instalé mi primer ordenador.

Ahora parece la cueva de un viejo dinosaurio que no se ha dado cuenta de que la raza humana lleva milenios sobre la corteza de este planeta tras su noble meta de convertir las viejas piedras en microchips. A veces pienso en el exterior como en un mundo de microchips, el cielo está dividido en infinitas particiones pegadas una a otra con estos minúsculos artefactos y el suelo da calambre al ser pisado. En realidad no sé muy bien cómo andan las cosas ahí fuera porque hace años que no salgo de casa. A pesar de todo de vez en cuando no puedo reprimir la nostalgia y pido a mis enfermeros de la Seguridad Social que me trasladen al sillón, frente al ordenador para así poder visitar a mis viejos amigos como Smart 25 o Rey negro o Reina blanca o princesa Almarina o Angel poéticus o Sofía milenaria o Alas de Condor. Todos ellos siguen aún correteando por la Red aunque ésta o aquella enfermedad o achaque les impidan hacerlo todos los días. Nos vemos obligados a concertar citas y citas suplentes por si fallamos a las primeras como enamorados encarcelados por verdugos crueles de cuyo humor dependemos para salir un rato a estirar las piernas.

Mi enfermero me ha colocado el cinturón de seguridad que hace algunos años acoplé al sillón por si las moscas. Es una medida de seguridad elemental para que no me caiga como consecuencia de cualquier movimiento imprevisto. Me he colocado las gafas virtuales y le he pedido que se vaya, lo que ha hecho discretamente, cerrando la puerta tras de sí. Sabe que no me gusta nada su presencia cuando hablo con mis viejos amigos.

Con un parpadeo del ojo derecho he encendido el ordenador. Las pantallas ahora ya no son planas sino que tienen forma de huevo de dinosaurio que resplandece al encenderse. En su interior alguien parece haber encendido una hoguera que no acaba de coger fuelle; las llamas suben y bajan buscando el lugar justo en el aire. Dicen que su diseño es imprescindible para que las gafas virtuales funcionen y uno logre sentirse dentro de Metrópolis, la gran ciudad virtual donde miles de millones de humanos habitan, al menos durante unas horas al día.

Inmediatamente bajo por el ascensor a la cochera de mi casa virtual y escojo un mercedes con interior muellemente acolchado y me pongo al volante revestido con cuerdo artificial. En realidad no soy yo quien lo hace sino el muñequito virtual que me representa. Abre la puerta con el mando a distancia y sale al exterior. Hoy he dejado a un lado al anciano marchoso que me representa habitualmente y he escogido la piel de un Adonis con gafas de sol, gorrita verde y vaqueros agujereados por todas partes. El muñequito conduce con gran pericia mientras no cesa de guiñar el ojo a todo muñequito que aparece en su radio de visión.

En el radiocassette pongo música de los Beattles, una antigualla que me devuelve a mi época de adolescente saltarín, cuando aún no sabía lo que era un ordenador, ¡si seré viejo!. Vivo en una casita baja en las afueras de Metrópolis, rodeada de grandes árboles y con un cesped esponjoso en el que me hundo cada vez que se me ocurre entrar o salir a pie de casa. Soy soltero. He elegido esta vida virtual porque en este mundo nadie tiene tiempo para nada, menos aún para cuidar retoños.

Las calles de la urbanización están casi vacías, es un día de verano, el sol virtual en lo alto es enorme y parece calentar tanto que mi muñequito empieza a sudar como si lo estuvieran asando a la parrilla. Miro el termómetro del coche que marca cuarenta grados y yo mismo comienzo a sudar bajo el casco virtual. Supongo que con este calor la mayoría de los muñequitos se están echando la siesta como sus dueños. De no ser así las fachadas de sus casas virtuales estarían encendidas con un letrerito verde invitando a pasar y echar un trago con el dueño. La mayoría tienen un inmenso stop rojo en la fachada lo que indica que su dueño está roncando a pierna suelta.

Metrópolis está diseñada de tal forma que nadie siente necesidad de ir al centro o a un punto concreto de su perímetro ya que en todas partes hay los mismos supermercados del sexo o centros multiculturales o lo que sea, porque la realidad es que no falta de nada. Sus habitantes se van distribuyendo al azar y si por casualidad alguna vía de comunicación tiene excesivo tráfico a una hora punta se habilita otra inmediatamente. Los vehículos son cambiados de vía por una gigantesca mano artificial que sale del cielo color azul oscuro –dicen que el claro era difícil de conseguir para los diseñadores- como un sorprendente “deus ex machina” un tanto cutre, lo reconozco, pero muy práctico.

Aquella tarde las vías de comunicación estaban muy despejadas por lo que mi cochecito se movía a gran velocidad sin encontrar mas que alguno que otro coche de diseño estrambótico y matrícula extranjera –aquí es lo que se lleva aunque todos vivamos en Metrópolis- que se deslizaba sin prisas como viendo el paisaje. La Red ha avanzado tanto que recordar los viejos tiempos de los “alias” – tenían que ir de puerta en puerta echando su nombre ficticio con su correspondiente contraseña en los buzones- da la risa. Ahora cada uno tiene su cochecito por modesto que sea, con su correspondiente matrícula “ad libitum” para poder ser identificados, controlados y hasta detenidos por la policía de la Red que ha hecho de Metrópolis un lugar tan seguro que solo viejos chochos como mis amigos y yo nos atrevemos a salir de su seguridad y adentrarnos en las ciudades piratas, los barrios bajos de la Red, que cada día pululan más, lo que no es de extrañar ya que las autoridades de Metrópolis intentan controlar hasta la marca de ropilla interior de los muñequitos. Nosotros no llevamos ropa interior, un escándalo para los muñequitos policías que nos cachean al detenernos por exceso de velocidad o cualquier otro motivo tan nimio como este.

La tecnología está tan avanzada que cualquiera puede fundar su ciudad donde le plazca. Las Vegas virtual es la ciudad del juego, controlada por diferentes mafias que no cesan de pulular en la Red. Uno las puede distinguir fácilmente por sus muñequitos de anchos hombros, sombrero calado sobre los ojos y trajes a la vieja moda de los años cuarenta del siglo XX. La moda retro sigue haciendo estragos y cada vez son más los que buscan en un pasado remoto la pátina de individualidad que todos pierden, incluso los muñequitos más rebeldes, en cuanto se mueven un par de días por Metrópolis.

No existe indicador alguno para llegar a estas ciudades piratas pero los viejos internautas sabemos muy bien dónde encontrarlas. Basta con acercarse por las proximidades para que un muñequito con pinta de vagabundo salga a la carretera moviendo las manos como un muñequito loco. Paras el coche y él te indica una dirección extendiendo la manita roja. No importa que la carretera no esté señalizada, tu metes el coche entre los arbustos de un campo semidesértico y a los pocos metros surge de la nada una amplia carretera, recién asfaltada, que te atrapa con sus luces multicolores y su musiquilla marchosa.

DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA I


Diario de un reportero de guerra (I)

 

– Slictik

 

 

¿Por qué se hace uno reportero de guerra?. ¿Por vocación?. Esta es la pregunta del millón. ¿Por qué se hace uno cirujano?. ¿Para hurgar en las entrañas del prójimo todos los días?. ¿Se hace uno soldado para saciar sus instintos asesinos o se hace uno abogado para defender a psicópatas, a asesinos en serie, a violadores, a corruptos o mangantes de guante blanco?

 

No es tan fácil encontrar la verdad. Ya Poncio Pilatos hizo la pregunta del millón y se largó corriendo porque no deseaba escuchar la respuesta o tal vez porque creyera que nadie y menos que nadie aquel hombrecillo con una corona de espinas sobre su cabeza pudiera tener un tesoro tan grande en el fondo de su corazón.

 

Si la verdad fuera un diamante enorme y reluciente en un basurero repleto de porquería hasta un ciego podría verla. Pero no es fácil hallar la respuesta a la gran pregunta; ni tan siquiera la pregunta del millón es sencilla de contestar y eso que se aproxima tanto a la verdad como un grano de arena a un universo infinito.

 

Viajo en segunda clase en un vuelo normal camino de la última guerra. Me estoy haciendo estas preguntas y otras parecidas más que nada para no probar aún la porquería de comida que tengo en una bandeja sobre las rodillas. Necesito que pase el tiempo y recurro a preguntas que me he planteado una y mil veces sin encontrar la menor respuesta que echarme a la boca en lugar de esta bazofia que tengo delante de los ojos.

¿Una bazofia?. ¡Tendrían que ver lo que llega uno a comer en las guerras!. Hay momentos en que uno deglutiría hasta los casquillos vacíos si no fuera peor el remedio que la enfermedad. Pero este no es el momento de pensar en cosas tristes. Mejor recordar a la familia que se quedó en casa ocultando sus lágrimas en las esquinas.

 

Me casé hace un par de años y tengo un hijo que no lloró al despedirme porque aún es un bebé. Estaba dormido y no me atreví a despertarle. No soy precisamente un pipiolo ni en el amor ni en la guerra. Tengo la piel curtida en mil batallas y las cicatrices recorren todo mi cuerpo y hasta mi alma, si es que un concepto tan sutil pudiera referirse a algo real. No podría responderles a la pregunta de si existe el alma. Las guerras no son precisamente el lugar más adecuado para encontrar almas, ni la propia ni las ajenas.

 

Mis colegas me consideran un veterano de mil batallas. Hace un par de años decidí sentar la cabeza, casarme con la mujer que me llevaba esperando media vida y a la que sólo veía unos cuantos días entre guerra y guerra. Me sentía viejo y cansado pero sobre todo estaba asqueado de ver morir gente por razones que nunca comprendí ni creo que pueda comprender nadie. Estos dos años me he dedicado a disfrutar de la vida (un concepto que siempre me chocó, entiendo mejor el de muerte), de la familia, de la profesión de articulista en la prensa diaria. Todo esto al tiempo que intentaba rematar mi primera novela. No, no tenía nada que ver con la guerra. En realidad el argumento no podía ser más sencillo y ameno. Trataba de un joven magnate del negocio de la comunicación que se dedicaba, entre amante y amante, a manipular a la opinión pública. De esta forma mataba dos pájaros de un solo tiro. Me vengaba de ciertos tipos, por llamarles de algún modo, que sobrevuelan la sociedad como los buitres carroñeros los cadáveres recientes, al tiempo que satisfacía una de mis pasiones favoritas desde que el cine me abriera los ojos a leyendas de pasión, a hermosas mujeres que se movían en la pantalla grande como en su propia casa.

 

En esto estaba, feliz papá que se levantaba varias veces en la noche para contemplar embobado a su retoño, cuando estalló la última guerra. Esta vez tan cercana y trascendente que todos hablaban de que el orden mundial ya no sería el mismo nunca más. ¿Cuántos años llevo oyendo lo mismo?. Mi esposa no me dejaba ver la televisión y apagaba la radio en cuanto me veía cerca. Dejamos de recibir la prensa, al parecer por problemas con la suscripción o algo por el estilo. El teléfono fijo se averió y perdí el móvil, pero eso no impidió que mi ex jefe se presentara en casa y se autoinvitara a comer. Durante la comida no dijo una sola palabra sobre el conflicto, se limitó a piropear a mi bella esposa con tanto descaro que estuve a punto de partirle la cara.

 

Al marcharse me abrazó, no muy fuerte, y me pidió que le acompañara hasta el coche. Allí me habló de que viejos amigos querían saludarme, me esperaban en un café que solíamos frecuentar años atrás para tomar unas copas. Ni siquiera pude despedirme de Elena. Me empujó al interior del mercedes y salió pitando.

 

El resto se lo pueden ustedes imaginar. Es curioso cómo tira esta maldita profesión. Un psiquiatra amigo me dijo una vez que nos acostumbramos tanto a los subidones de adrenalina que ya no somos capaces de permanecer más de un par de minutos con las manos a la espalda contemplando un hormiguero en el campo. Y mucho menos si las hormigas no son de la raza caníbal sino unas simples acaparadoras de comida para el invierno. Necesitas el sabor ácido de la adrenalina en la boca, necesitas vivir el riesgo, el peligro acechante en la mirada de cuantos te rodean.

Tal vez esto sea verdad aunque sin duda no se trata de toda la verdad. En mí aún quedan viejos resabios de idealismo trasnochado, de estúpido romanticismo de siglos atrás cuando en las guerras podías insultar al enemigo que corría hacia ti con la lengua fuera. Aún soy capaz de pensar que la humanidad puede tener remedio, que no todo está perdido, que si consigo poner en el plato del ciudadano normal un cadáver que hieda lo suficientemente fuerte tal vez el cristal estalle en mil pedazos, ese cristal incoloro, inodoro e insípido que el televisor pone delante de nuestros ojos para que la realidad no pueda ser tocada ni sentida con demasiada intensidad.

 

Estos pensamientos me hacen gracia pero no puedo evitarlos. Aún recuerdo la última cena en casa con un par de viejos amigos. Bromeábamos viendo en el televisor escenas de conflictos lejanos, pero luego, en el jardín, fumando un buen habano y trasegando coñac francés se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo.

 

Al despedirme de Elena al tiempo que besaba sus lágrimas no dejaba de jurar y perjurar que éste sería mi último trabajo. Ella no me creyó. Ahora, mirando esta bazofia de plástico en plato de plástico, me pregunto si algún día encontraré redaños suficientes para cumplir lo prometido. Estoy intentando ver algo atractivo en esta comida que reposa en el plato de plástico que aún no he tocado. Tengo el tenedor de plástico en la mano y pienso que cuando esté allí la echaré de menos. Un conocido cosquilleo me recorre la nuca, hace temblar mis piernas contra el asiento delantero. Es por el miedo y por algo más que no me atrevo a definir. Clavo el tenedor de plástico en el bistec de plástico al tiempo que repaso si me he dejado algo, si en mi magro equipaje falta algo esencial para retratar la guerra.

 

Continuará.

 

DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA-INTRODUCCIÓN


 
 
                        DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA-INTRODUCCIÓN
 
         Es mi primer intento de un relato de guerra. Lo escribí hace ya algunos años y le di un final, cosa que no es muy común en mis historias. Intento recuperar viejos textos. Ver si soportan el paso del tiempo y las posibilidades que tienen de ser reescritos, reformados y aceptados de forma permanente en las obras completas de Slictik.
 
        Lo único que recuerdo de este relato es que fue escrito durante la Guerra del Golfo y tal vez fuera la muerte del periodista español la que me provocó a escribirlo.