DIARIO DE UN REPORTERO DE GUERRA I


Diario de un reportero de guerra (I)

 

– Slictik

 

 

¿Por qué se hace uno reportero de guerra?. ¿Por vocación?. Esta es la pregunta del millón. ¿Por qué se hace uno cirujano?. ¿Para hurgar en las entrañas del prójimo todos los días?. ¿Se hace uno soldado para saciar sus instintos asesinos o se hace uno abogado para defender a psicópatas, a asesinos en serie, a violadores, a corruptos o mangantes de guante blanco?

 

No es tan fácil encontrar la verdad. Ya Poncio Pilatos hizo la pregunta del millón y se largó corriendo porque no deseaba escuchar la respuesta o tal vez porque creyera que nadie y menos que nadie aquel hombrecillo con una corona de espinas sobre su cabeza pudiera tener un tesoro tan grande en el fondo de su corazón.

 

Si la verdad fuera un diamante enorme y reluciente en un basurero repleto de porquería hasta un ciego podría verla. Pero no es fácil hallar la respuesta a la gran pregunta; ni tan siquiera la pregunta del millón es sencilla de contestar y eso que se aproxima tanto a la verdad como un grano de arena a un universo infinito.

 

Viajo en segunda clase en un vuelo normal camino de la última guerra. Me estoy haciendo estas preguntas y otras parecidas más que nada para no probar aún la porquería de comida que tengo en una bandeja sobre las rodillas. Necesito que pase el tiempo y recurro a preguntas que me he planteado una y mil veces sin encontrar la menor respuesta que echarme a la boca en lugar de esta bazofia que tengo delante de los ojos.

¿Una bazofia?. ¡Tendrían que ver lo que llega uno a comer en las guerras!. Hay momentos en que uno deglutiría hasta los casquillos vacíos si no fuera peor el remedio que la enfermedad. Pero este no es el momento de pensar en cosas tristes. Mejor recordar a la familia que se quedó en casa ocultando sus lágrimas en las esquinas.

 

Me casé hace un par de años y tengo un hijo que no lloró al despedirme porque aún es un bebé. Estaba dormido y no me atreví a despertarle. No soy precisamente un pipiolo ni en el amor ni en la guerra. Tengo la piel curtida en mil batallas y las cicatrices recorren todo mi cuerpo y hasta mi alma, si es que un concepto tan sutil pudiera referirse a algo real. No podría responderles a la pregunta de si existe el alma. Las guerras no son precisamente el lugar más adecuado para encontrar almas, ni la propia ni las ajenas.

 

Mis colegas me consideran un veterano de mil batallas. Hace un par de años decidí sentar la cabeza, casarme con la mujer que me llevaba esperando media vida y a la que sólo veía unos cuantos días entre guerra y guerra. Me sentía viejo y cansado pero sobre todo estaba asqueado de ver morir gente por razones que nunca comprendí ni creo que pueda comprender nadie. Estos dos años me he dedicado a disfrutar de la vida (un concepto que siempre me chocó, entiendo mejor el de muerte), de la familia, de la profesión de articulista en la prensa diaria. Todo esto al tiempo que intentaba rematar mi primera novela. No, no tenía nada que ver con la guerra. En realidad el argumento no podía ser más sencillo y ameno. Trataba de un joven magnate del negocio de la comunicación que se dedicaba, entre amante y amante, a manipular a la opinión pública. De esta forma mataba dos pájaros de un solo tiro. Me vengaba de ciertos tipos, por llamarles de algún modo, que sobrevuelan la sociedad como los buitres carroñeros los cadáveres recientes, al tiempo que satisfacía una de mis pasiones favoritas desde que el cine me abriera los ojos a leyendas de pasión, a hermosas mujeres que se movían en la pantalla grande como en su propia casa.

 

En esto estaba, feliz papá que se levantaba varias veces en la noche para contemplar embobado a su retoño, cuando estalló la última guerra. Esta vez tan cercana y trascendente que todos hablaban de que el orden mundial ya no sería el mismo nunca más. ¿Cuántos años llevo oyendo lo mismo?. Mi esposa no me dejaba ver la televisión y apagaba la radio en cuanto me veía cerca. Dejamos de recibir la prensa, al parecer por problemas con la suscripción o algo por el estilo. El teléfono fijo se averió y perdí el móvil, pero eso no impidió que mi ex jefe se presentara en casa y se autoinvitara a comer. Durante la comida no dijo una sola palabra sobre el conflicto, se limitó a piropear a mi bella esposa con tanto descaro que estuve a punto de partirle la cara.

 

Al marcharse me abrazó, no muy fuerte, y me pidió que le acompañara hasta el coche. Allí me habló de que viejos amigos querían saludarme, me esperaban en un café que solíamos frecuentar años atrás para tomar unas copas. Ni siquiera pude despedirme de Elena. Me empujó al interior del mercedes y salió pitando.

 

El resto se lo pueden ustedes imaginar. Es curioso cómo tira esta maldita profesión. Un psiquiatra amigo me dijo una vez que nos acostumbramos tanto a los subidones de adrenalina que ya no somos capaces de permanecer más de un par de minutos con las manos a la espalda contemplando un hormiguero en el campo. Y mucho menos si las hormigas no son de la raza caníbal sino unas simples acaparadoras de comida para el invierno. Necesitas el sabor ácido de la adrenalina en la boca, necesitas vivir el riesgo, el peligro acechante en la mirada de cuantos te rodean.

Tal vez esto sea verdad aunque sin duda no se trata de toda la verdad. En mí aún quedan viejos resabios de idealismo trasnochado, de estúpido romanticismo de siglos atrás cuando en las guerras podías insultar al enemigo que corría hacia ti con la lengua fuera. Aún soy capaz de pensar que la humanidad puede tener remedio, que no todo está perdido, que si consigo poner en el plato del ciudadano normal un cadáver que hieda lo suficientemente fuerte tal vez el cristal estalle en mil pedazos, ese cristal incoloro, inodoro e insípido que el televisor pone delante de nuestros ojos para que la realidad no pueda ser tocada ni sentida con demasiada intensidad.

 

Estos pensamientos me hacen gracia pero no puedo evitarlos. Aún recuerdo la última cena en casa con un par de viejos amigos. Bromeábamos viendo en el televisor escenas de conflictos lejanos, pero luego, en el jardín, fumando un buen habano y trasegando coñac francés se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo.

 

Al despedirme de Elena al tiempo que besaba sus lágrimas no dejaba de jurar y perjurar que éste sería mi último trabajo. Ella no me creyó. Ahora, mirando esta bazofia de plástico en plato de plástico, me pregunto si algún día encontraré redaños suficientes para cumplir lo prometido. Estoy intentando ver algo atractivo en esta comida que reposa en el plato de plástico que aún no he tocado. Tengo el tenedor de plástico en la mano y pienso que cuando esté allí la echaré de menos. Un conocido cosquilleo me recorre la nuca, hace temblar mis piernas contra el asiento delantero. Es por el miedo y por algo más que no me atrevo a definir. Clavo el tenedor de plástico en el bistec de plástico al tiempo que repaso si me he dejado algo, si en mi magro equipaje falta algo esencial para retratar la guerra.

 

Continuará.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s