Hotel de los disparates III


Ya desde el principio el tráfago del hotel “Joie de vivre” se hizo tan disparatado como pronto pregonaría su fama por todos los confines del globo. A ello contribuyó con buen ánimo Alvarito, único botones por el momento, quien en su tabla de surf con ruedas no cesaba de deslizarse desde la conserjería hasta los ascensores, portando maletas y hasta huéspedes, especialmente mujeres… y atractivas, según se dijo Pestolazzi, aunque no podía estar muy seguro de ello porque el pobre hombre había tenido muy poco trato con damas… me refiero a trato íntimo, porque del menos íntimo es evidente que resultaba inevitable por su profesión. Hubo un tiempo en el que llegó a decirse de Pestolazzi que se había enmarcado claramente en una elección sexual en la que las señoritas poco podían hacer. Nada más incierto, como alguna doncella y camarera del hotel llegaría a comentar “soto voce”. Lo que le ocurría a Pestolazzi tenía mucho más que ver con su timidez congénita, de la que hablaremos en otro momento, cuando tratemos de su biografía, y con la fuga eterna a la que sometía a las damas que estiraban sus chatas naricillas hacia sus apestosos olores. Lo mismo sucedía con los hombres, con los niños y hasta con los perros, que ni siquiera se acercaban a olerle.

Por estas y otras razones Pestolazzi no dio por válida su opinión sobre la hermosura de las damas a las que Alvarito llevaba de acá para allá y hasta se atrevía a acompañarlas en el ascensor y a dejarlas en sus habitaciones, algo que no hacía con los hombres, dieran la propina que dieran. Casi todas eran mujeres solitarias, si bien se arriesgaba con otras acompañadas, siempre que su atractivo mereciera la pena. Si su acompañante no aceptaba de buen grado las miradas lujuriosas de Alvarito hacia su consorte, éste, nuestro bien amado botones, procuraba que el patín-surf perdiera la estabilidad para que el acompañante de turno se deslizara al suelo sobre sus nalgas mientras él se aferraba con mucha fuerza a la cintura de las damas. Luego, haciendo caso omiso, de los gritos de los hombres y de los gestos, más o menos compasivos de las mujeres, abandonaba a los acompañantes a su suerte y conducía a las damas a sus respectivas habitaciones.
Allí dejaba el patinete en la puerta y procuraba acompañar a la dama hasta el baño, si era preciso. Se mantenía impertérrito, a pesar de las propinas, y solo abandonaba la habitación cuando la dama de turno se lo exigía a voces, gritos o sopapos. Alguna debió de haber que no quiso arrojarle al exterior. Las causas de un comportamiento tan extravagante y lo que sucediera o no de puertas adentro no es de mi competencia, aunque puede que me vea obligado a relatar alguna que otra crónica subida de tono al respecto.

Era una delicia verle arrojar las maletas en el ascensor, sin ninguna consideración, mientras que su caballerosidad y melosidad con las damas, a las que ayudaba a descender de su patinete, a pesar de su escasa altura… la del patinete, quiero decir, porque Alvarito, a pesar de no ser muy alto, daba la talla, al menos de vez en cuando. Sujetaba el patinete con un pie hasta que se vaciaba y luego se lo echaba al hombro, lo introducía en el ascensor, haciendo caso omiso de las protestas del ascensorista y del resto de inquilinos de aquel diminuto cuarto, y mirando, bien al techo, bien a las piernas de las damas, se dejaba ascender hasta la correspondiente planta. Allí otra vez colocaba el patinete en el suelo, lo sujetaba con una pierna, ayudaba a la dama a subir, la trasladaba a su habitación a velocidad supersónica e intentaba olvidarse de las maletas. Si la dama de turno insistía regresaba veloz, colocaba los bultos en el patinete de cualquier manera y volvía a la puerta de la habitación donde la dama esperaba paciente, porque Alvarito tenía mucho cuidado en quedarse con la llave-tarjeta hasta que él pudiera abrir la puerta personalmente… no fuera que alguna lo dejara fuera, como una maleta más.

Siempre salía de las habitaciones con una oreja a oreja, sino era porque había recibido la propina que anhelaba –un cuerpo desnudo entre las sábanas- era porque se conformaba con el vil metal y cuando ni una cosa ni otra, le consolaba la esperanza de vengarse de la dama cuando llegara el momento.

Mientras estas y otras cosas sucedían en el hotel, Pestolazzi decidió encerrarse en su despacho, con un intenso olor a lavanda, descolgó el teléfono e inició una actividad frenética. Llamó a los diarios, a las cadenas de televisión y demás medios de comunicación del país y colocó un anuncio, invitando a un casting para ocupar las plazas vacantes del hotel. Los candidatos deberían presentarse en el hotel cuanto antes y se les adjudicaría una habitación hasta tanto pudiera celebrarse el casting.

EL SR. PESTOLAZZI

Se pasó el resto de la mañana, toda la tarde y parte de la noche al teléfono, hasta que le rindió el sueño, preparando un casting que pasaría a la historia como un mito del surrealismo y el esperpento. Pero antes de intentar describir aquel caos insufrible considero conveniente echar mano de los archivos del hotel de los disparates y narrarles, aunque sea someramente la biografía de este insólito personaje.
De ascendencia italiana, concretamente siciliana, sus orígenes no obstante permanecen un tanto en la niebla o la bruma más densa. Sus padres emigraron a USA, la tierra prometida, el sueño americano, donde con hartas dificultades se hicieron con un pequeño restaurante italiano, donde se servía buena pasta, ricas pizzas y todo tipo de exquisitos platos de la cocina italiana. Tuvieron que pagar impuesto a la mafia, como casi todo el mundo en La Pequeña Italia, y lograron salir adelante con sacrificio y entereza inconmensurables.
Se dice que Pestolazzi simultaneó la restauración con los estudios. Se dice que nunca los terminó, pero que de ellos le quedó una gran afición por la historia y específicamente por el barroco, las pelucas y las contradanzas. Se dice que su afición a los perfumes nació de un desengaño amoroso. Siendo aún muy joven se prendó de una jovencita GUASP (Guapa, anglosajona, blanca y presbiteriana) quien en cierta ocasión visitara el restaurante con sus padres para celebrar sus dieciocho abriles, porque era aries.
Pestolazzi se enamoró prendidamente de ella y remitió cartas a su dirección –nadie supo cómo la obtuvo- y como no obtuviera respueta se coló en el jardín de la mansión de la amada, o más bien de sus papás, y le dio una espantosa serenata nocturna, tañendo el laúd, hasta que ella, completamente k.o. salió al balcón y le dio una cita.
Fue un desastre, quiero decir la primera cita. Lo primero que hizo la joven maleducada fue hablarle del espantoso olor a comida que desprendía Pestolazzi, quien abochornado comenzó a visitar perfumerías, buscando el perfume milagroso que pudiera disimular los olores reconcentrados en su vestimenta, en su piel y sobre todo en su larga melena de joven rebelde (con el tiempo llegaría a dejarse el cráneo como Bruce Willis y a utilizar pelucas).
Remitió luego por mensajería una serie de largas misivas a su joven amada, cada una de ellas empapada en un perfume distinto, rogándole que se dignara darle otra cita. No obtuve ese placer, pero de ahí le vino su obsesión por la perfumería que no le abandonaría el resto de su vida. Investigó en las bibliotecas el sutil arte de los olores y aguzó su olfato hasta dejarse unas narices con tales orificios nasales que los túneles modernos, ingentes obras de ingeniería, no eran nada a su lado. Habló con los perfumistas más acreditados, gastándose sus ahorros para encontrar el perfume específico para su piel y solicitó por correo que le mandaran todo tipo de colonias y perfumes, con los que se rociaba todos los días, unos días con unos y otros días con hacían huir a todo el que se acercara a varias leguas de radio del lugar donde se encontrara.otros, hasta lograr que sobre su piel se formara una increíble capa de potingues apestosos que hacían huir a todo el que se acercara a varias leguas de radio del lugar donde se encontrara.

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