Diario de Ermantis II


DIARIO DE ERMANTIS

PRÓLOGO

Cuando llegó a mi poder aquella extraña y polvorienta cajita no hubiera podido imaginar que un regalo tan modesto-de mis alumnos, cambiaría mi vida de una forma tan drástica. Soy profesor de historia y mitología cósmica de la universidad de “Elein” que ocupa todo el planeta del mismo nombre y donde alumnos de todos los cuadrantes vienen a pasar su época de estudiantes viviendo y preparándose para desempeñar puestos de importancia en sus planetas de origen.
El planeta Elein es un lugar paradisiaco, situado casi en el centro geométrico del cuadrante H-4, que abarca lugares tan distantes como el planeta Tierra en la Vía Láctea (y no hablo de este planeta al azar, puesto que tendrá una gran importancia en esta historia). La universidad se compone de un conjunto de pequeñas ciudades, diseminadas por todo el planeta, donde están situadas las numerosas facultades que imparten todo tipo de enseñanzas de que se compone el amplio saber de las diferentes culturas planetarias conocidas.
Durante un tiempo dejé olvidado en mi biblioteca aquel modesto presente con que mis alumnos me habían obsequiado en mi centenaria onomástica, ocupado en otros asuntos que acaparaban toda mi atención. Supuse que se trataría de una engañifa, o con mucha suerte, alguna versión curiosa y sin base del mito sobre el planeta Omega, nuestra leyenda más conocida y difundida y mi gran pasión como historiador. No me acordaría de ella hasta mucho tiempo después. Entonces sufría de un ánimo melancólico, el aburrimiento se había filtrado en mi vida y puesto todo patas arriba. Los historiadores no éramos otra cosa que meros repetidores de datos, algo que podían hacer mejor que nosotros nuestras sofisticadas computadoras. Así pensaba y así se lo dije al decano. Me tomaría un año sabático y cuando regresara a la universidad decidiría si abandonar mi profesión de historiador para siempre y dedicarme a algo más productivo.
Hurgando en mi biblioteca, mientras buscaba algún libro interesante para llevarme conmigo en mis vacaciones, puesto que el trabajo de campo sobre el planeta Omega era tan solo un pretexto para que se me concediera el año sabático, me encontré con la cajita y decidí abrirla. No esperaba gran cosa de unos alumnos disolutos que habían escogido la carrera de historia porque era la forma más fácil de seguir en la universidad sin dar golpe y aprobando asignaturas (las computadoras podían suministrar cualquier dato histórico que se les pidiera y si alguien se inventaba cualquier teoría en un examen, era en extremo complicado desmentirla, habida cuenta de que los historiadores aún no nos habíamos puesto de acuerdo sobre lo que era realmente historia y lo que no pasaba de ser un mito más o menos acreditado) pero me pudo la melancolía de la despedida. Mientras buscaba los resortes de la cajita una lágrima rebelde cayó sobre su tapa. Soy un hombre solitario, lo he sido siempre, y a veces me pesa más de lo que desearía.

Me llevó un buen rato descubrir lo que buscaba. El resorte era tan antiguo y simple que se había transformado en un código indescifrable para un habitante de nuestro tiempo. Logré que se abriera la tapa, pero no conseguí pasar de ahí. Me salió al paso un dibujo geométrico muy extraño y un par de frases en una lengua muy antigua, de la que se sabía muy poco.

Cuando conseguí reaccionar al pasmo que me produjo un hallazgo tan sorprendente, busqué en mis terminales los datos correspondientes a lenguas antiguas que tuvieran parecido con aquella. Sentía un cosquilleo extraño, tenía la sensación de que si lograba descifrar aquel par de frases mi vida cambiaría por completo. Y así fue.
“Diario de Ermantis…del Consejo…de Omega”.
“Historia de Omega y…”
Aquello era más que suficiente para mí. La mítica leyenda hablaba de un tal Ermantis y de un planeta, Omega, de una evacuación, de un cuadrante galáctico donde se desarrolló una civilización antiquísima y de cómo el agujero negro del olvido se tragó lo que fuera, historia, leyenda, mito o la elucubración de una mente calenturienta.

No paré hasta descubrir el mecanismo que abría la cajita. Era condenadamente simple, y eso fue lo que me desorientó, porque yo esperaba algo mucho más complicado, un auténtico enigma. Mis dedos rozaron alguna protuberancia de una determinada manera y la tapa comenzó a moverse con una lentitud exasperante. Cuando se hubo abierto del todo una voz tan vieja como amable llenó la habitación. Sorprendido me volví y examiné mi cuarto, que conocía tan bien, intentando sorprender al extraño visitante que se había colado a través de las paredes. Todo estaba tal como yo lo había encontrado al entrar, unas horas antes. ¿De dónde procedía aquella voz?

Algo levitaba sobre la cajita. Por un momento creí que uno de los Ancianos de los días, los protagonistas de otra conocida leyenda, se había materializado en el aire. Su perfección rayaba la extravagancia. El anciano mediaría más de dos metros, melena nívea, barba canosa, cuerpo musculoso apenas cubierto por una túnica blanca. Su mirada era transparente y amable, lo mismo que su sonrisa. Su rostro parecía haberse petrificado en el tiempo, como si ya no estuviera en él. Era quien hablaba modulando con los labios un sorprendente lenguaje. Recordé que así lo había imaginado al estudiar la llamada vieja lengua galáctica de la que sin duda derivaba aquella en la que el anciano se estaba expresando.
Por un instante pensé que se dirigía a mí. Hice un saludo con las palmas de las manos juntas sobre el pecho, como se decía se saludaban los habitantes del planeta Omega. Pero él parecía no poder verme. Miraba hacía un punto indefinido, frente a sí. Comprendí que hablaba solo, tal vez estuviera dictando un diario. Su figura era un holograma, tan simple como perfecto. Me hubiera gustado rebobinar la grabación para escuchar la primera frase. Creí haber oído la palabra “Ermantis”, pero no estaba seguro. Ni siquiera lo intenté, cualquier manipulación poco cuidadosa podría dar al traste con aquel tesoro.

De pronto la figura comenzó a moverse por la habitación, gesticulando con los brazos para recalcar algún párrafo, especialmente importante. Cuando atravesó una de las paredes de mi cuarto comprendí que en realidad él se movía en el suyo y sus dimensiones no coincidían con las de mi habitación.
Ordenè a la terminal de mi ordenador que grabara un párrafo en su registro sonoro y luego puse en marcha su programa de análisis fonológico comparativo. Estudié atentamente la pantalla hasta que aparecieron las primeras pautas interpretativas, entonces tomé yo el control y seguimos buscando en la dirección que previamente había intuido como correcta, confirmada por las apreciaciones del ordenador.
No podía parar la grabación de la cajita, no sabía hacerlo. El anciano seguía discurseando. No dejaba de moverse, de acá para allá, recorriendo lo que parecía un habitáculo circular. Me olvidé del holograma y me centré en la lectura de lo poco que había logrado traducir. Era sorprendente y maravilloso. Lo que yo había estado buscando a lo largo de mi vida profesional.

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