Diario de Ermantis III


Pronto estuve en condiciones de asegurar que aquella lengua tenía muchas posibilidades de ser la raíz materna de la mayoría de lenguas habladas en los planetas habitados del “Segmento Antiquus”, origen de las leyendas sobre Omega, “El Cuadrante”, El planeta de los Sabios, Noctor, el planeta de los Hombres pájaro, Ermantis y sobre todo de la increíble inteligencia artificial llamada “H” una abreviatura de “HDM-24” por su creador “Helenio de Moroni” y la generación que alcanzó la meta que se había propuesto el genial y excéntrico inventor, una especie de profesor chiflado de su época, la 24. Preparé el programa adecuado para descubrir su estructura y conseguir una traducción básica. Ordené la grabación del resto del parlamento ya que ignoraba el mecanismo de retroceso de la grabación y me dispuse a esperar, no podía hacer otra cosa. Ignoraba el tiempo que tardaría el programa en desentrañar una pauta que le permitiera una traducción rápida.
Me senté y reflexioné sobre el hallazgo. Mi fantasía se desbordó. Ya veía mi nombre en grandes caracteres. “Diario de Ermantis, prologado, traducido y anotado por…profesor de arqueología y antropología de la universidad de…” Sería un bombazo, lo que yo había estado esperando desde que tomara posesión de mi cátedra. Sería rico, sería famoso y si además de traducir aquella reliquia histórica lograba encontrar el planeta Omega y algo sobre lo que hurgar mi nombre pasaría a los libros de historia, de arqueología, de antropología… ¡Qué digo! Mi nombre quedaría para siempre en la historia. No podía desaprovechar aquella ocasión que el destino había puesto en mis manos. No, no podía.
Entonces se me ocurrió el plan a seguir. Podría pedirle al decano que ampliara mi año sabático. Tal vez me concediera dos o tres años. Podría aprovecharlos para intentar descubrir el cuadrante y el planeta Omega o lo que quedara de él. Estaba seguro de que el decano, a pesar de su fama de tonto lameculos no era tan tonto como para no darse cuenta de la importancia del descubrimiento. Le pediría una nave exploradora, una tripulación y todo lo que necesitara. ¿A quién llevaría conmigo?
Intenté controlarme. Ahora más que nunca necesitaba ser un hombre práctico. El decano me impondría un consejo de científicos. Aquello era demasiado importante para que lo manejara yo solo. Todos serían de su cuerda y aprovecharía para librarse de unos cuantos, los que más quebraderos de cabeza le habían dado. Yo era uno de ellos, por supuesto, esa y no otra era la razón por la que había accedido con tanta facilidad a concederme un año sabático, sin ninguna investigación pendiente ni plan alguno que lo justificara. Ahora sí lo iba a tener. La convivencia con el resto de científicos de la exploración no sería fácil. Necesitaba al menos un grupito a fin a mí, a los que pudiera controlar e imponerme. Ya sabía lo que haría. Con la disculpa de agradecer a los alumnos un regalo de cumpleaños tan preciado impondría al decano una representación de alumnos. Eso me ayudaría a no sentirme solo y a encontrar partidarios cuando lo necesitara.
Hablando de sentirse solo…Necesitaba una mujer. Sin sexo la aventura se haría muy dura. Y no solo sexo, también compañía y si pudiera ser amistad, y si además la mujer era científica y de las buenas, pues todo perfecto. ¡Sería idiota! Ya tenía la mujer perfecta y ni siquiera había pensado en ella. Oliana era la mujer que necesitaba. Profesora de física cuántica e ingeniera de ordenadores cuánticos. No solo éramos compañeros sino que también habíamos sido amantes. Primero de forma esporádica, cuando nos apetecía, luego probamos a vivir juntos. Fue un desastre. No podíamos soportarnos en la convivencia diaria. Lo dejamos de mutuo acuerdo, yo diría que amistosamente si no fuera porque la decisión fue mía y ella la aceptó un poco a regañadientes. Desde entonces no me había vuelto a poner en contacto con ella. No me recibiría bien, pero estaba seguro de que todo cambiaría cuando la invitara a formar parte de la expedición. Creo incluso que tendría que sentirse agradecida.
Era preciso ponerse en movimiento, ya. Mientras Ermantis seguía dando vueltas a su habitación virtual, hablando y hablando sin parar en aquel idioma sorprendente, decidí comunicarme con el decano. Eso era lo primero. Activé el chip que la mayoría de profesores y alumnos del planeta universidad nos habíamos implantado en el cerebro (un novedoso invento, aún en fase experimental) con un código de parpadeo que solo yo conocía y pedí comunicación con el decano. Su tono de voz me dijo que era inoportuno (¿qué habría interrumpido?). Lo que menos esperaba era que yo diera señales de vida antes de cumplirse el año sabático. Cuando le comenté el descubrimiento su voz cambió, se hizo más suave, diría que casi acariciadora, la voz de lameculos que todo el mundo conocía tan bien. Me pidió que le diera más datos y casi sin darme tiempo a terminar me preguntó si podría presentarme en su despacho de forma inmediata. Y trae la cajita. Me dijo recalcando la frase.
La primera parte del plan ya estaba en marcha. ¿A quién llamaría ahora? Oliana me daba un poco de miedo, pero era inútil retrasar lo inevitable. Los alumnos eran secundarios, si ninguno aceptaba la propuesta, por mí podían irse todos al diablo. Activé de nuevo el chip y pedí comunicación con Oliana. Solo tuve que decir su nombre. El microprocesador la había llamado mil veces antes. Su voz sonó a sorpresa, primero, luego se volvió recriminatoria, despechada, casi odiosa y repugnante. ¿Qué tripa se te ha roto ahora para llamarme después de tanto tiempo? ¿Así era como yo veía la amistad? ¿No la había prometido que seríamos amigos y que nos veríamos de vez en cuando? ¿Acaso me picaba el pubis después de tanto tiempo? ¿Qué había ocurrido, tal vez las putas ya no me fiaban? Hubiera seguido así hasta que la eternidad diera su último suspiro. Decidí cortar por lo sano.
Le hablé de la cajita, de sus implicaciones, de mi llamada al decano, de que necesitaba a alguien como ella, una experta en ordenadores cuánticos –los únicos capaces de almacenar le información que aquella aventura iba a generar- y de que estaría encantado de tenerla a bordo. ¿Tenía que agradecérmelo con su cuerpo? Aunque sus palabras seguían siendo rechinantes y vengativas, noté un cambio importante, aquel toque de dulzura que tan bien conocía y que tanto me gustaba. ¿Se estaba ablandando Oliana? Creía que sí.
Me puse serio. No, ningún compromiso en ese terreno. Mi propuesta era pragmática. Ella era la mayor experta en ordenadores cuánticos de la galaxia. La necesitaba como científica. Eso sí, el viaje sería muy largo y no me vendría mal un poco de compañía, de afecto y un cuerpo como el suyo en la cama. Claro que esa no sería una condición. Me buscaría a otra mujer para la cama si ella no estaba dispuesta a pensárselo, al menos.

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