Diario de Ermantis IV


¿En quién has pensado? Su voz había dejado de rechinar. ¿Estaba celosa? Nadie conoce del todo a las mujeres y menos que nadie yo. Pero juraría que en efecto Oliana estaba celosa. Eso era lo mejor que podía pasarme. ¿Qué científica sería tan buena como ella en la cama? Su pregunta resultaba un poco humillante… para ella, claro. Si era capaz de dejar a un lado su orgullo mi victoria estaba cantada. No se conformó con mis evasivas. Alguna habría, respondí. ¿Síii…? ¿Quién? Hice un esfuerzo. Una buena parte del profesorado femenino de la universidad era un grupito de maduritas con escaso atractivo. Las jóvenes tenían pareja o estaban casadas o ni se plantearían venir conmigo con la condición de calentarme la cama, ni siquiera en una aventura tan intrigante, el sueño de muchos científicos. Me vi en un apuro. Iba a responder que ya encontraría una buena puta que además supiera hacer otras cosas, como cocinar o jugar al ajedrez, cuando recordé a Estefania. Era una joven despampanante, catedrática de matemática pura y física teórica. Una lumbrera, la mujer más genial que conocía, y además tan hermosa que sus alumnos se quedaban sin respiración cuando ella entraba al aula. Su asignatura tenía el record de suspensos de la universidad y no solo por su intrínseca dificultad. Todos se apuntaban a sus clases y luego no hacían otra cosa que mirarla boquiabiertos y grabarla con artilugios ocultos. A pesar de la prohibición de las grabaciones y de el estricto cacheo a que todo alumno era sometido antes de entrar a clase la mayoría se las ingeniaba para pasar una cámara oculta, luego se cambiaban las grabaciones unos a otros. Esto contaba también para las lesbianas. Incluso las heterosexuales hacían grabaciones para poder chantajear a sus preferidos a cambio de favores sexuales o de poder estudiar con ellos. Era un auténtico mito erótico en la universidad. Además hubo un tiempo en el que parecía seguir mis pasos con la disculpa de que la asesorara en un proyecto encargado por el gobierno, un estudio sobre un artilugio extraño encontrado en unas excavaciones en un lejano planeta. Aquel periodo coincidió con la primera fase de convivencia con Oliana. Entonces no podíamos vernos sin desnudarnos y practicar sexo a todas horas. Los roces de la convivencia no importaban. Recuerdo que Oliana se puso muy celosa y me amenazó con marcharse si aceptaba trabajar con Estefania. Confieso que me lo pensé, pero estaba recibiendo tanto que decidí apretar los dientes y renunciar a una posibilidad que era solo eso…una posibilidad.

Solté el nombre y Oliana se quedó sin resuello. Tardó en decir algo. Supe que había dado en el clavo. No podía entregarse con armas y bagajes, era demasiado humillante. Me respondió simplemente que la expedición la interesaba mucho. En cuanto a lo otro lo único que podía prometerme era que se lo pensaría. Eso me bastaba. Sabía que ya se lo había pensado y la respuesta era afirmativa. El disimulo formaba parte de una estrategia comprensible para no tener que escupirse luego en el espejo.

¿Podía pasar por su casa aquella noche? Encantado, respondí. ¿Y puedes traerte la cajita? Todo el mundo la quería. Desactivé el chip y comencé a pensar en la posibilidad de comprar alguno de aquellos artilugios tan sofisticados contra “cacos”. Estuve a punto de comunicarme con la empresa que los suministraba. De pronto recordé que Oliana era la mejor. Ella podría proporcionarme una alarma a prueba de los mejores hackers de la galaxia.

Ahora solo me quedaba formar un grupito de alumnos. Confeccione una rápida lista. Primero llamaría a aquellos que más me interesaban desde el punto de vista científico o de la convivencia. Si fallaban llamaría a otros de la lista y así hasta formar el grupo mínimo en el que había pensado.

Tardé más tiempo del necesario en poder parar la grabación. No podía aceptar que una tecnología tan avanzada pudiera ser tan simple. Además estaba tan excitado que era incapaz de concentrarme en nada, incluso tocarme la nariz me hubiera supuesto un esfuerzo de concentración. No paraba de dar vueltas a mi cuarto como estaba haciendo aquel personaje, elucubrando toda clase de historias. Por fin, al centésimo intento logré tocar la superficie de la cajita con la presión adecuada en el punto justo y el anciano parlanchín quedó paralizado a mitad de una frase, su mano alzada, como si fuera un orador parlamentario. La imagen tardó en desvanecerse, como si no fuera un holograma sino una sólida presencia física.

Cerré la cajita, preparé todas mis cosas y me disponía a llamar a un aerotaxi cuando recordé que no me había puesto en contacto con mi grupito de alumnos. Si lo dejaba para más tarde el decano acabaría imponiéndome a su rebaño de pelotas. Necesitaba a alguien afín en aquella larga expedición, alguien con el que pudiera hablar sin discutir a cada instante. Activé el microchip implantado en mi cerebro y que casi todo el mundo llevaba en la universidad, a pesar de que no había pasado de la fase experimental, y fui visualizando caras y pensando en nombres, si es que los recordaba. Aquel programa era muy listo pero yo apenas me había comunicado con los alumnos, así que se limitó a ponerme en contacto con los rostros que fue captando en mi memoria. El primer contacto fue con una jovencita muy atractiva, que se sentaba en primera fila y no hacía otra cosa que escuchar con la boca abierta mis disertaciones sobre lo que se suponía habían sido las primeras civilizaciones de la galaxia. Nunca preguntaba y sacaba excelentes notas, aunque no parecía estar igualmente interesada en las demás asignaturas, solo cuando mencionaba al mítico planeta Omega volvía a recuperar toda su atención. Yo acostumbraba a fijarme en su rostro y en su cuerpo cuando la clase me aburría especialmente. Tal vez por eso fue el primer rostro con el que me puso en contacto el programa de comunicaciones universitarias, el famoso PCU.

Tuve suerte, ni siquiera me pidió tiempo para pensárselo. Aceptó sin más y muy agradecida. En los restantes contactos hubo de todo, quienes rechazaron el ofrecimiento sin disculparse y sin abrigar la menor duda; quienes me pidieron tiempo, quienes dudaron hasta el último momento y finalmente encontraron disculpas muy razonables, una novia, unos padres, lo que fuera…

Cuando terminé de hablar con todos ya tenía un grupito aceptable de alumnos que me acompañarían, otros necesitaban un tiempo para decidirse y todos me pidieron al menos una semana para arreglar sus cosas, hacer el equipaje y despedirse de sus seres queridos. No tuve inconveniente. Una semana o dos no retrasarían mucho la expedición y era el tiempo imprescindible para conseguir la nave y prepararla.

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