LA VIDA ES PURA SENSACIÓN


 INTRODUCCIÓN

A Smythe no le gustaba dejar que le “comieran el coco”, como se decía en la jerga empleada entre los rebeldes, ecologistas y demás “ralea”. Por eso rara vez se conectaba a la gran red virtual que centralizaba todas las comunicaciones y el ocio de la ciudad-cúpula y del mundo de las ciudades-cúpula. Lo hacía tan solo cuando un impulso irresistible le obligaba a estudiar la historia, tal como aparecía en los archivos de la inteligencia artificial de la ciudad-cúpula N.Y. o cuando llevaba demasiado tiempo sin conseguir una relación sexual o sentimental con alguna mujer no “abducida” por el universo virtual.

Aunque los archivos históricos eran variados y en ellos se podía encontrar toda clase de interpretaciones históricas, lo cierto era que la mayoría eran favorables a las ciudades-cúpula, su pasado y su futuro. ¿Era esto pura casualidad? Smythe creía que no, aunque ahora poco importaban a nadie las versiones que los historiadores del pasado construyeron sobre la causa que llevó a los humanos a refugiarse en las “cùpulas”. Según la mayoría todo comenzó hacia el año 2010 de la era pasada. Una fuerte crisis económica azotó el mundo globalizado y a ello ya se habían unido experiencias terroristas aterradoras, tales como 11-S, el 11-M, los atentados de Londres y luego la ola de terrorismo incontrolado desatado por la muerte de Bin Laden, el líder de AlQuaeda, la organización terrorista que tuvo en jaque a la humanidad por un tiempo. Por si esto fuera poco la naturaleza comenzó a descontrolarse. Algunos lo achacaban al cambio climático causado por un desarrollismo sin control, otros a la simple evolución del clima, que unas veces iba hacia el frío, las glaciaciones, y otras hacia el calor. El terremoto del Japón y como consecuencia los problemas de la central nuclear de Fukusima pusieron un escalofrío en las pieles humanas. Antes hubo otros desastres naturales, como el terremoto de Haití, por ejemplo, pero como se sabe nada importa si las desgracias les suceden a los parias de la Tierra y no a nosotros, los elegidos.

A partir de aquellos años la historia corrió demasiado y acabó por tropezar y caer sobre sus narices. Los brotes verdes de que se habló durante aquella etapa de vacas esqueléticas nunca llegaron a cuajar del todo. La crisis económica se fue arrastrando durante años, a veces levantando un poco la cabeza para otear el panorama, pero nada más.

Las revueltas sociales comenzaron de repente, los jóvenes se manifestaron en toda Europa por un puesto de trabajo, aunque fuera de limpiabotas, y aprovechando la ocasión hicieron una oferta de tres por uno. ¿Qué les parece si cambiamos la estructura social y económica de una vez por todas, y de paso intentamos que en un mundo globalizado no haya ciudadanos de cuarta, aunque de primera y de segunda es inevitable, y de tercera tal vez durante un tiempo? Se volvieron a correr las calles, primero en una dirección, hacia la revolución, y luego en la otra, huyendo de los atentados terroristas indiscriminados y suicidas. La tierra se siguió moviendo, dando avisos aquí y allá, hubo inundaciones, olas de calor, incendios, y aquello tenía toda la pinta de ser el anuncio del lobo apocalíptico que nunca acababa por llegar.

¿Qué más nos espera? Se clamaba por doquier. Y entonces ocurrió lo inesperado, lo más de lo más…Una extraña epidemia comenzó a arrasar el mundo. Ya antes la gripe del pollo había avisado. Y antes la enfermedad de las vacas locas. Al parecer algunos ecologistas o los grupos antisistema comenzaron a hablar en voz baja de teorías conspiratorias varias, tales como que la CIA, la central de inteligencia de lo que fuera USA, estaba experimentando con armas biológicas o que algún virus se había escapado de algún laboratorio que estaba experimentando en nuevas armas biológicas… Nada se confirmó, puesto que la epidemia de las vacas locas se controló y la pandemia de la gripe del pollo no llegó a nada o al menos no a mucho.

Cuando los gobiernos comenzaron a plantearse muy en serio la posibilidad de que toda la estructura política mundial, tal como se conocía, se viniera abajo dado el caos que comenzaba a reinar, hasta en las sociedades más avanzadas, tecnológicas y democráticas, un acontecimiento casi milagroso vino a echarles una mano, como un ángel de la guarda. Una empresa privada, aunque con fuerte capital estatal y subvenciones varias, anunció su gran proyecto.

Se trataba de proteger a las principales ciudades del planeta bajo una cúpula a prueba de bombas y de todo lo demás. De hecho ya habían estado experimentando en secreto durante años, en diferentes lugares del planeta –desiertos, los polos, llanuras y montañas, ciudades y campos, trópicos y la Antártida- construyendo pequeñas cúpulas y encerrando en ellas hombres y animales, sociedades en miniatura. El experimento fue un éxito rotundo. Las cúpulas, de material y estructura desconocidas, aguantaron todo lo habido y por haber, desde catástrofes climáticas, efectos de la contaminación, epidemias y hasta ataques terroristas. Ahora había llegado el momento de la prueba definitiva. Se eligió la ciudad de Nueva York como laboratorio. Era una ciudad enorme, compleja y con todas las posibilidades de que en ella se generaran todo tipo de problemas, algo ideal para saber definitivamente si las ciudades-cúpula serían o no el futuro de la humanidad.

Hubo que aprobar una ley especial y crear una gigantesca infraestructura que permitiera el funcionamiento normal de la ciudad mientras se construía su cúpula. Las medidas de seguridad que se adoptaron fueron extremas. Los trabajadores contratados debieron pasar por todo tipo de investigaciones y controles. El perímetro de la ciudad fue vigilado día y noche por fuerzas especiales, entrenadas al efecto, a los trabajadores se les insertó un chip de control en un tobillo, se restringió la entrada y salida de la ciudad y comenzó la gran aventura.

A pesar de que se había calculado un mínimo de diez años para la construcción y entrada en funcionamiento de la cúpula, a los cinco ya estaba terminada y pendiente de rematar pequeños detalles. La situación mundial era cada vez más caótica, lo que obligó a aumentar el presupuesto destinado a la cúpula, contratar nuevos trabajadores y…como un mago bromista la empresa se sacó de la chistera un enjambre de robots experimentales…luego se sabría que como la cúpula llevaban más de un año en periodo de prueba trabajando en las condiciones más adversas imaginables.

Un pánico soterrado se estaba difundiendo por venas y arterias del sistema circulatorio mundial. La gente estaba muriendo como moscas en invierno a causa de la epidemia o pandemia, o lo que fuera, porque nadie sabía muy bien lo que estaba ocurriendo. Los expertos no se ponían de acuerdo en nada, unos decían que era provocada por un virus, otros por una bacteria, algunos que se transmitía por vía animal, otros por vía respiratoria…Lo único cierto era que los muertos se producían en una proporción escalofriante en los países del tercer mundo, tal vez debido a la falta de higiene, a su pobreza, que les impedía comprar medicamentos, o a una maldición divina como decían algunos exaltados, sin darse cuenta de que la divinidad que hace distingo entre pobres y ricos no puede ser otra cosa que producto de la imaginación.

´Continuará

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