Mes: julio 2011

MICRORELATOS SOBRE EL INFIERNO IV


EL INFIERNO ECONÓMICO

 

 


 
Los pecadores económicos, es decir los que han sido condenados por motivos relacionados con la economía, tales como la especulación, la insolidaridad, la avaricia, etc. Etc. Deben, antes de entrar en la sección a ellos destinada, atravesar la gran caldera. Es grande, muy grande, enorme, gigantesca, y en ella se van quemando, de forma constante, grandes cantidades de fajos de billetes, nuevecitos y de curso legal, por supuesto.
Un observador ingenuo –aún quedan muchos, incluso en el infierno- podría llegar a pensar que los pecadores económicos están recibiendo un trato de favor o que incluso han comprado y corrompido a los demonios que tienen al cargo su sección, hasta llegar a las jerarquías más altas, el ínclito Satanás, pongamos por caso.Sin embargo un testigo imparcial que permaneciera allí, en el hall, sentado tranquilamente en el suelo, y observando el espectáculo, pronto se daría cuenta de que en realidad la caldera del infierno económico es la más terrible de todas las calderas. Así al pronto parece un jueguecito inocuo. Los pecadores entran en la caldera y el fuego de la combustión de los billetes apenas consigue cosquillearles las plantas de los pies o las palmas de las manos. Cierto, si eso fuera todo el tormento que reciben el trato de favor sería evidente. Un tormento de este calibre haría reír a cualquier pecador y le reafirmaría en proseguir su camino a la perdición. En cambio el diseño de esta caldera es una de las obras maestras infernales, el producto de un genio metafísico.

 
Quienes allí entran se olvidan de todo lo que no sea intentar hacerse con un fajo de billetes antes de que llegue a chamuscarse en el aire o a quemarse en el suelo metálico. Se obsesionan con ello. Llegan a oprimir los fajos entre las palmas de sus manos ahuecadas, para evitar de esta manera que llegue hasta ellos el oxígeno, perfecto catalizador de la combustión. Si esto no les da resultado, que nunca se lo da, comienzan a sacudir los fajos de billetes contra la piel de sus cuerpos desnudos. Lo único que consiguen de esta manera es quemarse ellos y dejar sobre su piel marcas como de latigazos de fuego. También acostumbran a saltar en el aire. Los fajos de billetes caen del cielo y no es que el cielo quiera premiarles su arrepentimiento y buena conducta, no, lo que ocurre es que los demonios encargados de alimentar la caldera, empujan cada cierto tiempo, con sus horcas buenos fajos de billetes, nuevecitos y de curso legal. ¿De dónde los sacan? En el infierno se bromea con que los jerarcas están conchabados con los Bancos Centrales o con los especuladores más activos del planeta Tierra.
Yo, desde luego, no lo sé. ¿Chi lo sá? Me temo que nadie. Es un auténtico misterio.

 


Pues bien, como les decía, los pecadores económicos están muy atentos y cuando cae un buen montón de fajos, saltan como si tuvieran muelles en los pies o fueran campeones del mundo de salto de altura y se hacen con un fajo volador. Esto no les sirve de nada, ya que el dinero se incendia en cuanto llega a una cierta altura por encima de la caldera. Ni siquiera los muy altos o los mejores saltadores pueden permanecer por encima de ese nivel el tiempo suficiente hasta que la ley de la gravedad produzca su consabido efecto, así en la tierra como en el infierno.
¿Para qué quieren el dinero estos pecadores económicos? ¿Para comprar a Satanás y a sus demonios? No son tan tontos, aunque lo parezcan, y puesto que comprar a quien te suministra dinero para que lo compres es una estupidez y ellos lo saben, con toda seguridad no lo hacen por ese motivo.
¿Intentarían ustedes corromper a un Banco Central de un poderoso país ofreciéndole una propinilla? Bueno, es mejor olvidarse de esta comparación, porque en los tiempos que corren puede suceder cualquier cosa, hasta algo así. ¿Acaso lo desean para comprar a otros condenados? ¿Qué podrían obtener a cambio? ¿Entonces? No le den más vueltas a la cabeza, simplemente les puede el ansia. Ansia de poder, de riqueza, de placer, de dominio sobre sus semejantes, avaricia acumulando cosas para un futuro imposible… Su ansia no tiene límites. Si ustedes fueran tan ansiosos como ellos, ¿despreciarían hacerse con uno de esos fajos de billetes que caen del cielo? 

Todos los pecadores y condenados tienen un tiempo,
fijado de antemano en sentencia, para permanecer en las calderas de las diferentes secciones del Infierno. Luego pasan al interior de cada sección y allí siguen el programa de tortura y tormento establecido meticulosamente en sentencia. Los demonios de la entrada se burlan de los condenados y les pinchan con las horcas mientras piensan algo así como: “Pasa que cenas”.

Absolutamente todos los pecadores salen de estas calderas perdiendo el culo, es decir tan deprisa que la parte delantera casi pierde a la trasera, aunque esto parezca imposible. Claro que esto no cuenta para los pecadores económicos, quienes permanecen allí aún mucho después de escuchar la campana de aviso que solo oyen los que han cumplido el tiempo programado. Continúan allí, erre que erre, empecinados, ansiosos, babeando por un maldito y mísero fajo de billetes. En todas las secciones los demonios encargados de las calderas poseen látigos de diferentes texturas y formatos. Los emplean para impedir que los condenados salgan de las calderas antes de tiempo.En cambio en el infierno económico no son necesarios. Quiero decir que no son necesarios para impedirles salir antes de tiempo, porque muchos demonios encargados se sienten tentados a emplearlos con los pecadores para hacerles salir por la fuerza de la caldera de billetes quemados e impedirles permanecer allí más tiempo tras al toque de campana. No lo hacen porque les divierte más contemplar el espectáculo de estos pobres ansiosos.

 


Los látigos de la sección económica son un tanto peculiares, están hechos con fajos de billetes comprimidos y enlazados hasta alcanzar la dureza de una barra de hierro. Su entrelazamiento es de una exquisita factura artesana, haciendo que el filo de algunos billetes, tan cortante como una cuchilla de carnicero recién afilada, les corte la piel como hacen las chapitas convencionales en los látigos de siete puntas. Dejan la piel como si millones de diminutos arados mecánicos hubieran pasado y repasado ese campo mil veces.
¿Quieren creerme si les digo que estoy convencido de que de haberse empleado una sola vez ese látigo, el pecador o pecadores azotados no hubieran salido de la caldera a pesar del severo castigo y hubieran continuado por todos los medios a su alcance obtener su tesoro, su lindo tesoooorooo, el fajo de billetes nuevecitos y de curso legal?
Ustedes pensarán, si son muy candorosos –haberlos “hailos” hasta en el infierno- que todos los pecadores económicos son millonarios, multimillonarios, Cresos, Midas, capitalistas salvajes, especuladores sin entrañas, etc. Etc. Pues no, se equivocan. Se calcula que al menos un 50% está formado por clase medio baja, proletarios “mileuristas” y pobres de solemnidad. Creánme, el ansia no respeta a nadie. Hay quienes han perdido la decencia, la humanidad y la menor capacidad de ser solidarios y empáticos a cambio de poco, de muy poco, más bien de nada, unos ahorrillos que les permitan comprarse un chalecito de bajo standing o un coche de alta gama o simplemente tener una cuenta en el banco e ir a ver cómo crece todos los días, como si fuera una plantita.
El ansia no perdona a nadie. Existen avaros proletarios que son mucho peores que los avaros ricos, capaces de negar un “bocata”
a un muerto de hambre, cuando al rico ni siquiera se le ocurrió pensar en ello, entre otras cosas porque le gusta ir en limusina o jet privado con los cristales entintados y así no se ve un muerto de hambre sino es en la televisión, a lo lejos. Lo cierto es que el dinero no influye mucho en el ansia y es más fácil que ésta se despierte y abra sus fauces si estás todos los días en contacto con el sufrimiento ajeno que si te sirves un güisqui de veinte años en el bar de tu limusina y acaricias el muslo de una prostituta de lujo (los pecados van siempre a pares y en algunos casos a docenas).

 


Se preguntarán ustedes cómo pueden caber todos en esa caldera, por muy grande que sea. Pues bien, les diré que siempre hay un espacio para un nuevo pecador. Tal vez se deba a que hasta el ansia se acaba agotando alguna vez o a que la caldera es mucho más grande de lo que un espectador frío y objetivo podría imaginar. Eso sí, espectadores hay muchos, desde demonios con vacaciones o licencias para asuntos propios, hasta condenados con permiso de salida de fin de semana gracias a su buena conducta, quienes acuden hasta aquí y se quedan horas y horas observando la caldera. En el infierno no hay tanta diversión como algunos piensan, aparte de los consabidos shows de tortura y tormento, y ésta sin duda es la mejor diversión de que se puede disfrutar en el infierno. La lujuria cansa y aburre al cabo del tiempo, en cambio el regocijo que sienten los pecadores que nunca pudieron disfrutar en su vida anterior de una situación económica “aceptable”, no termina nunca cuando observan dónde y cómo acaban los “ansiosos”.
Permítanme que me explaye un poco sobre las supuestas diversiones del Infierno. Se dice que el Cielo es muy aburrido y que no merece la pena sufrir tanto en vida para irte de vacaciones a un paraíso donde al cabo de una semana ya estás bostezando. En cambio los pecadores, condenados y demás ralea canalla tienen mucha suerte, porque tras una vida en la que se han dejado llevar por todas las pasiones, sin el menor control, terminan en una especie de “pub de verano tórrido”, con mucho alcohol, desnudos por doquier, lujuria y orgía perpetua, diversión asegurada y masoquismo gratis para todo el mundo durante etapas marcadas a látigo en la piel.
Para empezar a la entrada del pub hay un letrero de neón que dice: “Vosotros que entráis perded toda esperanza”. O dicho en italiano, en el original, puesto por un tal Dante, cuando estuvo dando una vueltecita por aquí, acompañado por su amigo Virgilio. “Voi qui entrati, lasciate omnia speranza”. O algo parecido, que este narrador fue español en su vida terrena y de idiomas ni “papa con tomate”, ni inglés ni mucho menos italiano, aunque me hubiera gustado aprenderlo para hablar con un millonario de aquella nacionalidad que anda de caldera en caldera, acaba de salir de la caldera económica cuando ya está en la caldera lujuriosa, con los espermatozoides hirviendo hasta el cuello. Me disculparán pero no recuerdo su nombre.
Creo que fue un tal Georges Bernanos –me perdonarán si lo pronuncio mal, porque tampoco estudié francés- quien dijo que el infierno era dejar de amar y que el hastío de la vida es el tormento más terrible, el pecado que uno nunca se perdona. Bueno, pues aquí hay hastío por un tubo, del que uno puede beber como de una cañería surtida a perpetuidad. Desconozco si el cielo es peor, porque nunca estuve allí, aunque no pierdo la esperanza de que mis buenas acciones
(tal como la de narrar lo que ocurre en el infierno para que los pecadores terrenos y aún vivos puedan corregir su vida, tirando de la brida hasta que el caballo se espatarre en el suelo) me lleven al paraíso y se lo pueda contar alguna vez, si es que es posible encontrar el último lindero de esta llanura oscura y bien caldeada.

Procuren no dejar llevarse por el ansia de conocer qué les espera a los pecadores económicos al salir de la caldera, porque no hay nada peor que el ansia, pueden creerme, y hasta es posible que con el tiempo pasen de espectadores a participantes. Les diré tan solo, para abrir boca, que el primer tormento que les espera a estos repugnantes pecadores es el juego de la bolsa. ¿En qué consiste? Ya les he dicho que controlen su ansia.
Lo que sí puedo decirles es que tal vez solo haya algo peor que el ansia, el hastío. Es como un polvillo en el aire, entra en tus pulmones sin que te apercibas de ello y te putrefactas por dentro, como les sucede a los “silicosos”
o mineros del carbón que padecen “neumoconiosis” o silicosis. Es por ello que muchos condenados se vuelven “majaras”, como becerros que llevaran un cencerro al cuello y fueran dando la murga por todo el Infierno. Por suerte alguien pensó en ello y creó una sección especial, denominada “Frenopático infernal”.
Pero esa es otra canción que ya les cantaré en otra ocasión, con voz destemplada, desesperada e hiriente. Recuerden que no deben dejarse llevar por el ansia. Todo llegará. Les prometo que comenzaré mi canción tan pronto un pecador económico salga de la caldera de los fajos de billetes. Eso llevará un tiempo que me permitirá contarles otras cosas.

 
Continuará.

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