La vida es pura sensación II


LA VIDA ES PURA SENSACIÓN
NOVELA DE CIENCIA-FICCIÓN, SUBGÉNERO FANTASÍA DELIRANTE  II
 
 
 

Se aceleró la puesta en marcha de la ciudad-cúpula de N.Y. y la empresa privada recibió múltiples presiones de gobiernos extranjeros para que comenzaran a vender y exportar cúpulas a otros países. El presidente USA anunció que tan pronto se pensara que las cúpulas eran viables daría su permiso para que la empresa vendiera allí donde recibiera ofertas. No era preciso agotar el año de vida de la nueva ciudad, tal como se había previsto.
Si durante su construcción fue objeto de la curiosidad mundial y las principales cadenas televisivas del mundo dejaron allí un retén permanente de guardia para transmitir cualquier incidencia o novedad, ahora que la cúpula estaba rematada cada minuto era noticia de portada. Quienes se inscribieron como residentes voluntarios en la nueva ciudad debieron pasar un ajetreado periodo de entrenamiento y puesta al día, ello sin contar con la autorización que debían conceder al alcalde de la ciudad para que a todos los residentes se les implantara un chip en su cerebro, que tenía por objeto activar las medidas de seguridad contra ataques terroristas diseñadas por un grupo de asesores de la Casa Blanca. Dado que esto coartaba o anulaba muchos derechos fundamentales recogidos en la constitución americana fue preciso que el Congreso y el Senado se pusieran de acuerdo para aprobar las enmiendas correspondientes.
Si hasta entonces los grupos ecologistas más agresivos habían iniciado ya una fuerte campaña contra las ciudades-cúpula, el anuncio de la puesta en marcha de la primera y más importante levantó una oleada de protestas, de voces apocalípticas y de todo tipo de acciones -muchas de ellas se podrían calificar de terroristas- que pusieron el mundo patas arriba. Los grupos ecologistas estuvieron en la brecha desde el principio, aunque les costó darse cuenta de las implicaciones que suponía el nuevo proyecto.
El nacimiento de las ciudades-cúpula fue un evento insólito y tan oportuno que hubiera dado mucho que pensar a la población mundial, si todo el mundo o su mayor parte no hubiera estado tan ocupado en mirar hacia dónde se encaminaba la sociedad tras la llamada Spanish revolution, y antes que ella la revolución islámica, y antes el terrorismo, globalizado tras el 11-S, luego vendría el 11-M y 7-J y…El mundo parecía haberse vuelto loco o haberse dado cuenta de que nunca había dejado de estarlo, tal vez desde la Revolución francesa o desde antes, mucho antes. 
A lo largo de la historia humana los profetas del apocalipsis nunca dejarían de clamar por el cercano fin del mundo: El Milenio, El Segundo Milenio, el calentamiento global, la extinción de los dinosaurios… El mundo se acaba, “finis”, “caput”, esto tiene los días contados…y sin embargo siempre ocurría algo que proporcionaba un respiro al ahorcado, aparecía alguien y sujetaba la banqueta del colgado.
Tras la etapa de la humanidad cazadora (las fieras terminarán con estos primates en menos de lo que canta un gallo recién tragado por la bestia, diría un apocalíptico) el descubrimiento de la agricultura cambió el mundo y salvó a los cazadores de la extinción, porque estaba claro que había demasiadas bestias para tan pocos cazadores. Fue una suerte que a la lumbrera de turno se le ocurriera que si las plantas crecían vírgenes, más y mejor crecerían si las regaban todos los días tras el correspondiente cercado, para que los herbívoros, aparentemente tontos, no se las comieran.
Las sequías estuvieron a punto de terminar con la agricultura, tal como profetizó el chamán de la tribu. Sin embargo los dioses enviaron a Prometeo con el fuego y así pudieron comer caliente, bien fuera carne o vegetales. Esto disipó la creencia apocalíptica, con un estómago lleno y caliente, todo se ve con más claridad. 
Cuando la humanidad estaba muy harta de las sempiternas lanzas y puntas de flechas de piedra… apareció el metal. Otra lumbrera descubrió que había cosas más duras que la piedra (lo que ya era difícil) y con la ayuda del fuego comenzó la edad del metal y la edad de la piedra fue olvidada como un apocalipsis pasado que no hubiera mordido la yugular. 
Cuando los imperios cayeron, el persa, el griego, el egipcio, el romano…el cristianismo abrió horizontes insospechados a la humanidad doliente.  Cuando la humanidad pensaba que el “vulgo” sería siempre vulgo y la aristocracia elegida por los dioses, llegó la revolución francesa… y rodaron muchas cabezas… y luego la revolución industrial…y trabajaron hasta los niños,  y veinticuatro horas seguidas, si era preciso…y llegó el capitalismo, y luego el comunismo y la guerra caliente y la guerra fría y la economía socialista se hundió y refloreció el libre mercado y el liberalismo y el keynesianismo y los neoliberales y los “neocón” y la economía globalizada…
Sí, bien parecía como si un fantástico mago sacara el consabido conejito de la chistera, cada vez que el público se moría de hambre. Pero esto cambió cuando tras la Spanish Revolution los políticos fueron cayendo como moscas en atrapamoscas y los dictadores fueron desapareciendo como dinosaurios en la época de los misiles atómicos, y la economía globalizada se derrumbó como un castillo de naipes, como una mosca en la garganta de un papanatas… Y cuando nadie sabía qué hacer, para dónde tirar, ni el 15-M, ni la Spanish revolution, ni las manifestaciones y revueltas, ni los acampados, ni la crisis del 2010, que se alargaba y alargaba…
Entonces llegaron las catástrofes, el terremoto de Haití, y el otro, y el tsunami, y los volcanes y Fukusima y antes Chernobil y los veranos tórridos y los incendios devoradores y el derretimiento de los polos y el agujero en la capa de ozono y las vacas locas, los pollos locos, las verduras locas… Y cuando todo parecía ir remitiendo llegó la epidemia, la pandemia o la globaldemia… y todo el mundo se asustó…mucho. Mueren en Africa, lo que no es novedad. Mueren en Asia, tampoco. Pero cuando comienzan a morir en Europa y en América del Norte y no solo mueren los pobres, los muertos de hambre de toda la vida, los parias de los suburbios y los que nunca han sido muy higiénicos, los sucios, los que viajan en pateras, los de siempre…Entonces…


El susto es morrocotudo… mueren muchos… pero a nosotros, los del primer mundo, no nos tocará, nunca nos ha tocado y seguirá sin tocarnos… al menos de momento. Hasta que la epidemia o globaldemia se extiende y caen los primeros rostros pálidos, los del palo de fuego y el agua de vida que quema en la garganta. Entonces todo el mundo se pone serio y habla de que el apocalipsis que nunca llegó, ahora puede que esté llamando a la puerta. Ya no se trata de tribus indias, con arcos y flechas, dando vueltas y más vueltas alrededor de los carromatos de los rostros pálidos, que los van matando con sus carabinas de fuego, tan ricamente. Y además va a llegar el 7º) de caballería de un momento a otro.
Y…”equiliqua”.
 
El mago saca otro conejo de la chistera, en forma de cúpula reluciente. Es la salvación, el apocalipsis anunciado por la globalpandemia tendrá que esperar. Los demás problemas irán quedando, poco a poco, fuera de la fortaleza, del bunker. 
Y así dio comienzo a la primera cúpula, la de Nueva York.  Luego vendrán Whasington, París, Sidney y Madrid (los spanish revolutions fueron expulsados del paraíso terrenal, luego de ser expulsados de la Puerta del Sol y arrojados a Carabanchel, Vallecas, el Pozo del tío Raimundo…) Las cúpulas no podían albergarlo todo. Era preciso escoger… y fueron escogidos los mejores.
Pero antes, hasta llegar a la meta soñada el tiempo transcurrió más pausadamente, como ralentizado. Tic-tac, tac-tic. Smythe repasaba estos capítulos de la historia en la holovisión de su apartamento. Apenas la usaba, porque para él era el símbolo de la opresión, la puerta al mundo zombi. Aunque para ciertas consultas resultaba imprescindible. Jamás participaría como personaje virtual en aquellos culebrones holográficos sobre todo tipo de temáticas, ni jamás se dejaría arrastrar a las orgías de sexo virtual, una auténtica tentación demoniaca, donde nadie quedaba excluido y todos satisfechos en mayor o menor medida. 
Smythe deseaba seguir perteneciendo para siempre a “los vivos”, así se apodaban quienes compartían su filosofía de la vida, los vivos, los despiertos, en contraposición a los muertos, a los dormidos en la cuna virtual que les había sido preparada para tener dulces sueños y dejar de molestar. 
Siguió repasando la historia humana, buscando archivos olvidados, textos relevantes, fotografías encriptadas por hackers para evitar su destrucción. En su cabeza no dejó de escuchar el tic-tac del tiempo que iba transcurriendo, una y otra vez, un segundo tras otro, hasta llegar a lo que los historiadores  consideraban la encrucijada de los tiempos: el nacimiento de las ciudades-cúpula.
A veces Smythe tenía la sensación de que el tiempo retrocedía. Esto ya lo he visto antes, se decía, estamos regresando al pasado en lugar de avanzar hacia un nuevo futuro. La ciudad-cúpula de Nueva York, la primera en surgir a la vida, el icono de los nuevos tiempos. Y aquí está de nuevo la escena, mil veces grabada y digitalizada, luego pasada a formato holovisivo, archivada por centuplicado en las copias de seguridad para que jamás se perdiera.  El alcalde de Nueva York se sienta, con una sonrisa, en la silla anatómica. Alguien oprime el botón correspondiente y un largo brazo mecánico trepana el cráneo y coloca el famoso chip. Es el primer ciudadano de la primera ciudad-cúpula. Seguirá siendo su alcalde, la primera autoridad. Sin el menor daño colateral, esbozando una sonrisa de conejo, estrechando manos por doquier, la primera autoridad entra a la ciudad vacía, fuertemente escoltado por miembros de los cuerpos de seguridad que ya habían pasado antes por la trepanación. Nadie lo sabe, pero el señor alcalde no es un héroe. El supuesto y arriesgado primer paso no es tal, ya existían suficientes precedentes para creer que todo saldrá bien. 
Tras sí deja a su gobierno municipal, asesores y demás personal imprescindible, siguiendo los pasos del jefe, como valientes, como héroes. El Sr. Alcalde visita primero su nuevo y espectacular hogar. Allí le espera su familia y sus mejores amigos. Nadie lo sabe, pero ellos ya pasaron, en secreto, por la trepanación, después de que lo hicieran los cuerpos de seguridad y antes de que el “paterfamilias” se hiciera la foto para la posteridad.
El estado de Nueva York ha cambiado su legislación para permitir la existencia de una ciudad-cúpula en su territorio. Se trabaja en las cámaras para cambiar la legislación federal en todo cuanto impida u obstaculice la construcción de estas ciudades por todo el territorio de la Unión, incluso una comisión analiza si será necesario en el futuro plantearse alguna enmienda a la constitución. De momento se ha garantizado a todos los residentes en la ciudad, que lo deseen, su permanencia en la misma, siempre y cuando acepten la trepanación e inserción en su cerebro del correspondiente chip estandarizado y aprobado. El nuevo paraíso terrenal les permitirá seguir en sus viejos alojamientos, reformados en lo necesario, o en el supuesto de que no haya sido posible se les facilitará un alojamiento mejor, a ser posible en la misma zona y sino en la que ellos escojan.
La ciudad-cúpula es lo bastante grande, ancha y profunda, con un diámetro y unos niveles, por debajo y por encima del suelo, para que todos los que pidan su ciudadanía y residencia sean aceptados. Eso no sería posible si toda la población de todos los estados federales hiciera la solicitud. Pero ni los más optimistas han previsto que eso fuera posible, incluso se piensa que sobrará bastante espacio para que extranjeros de renombre o expertos o especialistas en varias ramas de la ciencia o las letras, puedan ser admitidos, si así lo desean. La feroz resistencia de la última etapa, antes de ser inaugurada la primera ciudad-cúpula, así lo hace pensar.
Todo esto es cierto, como lo es que una gran parte de los habitantes de Nueva York no las tienen todas consigo, ni siquiera han tomado una decisión definitiva hasta minutos antes de comenzar la trepanación, y muchos de ellos solo cuando el Sr. Alcalde ha demostrado que no ha quedado más loco de lo que ya estaba.  Hay un grupo importante de residentes que se muestran muy reticentes a dar un paso adelante. Han formado un grupo de resistencia y exigen sus derechos: un domicilio igual o mejor en la parte del Estado que ellos elijan o bien en cualquier punto del Estado federal, una cuantiosa indemnización y la posibilidad de cambiar de opinión y ser admitidos, eso sí, pasando antes por la trepanación (ninguno es tan ingenuo como para pensar que ese requisito se modificará en el futuro, ni siquiera para ellos).
Continuará

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