Mes: noviembre 2011

Relatos esotéricos III


   RELATOS ESOTÉRICOS

EL VELO DE MAYA
I

LA LINTERNA

Al morir se elevó hacia lo alto y pudo ver, bajo sus pies, que sentía de cristal, la esfera azul a la que los vivos llaman planeta Tierra. Creyó entrar en una nueva dimensión, aunque a su alrededor todo era noche profunda. Pudo contemplar allá, abajo, una infinita llanura oscura por la que caminaban, con gran lentitud, una inmensa muchedumbre de seres bípedos. Portaban en sus manos diminutas linternas, de las que brotaban rayitos de luz de corto alcance. Ellos no lo sabían, porque apenas eran capaces de ver unos metros por delante de sus pies, pero, contemplados desde lo alto, formaban infinitas líneas paralelas que fosforecían en la oscuridad. Dejaban a sus espaldas un rastro de luz que cada vez se hacía menos brillante. Solo en el lugar en el que se encontraban ahora la luz de la linterna permitía observarlos con nitidez. Dicen que las líneas paralelas no se encuentran nunca o tal vez únicamente en el infinito. Por lo que él podía ver ninguna de ellas se entrecruzaba con otra a lo largo del camino.

Aunque ellos se hicieran la ilusión de seguir el mismo camino, en realidad eran muy distintos. Cada uno trazaba un sendero individual y no intercambiable. La corta distancia que separaba a cada uno de ellos de los más próximos podía darles la impresión de estar conviviendo juntos en la misma vida.

Permaneció largo tiempo contemplando la oscura llanura en la que millones de seres humanos creían compartir sus vidas, al tiempo que se trasladaban, casi a cámara lenta, hacia delante, como si en realidad hubiera una meta al final, que ellos desearan alcanzar. Sin embargo por mucho que él se esforzara, era incapaz de percibir nada en aquel horizonte, negro como boca de lobo. Lo mismo hubieran podido caminar hacia atrás o hacia los lados, por todas partes les rodeaba la noche, apenas iluminada por el tenue haz de luz de sus linternas.

A pesar de su vista de águila era imposible apreciar otra cosa que no fuera el rastro luminoso que dejaban los caminantes a su paso y las linternas moviéndose en la noche. Imaginó que todos se habían puesto de acuerdo para caminar en la misma dirección puesto que muy bien hubieran podido moverse en cualquier otra, incluso formando círculos o las más variadas figuras geométricas. Resultaba chocante observar un movimiento tan perfecto en medio de la oscuridad.

Entonces comprendió que la línea que seguían era la línea del tiempo. Atrás quedaba el pasado en forma de rastro apenas luminoso, que algunos iluminaban unos segundos al darse la vuelta para observar el camino recorrido. Enseguida reanudaban su marcha hacia el futuro, que no podían ver, puesto que el haz de sus linternas apenas alcanzaba unos pasos más allá de donde se encontraban. Ponían mucho más empeño en avanzar que en retroceder. El no encontraba explicación a este vehemente deseo de seguir hacia delante. La noche estaba también atrás y a los costados. ¿Por qué este empeño en seguir la línea del tiempo en esa dirección precisamente?. Tal vez el impulso hacia lo desconocido les impedía darse cuenta de lo chocante que era ver el tiempo avanzar en una dirección precisamente, cuando nada le impedía retroceder, por ejemplo, o moverse en diagonal.

De vez en cuando dos haces de luz se encontraban al girar en semicírculo. El tiempo que duraba este entrecruzamiento de luces les hacía sentirse unidos en el amor, en la amistad, en la fraternidad, para luego regresar a su camino solitario, sintiéndose más aislados y vacíos que al principio. Quienes no se sentían capaces de soportar la pérdida movían sus linternas frenéticamente, buscando llenar sus vidas con la compasión de los otros.

Curiosamente los amantes, los padres y los hijos, los amigos, los familiares, caminaban paralelos en un espacio tan próximo que hubieran podido pisarse, moviéndose apenas un par de pasos hacia los costados. Sin embargo creyéndoles muy alejados de su vida,  perdidos para siempre, abandonaban la ilusión de seguir caminando, posaban la linterna en el suelo y se ponían a llorar y a gemir como si no hubiera ya esperanza para ellos. Se golpeaban con los puños en el rostro y lamían la sangre que brotaba de sus heridas, como si en ello hallaran consuelo. Finalmente, agotados, se tumbaban sobre el suelo oscuro, deseando morir.

Comprendió que eso y no otra cosa era el famoso velo de Maya, sobre el que había leído en su juventud, cuando buscaba en el budismo una respuesta que no encontraba en parte alguna. El engaño en el que todos estaban inmersos procedía de la escasa luz que generaban sus linternas. Sus consciencias se adaptaban a lo que podían ver dos metros por delante y de esta manera vivían y morían en la más burda de las mentiras.

Echó mano a su rostro de vidrio y palpó buscando los ojos que le permitían estar viendo todo aquello. Encontró un ojo en mitad de su frente que desprendía una claridad muy suave y cálida. Este debe ser el tercer ojo, pensó, ese del que habla el conocimiento secreto. Unos cuantos consiguen abrirlo en vida y sus visiones son consideradas como delirios de locos. El resto permanece feliz, con sus dos ojos de carne, que no pueden ver más allá del muro de oscuridad que tienen delante de sus narices.

Ahora que había perdido la visión de sus dos ojos, pudo darse cuenta que la realidad incontrovertible, que ellos creían percibir a lo largo de su vida,  no era otra cosa que la sólida oscuridad que les rodeaba. La luz de la linterna creaba reflejos multicolores en el muro. Eso les hacía pensar en una multitud de objetos que reafirmaban su concepto de la realidad como sólida diversidad de cosas.

Cuando los haces de sus linternas se entrecruzaban con los más próximos y cambiaban unas cuantas palabras, descubrían que todos veían lo mismo. Si todos percibimos las mismas cosas, no podemos estar equivocados, pensaban, y continuaban su camino en la noche, imaginando soles y lunas, planetas y estrellas, un presente continuo, rodeado de enseres que no colmaban la sed de sus almas.

El, ahora que estaba muerto, asumía las viejas palabras bíblicas: Vanidad de vanidades y todo es vanidad; oscuridad de oscuridades, todo es oscuridad. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo para pensar que algo que duraba tan poco podía ser tan real?. La realidad no se mide por la intensidad del estímulo, sino por el tiempo que permanece en nuestra consciencia. Un delirio no es real, por muy intenso que sea. En cambio, si su duración se prolongara en el tiempo, el delirio iría adquiriendo categoría de realidad. Eso que todos pensamos es real, aunque bien podría ser un delirio compartido. La prueba  de ello es lo poco que dura. Basta morir para que las viejas fantasías se desvanezcan. 

Los caminantes, con sus linternas férreamente oprimidas entre sus manos, no se dan cuenta de la invisible prisión en la que habitan. Creen no poder comunicarse, amarse, porque sus caminos son paralelos y nunca se encuentran. ¡Pobres ingenuos! No comprenden que bastaría con enfocar las linternas de su consciencia hacia un costado  y permanecer el tiempo suficiente entrelazando sus haces de luz, para que ambos pudieran fundirse en una sola consciencia y un solo sentimiento.

Son como ciegos con linternas, que a veces se pelean por un trozo de suelo negro cuanto tienen el infinito a su disposición. Me dan pena y desearía volar sobre ellos, como un ángel con alas, para anunciarles la buena nueva, para que apagaran sus linternas y pudieran abrir ese tercer ojo que palpita ahora en mi frente, con el que puedo ver la auténtica realidad, una vez rasgado el velo de Maya.

Así piensa al tiempo que descubre la inutilidad de su deseo. No puede moverse, está como clavado en el tiempo, y aunque pudiera hacerlo nunca se oyó de nadie que escarmentara en cabeza ajena. Por eso deberán seguir caminando, con la linterna en sus manos, imaginando que sus vidas son para siempre, felices rodeados de objetos que en el fondo no son otra cosa que un sólido muro de oscuridad. Al morir no dejarán de percibir la diversidad, porque el “yo” de su consciencia aún no ha despertado. Alguien les dará otra linterna y se creerán nuevas identidades que acabarán por iniciar un nuevo camino, cuando llevan ya milenios dando las mismas vueltas a la noria.

Algún día despertarán y entonces… Ha perdido interés en continuar contemplando tan triste panorama. Está sintiendo que algo le atrae hacia lo alto. Se deja llevar, imbuido en la paz de quien por fin ha despertado de una larga pesadilla. Una luz poderosa y tan amorosa que no puede resistirse a su atracción, lo va envolviendo. No desea volver a reencarnarse nunca, regresar otra vez para coger aquella ridícula linterna. Algo le dice que su futuro está ensus manos. Siempre lo estuvo, aunque no pudiera comprenderlo. Ahora, que está viendo la luz, nada podrá engañarlo otra vez.

Se deja atrapar en el infinito sol, no sin antes pensar por última vez en aquellos pobres ciegos, caminando en línea recta hacia la oscuridad infinita. No echa de menos el paso del tiempo, porque ahora sabe que era simplemente la luz de una linterna, iluminando un presente que en realidad existía desde siempre.

FIN

Relatos esotéricos II


ado, 19 de Marzo de 2011

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                  RELATOS ESOTÉRICOS

  

                 EL VELO DE MAYA 

                             I 

  

                    LA LINTERNA 

  

Al morir se elevó hacia lo alto y pudo ver, bajo sus pies, que sentía de cristal, la esfera azul a la que los vivos llaman planeta Tierra. Creyó entrar en una nueva dimensión, aunque a su alrededor todo era noche profunda. Pudo contemplar allá, abajo, una infinita llanura oscura por la que caminaban, con gran lentitud, una inmensa muchedumbre de seres bípedos. Portaban en sus manos diminutas linternas, de las que brotaban rayitos de luz de corto alcance. Ellos no lo sabían, porque apenas eran capaces de ver unos metros por delante de sus pies, pero, contemplados desde lo alto, formaban infinitas líneas paralelas que fosforecían en la oscuridad. Dejaban a sus espaldas un rastro de luz que cada vez se hacía menos brillante. Solo en el lugar en el que se encontraban ahora la luz de la linterna permitía observarlos con nitidez. Dicen que las líneas paralelas no se encuentran nunca o tal vez únicamente en el infinito. Por lo que él podía ver ninguna de ellas se entrecruzaba con otra a lo largo del camino. 

  

Aunque ellos se hicieran la ilusión de seguir el mismo camino, en realidad eran muy distintos. Cada uno trazaba un sendero individual y no intercambiable. La corta distancia que separaba a cada uno de ellos de los más próximos podía darles la impresión de estar conviviendo juntos en la misma vida. 

  

Permaneció largo tiempo contemplando la oscura llanura en la que millones de seres humanos creían compartir sus vidas, al tiempo que se trasladaban, casi a cámara lenta, hacia delante, como si en realidad hubiera una meta al final, que ellos desearan alcanzar. Sin embargo por mucho que él se esforzara, era incapaz de percibir nada en aquel horizonte, negro como boca de lobo. Lo mismo hubieran podido caminar hacia atrás o hacia los lados, por todas partes les rodeaba la noche, apenas iluminada por el tenue haz de luz de sus linternas. 

 A pesar de su vista de águila era imposible apreciar otra cosa que no fuera el rastro luminoso que dejaban los caminantes a su paso y las linternas moviéndose en la noche. Imaginó que todos se habían puesto de acuerdo para caminar en la misma dirección puesto que muy bien hubieran podido moverse en cualquier otra, incluso formando círculos o las más variadas figuras geométricas. Resultaba chocante observar un movimiento tan perfecto en medio de la oscuridad.

  

Entonces comprendió que la línea que seguían era la línea del tiempo. Atrás quedaba el pasado en forma de rastro apenas luminoso, que algunos iluminaban unos segundos al darse la vuelta para observar el camino recorrido. Enseguida reanudaban su marcha hacia el futuro, que no podían ver, puesto que el haz de sus linternas apenas alcanzaba unos pasos más allá de donde se encontraban. Ponían mucho más empeño en avanzar que en retroceder. El no encontraba explicación a este vehemente deseo de seguir hacia delante. La noche estaba también atrás y a los costados. ¿Por qué este empeño en seguir la línea del tiempo en esa dirección precisamente?. Tal vez el impulso hacia lo desconocido les impedía darse cuenta de lo chocante que era ver el tiempo avanzar en una dirección precisamente, cuando nada le impedía retroceder, por ejemplo, o moverse en diagonal. 

  

De vez en cuando dos haces de luz se encontraban al girar en semicírculo. El tiempo que duraba este entrecruzamiento de luces les hacía sentirse unidos en el amor, en la amistad, en la fraternidad, para luego regresar a su camino solitario, sintiéndose más aislados y vacíos que al principio. Quienes no se sentían capaces de soportar la pérdida movían sus linternas frenéticamente, buscando llenar sus vidas con la compasión de los otros. 

  

Curiosamente los amantes, los padres y los hijos, los amigos, los familiares, caminaban paralelos en un espacio tan próximo que hubieran podido pisarse, moviéndose apenas un par de pasos hacia los costados. Sin embargo creyéndoles muy alejados de su vida,  perdidos para siempre, abandonaban la ilusión de seguir caminando, posaban la linterna en el suelo y se ponían a llorar y a gemir como si no hubiera ya esperanza para ellos. Se golpeaban con los puños en el rostro y lamían la sangre que brotaba de sus heridas, como si en ello hallaran consuelo. Finalmente, agotados, se tumbaban sobre el suelo oscuro, deseando morir. 

 

Relatos esotéricos I


Relatos esotéricos I V.C.

Sabado, 12 de Marzo de 2011

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RELATOS ESOTÉRICOS

 

 

  

  

  

INTRODUCCIÓN 

La literatura apenas ha incursionado en el mundo esotérico. La ficción se resiste a utilizar un universo tan rico en imágenes como en historias que nunca se han contado. Curiosamente en la actualidad muchos de los bestsellers han decidido servirse de algunos de misterios más superficiales del esoterismo. Así títulos como el Código Da Vinci o el Ocho, por poner solo dos ejemplos, han conseguido vender un gran número de ejemplares. 

No obstante la vena más secreta y fructífera del esoterismo permanece aún inédita. Tras haber incursionado durante largo tiempo y en profundidad en esta sabiduría milenaria y secreta me decidí a utilizar todo lo aprehendido para narrar las historias que a mí me gustan. No las que se sirven de un falso barniz de sabiduría para contarnos las mismas historias de siempre, utilizando los viejos géneros narrativos, el suspense, el melodrama, la novela histórica, o los conocidísimos trucos narrativos, el flashback, las historias paralelas, el terror… 

Mi intención al iniciar estos relatos esotéricos es la de llegar a los abismos de la verdad, de la sabiduría, a los enigmas más inextricables de la existencia humana. Con un material como el que proporciona la auténtica sabiduría esotérica no es necesario poseer una imaginación delirante para encontrar historias que nunca se han contado y que muy bien podrían sumergirnos en el terror vital más inusitado y en los misterios más terribles del universo. 

He procurado dar a estos relatos un toque de humor y una pizca de cinismo. Solo así el verdadero terror podrá ser apartado de nuestra mirada extraviada, aunque solo sea un momento. 

El protagonista de estas historias –el verdugo del karma- es un extraño y cínico personaje que parece intentar sobrevivir en un universo invisible, inexplorado y terrible. Su figura hace de hilo conductor de todas las historias que nos van adentrando en el más allá, que es donde realmente está el misterio y donde nada de lo que nos sirvió en el mundo material vale ahora gran cosa, ni siquiera para entretenernos con vagos recuerdos de lo que una vez fue. 

He procurado engarzar todos los relatos que había escrito anteriormente con contenido esotérico en esta saga donde no hay respiro alguno, precisamente porque en el más allá no hay aire que respirar y nuestras mentes parecen tener la última palabra… casi siempre. 

 

  

NOTA: Esta serie de relatos surgió como un intento del autor para clarificar ciertos conceptos inextricables de las filosofías orientales (budismo, yoga, zen, etc) así como ciertas ideas del conocimiento esotérico que han recorrido la historia humana como un río subterráneo que nadie ha visto, pero que unos pocos han oído zumbar bajo sus pies alguna que otra vez. 

  

El tema de la muerte está tratado con la seriedad que se merece e intenta explicar de alguna manera el concepto budista de Maya, el engaño a que nos someten nuestros sentidos, haciéndonos ver que algo que no deja de moverse puede ser real; que el tiempo es la única dimensión posible, cuando en realidad no somos otra cosa que unos pequeños náufragos en la oscuridad, alumbrándonos con diminutas linternas que iluminan el rabo de un elefante. Creemos que el universo es ese pequeño trozo de carne peluda sin darnos cuenta que el resto es lo verdaderamente importante. ¿Qué veríamos si pudiéramos rasgar el velo de Maya? 

  

El resto de relatos están narrados por un divertido verdugo del karma que nos explicará, con labia fácil, qué hay más allá de la muerte. Si usted quiere participar en la visita guiada a la gran biblioteca de los archivos akásicos no tiene que hacer otra cosa que dormirse y dejar que nuestro guía oficial, un verdugo del karma, le conduzca a lugares que nunca imaginó que existieran. 

  

Todos estamos solos al caer la tarde I


TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE   

  
THRILLER

 

 

“Los poderes que gobiernan el destino de los hombres”.

Carlos Castaneda- El don del Águila

 

          
“Creer que el mundo sólo es como tú piensas, es una estupidez-dijo. El mundo es un sitio misterioso. Sobre todo en el crepúsculo”… “A esta hora del día, en el crepúsculo, no hay viento. A esta hora sólo hay poder”. 

 

Don Juan a Castaneda. Viaje a Ixtlán ( Journey to Ixtlan, 1973) de Carlos Castaneda. 

 

 

 

                            
 
I

 

            
AL CAER LA TARDE

 

 

 

Con una ligera presión en el suelo, de la punta de mi pie derecho, logré imprimir un suave balanceo a la hamaca. Me encontraba en el porche, de cara a las montañas Navajo. La tarde estaba cayendo y una enorme bola de fuego se despeñaba en el horizonte. Relajé todo mi cuerpo e intenté que mi mente se quedara quieta, agazapada, mirando impasible el vacío.

 

 

No lo conseguí. El viejo recuerdo acechante regresó reptando, como una serpiente de cascabel. Había tardado años en lograr al menos un momento de paz, justo al ocaso, cuando termina el día, cuando el calor se hace menos agobiante y sopla una ligera brisa. Aunque mi cuerpo permanece estirado y quieto, mi mente lo transforma en un feto, encogido sobre sí mismo, dentro del vientre de la gran madre tierra.

 

 

Desde el interior llega atenuada la música. La escucho con un sentimiento religioso en mi corazón. No entendería otra actitud ante el templo espiritual del más grande los músicos: Johan Sebastian. Aún no puedo entender cómo hubo un tiempo en el que yo desconocía la obra de este genio. Entonces escuchaba música country, blues y alguna que otra vez alguna pieza de música clásica, de las más conocidas. No sabía quién era Bach…Hasta que conocí a Alfredo García. Aunque tiene un nombre mexicano (“Quiero la cabeza de Alfredo García” de Peckinpah) es español, mejor dicho, asturiano, como él insiste una y otra vez cuando alguien a quien acaba de ser presentado le llama español –spanish- y se le queda mirando sorprendido cuando le ve arrugar el entrecejo. No, no soy “spanish”, soy asturiano…A.S.T.U.R.I.A.N.O

 

 

Alfredo García es profesor de literatura española en la universidad de Alburquerque. Fue allí donde le conocí cuando tuve que hacer un curso de criminología durante unos meses. El Alcalde de “Little Mountain” había insistido tanto para que me presentara a las elecciones de sheriff-el viejo Thompson se acababa de jubilar- que me vi obligado a aceptar. Bueno, en realidad más que una obligación fue una necesidad.

 

 

Nuestro alcalde, Tyler Parks, es un hombretón, enorme como un oso, y con barriga de paquidermo. Suele ser muy amable, salvo cuando alguien le enfada mucho. Me llevé una gran sorpresa cuando una tarde oí el motor de un coche acercándose hasta la casa a gran velocidad –Tyler siempre tiene prisa- y frenando bruscamente delante del porche.

 

 

No perdió mucho tiempo, apenas pude ofrecerle una limonada e invitarle para que se sentara en la hamaca del porche. Me miró fijamente a los ojos, como acostumbra a hacer con todo el mundo, y me preguntó qué me parecía la posibilidad de convertirme en el nuevo sheriff del condado.

 

 

-¿No tiene candidatos, alcalde?

 

 

-Más de los que desearía –me respondió- al menos una docena, pero ninguno me sirve. Quien no es un borracho es un fanático religioso y si no es ninguna de las dos cosas es un lameculos indecente, que se vendería al mejor postor. No puedo fiarme de nadie.

 

 

-¿Y cree que puede fiarse de mí?

 

 

-No se haga el tonto. Todos le conocemos en el condado. Aunque tal vez sea un poco misántropo, lo cierto es que todo el mundo le aprecia y sin duda es el hombre más culto en muchas leguas a la redonda. Será un buen candidato.

 

 

Continuará.