Mes: diciembre 2011

MENSAJE NAVIDEÑO DE MILAREPA


                                   MENSAJE NAVIDEÑO DE MILAREPA

                      EL DON DE LA ALEGRÍA

Queridos hermanos en el Todo: Todos los años, por estas fechas, acostumbro a sentarme en el suelo, allí donde me encuentre, cruzar mis piernas en la postura del loto (cuidando que mi túnica azafranada cubra mis piernas, para evitar disturbios emocionales en las señoritas) y sin necesidad de cámaras de televisión o de micrófonos, dirigir mi mensaje navideño “urbi et orbi”.

Los poderosos de este mundo, presidentes de gobiernos, de corporaciones multinacionales, de bancos centrales y periféricos, presidentes autonómicos y cualquiera que se crea detentador de una pizca de poder, acostumbran a dirigiros sus mensajes navideños, donde con el deseo de una muy feliz navidad hacen sus balances anuales –siempre favorables a su gestión- y sin decirlo expresamente os piden que aprobéis su gestión y les ratifiquéis en sus cargos.

No es necesario que nos cuelguen del cuello la medalla de “poderosos”. Todos lo somos puesto que todos somos hijos de la divinidad y hermanos entre nosotros. Nadie es más que nadie, ni tampoco menos que otro. El poder y la jerarquía son asumidos por muchos como un logro de sus descomunales batallas en la selva de la vida. No debería ser así, queridos hermanos, puesto que como dijo el maestro: “Quien quiera ser vuestro maestro que sea primero vuestro servidor”. Las jerarquías terrestres deberían demostrarse en el servicio al prójimo y no en la ostentación del poder sobre el prójimo.

Es por ello que me permito –y pienso que todos os lo deberías permitir- enviaros un mensaje de felicitación navideña. Puesto que si ellos, que no son más ni mejores que nosotros, y que tampoco han demostrado servir a sus semejantes más que nosotros, se consideran con derecho a remitiros mensajes, éste humilde servidor, también se cree con el mismo derecho. Todos deberíamos atrevernos a ello, a mandarnos mensajes navideños, donde con el corazón en la mano, expusiéramos nuestras cuitas y nuestros mejores deseos para el mundo.

No tengo cadenas de televisión ni emisoras de radio a mi servicio, no poseo ni un triste ordenador para conectarme y mandaros mi felicitación a través de los medios virtuales, aún así, como todos, que somos chispas de la divinidad, hermanos en la consciencia, poseedores del don de la personalidad, también poseo el don de utilizar mi mente para, a través del astral, enviaros mi cálido mensaje navideño.

Este año quiero hablaros del don de la alegría. Algo que os parecerá, tal vez, una tomadura de pelo. En absoluto es así, podéis creerme. Vivimos tiempos difíciles, una época de hierro, la era de Kaliyuga o era de la riña. Pero no debéis preocuparos en absoluto, esta era abarca 432.000 años, y por lo tanto ayer estábamos en ella y mañana continuaremos a la sombra de sus alas. Ningún peligro, pues, de que cese la riña y la discordia.

La crisis económica se prolonga, están en peligro los bienes materiales, la sociedad de la opulencia y el ocio. Cada día nuevos hermanos se van al paro preguntándose qué comerán mañana y cómo sobrevivirán dentro de una semana. Suben las primas de riesgo y nadie quiere prestar a nadie. Llega el momento de apretarse el cinturón y de pagar al acreedor. Entramos en la era del recorte y del tijeretazo. El miedo de apodera de los corazones, sobre todo de los paupérrimos corazones de los parias de la Tierra. Porque como todos sabéis serán los más pobres, los que están más a mano, quienes paguen antes que nadie e incluso también después de que todos los demás hayan contribuido con su óbolo.

El becerro de oro mugirá en la noche y se apagarán las luces de las ciudades. Todo el mundo se retirará a sus aposentos, temblando, para contar sus escasas monedas, escondidas en calcetines, porque ya nadie se fía de los bancos. ¿Qué será de nosotros? Clamarán al cielo. Y el cielo no les escuchará, porque no creyeron en él cuando los billetes y bonos danzaban en el aire, convertidos en aviones de papel. Pusieron sus valores sobre el becerro de oro, los convirtieron en bonos a largo plazo.

Se olvidaron de que todo lo que somos es un don. La vida es un don que nos fue concedido gratuitamente. Antes de estar vivos no sabíamos que lo estábamos o que éramos, o que nuestra personalidad comenzaba su viaje en el tiempo. Antes no éramos y ahora somos. La vida es un don, un maravilloso don. No hagan caso de quienes intenten convencerles de que todo es fortuito y somos hijos del azar. Hay quienes se pasarían la vida desarrollando ecuaciones para convencerles de que del cero brotó el uno, por lógica matemática, y del uno los restantes números y combinándose entre sí, por pura “chiripa”, el primer ser vivo llegó a la vida y luego los demás, por reproducción asexuada o sexuada. Y todo ello para no verse obligados a dar las gracias. Son tan mezquinos que, para evitarse la aparente humillación de dar las gracias por el don de la vida, formularán toda clase de hipótesis que concluyan en lo fortuito de todo lo que sucede.

La vida es un don y todo lo que se relaciona con la vida también lo es. Pero en lugar de admitirlo y mostrarnos agradecidos, nos dedicamos a la riña del Kaliyuga. Nos quejamos de que otros, aparentemente, han recibido más dones que nosotros. Maldecimos a quienes tienen más denarios y nos preguntamos qué hemos hecho nosotros para merecer esto. Se olvidan de lo que dijo el maestro. Se olvidan de a quien se le dieron más talentos se le pedirán más intereses.

Hemos colocado nuestros valores a los pies del gran becerro del oro y esperamos que se reproduzcan por esporas. Consideramos los valores espirituales como pura engañifa, pura filfa. Lo que vale es el bono que tenemos en nuestras manos, sin darnos cuenta de que lo que hoy vale cien, mañana valdrá cero, porque la prima de riesgo ha superado la raya roja.

Mejor haríamos en inclinar la cabeza y agradecer el don de la vida. Mejor haríamos en pedir, con toda humildad, el maravilloso don de la alegría. Porque no es más feliz quien más tiene, sino el que menos necesita. Porque la alegría nace de nuestro interior, de la fuente de la vida, de la fuente primigenia que nos dio todo, incluso antes de que fuéramos capaces de pedir nada.

Si se nos dieron todos los dones antes de solicitarlos, ¿qué no se nos entregará si lo pedimos con humildad y para todos? Es mi mayor y único deseo para esta Navidad. Que el Todo les otorgue el don de la alegría. Un don que nadie podrá arrebatarles, ni aunque les despojen de todo lo que poseen, incluso de sus ropas, y deban acurrucarse, desnudos, en cualquier rincón.

Cuando Slictik abandone su dieta estas navidades y, feliz, se dedique a ingerir alimentos, pensando, en su soberbia, que es mi creador, yo seguiré aquí, sentado en la postura del loto sobre el duro suelo, suplicando con humildad el don de la alegría para todos ustedes, queridos hermanos en el Todo. Y cuando, indigesto y deprimido, caiga en la melancolía y en la tristeza, en la fobia y en la patología, yo continuaré, alegre, entonando mis mantras.

Porque nadie es creador, sino uno solo, y todos somos personajes de la mente prodigiosa y del corazón absolutamente generoso de la Divinidad.  Y nadie posee nada, porque todo se nos ha donado, se nos ha entregado en alquiler por un tiempo.

Con la alegría de saber que antes de recibir el don de la vida yo era nada y después de que ese don se me retire y muera lo seré todo, porque formaré parte del Gran Todo, de la Divinidad generosa, me voy a despedir de ustedes un año más, sin saber si la próxima Navidad podré remitirles mi mensaje, sin saber si la prima de riesgo subirá hasta los mil puntos y todos estaremos en la quiebra.

Alegre porque se me permitió estar vivo y compartir la vida con ustedes, porque estoy asimilando la lección que vine a aprender a esta vida y porque sé que si no la aprendo tendré una nueva oportunidad. Alegre porque soy consciente de que si inclino la cabeza y suplico con humildad, recibiré el ciento por uno. Porque ni uno solo de los cabellos de mi cabeza ha caído al suelo sin que el Padre lo haya sabido. Ahora que ya no queda ninguno en mi cráneo mondo y lirondo, sigo alegre, porque sé muy bien que si pidiera un peluquín se me concedería. No lo voy a hacer -¿para qué necesitaría yo un peluquín?- pero sí voy a pedir el don de la alegría para todos nosotros. No suplicaré por la bajada de la prima de riesgo, ni porque sus manos aparezcan llenas de bonos garantizados, sino porque estén donde estén y sean lo que sean, la alegría brote de su interior como una fuente inextinguible.

OM MANI PADME UM

¡Que la alegría inunde sus corazones!

¡Que así sea!

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