Los juegos eróticos de Johnny I



LOS JUEGOS ERÓTICOS DE JOHNNY

 
 

INTRODUCCIÓN

Mi vida como profesional del sexo no fue tan dilatada como me hubiera gustado. Se extendió a lo largo de dos décadas, más o menos, los setenta completos y los ochenta partidos. Me jubilé antes de llegar a los cuarenta, por razones que solo conocerán al finalizar Diario de un gigoló.

El cúmulo d experiencias fue tan variado como interesante. Todo ello lo narro en el diario y en sus ramificaciones, “Cien mujeres”, “Las orgías de Lily” y otras secciones que ya conocen e irán conociendo. En ellas abundan tanto los momentos dramáticos como los divertidos, éstos últimos menos, puesto que he ido reservando el aspecto más lúdico del sexo para esta sección en la que iré mezclando historias de aquí y de allá, entremezcladas, entrelazadas, para que no se aburran con largas descripciones. Las he unido en grandes bloques que se irán alternando, mezclando, según mi estado de ánimo, según vayan aflorando los recuerdos y se unan por temas, personajes u otras incidencias similares.

Paso a inventariar los grandes bloques o secciones, no de forma exhaustiva ya que irán surgiendo otros que no había previsto.

EL JUEGO DE CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO FEROZ

Este juego no lo inventé, aunque me hubiera gustado. Todo comenzó una noche, cenando con Lily y Anabel, en casa de la primera. A los postres Lily nos dijo que nos iba a ofrecer algo muy especial y un tanto surrealista. No estábamos obligados a aceptar “ipso facto”, pero era conveniente que nos lo fuéramos pensando. Y nos puso en antecedentes.

La presidenta de una asociación feminista, una treintañera de buen ver, a la que luego conocería a fondo, acudió a Lily con una petición tan desusada y contradictoria como inquietante. Al parecer la mujer estaba
harta de las quejas de sus asociadas sobre sus maridos, parejas y hombres en general. Dándole vueltas a este problema se le ocurrió un juego que viniendo de una feminista convencida resultaba cuando menos chocante.

He aquí, a grandes rasgos, lo que se le había ocurrido. Una vez propuesto el juego en asamblea fue aprobado por unanimidad. Luego se discutió la logística y se llegó al acuerdo de contratar a profesionales, que son los que saben, para que el juego no terminara en un chasco monumental.

Se establecieron cuotas especiales para cubrir los gastos y se confeccionaron las correspondientes litas. En una de ellas figuraban todos los nombres de las asociadas, incluido el de la presidenta, puesto que ninguna dio un paso atrás. En otra sus maridos, parejas, amantes o “amigos machistas”.

El juego consistía a grandes rasgos en:

-Una pareja de profesionales iría visitando a los miembros de la lista e intentaría seducirles con buenas maneras, de forma tal que lograran hacerse con una prenda, objeto o pertenencia que el seducido o seducida no hubiera entregado nunca de buena gana, a no ser que se le obligara a rendirse con armas y bagajes.

-Las parejas de las feministas serían seducidas por Anabel, quien procuraría que no cupiera la menor duda de que había caído en sus redes.

-Se celebraría una asamblea final en el que cada uno contaría su historia, a presencia del único que podría saber de primera mano si era cierta o no. Si se ajustaba a la realidad el contador de la historia se haría acreedor a un premio en especie.

La pareja de profesionales, caperucita roja y el lobo feroz, recibirían un premio muy especial si la puntuación alcanzaba X puntos. El premio era un secreto bien guardado por la presidenta. En cuanto a Lily recibiría un premio extra, en metálico, si sus pupilos cumplían.

No contenta con este endiablado jueguecito la presidenta lo complicó aún más, incluyendo en las listas nombres ajenos al juego, y especialmente incluyó a sus “enemigos” y a personas públicas de renombre por las que sentía una antipatía feroz. Como ni Anabel ni yo conocíamos a las participantes ni a sus novios o parejas deberíamos andarnos con mucho cuidado, no fuera que metiéramos la pata de donde no la podríamos sacar indemne.

Cada día de la semana nosotros elegiríamos un nombre de la lista e iniciaríamos la seducción en la forma que nos pareciera más oportuna. Caso de no obtener éxito podríamos elegir otro nombre y luego regresar al recalcitrante o juntar a varios de la lista y seducirles a la vez, etc

Anabel y Johnny estaban pillados por sus partes íntimas puesto que desconocíamos a los “infiltrados” y eso nos impediría presentarnos en sus casas como Caperucita roja y el Lobo feroz, y de esta forma allanar las dificultades. La discreción sería nuestro lema y la astucia nuestro escudo frente a las trampas de la vida.

Lily nos cedía por una temporada y a cambio recibía el cincuenta por ciento de lo acordado. El resto se haría efectivo al terminar el juego. Nuestra patrona había pensado en nosotros, pero éramos libres de renunciar y cederle el puesto a otros. Tanto a Anabel como a mí nos pareció un juego original, impactante y demoledor. Nos pondría en situaciones propias de una película de suspense, saldríamos mal parados si no andábamos con tiento y sobre todo pondría en jaque nuestros encantos y el arte de la seducción que cada uno había adquirido hasta ese momento. Como no se trataba de una transacción, yo te pago y tú me das placer, la seducción lo sería todo. Salvo que los jugadores nos reconocieran y se dejaran llevar. Para impedir este supuesto la única que conocía nuestras identidades fue la presidenta. Cuando fui a visitarla ella me conocía y yo la conocía a ella. Aparentemente todo debería haber sido muy sencillo, pero aquella mente diabólica ideó un plan que me los puso de corbata. Me lo reservo para su momento oportuno.

EL JUEGO DE LOS GLOBITOS

Tampoco se me ocurrió a mí y lo lamento, porque es un juego de lo más interesante y también de lo más dramático. Mentir para intentar seducir a otro es muy común, pero decir la verdad, hasta desnudar el alma, no lo es tanto. ¿Alguien se atrevería a hacerlo?

El jueguecito de marras me lo propuso una clienta quien me invitó a su casa, con el permiso expreso de Lily. Allí me hizo pasar a una habitación y me explicó las normas del juego. Una vez desnudo me echaría por encima un montón de globitos que ya estaban preparados al efecto. Ella me esperaba en el salón, desnuda bajo otro montón de globitos de todos los colores.

De esta guisa me invitó a una copa y me explicó el juego. No haríamos preguntas personales y si el otro consideraba que su contrincante había dicho la verdad explotaría un
globito con un alfiler. Si por el contrario creía que había mentido otro globito rojo se añadiría al montón. De esta forma si no lograbas convencer a tu oponente la desnudez no llegaría nunca y el coito sería imposible.

Se trataba de una especie de juego de prendas, tan apasionante como psicoanalítico. Debo decir que ella logró explotar mis globitos mucho antes que yo los suyos, no en vano era la inventora del juego y la experta. Así pudo contemplar mi cuerpo desnudo con gran delectación mientras yo intentaba acabar de explotar sus dichosos globitos.

Fue un juego divertido aunque muy pesado. Hasta las tres de la mañana no logré explotar todos sus globos, tras una sesión maratoniana profundizando en su personalidad. Acabamos sabiendo uno de otro y el otro del uno más que si hubiéramos asistido a una terapia psicoanalítica conjunta.

El juego me chocó y se lo comenté a Lily, quien decidió utilizarlo para el negocio, proponiéndoselo a grupos de clientes que desearan una experiencia fuerte y diferente a las habituales. Logró que el juego se pusiera de moda y yo, como primer experto, me las vi y me las deseé para que aquellas reuniones terminaran en sexo y no en asesinato.

En el próximo capítulo les hablaré de mis experiencias sadomasoquistas y del juego tántrico que inventé en cierta ocasión en que me encontraba muy cansado y necesitaba complacer a tres amigas. Pero eso lo sabrán a su debido tiempo.

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