Todos estamos solos al caer la tarde II


TODOS ESTAMOS SOLOS AL CAER LA TARDE

THRILLER

“Los poderes que gobiernan el destino de los hombres”.

Carlos Castaneda- El don del Águila
“Creer que el mundo sólo es como tú piensas, es una estupidez-dijo. El mundo es un sitio misterioso. Sobre todo en el crepúsculo”… “A esta hora del día, en el crepúsculo, no hay viento. A esta hora sólo hay poder”.

Don Juan a Castaneda. Viaje a Ixtlán ( Journey to Ixtlan, 1973) de Carlos Castaneda.

I


AL CAER LA TARDE

Con una ligera presión en el suelo, de la punta de mi pie derecho, logré imprimir un suave balanceo a la hamaca. Me encontraba en el porche, de cara a las montañas Navajo. La tarde estaba cayendo y una enorme bola de fuego se despeñaba en el horizonte. Relajé todo mi cuerpo e intenté que mi mente se quedara quieta, agazapada, mirando impasible el vacío.

No lo conseguí. El viejo recuerdo acechante regresó reptando, como una serpiente de cascabel. Había tardado años en lograr al menos un momento de paz, justo al ocaso, cuando termina el día, cuando el calor se hace menos agobiante y sopla una ligera brisa. Aunque mi cuerpo permanece estirado y quieto, mi mente lo transforma en un feto, encogido sobre sí mismo, dentro del vientre de la gran madre tierra.

Desde el interior llega atenuada la música. La escucho con un sentimiento religioso en mi corazón. No entendería otra actitud ante el templo espiritual del más grande los músicos: Johan Sebastian. Aún no puedo entender cómo hubo un tiempo en el que yo desconocía la obra de este genio. Entonces escuchaba música country, blues y alguna que otra vez alguna pieza de música clásica, de las más conocidas. No sabía quién era Bach…Hasta que conocí a Alfredo García. Aunque tiene un nombre mexicano (“Quiero la cabeza de Alfredo García” de Peckinpah) es español, mejor dicho, asturiano, como él insiste una y otra vez cuando alguien a quien acaba de ser presentado le llama español –spanish- y se le queda mirando sorprendido cuando le ve arrugar el entrecejo. No, no soy “spanish”, soy asturiano…A.S.T.U.R.I.A.N.O

Alfredo García es profesor de literatura española en la universidad de Alburquerque. Fue allí donde le conocí cuando tuve que hacer un curso de criminología durante unos meses. El Alcalde de “Little Mountain” había insistido tanto para que me presentara a las elecciones de sheriff-el viejo Thompson se acababa de jubilar- que me vi obligado a aceptar. Bueno, en realidad más que una obligación fue una necesidad.

Nuestro alcalde, Tyler Parks, es un hombretón, enorme como un oso, y con barriga de paquidermo. Suele ser muy amable, salvo cuando alguien le enfada mucho. Me llevé una gran sorpresa cuando una tarde oí el motor de un coche acercándose hasta la casa a gran velocidad –Tyler siempre tiene prisa- y frenando bruscamente delante del porche.

No perdió mucho tiempo, apenas pude ofrecerle una limonada e invitarle para que se sentara en la hamaca del porche. Me miró fijamente a los ojos, como acostumbra a hacer con todo el mundo, y me preguntó qué me parecía la posibilidad de convertirme en el nuevo sheriff del condado.

-¿No tiene candidatos, alcalde?

-Más de los que desearía –me respondió- al menos una docena, pero ninguno me sirve. Quien no es un borracho es un fanático religioso y si no es ninguna de las dos cosas es un lameculos indecente, que se vendería al mejor postor. No puedo fiarme de nadie.

-¿Y cree que puede fiarse de mí?

-No se haga el tonto. Todos le conocemos en el condado. Aunque tal vez sea un poco misántropo, lo cierto es que todo el mundo le aprecia y sin duda es el hombre más culto en muchas leguas a la redonda. Será un buen candidato.

 

No sé cómo logró convencerme para que me presentara como candidato en las elecciones a sheriff del condado. Bueno, en realidad lo sé muy bien, es solo una expresión retórica. El alcalde me conocía bien, demasiado bien. Sabía muy bien cómo halagarme, intentando que me creyera el hombre más culto del Estado, un ciudadano respetado por todo el mundo. No le sirvió de nada, yo era muy consciente de mi posición en la comunidad: un extraño llegado años atrás, seguramente huyendo de un pasado que no resistiría la luz; un misántropo que apenas se relacionaba con nadie.

Creo que por eso tocó el palo de la baraja que le llevaría a la victoria al final de la charla.  Puso la carta boca arriba, sobre la mesa, y pude ver que era muy buena, un comodín que servía para cualquier juego, poker o escalera de colores, daba igual.

-No importa cómo lo he sabido ni quién me lo ha dicho. Sé muy bien que no podrás pagar la hipoteca el mes que viene. Hace seis meses tuviste que pedir un aplazamiento, y esto no va a mejorar. En este condado los portátiles son un lujo y pocos tienen una conexión a Internet. Con suerte venderás media docena este mes y te llamarán una o dos veces para arreglar algo. Con eso apenas se come. Esto no es Nueva York o Los Ángeles, aquí todos andamos demasiado ocupados ganándonos la vida, perdiendo el culo para llegar al día siguiente, como sea. No podemos perder el tiempo en tonterías. Sus ingresos no han dejado de bajar en los últimos meses y la directora del banco ya no le concederá más plazos. Sabes muy bien que solo lo hizo porque le resultas muy simpático, porque le gustas, seamos claros.  En lugar de invitarla a cenar para agradecerle el favor no vuelves a reaparecer por su despacho. ¿Así agradeces su generosidad, el buen corazón de una buena mujer que ha tenido el mal gusto de enamorarse de ti? ¿Quieres perder esta casa? ¿Vas a marcharte de un pueblo donde se te ha recibido sin hacer preguntas, donde quienes te persiguen solo mirarían después de haberlo hecho en el resto del mundo?

No me atreví a preguntarle cómo sabía lo de mis perseguidores. Era un tiro al azar porque buena parte de los residentes en el condado habían llegado hasta allí huyendo de algo o de alguien. En cuanto a mis apuros económicos no resultaba complicado imaginar cómo lo llegó a saber. Nuestro alcalde era un hombre simpático y con mucha labia, como casi todos los políticos, y además un chantajista astuto y un canalla sin escrúpulos si ello resultaba conveniente para su carrera política. Me pregunté qué tuerca le habría apretado a Elizabeth, la directora, una mujer muy agradable, a la que ciertamente no había vuelto a ver porque no se merecía cargar conmigo.

Estaba convencido de que yo estaba en la ruina total y rechazar su oferta era una estupidez, solo lo haría un loco, o alguien con poderosas razones para permanecer escondido aunque tuviera que morirse de hambre. No me convenía llamar la atención de esa manera. Nadie, excepto mi amigo Alfredo, sabía que yo estaba empezando a ser un hombre rico. El dinero afluía a sus cuentas y de allí, por laberínticos caminos, quedaba a mi disposición a través de una tarjeta de crédito de una empresa que el español utilizaba como tapadera.

En el condado nadie hubiera podido imaginar que mi vida secreta estuviera dedicada a escribir, a escribir novelas de éxito. Tampoco yo me hubiera visto como escritor unos años antes. La culpa la tuvo el bueno de Alfredo. Fue el primero al que confiara mi gran secreto, la tragedia que ensombrecía mi vida. No sé por qué lo hice, tal vez porque me habló de sus estudios budistas y de la esperanzadora filosofía vital que transmitían aquellos conceptos para mi inextricables, como karma, reencarnación, el Velo de Maya…Quizás me dejara llevar, en un momento de intensa soledad y desesperación, y confiara en la única persona digna de confianza para mí en aquellos momentos. Fuera lo que fuese Alfredo acabó conociendo todos los detalles que me habían traído hasta aquel pueblecito, cercano al culo del mundo, tal como yo pensaba cuando llegué, o cercano al dulce olvido, tal como creía ahora.

Su generosidad le llevó a darme sabios consejos y entre ellos que me dedicara a escribir. Nada mejor, me dijo, que poner por escrito lo que no nos atrevemos ni a decirnos a nosotros mismos, es el mejor de los psicoanálisis, sacará todos tus demonios fuera y cuando puedas ver sus rostros comprenderás que te estaban aterrorizando unas caretas de niños traviesos en Halloween. Al principio no le hice mucho caso, pero como él insistiera y una noche me encontrara con ganas de emborronar un cuaderno que encontré en mi mesa de despacho, comprado quién sabe cuándo, salí al porche, me senté en la mecedora y columpiándome atrás y adelante, fui dejando que mi mente me llevara donde quisiera.

Aún hoy no puedo comprender cómo pudo habérseme ocurrido aquella historia. Lo que sí recuerdo fue mi intención de escribir una novela policiaca, una novela negra, como aquellas que me gustaba leer con tanta frecuencia. Escogí como protagonista a un agente especial del FBI que comenzaba a investigar la desaparición misteriosa de su novia.

Cuando Alfredo leyó el manuscrito –casi me obligó a entregárselo bajo la amenaza de no volver a verme- enseguida captó de dónde había sacado yo toda la historia y por qué el protagonista era del FBI y por qué su novia había desaparecido. Simplemente has sacado fuera tus demonios, me dijo, y aunque les hayas puesto careta, eso no engañaría ni a un niño. El agente especial eres tú, intentando vengar la muerte de tu amada, solo que ahora te has puesto placa, algo que tal vez busques algún día, y la novia del agente es tu novia, solo que en lugar de matarla y enterrarla, como deberías hacer de una vez, si quieres encontrar la paz y un futuro para ti, la has dejado vivir, has hecho que la secuestraran y el agente, es decir, tú mismo, va a dedicar el resto de su existencia a encontrar un cadáver.

CONTINUARÁ

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