Todos estamos solos al caer la tarde III


Eso me dijo, con naturalidad, pero sin el menor tapujo. No le hice mucho caso. Entonces no estaba preparado para asumir mi pasado, y aún hoy no creo que lo esté tampoco. Lo cierto es que a él le gustó mucho la historia, tanto como para proponerme su edición. Yo no debería preocuparme de nada, solo darle una autorización por escrito y él se encargaría de todo lo demás. Me negué en redondo. Pero él insistió, siguió insistiendo cada vez que venía a casa, habitualmente los fines de semana. Una tarde, tras una copiosa comida, preparada por Alfredo, como siempre, me sentí ligeramente indispuesto. Siempre que preparaba su “famosa” fabada asturiana terminaba con una gran pesadez de estómago. No es que no me gustara aquel plato exótico, en realidad lo adoraba. Aquellas “fabes” como Alfredo las llamaba en su español mexicanizado y con una entonación muy asturiana, según me dijo un amigo español que le acompañara a mi casa en cierta ocasión, eran muy suaves, como mantequilla, se deshacían en el paladar y todo aquel “compango” de chorizo, morcilla, jamón, tocino… era algo realmente delicioso. De ahí el problema, yo siempre repetía y luego de postre tenía que aceptar el también “famoso” arroz con leche. Un postre que no me gustaba especialmente pero que me veía obligado a aceptar. Una fabada sin un buen arroz con leche es como un jardín sin flores, me decía Alfredo con una sonrisa.

Aquella vez lo acompañamos con “sidrina” en lugar de vino. No recuerdo muy bien si la sidra la había conseguido en algún establecimiento regentado por otro asturiano, que Alfredo había localizado en sus viajes por el Estado, o si se la habían mandado por avión directamente de Asturias (es posible, se concedía a veces caprichos muy caros). Aquella bebida también me gustó. Al principio me pareció muy suave, pura agua dulce, pero luego comenzó a subírseme a la cabeza. Tuve que salir tambaleándome al porche y dejarme caer en la mecedora. Alfredo se ocupó de recoger la mesa y de fregar la cacharrería, algo que solía hacer siempre yo, para compensar su trabajo en la cocina. Luego salió, se acomodó en un sillón de mi despacho que sacaba al porche cuando me visitaba Alfredo, y comenzó a hablarme del dichoso manuscrito. Me dolía la cabeza, sentía ardores de estómago y estaba bastante borracho. Se lo dije. No debí haberlo hecho. Regresó con otra bebida, orujo, me dijo que se llamaba, y me obligó a beber un par de copas.

El dolor de cabeza se atenuó un poco pero el ardor de estómago proseguía. Alfredo regresó con otro licor, crema catalana, me dijo, muy suave, muy digestivo.  Sentí náuseas. Alfredo abrió y escanció otra botella de “sidrina”. Con esto se te pasarán todos los males. Me hizo beber el “culín” que había escanciado en el vaso grande de cristal que me había regalado.

Curiosamente aquello me alivió un poco. Cerré los ojos y me amodorré. Hacía mucho calor aquella tarde de primavera. Pero Alfredo no me dejó en paz. Quería que le firmara la autorización para publicar el manuscrito. Finalmente no aguanté más y estallé. Redacta tú mismo ese maldito escrito y lo firmaré, pero déjame en paz.  No desaprovechó la ocasión. Lo redactó todo en mi portátil, lo imprimió y me hizo firmar bien, con calma, para que no hubiera luego el menor problema. Me pidió el manuscrito. Está en mi despacho, en el cajón de la mesa. Cógelo y déjame en paz para siempre o juro que la próxima vez te castraré.

-¿Me vas a cortar los huevos? ¡Huevón, más que huevón!

Se tronchaba de risa. Le pedí que me dejara solo y regresó al interior de la casa. Creo que estuvo viendo alguna película en la televisión, porque de vez en cuando me llegaban algunas voces atenuadas y ligeramente impostadas. En la siguiente visita, un mes más tarde, Alfredo me entregó un cheque a mi nombre por una cantidad aceptable.

-Se lo he vendido a una pequeña editorial de Alburquerque. No tardaron ni una semana en llamarme, después de que les dejara el manuscrito, casi a la fuerza. Quieren un contrato en exclusiva. Prometen que harán un contrato nuevo si la novela tiene éxito y te darán una buena tajada. No te arrepentirás.

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-¿No les habrás dicho mi verdadero nombre?

-¡Oh, no! Tranquilo. Les expuse tu caso. Un escritor excéntrico, que teme a la fama, que no aceptaría nunca publicar sino es con seudónimo. Que quieres que te dejen en paz.  Yo me encargaré de todo. Seré tu mánager, seré tu “relaciones públicas”, me encargaré de los tratos con la editorial…

-Si es así, vale. Pero no quiero cobrar este cheque a mi nombre. Me descubrirán enseguida si aceptas que pongan los talones a mi nombre. Eso es un gran fallo, Alfredo.

-Ya había pensado en eso, pero supuse que te haría ilusión cobrar tu mismo el primer cheque por tu primer manuscrito.

-Pues no me hace ninguna ilusión. No quiero saber nada. Tienes que arreglarlo de forma que yo no figure para nada.

-Me he asesorado de un buen despacho de abogados que llevan todo tipo de asuntos, incluida la asesoría fiscal. Este apartado lo lleva una joven que está de “toma pan y moja”.

Alfredo empleaba una expresión en español que solía utilizar siempre que contemplaba a una mujer que le gustara mucho. Me la había explicado la primera vez, como tantas otras con las que le gustaba salpicar su, por otro lado perfecto, inglés. Yo me había interesado por aprender español y Alfredo, pacientemente, iba ampliando el poco que conocía de  mis contactos con los habitantes del pueblo, muchos de ascendencia mexicana.

-No me importa si está de “toma pan y moja”. Lo que quiero es que sea la mejor asesora fiscal del Estado y si me apuras, de toda USA.

Alfredo se sujetó el vientre. Le hacían mucha gracia mis frases españolas. La repitió imitándome y tardó un buen rato en poder hablar.

-Es una excelente asesora, fiscal, puedes creerme, y ya me ha propuesto una solución: crear una sociedad o una especie de fundación benéfica, lo que permitiría invertir en ella todos los fondos que consigas por tus manuscritos. Esa sociedad podría darte, como ayuda, las cantidades que fueras necesitando. Ella me lo explicó muy bien. Es muy buena, puedes creerme. Y está de “toma pan y moja”. ¿Por qué no le digo que venga un fin de semana aquí, la invitas a cenar, arregláis todos los detalles, y luego la llevas a la cama y la arreglas también a ella, y a ti, sobre todo a ti. Tú necesitas más arreglos que ella, desde luego, aunque es una mujer muy “rarita”. Tengo la impresión de que lleva meses sin echar un buen “polvo”.

Continuará

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