Todos estamos solos al caer la tarde IV



¿Y por qué no se lo echas tú? No quiero que ella sepa nada de mí. No quiero que venga por aquí. ¡Ocúpate tú de todo!
-A sus órdenes, mi general.
Y Alfredo se cuadró ante mí. No volvió a comentarme ningún detalle. Se limitaba a urgirme para que acabara el siguiente manuscrito, a preguntarme si necesitaba dinero y a darme palmaditas en el hombro. Tú llegarás lejos, chico. Yo le tomaba el pelo con la asesora. ¿No has conseguido “cogerla”? ¿Echarle un buen polvo?
-No chico. No le gusto. Bueno, en realidad creo que no le gusta ningún hombre. Tampoco es lesbiana. No he sorprendido ninguna mirada rara. ¡Y mira que en ese despacho hay “tías buenas”!
De ahí no salíamos.  La primera novela pasó bastante desapercibida y Alfredo tuvo que ingeniárselas para que la pequeña editorial aceptara publicar la segunda. Incluso les sacó un anticipo. Estaba siendo mucho mejor mánager de lo que yo había esperado. “Soy un mánager cojonudo”. Solía decirme, cuando yo se lo comentaba.
De pronto todo cambió. No se sabe cuándo una novela va a ser un “bombazo”. Eso le habían dicho en la editorial con cierta admiración. Lo achacaron a la temática, de demonios y de monstruos, una especie de vampiros muy raros, en un desierto… Eso tiene gancho. Era una novela de terror, muy al estilo de los jóvenes de hoy en día. Eso al menos le dijeron a Alfredo. Pero el “bombazo” solo se explicaba por el “boca a boca” o “boca a oreja” como me explicó él.  Les gustó a unos cuantos, chico, y ellos corrieron la voz. Ya sabes cómo son las cosas hoy día, Internet lo puede casi todo. Tuvieron que hacer varias ediciones más… y se han agotado todas. Quieren que termines la segunda a toda prisa. Te ofrecen lo que sea. “El oro y el moro”.
La segunda tuvo un éxito apoteósico y llegó al número diez en los libros más vendidos del New York Times. Alfredo llegó con un nuevo contrato. No me dejó firmarlo hasta que me explicó que había recibido una gran oferta de una editorial de primera. ¿Por qué no me lo pensaba?
-El dinero no me importa. Les estoy agradecido por darme la primera oportunidad. Sácales lo que puedas, siempre que sea razonable. Seguiremos donde estábamos.
Como Alfredo insistiera le dije que le aumentaría el tanto por ciento de su comisión. Era el mejor mánager y publicista del mundo. Merecía estar bien pagado. Yo no necesitaba tanto dinero. Alfredo se enfadó mucho. No quiso aceptar ni un uno por ciento de aumento en su comisión. Entonces me enfadé yo y le amenacé con buscarme otro mánager si no aceptaba una subida razonable. Nos enfadamos los dos y a punto estuvimos de echar a rodar la rueda cuesta abajo. Al fin el cedió y por mi parte rebajé la comisión a la que estaba dispuesto a llegar. Nos estrechamos la mano y esperamos acontecimientos.
Estos llegaron…¡Y pensaba el bueno de nuestro alcalde que yo estaba en la ruina! Jaja. Me tenía pillado, pero no por donde él pensaba. En realidad era solo una cuestión de prudencia, yo no quería que nadie descubriera el secreto. Todo iba como la seda. ¿Me atrevería a decirle al alcalde que podría comprar buena parte del condado y a él mismo y que se metiera su oferta por donde le cupiera? Para mí era muy importante seguir en el anonimato y no solo porque la fama tiene su lado oscuro, te esclaviza a otro señor, más burgués, pero igualmente tu amo, sino porque mi pasado podría destaparse y mis perseguidores –estaba convencido de que continuaban tras mis pasos, como perros de presa- me echarían las garras encima.
Le pedí unos días al alcalde, para pensarlo, aunque ya había tomado la decisión, necesitaba arreglar algunos asuntos y entre ellos la manera de alejarme todo lo posible de la campaña electoral. Le diría que necesitaba hacer un curso de criminología en Alburquerque, en la universidad o con el FBI. Llamaría a Alfredo, él me buscaría algo o se lo inventaría. También tendría que ponerme al día con la legislación penal del Estado, algo que nunca me interesó lo suficiente como para dedicarle un solo minuto de mi tiempo. Sabía que al alcalde cedería lo suficiente como para que solo tuviera que estrechar manos y besar niños el tiempo imprescindible. Todo estaba amañado. Nadie presentaría seria resistencia al candidato del alcalde, aunque siempre existía algún tonto que decidía probar suerte.

LA NOCHE
EL PRIMER CRIMEN DEL MONSTRUO
“La muerte se esconde detrás de cualquier cosa imaginable”.
Don Juan a Castaneda. El Don del Águila. The Eagle’s Gift’, 1981

Algo interrumpió mis cavilaciones y recuerdos. Era la radio que había ordenado instalar en el salón. Fue una de las condiciones que le puse a nuestro alcalde, quien se encogió de hombros, aceptando aquella chaladura como una más de mis peculiaridades, tal vez la más inofensiva. En los tiempos de los móviles más sofisticados y de los artilugios para la comunicación más avanzados, yo quería una de aquellas viejas emisoras de radio que salen en las películas. No lo comprendía, y siguió sin hacerlo cuando me sentí obligado a explicarme: Odio los móviles, me siento como si llevara un GPS encima, como si todo el mundo supiera dónde estoy y me tuviera localizado, como si eso les diera autorización para molestarme cualquier día a cualquier hora. Además cada vez que suena es como si tuvieran una urgente y mala noticia que darte. Al menos con la radio estaré seguro de que nadie la utilizará para darme una buena noticia.
El Sr. Tyler no comprendió mi ironía. Carecía de sentido del humor. Todo aquello que no le reportara algo “contante y sonante” era una pérdida de tiempo. Se limitó a encargar la emisora encogiéndose de hombros, e imagino que esperando que aquel fuera el último de mis caprichos.

-Sheriff. Aquí Lucy. Es urgente. Responda.
Lucy es la gordita solterona que se encarga de la recepción y las comunicaciones en la oficina del sheriff del condado, así como de cualquier otra cosa que yo le encargue. Lo hace todo con placer y una sonrisa en la boca. Aunque solo fuera por eso ya sería una verdadera joya.
-Sheriff. ¿Está ahí? Por favor, responda. Es urgente.
Solo que rara vez trabaja por las tardes, y nunca de noche, salvo alguna emergencia. Quien debería estar allí era Pico de Águila, el joven navajo a quien yo decidí contratar unos años antes para librarle de los descarríos de la juventud, y que aquella noche debería estar de guardia.

Dejé de acunarme en la mecedora y permanecí atento. Me costó volver al presente. Cuando comprendí que Lucy no me llamaría a aquellas horas si no hubiera ocurrido algo muy grave me puse en pie con tal brusquedad que la mecedora estuvo a punto de volcar. Permaneció cabeceando hacia detrás y hacia adelante, sin control, como un viejo nervioso que intentara comprender algo, mientras yo entraba casi corriendo a la casa, me acercaba a la radio, sobre mi mesa de despacho y apretaba el interruptor.
-Sí, Lucy, aquí el sheriff. ¿Qué sucede? Cambio.
-Por fin. Estaba empezando a creer que no estaba en casa. Claro que dónde sino iba a estar a estas horas…Es Pico de Águila. Dice que es muy urgente. Que vaya. Ha descubierto un cadáver. Cambio.
-¿Un cadáver? ¿Dónde? ¿Y qué haces tú ahí? Cambio.
-Hace una hora pasó por mi casa. Me dijo que se iba a dar una vuelta por la vieja mina de oro abandonada de Silver Creek y me preguntó que si podía quedarme aquí, porque podía haber noticias y me necesitaba para comunicarse con usted. Acaba de llamar desde el coche patrulla. Cambio.
Adoro el humor de los viejos pioneros. Las minas abandonadas eran de oro, pero las habían llamado “Silver”, y estaban situadas a la entrada del desierto “Demonio rojo”. ¿Por eso las habían llamado “Creek”? ¿Pero qué demonios hacía allí Pico de Águila cuando debería estar patrullando la ciudad? ¿Y por qué le había pedido a Lucy que se ocupara de la radio? ¿Qué sabía de antemano y por qué no me había comentado nada?

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