Todos estamos solos al caer la tarde VI


TODOS ESTAMOS SOLOS/ PRIMER CRIMEN DEL MONSTRUO/CONTINUACIÓN

Sin una palabra subió al coche y miró hacia delante. Su silencio me incomodó, pero me negué a darle la noticia. Necesitaba saber si él la conocía ya. El viejo no abrió la boca hasta que estuvimos cerca de la ciudad. Se limitó a preguntarme por Pico de Águila. Le conté con sobriedad lo ocurrido, cómo había tenido que encerrarlo, y cómo había insistido casi a gritos en que deseaba verle.

El chamán escuchó en silencio, impasible. Cuando acabé, sin el menor rodeo ni subterfugio me pidió que lo contratara a prueba, como mi ayudante. Me quedé tan sorprendido que no supe qué responder.  Por fin encontré un argumento para negarme. ¿Por qué no lo contrataba él para el cuerpo de seguridad? Me dijo que ya le había ofrecido el puesto, pero se había negado con rotundidad. No podía soportar contemplar la humillación a la que los turistas y el resto de los hombres blancos sometían a los habitantes de la reserva.

Aquel joven solo podría encontrar su camino si yo le daba una oportunidad. Si no lo hacía solo era cuestión de tiempo que alguien lo matara en una reyerta. ¿Pretendía que me sintiera culpable? No respondió. Cuando aparqué el coche, antes de bajar, el chamán me miró firmemente a los ojos y me dijo: “No se arrepentirá, y usted le salvará la vida. Puede que él se la salve a usted algún día”.

Lo dijo con tal convicción que un impulso irresistible, surgido de lo más profundo de mi subconsciente, me obligó a prometerle que lo haría. Pero solo a prueba. Si no cumple con mis expectativas, lo echaré a patadas. Me pareció que el viejo sonreía, aunque fue algo tan fugaz que no puedo estar seguro. Su cara volvió a la impasibilidad al segundo siguiente.

Y no me arrepentí. Pico de Águila llevaba con nosotros varios años y cumplía como el que más. Yo diría incluso era el mejor de mis hombres, el más fiable, aunque su impasibilidad y aquel silencio permanente nunca habían dejado de ponerme muy nervioso en su presencia. Si bien siempre me veía obligado a preguntar cuando quería saber algo de él, aquella era la primera vez que me ocultaba una investigación que estuviera haciendo por su cuenta.

¿Qué habría ocurrido para saltarse las normas y mi orden concreta de no hacer nada en el trabajo sin que yo lo supiera? Estaba muy preocupado. Me sentía angustiado y hasta aterrorizado por lo que encontraría en aquellas viejas minas abandonadas. Pero no hasta el punto de que eso impidiera a mis demonios aflorar a la superficie. El recuerdo de cómo había conocido a Pico de Águila me había mantenido a flote mientras circulaba con precaución por el camino de tierra que iba desde mi casa a la carretera y luego mientras aceleraba sobrepasando el límite de velocidad hasta desviarme por otro camino de tierra que iba hacia las minas.

Encendí las luces largas y rebajé la velocidad. La noche era oscura. Me hubiera venido muy bien una luna llena, pero no se la veía por parte alguna. A pesar de que conocía muy bien aquel camino estuve a punto de salirme de la pista. Eso hubiera resultado fatal porque mi coche no estaba preparado para rebotar contra las piedras o aplastar arbustos. Me maldije por mis prisas, debería haberme acercado hasta la oficina para utilizar otro de los coches patrulla. Un todo terreno hubiera sido un vehículo más apropiado para moverme por allí, y más de noche.

Reduje la velocidad, muy atento a la conducción. Intenté pensar en cualquier tema que pudiera distraerme, pero no lo conseguí. De pronto los demonios internos comenzaron a dar muestras de que aún continuaban allí, acechantes. Las viejas imágenes revivieron con toda su fuerza. A pesar del tiempo transcurrido su intensidad me resultaba insoportable. Puse la radio del coche y fui cambiando de emisora. No encontraba nada de mi gusto. La música, cualquier música, no me ayudaría y la charla insustancial de los locutores me repugnaba. Al fin dejé que una emisora de country desgranara una vieja canción romántica de Emilou Harris.

¿Qué iba a encontrarme en las minas? No lo sabía, y por mucho que intenté forzar mi imaginación no logré hacerme una idea mínimamente razonable del asunto en el que pudiera estar metido Pico de Águila. Llevaba cerca de una hora conduciendo. Estaba ansioso por llegar. Fuera lo que fuese que me encontrara, no sería peor que aquella angustia en la boca del estómago y los demonios acechantes, mostrándome las viejas y terribles escenas del pasado.

El último kilómetro resultó infernal. Era el peor tramo de la pista. Reduje aún más la velocidad y me centré en el camino, con la mirada tan concentrada en lo que tenía delante que los ojos comenzaron a lagrimear. Antes de llegar pude ver, a la luz de los faros el coche patrulla de Pico de Águila. No había encendido las luces de emergencia del techo, como ordenaba el protocolo en estos casos y como yo me había cansado de repetirle una y otra vez.

El no estaba, o al menos no era capaz de verle por parte alguna. ¿Estaría dentro? ¿Qué haría allí? ¿Se habría cansado de esperar? Eso no tenía sentido, aquel hombre era capaz de permanecer de pie, contemplando el horizonte, impasible, durante horas y horas. De pronto pude ver una sombra. Estaba junto a la puerta del conductor del coche patrulla. ¿Cómo no había sido capaz de verlo? Permanecía tan quieto, tan impasible, que lo mismo hubiera podido ser un árbol. ¡Maldito navajo! Nunca sabía qué estaba pensando, ni por qué era incapaz de encontrar una buena causa para mover sus pies.

Quité las luces largas y me acerqué despacio. Aparqué a unos pasos y me bajé del vehículo. Su rostro impenetrable permanecía fijo en mí, pero como si no me viera. Continuó sin moverse, como una roca. De pronto escuché su voz, tan sutil como el silencio del desierto.

-Hola sheriff. Tenemos problemas.

-Supongo que los problemas serían los mismos si me hubieras comentado detrás de qué andabas…Tal vez por eso no me dijiste nada…

-Lo siento, sheriff, pero quería estar seguro.

-¿Seguro de qué?

-Un chico de la reserva me comentó que había un cadáver en las minas. No le hice caso. Tiene mucha imaginación y miente con mucho aplomo cuando le interesa.

-¿Cuándo te lo comentó?

-Esta mañana, cuando me acerqué a la reserva.

-Imagino que para ver a tu novia…

Sabía que Pico de Águila salía con una chica, una especie de novia. Se llamaba Gacela Veloz y parecían ir en serio. El comentario no venía a cuento, pero estaba intentando quitar hierro al asunto. Hablar de cualquier tema que no fuera el cadáver que estaba en el fondo de la mina me habría hecho bien, pero aquel hombre era insensible al sentimiento. Se limitó a permanecer en silencio. No había movido un solo músculo de su cuerpo, ni siquiera para hablar.

-¿Y esperaste hasta esta noche…?

-Sí, como sabe estoy de guardia y me dije que podría aprovechar para cerciorarme si el chico mentía. El pueblo está muy tranquilo, sheriff.

-Lo sé, pero podrías haberte acercado esta mañana por la oficina y comentarme algo… Un cadáver es siempre un cadáver, aunque la fuente de información no sea muy fiable.

Era como hablar como una roca. Seguía sin moverse y yo decidí hacer lo mismo. Me encontraba a solo unos pasos de él, pero me sentía como si nos separase todo un desierto.

-Si me lo hubiera dicho cualquier otro se lo habría comentado y me hubiera acercado de inmediato, pero con ese chico nunca puedes estar seguro de nada.

Estaba hablando más de lo que acostumbraba a hacer en todo un día. Eso al menos era positivo. Había dejado las luces de mi coche encendidas porque la oscuridad casi podía cortarse con un cuchillo. El silencio también era absoluto, solo nuestras palabras resonaban en el aire como bajo una enorme campana de cristal.

-Bien. Me gustaría ver ese cadáver. ¿Tienes linterna?

Pico de Águila por fin movió su mano derecha. La luz de la linterna que llevaba en su mano iluminó el suelo frente a él. ¿Una linterna? ¿Y no la había visto? Aquel hombre hubiera sido capaz de crispar los nervios del pistolero más avezado del viejo Oeste.

-Enciende las luces de emergencia del coche patrulla. Antes de llamar a Lucy me gustaría ver el cadáver, para saber a quién hay que llamar y qué es lo que tendremos que hacer.

-¿Para qué, sheriff? ¿Para que las vean los coyotes? ¿O teme a los demonios del desierto?

Nunca le había escuchado hablar tanto y tan seguido. Además hasta parecía poseer sentido del humor. ¿Era un síntoma de que estaba nervioso? ¿Tal vez sentía miedo como cualquier humano? ¿A qué venía aquello de los demonios del desierto? ¿Sabía algo? Imposible. ¿Tenía algo de brujo, como el chamán de la reserva? Preferí dejar aquellas cuestiones para otro momento.

-Hazlo… y vámonos.

-A sus órdenes, sheriff.

Se llevó la mano al sombrero del uniforme y me hizo un saludo que parecía más una broma que otra cosa. Abrió la puerta, manipuló en el salpicadero y de pronto las luces del techo comenzaron a girar.

-¿Quiere que ponga también la sirena?

-No seas idiota. Puede que el protocolo no tenga sentido en ciertos momentos, pero se hizo por alguna razón y hay que respetarlo.

No dijo nada. Cerró la puerta y caminó hacia la entrada de la cueva.

-No tengo linterna en mi coche. ¿Será suficiente con la tuya?

-El cadáver no está lejos, apenas a unos pasos de la entrada, en una galería secundaria. No entiendo cómo no lo vio alguien antes.

-¿Crees que mucha gente visita esta mina?

-No demasiada, sheriff. Excursionistas camino del desierto, parejas que buscan algo diferente –usted ya me entiende- y a veces chicos de la reserva con ganas de aventura y mucha imaginación.

Pico de Águila se puso en movimiento con la agilidad felina que le caracterizaba y ese sigilo indio que no te permite percibir el movimiento a no ser que estés mirando al que se mueve. Tuve que darme prisa en seguir sus pasos o lo hubiera perdido. El llevaba la única linterna que iluminó fugazmente la entrada secundaría. A la derecha, unos cien metros más allá estaba situada la principal, un viejo armazón de madera donde descargaban las vagonetas con los escombros. El hecho de que el cadáver se encontrara en las galerías secundarias no explicaba por qué no había sido descubierto antes. ¿O tal vez el chico de la reserva fuera el único que se atreviera a mencionar su descubrimiento? Archivé aquella pregunta para planteármela con más tiempo.

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