Todos estamos solos V


-Está bien. Ya hablaré con Pico de Águila sobre esa manía suya de ocultarme todo. Voy para allá. Si no te importa, sigue ahí hasta que sepa de qué va todo esto. Te pagaré toda la noche. Voy a ir directo en mi coche. Estaré incomunicado hasta que llegue. Cambio.

-Está bien, sheriff. Sabe que no lo hago por dinero. ¿Algún día vencerá su manía a los móviles y tendrá uno, como cualquier persona normal? Cambio.

-Ya hablaremos también de eso. Corto y cierro.

-Ok. Sheriff.

Mientras subía las escaleras al piso superior, para pillar una cazadora –en el desierto haría frío- y mi revolver de reglamento, con la cartuchera, que guardaba siempre en la caja fuerte, en mi dormitorio, tras un cuadro del desierto, comprado en la reserva navaja, no cesé de preguntarme en qué investigación estaría metido Pico de Águila sin haberme dicho ni una palabra.

¿Un cadáver? No sería el primero que viera desde que estaba en el cargo, aunque todos los demás  podían catalogarse como “normales”, es decir como consecuencia de accidentes de tráfico, salvo… Ahora no recordaba ningún otro tipo de cadáver.

Me puse la cazadora. No había tiempo para embutirme en mi uniforme. Abrí la caja fuerte y me coloqué el cinturón con la cartuchera y el revólver alrededor de mis caderas. Se me ocurrió clavarme también la insignia en la cazadora. Era el único distintivo de mi autoridad que llevaría encima. Nunca sabes lo que te vas a encontrar cerca de un cadáver, me dije.

Apagué las luces y cerré la puerta con llave. No quería encontrarme a mi vuelta con un coyote merodeando en el interior de la casa, podría ponerme nervioso y liarme a tiros. Me subí al coche, encendí los faros y me dispuse a realizar un pequeño viaje en la soledad de la noche. Mis viejos demonios acechantes no me darían tregua. Por eso encendí la radio, sintonicé una emisora musical y traté de centrar mi mente en cualquier tema que me mantuviera ocupado.

Recordé cómo había conocido a Pico de Águila. Así le llamábamos todos, porque su verdadero nombre navajo nos resultaba impronunciable. Apenas llevaba unos meses en el cargo cuando un sábado por la noche recibimos un aviso. Se estaba produciendo una pelea en el local de Joe, frecuentado por la juventud del condado. Allí jugaban al billar, escuchaban música y sobre todo bebían, bebían mucho. Esa era la causa de las habituales trifulcas de todos los fines de semana. No solían pasar de un taco de billar roto en las costillas o en el cráneo de alguien. Pero en aquella ocasión fue distinto. Media docena de jóvenes acabó en el hospital, entre ellos un joven de la reserva navaja. Lo que más me sorprendió fue la disparidad de fuerzas en conflicto: Pico de Águila contra el mundo.

De no haber llegado a tiempo aquel rebelde y provocador joven habría sido mi primer cadáver. A pesar de actuar como un superhéroe de película fue reducido y pateado en el suelo. Algún descerebrado estaba proponiendo ya colgarlo de un árbol.

Cuando las ambulancias evacuaron a los heridos Pico de Águila se levantó tambaleante y sangrando y me pidió que no le llevaran al hospital, prefería pasar la noche en los calabozos. Aquello me impresionó. Su rostro permanecía impasible a pesar de las heridas, los cortes y los moratones. Estaba claro que no era capaz de mantenerse en pie, y sin embargo no quería ir al hospital.

Le pedí a un médico que lo examinara. Le hizo la primera cura y a mis preguntas respondió que no podía saber si tenía alguna costilla rota, aunque dada la impasibilidad de aquel demonio navajo pensaba que no, que no había nada roto. Tampoco se desangraría. Era mi decisión dónde lo llevaba, aunque su consejo médico no podía ser otro que ingresarlo en el hospital, y luego ya se vería.

Me conmovió la humildad con la que Pico de Águila suplicó que lo encerrara. También estaba borracho, muy borracho. Accedí a su ruego y lo llevé a las oficinas. Lo puse tras las rejas, facilitándole una manta y una cafetera recién hecha. Le cedí mi propia taza y le animé a que se despejara bebiendo todo el café que pudiera.

Un par de horas más tarde escuché su voz llamándome a gritos. Se había bebido todo el café y hasta había podido dormir un poco, algo que me dejó también asombrado. La naturaleza de aquel joven era indomable. Me pidió que me sentara a su lado, en el catre, y con sobriedad espartana me contó lo sucedido. Había sido culpa suya. El chamán de la reserva navaja acostumbraba a prevenir a todos los jóvenes contra el alcohol y las drogas, las grandes debilidades del hombre blanco. Con él fue más explícito, le dijo que el Gran Manitú le había elegido y por lo tanto sería mucho más duro con él, con sus debilidades, que con las de los otros. Su naturaleza rebelde le llevó a provocar a los jóvenes blancos. El también tenía derecho a emborracharse, lo mismo que ellos, en el mismo lugar y de la misma manera. Hasta se atrevió a tontear con las jovencitas. Si alguien mete su mano en la boca del coyote no puede esperar que no ocurra nada.

No habló mucho más. Para él fue más que suficiente, creo incluso que pensaba haber hablado demasiado. Sentí mucha curiosidad y le hice muchas preguntas que él se negó a contestar o lo hizo con simples monosílabos. Solo quería ver al chamán, un momento, luego las autoridades podrían castigarle como se merecía, no se quejaría. Estaba muy impaciente, incluso me pidió que no esperara hasta el amanecer. Debería ir a buscarle a la reserva y traerle en mi coche. Aquello me pareció demasiado. Le pedí que durmiera unas horas y en cuanto asomara el sol el chamán estaría allí para que pudieran charlar hasta cansarse. Tuve que prometérselo.

Y cumplí mi promesa. No era la primera vez que me acercaba a la reserva. A lo largo del verano acostumbrábamos a realizar patrullas cada día, cuidando de que no ocurriera incidente alguno con los turistas que se acercaban hasta allí para comprar artesanía navaja, contemplar las danzas rituales o sacar fotos de los nativos frente a sus viviendas típicas o hogan. Como la mayoría de los turistas no comprendían que unos indios tuvieran chozas de adobe en lugar de las típicas tiendas construidas con palos y pieles de bisonte (llamadas tipis) existía también un poblado con tipis formando un gran círculo donde algunos navajos de la reserva ataviados con ropas de otras tribus indias bailaban o fumaban la pipa de la paz. Cualquier disfraz era bueno si atraía a los turistas.

Algunos jóvenes rebeldes se sentían humillados ante aquel carnaval. Pico de Águila era uno de ellos. Se dedicaba, como los otros, a desvalijar y timar a los turistas y luego se gastaba el dinero en bebida y juergas. Hasta aquel día había sido bastante prudente, solo frecuentaba garitos donde un navajo de la reserva podía ser aceptado o pasar desapercibido. Alguna neurona debió patinar en su cabeza para decidir acercarse al pub de Joe, frecuentado solo por jóvenes blancos de buenas familias y mentalidad muy conservadora, incluso racista. Fue un error que pagó muy caro. No había querido contestar a sus preguntas sobre los motivos que le llevaron a visitar por primera vez aquel lugar.

La oficina del sheriff se encargaba de patrullar la reserva, especialmente en la época alta de turismo, con la aquiescencia y hasta autorización formal del Consejo de ancianos, la autoridad ancestral del pueblo navajo, y ahora también legal, de acuerdo a la ley que el Estado aprobara unos años antes. Existía un pequeño cuerpo de seguridad, pero estaba a las órdenes del Consejo. Lo formaban en su mayoría jóvenes a quienes la delincuencia contra el turista no atraía demasiado. Con un sueldo aceptable su futuro mejoraba mucho. Se desentendían bastante de los atropellos a los turistas, limitándose a poner un poco de orden en los conflictos que se producían en la reserva, sobre todo riñas de jóvenes. De ahí que el Consejo de ancianos nos hubiera autorizado a patrullar, aunque la legislación actual nos obligaba a poner a los detenidos en sus manos. No teníamos jurisdicción en aquel territorio, sin embargo un resquicio legal nos permitía actuar con autorización previa del Consejo.

Todo era muy confuso. Me hubiera podido negar y de hecho pensé en hacerlo. Me convenció el chamán, uno de los miembros clave del Consejo. Asistí a una de sus reuniones por invitación. Me dejé convencer por las palabras sabias y la súplica orgullosa de aquel hombre de edad indescifrable. Apenas era capaz de soltar alguna que otra frase en inglés. Su español era mejor y gracias a ello logramos entendernos, porque Alfredo me había enseñado lo suficiente para poder manejarme en una conversación no demasiado complicada.

Aquella mañana, apenas  hubo asomado el sol en el horizonte, me dirigí a la reserva, encontrando al chamán en su modesta choza de barro. Ya estaba despierto y tuve la impresión de que me esperaba. Sentado a la puerta de la choza, se puso en pie tan pronto vio aparecer mi coche. Me pregunté cómo se habría enterado de la detención de Pico de Águila. El joven estaba solo y ningún habitante de la ciudad, que no fuera navajo, se habría atrevido a acercarse a la reserva para difundir la noticia. Si bien algunos jóvenes del cuerpo de seguridad poseían teléfonos móviles para comunicarse entre sí, Pico de Águila odiaba aquel artilugio. ¿Poseía el chamán facultades de brujo que le permitieron saber por adelantado lo sucedido? Esa era una pregunta a la que no había podido responder hasta este momento.

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