Diario de un cinéfilo I


DIARIO DE UN CINÉFILO

 

 

 

                       I

 

Día de Todos los Santos. 1 de noviembre. 14 horas.

 

 

Se me acaba de ocurrir la idea de un diario sobre cine tras ver el final de la película Azul de Kieslowsky. Esta mañana hice la comida y algunas faenas de la casa (Conchi está trabajando) y luego puse el vídeo y terminé de ver la película. Aprovecho los momentos en los que la televisión de pantalla plana del salón está libre para ir viendo mis películas favoritas, esas que he ido grabando en video a lo largo de los años y que nadie en mi familia quiere ver conmigo. Incluso me atrevería a decir que me resultaría muy difícil encontrar una persona entre un millón que aceptara verla. A menudo me quedo a medias con alguna porque un miembro de la familia me interrumpe para ver algo en la tv que no puede esperar. Acepto mis extraños gustos cinematográficos como una especie de lepra repugnante que me avergonzaría imponer al resto del mundo.

 

 

Estas películas, que tanto me gustan, son las que los demás calificarían despectivamente como “una película en blanco y negro” “un ladrillo indigerible” “un muermo de película que dormiría hasta las piedras” etc etc Somos pocos los cinéfilos que “soportamos” ver cine clásico o películas que ya han pasado a la historia del cine y por lo tanto “están muy viejas y fuera de onda”. La mayoría las considera “aburridas”, “desfasadas” o “lentas, lentísimas”.

 

 

 

Como nos sucede también a los amantes de la música clásica nos vemos obligados a pegarnos los auriculares o “cascos” a la oreja para no molestar al resto de la familia o al resto del mundo, que no gusta de escuchar a Bach o a Wagner o a Beethoven o a tantos otros… Esos otros que llaman música ratonera a la ópera y no soportarían un “do” de pecho ni aunque les ataran y amordazaran.

 

 

Acostumbrados al cine norteamericano, trepidante, “rápido”, violento, o a comedias “de risa”, en la mayoría de los casos de un humor bastante grosero, pero “con buen ritmo”, el cine clásico nos parece “aburrido” y ciertos directores absolutamente “intragables”.

 

 

Viendo Azul de Kieslowsky, a uno se le ocurre pensar que el verdadero, el auténtico cine, debería ser siempre así. Debería preocuparse del ser humano, de la naturaleza humana, de las personas que se hacen preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la naturaleza del amor…El cine debería ser siempre así, humano, sensible al sufrimiento, situar en primer plano a las personas que luchan por no ahogarse en un océano de soledad y de angustia, a las que intentan encontrar un sentido a la vida, a las que se retuercen entre emociones encontradas desde la oscuridad del anonimato, intentando atisbar  un rayo de luz… aunque fuera “lento” y “aburrido”.

 

 

El otro, el otro cine no deja de ser un juego, un “divertimento” más o menos grosero o sutil, culto o basto hasta la zafiedad.

 

 

Juliette Binoche es una de mis actrices favoritas, pocas me han seducido tan profundamente –y no solo como macho que gusta de una hembra atractiva- sino “humana y cálidamente”.  Y esto se lo debo en gran parte a Kieslowsky. Azul es la historia de una mujer que sufre no solo la pérdida de su esposo en un estúpido accidente de automóvil, sino que pierde también la confianza en sus semejantes al descubrir que él la engañaba con otra y que la vida apasionante que llevaba con el gran compositor, al que la Comunidad Europea ha encargado una gran obra conmemorativa, era solo una mentira más.

 

 

A lo largo de la película los compases de esta obra inacabada irán resonando como aldabonazos, acompañando la narración de una historia triste, profundamente triste y desesperanzada. El compositor habitual de Kieslovsky alcanza una profundidad estremecedora con tan solo unos pocos compases. No voy a desvelar toda la trama porque tal vez a alguno le apetezca verla, pero sí puedo decir que esta tercera, cuarta o tal vez quinta visión de la película me ha dejado igual de impactado y anonadado que la primera vez.

 

 

Tal vez el cine, como la misma vida, necesite de momentos variados, más “divertidos y rápidos”, más “asimilables”, más juguetones. Pero cuando uno termina de ver “Azul” no puede dejar de pensar, al menos en ese momento, en cómo le gustaría que todo el cine fuera así.

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