Mes: junio 2012

Un escritor frustrado


NOTA: Tras la desaparición de Grupobuho, donde había subido  más de cincuenta capítulos de esta historia, remito a mi almacén para los interesados en esta historia. Es una versión ilustrada con fotos. Luego proseguiré la historia hasta acabar, subiendo aquí el resto de capítulos.

http://www.divshare.com/download/17121727-c52

UN ESCRITOR FRUSTRADO I

NOVELA

CAPÍTULO I

Luis Domingos Córcoles abrió la puerta y se hizo a un lado para que pasara Sebastián, su chofer y factotum, cargado con todas las maletas. El vestíbulo estaba oscuro, como boca de lobo, por lo que Córcoles  se vio obligado a utilizar una pequeña linterna para iluminar  la pared, a la izquierda de la puerta, buscando el cuadro de luces. Manipuló a tientas y de pronto la luz se hizo en la lámpara del  techo; el amplio vestíbulo quedó brillantemente iluminado. La decoración rústica desentonaba con el interior moderno, sobre el suelo de relucientes baldosas un par de arcones, comprados en el pueblo y convenientemente restaurados, hacían pensar en un anticuario que por falta de sitio en su almacén los hubiera dejado de cualquier manera en el hall de su lujoso chalet; por lo que se refiere a un armarito y varios butacones, sólidos y de sobriedad espartana, solo seducirían a un labriego cansado.

Cuadros de gran tamaño, describiendo escenas campestres, adquiridos por Córcoles a un desconocido pintor -que a su juicio prometía, y seguiría haciéndolo incansable, hasta Dios sabe cuándo-  tapaban las paredes. Sebastián recibió  la orden de subir el equipaje. Después de pensarlo se puso a ello, con cara malhumorada y refunfuñando entre dientes.

Al quedarse solo contempló con delectación el vestíbulo, pero acuciado por el hambre pasó a  la cocina situada a la izquierda, abriendo una puerta de gruesa madera de pino. Esta era muy amplia como el resto de habitaciones de la casa, le gustaba la amplitud por encima de cualquier otra consideración, y no se habían escatimado en su mueblaje todas las comodidades de una cocina moderna. Encendió las luces y se acercó al gran refrigerador para comprobar que Obdulia (una vecina del pueblo que cuidaba la casa en su ausencia) no se había olvidado de dejar algo para la cena. Rebosaba de frutas, hortalizas y verduras; en los huecos de la puerta cartones de leche, zumos de frutas y un par de botellas de vino, blanco y rosado. La parte superior estaba repleta con varias fiambreras de plástico que sacó y colocó sobre la amplia mesa de madera, destapándolas olió su contenido con aprobación: una ensalada campera hecha recientemente como a él le gustaba con patatas y huevos cocidos, una lata de sardinas, lechuga, tomate y pepino, regado abundantemente con aceite y vinagre; una gran tortilla de patata de la que se desprendía un apetitoso olor a cebolla y chorizo y una docena de chuletas de cordero.

Sacó  platos de la alacena,  cubiertos del cajón de la mesa y buscó desesperadamente una copa, ansiaba un buen trago de vino fresco. Destapó la botella de rosado de la tierra, aunque hubiera preferido un buen tinto, pero sintió pereza de bajar a la bodega,  y se escanció un trago, que degustó sin prisas. En el centro de la mesa le esperaba una gran hogaza de pan hecho por la propia Obdulia y al lado un gran frutero de cristal con toda clase de frutas de temporada. Sin esperar a Sebastián se sirvió un buen plato de ensalada y comenzó a comer con gran apetito.

Al cabo de unos minutos bajó su chofer, que le miró comer con desaprobación. Córcoles alzó la cabeza y con un gesto le invitó a sentarse a la mesa, le llenó la copa de vino que el otro apuró de un trago y siguió comiendo sin hacerle el menor caso. Terminó  un gran trozo de tortilla que acompañó con una buena rodaja de pan y después de haber apurado un par de copas de vino se sintió menos acuciado por el hambre y animado para dirigirse a su criado.

-Parece que Obdulia se ha esmerado especialmente, la tortilla está exquisita y no ha escatimado huevos ni patatas. Se podría alimentar a una docena de aldeanos hambrientos.

-Me temo, señor, que con dos bocas como las nuestras no quedará mucho de ella –  respondió Sebastián que ya estaba comiendo con voraz apetito. Para hacerlo se vio obligado a hacer una pausa,  hasta que pudo engullir lo que tenía en la boca, su amo era muy puntilloso en cuestiones de educación y buena crianza.

Córcoles no había gozado nunca de buen apetito pero le bastaba respirar el aire de la serranía para comenzara a ingerir alimentos como si no hubiera comido hasta ese momento. Tenía fama de gourmet y la cuidaba con mimo aprendiendo recetas en libros de alta cocina y buscando detalles curiosos en guías de restaurantes con estrellas o haciendo negligentes preguntas a sus amigos, auténticos gourmets, que disfrutaban de la buena cocina, como un montañero de la alta montaña. De esta forma consiguió una aceptable cultura gastronómica que a veces se veía obligado a poner de manifiesto aceptando invitaciones de amigos y conocidos a restaurantes exquisitos, donde llegaba a sentirse como  una nariz privilegiada cansada de respirar sutiles perfumes que terminan por producir terribles jaquecas. La comida casera preparada por Obdulia y los aires de la sierra habían transformado drásticamente su concepto de la comida como simple combustible, indispensable para que el motor biológico siguiera impulsando su cuerpo. Pisar la casa y sentir necesidad de disfrutar comiendo era todo uno.

No volvieron a hablar hasta dar buena cuenta de la cena, tan solo quedaron  algunas sobras en los platos. Córcoles dejó que su chofer recogiera la mesa y salió al porche con un escocés, escanciado de una botella que tenía especialmente reservada para él en el mueble bar del salón. Allí encendió un cigarrillo con el mechero de oro, regalo de cumpleaños de su esposa que solía tener detalles de este tipo, y permaneció largo rato contemplando un estrellado cielo  de un cálido mes de agosto sobre la serranía, más allá del jardín, de la carretera comarcal y del hermoso valle que atravesaba un riachuelo casi seco, pero que, según Obdulia, en invierno se desbordaba debido al salvaje caudal de agua. No quería pensar en ello, aunque sin poder evitarlo el argumento de la novela que tendría que presentar dentro de unos meses al más importante premio literario del país volvió a su cabeza. El acuerdo con el editor era muy bueno, el premio estaba dado a poco que su novela alcanzase un mínimo nivel. La editorial quería lanzarlo como el caballo más importante de su cuadra y no estaba dispuesto a decepcionarles. La meta era tan importante que no le importaba renunciar a su agradable vida mundana para encerrarse allí como en un monasterio dispuesto a dar a luz la gran obra de su vida que le consagraría definitivamente.

Iban a ser unos meses duros, no podría pasarse sin un bello cuerpo femenino que contemplar algunas horas al día; no se olvidaría de encargarle a Obdulia contratar una chica atractiva de la zona con el pretexto de descargarla de la limpieza de la casa. Seguramente tendría que escuchar algún comentario subido de tono; Obdulia no se mordía la lengua, no lo haría ni aunque del sueldo mensual, que recibían tanto ella como su marido, hubiera dependido su subsistencia. No era así, tenían la hacienda más rica del pueblo, sus hijos cuidaban de la numerosa ganadería y de cultivar las mejores tierras de la zona. Ellos hubieran podido dejar todo en sus manos y dedicarse a disfrutar de lo adquirido a lo largo de duros años de trabajo, pero como era proverbial entre los campesinos nunca tenían bastante, incapaces de imaginarse mano sobre mano viendo crecer la hierba.

Sebastián salió al porche con intención  de hacer compañía a su amo, charlar un rato y  respirar la brisa nocturna. Aún vestía su uniforme gris con gorra de plato y se desabrochaba los botones de la chaqueta, con cara de alivio porque el día había sido muy caluroso, típico del mes de agosto que estaba comenzando. Córcoles se sentía eufórico,  convencido de que la novela no se le atragantaría y de que Obdulia le conseguiría la moza más garrida de aquellos contornos, iban a ser unos meses muy agradables sin duda. Por muy huraña que fuera no se le resistiría mucho tiempo, era cuestión de paciencia poder llegar a disfrutar de sus encantos. Sin una sexualidad satisfecha y templada no sería capaz de escribir a gusto, un escritor que no puede concentrarse totalmente en su obra está perdido.

-Sebastián, puedes servirte un trago de la botella del salón. Celebremos la llegada al paraíso.

Antes de que pudiera terminar la frase su chofer había salido disparado. Era un hombre cercano a la sesentena, alto, guapo mozo, con el pelo canoso y un rostro agraciado, tenía mucho éxito con las mujeres  o al menos así lo pregonaba siempre que tenía ocasión, de las que gustaba disfrutar lo mismo que de una buena comida o de un buen licor. Su mujer al casarse le había contado todos los secretos de Sebastián, especialmente su fama de vividor. Siendo muy joven había entrado al servicio de la familia como mozo para todo, jardinero y finalmente chofer. Sus suegros se habían desprendido de él haciéndole pasar a su servicio con una cierta tristeza como quien se desprende de una valiosa antigüedad familiar. Ella le había hablado de los  muchos defectos de Sebastián pero exaltando sus cualidades de trabajador honrado que nunca ponía la menor pega mientras se le dejase al menos un día libre a la semana para dedicarse a sus mujeres. Nada más verse se habían comprendido con una mirada, Sebastián fue consciente de que su nuevo amo era tan mujeriego como él y que podría sacar buenos beneficios de todo ello si mantenía la boca cerrada, algo que no le supuso gran esfuerzo ya que siempre había sido muy discreto. Por otro lado Córcoles comprendió que subirle el sueldo y darle más días libres siempre que fuera posible haría que Sebastián terminara comiendo en su mano, como así había sucedido. Le había acompañado en alguna de sus cacerías como él las llamaba, con notable éxito, lo que les había unido más de lo que lo hubieran hecho lazos de sangre. Sin perderle el respeto cuando estaban solos le trataba más como un viejo amigo que como al amo que cuidaba de su subsistencia.

Este volvió con un doble de escocés y se colocó a su lado. Córcoles le ofreció un cigarrillo que Sebastián aceptó encantado no privándole del placer de encenderlo con su mechero de oro. Fueron a sentarse al jardín en unas tumbonas situadas debajo de un emparrado que servía para apagar los rigores del sol durante el día. Córcoles  estaba ansioso por hablar de mujeres y quiso saber de las últimas aventuras amorosas de Sebastián; éste, ayudado por  el licor que iba bajando por su garganta a rápidos tragos, no se mordió la lengua. Le habló del verano anterior, acababan de inaugurar un puticlub en la carretera que subía a la sierra y él no había podido resistir la tentación de estrenarlo. Comentaban que detrás de aquel negocio estaba una fuerte mafia de la costa  necesitada de un lugar discreto y retirado de la circulación para esconder allí a las chicas que por un motivo u otro tenían problemas para permanecer en sus salas de fiestas de la costa. Algunas por menores, otras por extranjeras sin papeles y hasta algunas que habían sido raptadas y violentadas, todas tenían que ser retiradas de la circulación y qué mejor lugar que una zona abandonada de la mano de Dios donde era fácil comprar a media docena de guardias civiles de un puesto aburrido y poco controlado por los jefes; el negocio de la trata de blancas era brutal, no existía más consideración que la ganancia fácil y rápida.

Continúa la primera parte completa e ilustrada en

http://www.divshare.com/download/17121727-c52

Anuncios

Microrelatos sobre economía


Cesar Garcia Cimadevilla
Cesar Garcia Cimadevilla
16-06-2012 12:13 Editar Eliminar
MICROS SOBRE MACROECONOMÍALa crisis económica tiene un lado positivo. Se contamina menos.
Konrad Lorenzo, ecologista español
Cesar Garcia Cimadevilla
Cesar Garcia Cimadevilla
16-06-2012 12:12 Editar Eliminar
MICROS SOBRE MACROOCONOMÍA
La economía es el apego que produce un karma más pesado y terrible, a un nivel ligeramente superior a la lujuria o la ola de hedonismo que nos invade.
Milarepa a su discípulo Karmafinito, angustiado por la crisis económica.
Cesar Garcia Cimadevilla
Cesar Garcia Cimadevilla
15-06-2012 18:24 Editar Eliminar
MICROS SOBRE MACROECONOMÍALA PRIMA DE RIESGO

La prima de riesgo es como una —- que no se quita ni el liguero hasta que el cliente de turno pague por adelantado y en metálico.
Un “chulo—-s” entrevistado por un programa de humor de una conocida cadena televisiva.

Sin foto
Slictik
15-06-2012 12:04
MICROSSOBREMACROECONOMÍAEL DESCUBRIMIENTO DEL SIGLO

Tras el chasco que supuso el experimento del CRNN y que en un principio se anunció como exitoso, al descubrir una partícula que viajaba a velocidad superior a la luz, yo, Pirulo, físico teórico español estoy en condiciones de probar la existencia, no solo de una partícula que viaja a mayor velocidad que la luz, sino de todo un planeta que hace lo mismo, permaneciendo de forma constante en el futuro. ¿Qué otra cosa sino es la deuda?
Comunicado de prensa de Pirulo, físico teórico español.


Slictik es mi alias, Cesar García, mi nombre. Agradezco a Castelo y a Observador su invitación a seguir el taller de novela.
Cesar Garcia Cimadevilla
Cesar Garcia Cimadevilla
14-06-2012 16:43 Editar Eliminar
MICROS SOBRE MACROECONOMÍAEL EURO

El euro es como la herencia yacente, entre todos la mataron y ella sola se murió.
El Sr. Buenavista, economista, en una entrevista radiofónico en el programa La Brújula de la economía en Onda Cero radio.

Cesar Garcia Cimadevilla
Cesar Garcia Cimadevilla
14-06-2012 14:07 Editar Eliminar
MICROS DE MACROECONOMÍALA INTERVENCIÓN
Esto es como si yo me gastara todos los meses el sueldo de mi marido en el bingo y tuviéramos que vivir del mío. Solo que yo no tengo una línea de crédito de CIEN MIL MILLONES DE EUROS. Respondió un ama de casa a una entrevistadora de una conocida cadena televisiva.

EL SILENCIO II


Al principio él se lo había tomado con tranquila resignación pero viendo que la situación se prolongaba día tras día, comenzó a montar en sordas cóleras que intentó paliar primero con el deporte y luego saliendo de casa con una frecuencia rara en él, un hombre muy hogareño, para finalmente llegar a plantearse seriamente la infidelidad conyugal como única válvula de escape a la presión que en su interior iba creciendo día a día. Lo mismo que el sentimiento hogareño y paternal iba con su carácter, la fidelidad conyugal también era algo connatural con su lógica de las relaciones humanas; pensaba que un compromiso tan serio como la vida de pareja no podría resistir las infidelidades por mucho lo intentaran los progresistas y liberales de pico que nunca aguantaban en sus mujeres el comportamiento que a ellos les parecía tan razonable. Cuando se decidió a dar el paso pensó que sería una canita al aire sin más trascendencia, conocía muchos hombres que lo hacían de vez en cuando y nunca eran descubiertos. Sus matrimonios iban, no muy bien, eso es cierto, pero no peor de lo que iba el suyo ahora. Lo tenía muy fácil ya que su secretaria en la empresa donde llevaba la asesoría jurídica –conoció a su mujer y se hicieron novios en la facultad de derecho-, una rubia de cuerpo esplendoroso donde no se podría reclinar la cabeza sin perderse para siempre en alguna curva, le llevaba tirando los tejos desde que entró en la empresa, de eso hacía un par de años. Sus amigos le tomaron el pelo durante una buena temporada hasta que se cansaron, sus argumentos reincidían siempre en que no necesitaba buscar fuera lo que ya tenía en casa, aparte de que la “macizorra” señorita tenía un carácter cercano al de los reptiles, siempre pegada a la tierra, buscando su placer y un mejor futuro económico.

Cuando ésta volvió a insinuarse -lo que hacía con la periodicidad de un ciclo menstrual bastante bien regulado- él se lió la manta a la cabeza, disponiéndose a disfrutar de aquel hermoso cuerpo que se le ponía a tiro, dejando que el futuro decidiera por sí mismo lo que quería hacer con su vida cuando se convirtiera en presente. Se hicieron amantes y gozaron del sexo sin restricciones, a ambos les encantaba y aprovechaban la hora de comer para hacerlo en la cama de la habitación de un hotel cercano o por las tardes después del trabajo, al principio él llamaba para disculparse, luego dejó de hacerlo ya que ella no parecía inmutarse por nada. Algunos fines de semana en que ella tenía que asistir a cenas de trabajo aprovechaban toda la noche, las niñas empezaron a vivir habitualmente en casa de unos u otros abuelos sin que protestaran por ello, el hogar no resultaba muy agradable en aquel tiempo.

Al cabo de unos meses él trató de romper, ya se había saciado de aquel cuerpo, que durante tanto tiempo había excitado su deseo día tras día, ahora fue conociendo mejor a la persona que lo habitaba y no le gustó nada. Era una mujer promiscua, muchos días después de hacer el amor por primera vez le contaba para excitarle sus anteriores aventuras. Se había acostado con la mitad del personal de la empresa, con unos porque le parecieron atractivos, con otros porque ocupaban un puesto desde donde la podían ayudarla. Había conseguido un piso, un apartamento y un buen coche, regalos de ejecutivos con posibles pero no lo hacía por dinero; lo que a ella le gustaba más en la vida era el sexo, un buen macho satisfaciendo sus necesidades biológicas, pero al cabo de unas semanas empezó a hablarle de algún regalo, un recuerdo de su aventura, después de que se había enamorado de él y quería casarse, no tenía prisa pero esperaba que con el tiempo terminara rompiendo con su mujer que parecía no hacerle ningún caso.

Fue entonces cuando recordó su obsesión de otro tiempo. Entonces se había sentido como vigilado por una especie de ángel exterminador, le perseguía la mala suerte, donde los demás pasaban sin un rasguño él recibía heridas sangrantes. Siempre que hacía una, en lenguaje coloquial, la acababa pagando. Aquello le llevó a pensar en la posibilidad de estar marcado por el destino de una manera que ahora no podía concretar pero que con el tiempo se acabaría haciendo tan visible como una pieza de caza largamente acechada. Sin ir más lejos su despedida de soltero estuvo a punto de costarle la boda. De alguna manera su acuciante necesidad de sexo le llevaba a situaciones gravemente problemáticas. Desde aquel episodio se juró no dejarse dominar nunca por aquel deseo que como un torrente intentaba arrastrarle cada vez que veía una hermosa hembra y lo había cumplido hasta entonces, su mujer no había sido consciente del sacrificio que le había costado o al menos eso pensaba él.

Desvió la mirada de la carretera por donde acababan de pasar aquellos recuerdos como secuencias en un cine al aire libre y durante un instante la miró. Seguía sentada, casi encogida sobre el asiento, con aquella mirada ferruginosa clavada en el asfalto, tuvo la impresión de que no había desviado el cuello ni un milímetro.