EL SILENCIO II


Al principio él se lo había tomado con tranquila resignación pero viendo que la situación se prolongaba día tras día, comenzó a montar en sordas cóleras que intentó paliar primero con el deporte y luego saliendo de casa con una frecuencia rara en él, un hombre muy hogareño, para finalmente llegar a plantearse seriamente la infidelidad conyugal como única válvula de escape a la presión que en su interior iba creciendo día a día. Lo mismo que el sentimiento hogareño y paternal iba con su carácter, la fidelidad conyugal también era algo connatural con su lógica de las relaciones humanas; pensaba que un compromiso tan serio como la vida de pareja no podría resistir las infidelidades por mucho lo intentaran los progresistas y liberales de pico que nunca aguantaban en sus mujeres el comportamiento que a ellos les parecía tan razonable. Cuando se decidió a dar el paso pensó que sería una canita al aire sin más trascendencia, conocía muchos hombres que lo hacían de vez en cuando y nunca eran descubiertos. Sus matrimonios iban, no muy bien, eso es cierto, pero no peor de lo que iba el suyo ahora. Lo tenía muy fácil ya que su secretaria en la empresa donde llevaba la asesoría jurídica –conoció a su mujer y se hicieron novios en la facultad de derecho-, una rubia de cuerpo esplendoroso donde no se podría reclinar la cabeza sin perderse para siempre en alguna curva, le llevaba tirando los tejos desde que entró en la empresa, de eso hacía un par de años. Sus amigos le tomaron el pelo durante una buena temporada hasta que se cansaron, sus argumentos reincidían siempre en que no necesitaba buscar fuera lo que ya tenía en casa, aparte de que la “macizorra” señorita tenía un carácter cercano al de los reptiles, siempre pegada a la tierra, buscando su placer y un mejor futuro económico.

Cuando ésta volvió a insinuarse -lo que hacía con la periodicidad de un ciclo menstrual bastante bien regulado- él se lió la manta a la cabeza, disponiéndose a disfrutar de aquel hermoso cuerpo que se le ponía a tiro, dejando que el futuro decidiera por sí mismo lo que quería hacer con su vida cuando se convirtiera en presente. Se hicieron amantes y gozaron del sexo sin restricciones, a ambos les encantaba y aprovechaban la hora de comer para hacerlo en la cama de la habitación de un hotel cercano o por las tardes después del trabajo, al principio él llamaba para disculparse, luego dejó de hacerlo ya que ella no parecía inmutarse por nada. Algunos fines de semana en que ella tenía que asistir a cenas de trabajo aprovechaban toda la noche, las niñas empezaron a vivir habitualmente en casa de unos u otros abuelos sin que protestaran por ello, el hogar no resultaba muy agradable en aquel tiempo.

Al cabo de unos meses él trató de romper, ya se había saciado de aquel cuerpo, que durante tanto tiempo había excitado su deseo día tras día, ahora fue conociendo mejor a la persona que lo habitaba y no le gustó nada. Era una mujer promiscua, muchos días después de hacer el amor por primera vez le contaba para excitarle sus anteriores aventuras. Se había acostado con la mitad del personal de la empresa, con unos porque le parecieron atractivos, con otros porque ocupaban un puesto desde donde la podían ayudarla. Había conseguido un piso, un apartamento y un buen coche, regalos de ejecutivos con posibles pero no lo hacía por dinero; lo que a ella le gustaba más en la vida era el sexo, un buen macho satisfaciendo sus necesidades biológicas, pero al cabo de unas semanas empezó a hablarle de algún regalo, un recuerdo de su aventura, después de que se había enamorado de él y quería casarse, no tenía prisa pero esperaba que con el tiempo terminara rompiendo con su mujer que parecía no hacerle ningún caso.

Fue entonces cuando recordó su obsesión de otro tiempo. Entonces se había sentido como vigilado por una especie de ángel exterminador, le perseguía la mala suerte, donde los demás pasaban sin un rasguño él recibía heridas sangrantes. Siempre que hacía una, en lenguaje coloquial, la acababa pagando. Aquello le llevó a pensar en la posibilidad de estar marcado por el destino de una manera que ahora no podía concretar pero que con el tiempo se acabaría haciendo tan visible como una pieza de caza largamente acechada. Sin ir más lejos su despedida de soltero estuvo a punto de costarle la boda. De alguna manera su acuciante necesidad de sexo le llevaba a situaciones gravemente problemáticas. Desde aquel episodio se juró no dejarse dominar nunca por aquel deseo que como un torrente intentaba arrastrarle cada vez que veía una hermosa hembra y lo había cumplido hasta entonces, su mujer no había sido consciente del sacrificio que le había costado o al menos eso pensaba él.

Desvió la mirada de la carretera por donde acababan de pasar aquellos recuerdos como secuencias en un cine al aire libre y durante un instante la miró. Seguía sentada, casi encogida sobre el asiento, con aquella mirada ferruginosa clavada en el asfalto, tuvo la impresión de que no había desviado el cuello ni un milímetro.

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