Mes: julio 2012

CRAZYWORLD VI /AUDIOLIBRO


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EL DOCTOR SUN /CONTINUACIÓN

-¿Y bien?

-Nada, doctor. No se encontró nada.

-Bien. Pregunte qué ha ocurrido con el vehículo del joven. Que lo remolque una grúa hasta aquí y que un agente de seguridad lo revise a fondo.

-¿Vuelvo a llamarle, doctor?

-No, no me interrumpa. No es urgente. Luego me dirá lo que sea.

-Bien, doctor.

El peludo Sun continuaba escribiendo. Me miraba y escribía, me miraba y escribía…  y así sucesivamente.

-Creo que lo mejor será hipnotizarle, a ver si guarda algo de interés en el subconsciente.

-Preferiría que no, doctor.

-¿Le da miedo la hipnosis?

-Ahora me da miedo todo. Si no le importa, antes debería hacerme hablar un rato, tal vez mañana o pasado mañana recuerde lo suficiente para que la hipnosis no sea necesaria.

-Como quiera.

El Dr. Sun acabó de escribir en la historia clínica. Supuse que había anotado mis datos físicos a ojo. La verdad, la altura, el color de mis ojos… Se puso en pie y comenzó a pasear frente al diván. Llegaba a la pared, regresaba, caminaba hasta la otra pared… y así sucesivamente.

-Le someteré a una batería de test. Antes me interesa saber lo que recuerda y lo que no… ¿Qué recuerda del accidente?

-Poco, doctor. Cuando desperté el vehículo tenía forma de acordeón y estaba empotrado en un árbol.

-¿Cuándo despertó?

-No sé si estaba dormido, inconsciente o borracho.

Sun, el peludo Sun, regresó a la mesa y echó una ojeada a un documento.

-No, borracho no. El análisis de sangre nos revela que no existía un gramo de alcohol en su cuerpo. También dice que estaba en ayunas.

-No puedo decirle nada al respecto. No recuerdo absolutamente nada anterior al accidente.-

-Bien.

El doctor regreso a la mesa y echó otro vistazo al documento anterior. Aquel hombre no podría estarse quieto ni un solo momento.

-Lo encontraron desmayado frente a la verja. Antes pudo oprimir el timbre. ¿Recuerda algo de lo sucedido en el quirófano? Cualquier imagen puede ser reveladora.

-Solo el rostro agraciado de una mujer. Me vino a la cabeza la imagen de una vampira.

-Kathy.-

-Sí, luego me dijeron su nombre.

-Dolores.

-¿Cómo dice?

-Digo que se lo dijo Dolores.

-¿Cómo lo sabe?

-Pura deducción lógica. Aquí todo lo dice Dolores… ¿Algún sueño de esa noche?

-Ninguno. Dormí como un ceporro.

-No me extrañaría. Le dieron algo muy fuerte para dormir. Bien, ya veo que es inútil. Le haré ahora la batería de test. Responda sin titubear. No se lo piense. Es la única forma de asociar su respuesta con algo.

-De acuerdo, doctor.

Sun revolvió entre sus papeles, me miro y preguntó:

-¿Mujer?

-Kathy.

-Ya veo que ha cedido a sus encantos. A todos nos pasa al principio, luego huimos de esos encantos.

-¿Qué quiere decir?

-Nada. Ya lo comprenderá usted mismo.

-¿Muerte?

-Me libré.

-¿Qué quiere decir?

-Me libré de la muerte, no se me ocurre otra cosa.

-¿Coche?

-Acordeón.

-¿Carretera?

-Noche.

Así continuó durante una media hora. Luego se levantó y me puso unos cartelones con manchas de tinta delante de los ojos.

-¿Qué ve aquí?

Se lo dije. Finalmente me hizo un test muy raro.

-Es de mi invención. Lo diseñé para casos de amnesia, aunque sirve muy bien para otras patologías.

Consistía en imaginar una personalidad ficticia para mí y desarrollarla hasta el límite. Sin saber por qué me imaginé como un vampiro que clavaba sus colmillos en el cuello de Kathy.

-¡Mala suerte que ella estuviera de guardia esa noche! Durante días su mente lo distorsionará todo.

-¿Tan peligrosa es?

-¡Ya lo verá, ya…! Sigamos con el test. Dígame qué imagen asocia a esta palabra… Padres.

-Riqueza, mucha riqueza. Me pasan una pensión muy importante. Vivo del cuento.

-Me temo que esa imagen es más un deseo que una realidad. Dígame una ciudad cualquiera. La primera que le venga a la mente.

-¡París!

-¿Por qué París? Está lejos, ¿cree que ha vivido allí?

-Ni idea. Me gusta esa ciudad. Ignoro la razón.

-¿Sabe alguna palabra en francés?

-Je t’aime, mon amour.

-Reincide en una vieja obsesión. Si digo sexo, usted dice…

-Mujer, mujeres, cuerpos desnudos, placer, infinito placer, orgasmo… Lo mejor de la vida.

-Vaya. No parece usted un joven virgen, ingenuo y romántico. Describa me a una mujer cualquiera que le venga a la mente. Que no sea Kathy, por supuesto.

-Bueno. Intentaré no acordarme de Kathy. Rubia.

-Kathy es rubia…

-Lo siento es lo primero que me viene la mente. Vamos a ver. La rubia, alta…

-Kathy es alta.

-Lo siento, doctor, me temo que mi mente está contaminada.

-Ya se elevó dice. Mire. Creo que hoy es inútil continuar. Le voy a dar una libreta y un bolígrafo. Escriba a lo largo del día  las imágenes que le vengan a la cabeza, asociadas a palabras, busqué en las más inocuas y menos emotivas.

El doctor Sun me tendió una pequeña libreta y un bolígrafo barato. Estaba de muy mal humor, como si yo hubiera puesto poco de mi parte, como si me hubiera negado a colaborar. Se inclinó hacia delante en su sillón y oprimió el botón del intercomunicador con su secretaria.

-Lucy, ¿han traído el coche de este joven?

-Aún no, doctor.

-De las órdenes oportunas hipp tráiganme todo lo que encuentren en el vehículo, equipaje en documentos… Hasta las cáscaras de pipas, si las hubiere. Diga al servicio de seguridad que rastree la zona, por sí lograran encontrar algo, cualquier cosa…¡Ah! Y que rastreen la matrícula en los ordenadores. Mañana a primera hora quiero todo sobre mi mesa.

-Bien, doctor, ¿algo más?

-Dígale a Albert que ya puede llevarse al paciente.

-Ok, doctor. Le recuerdo que está pendiente  su entrevista con nuestro director.

-Gracias, Lucy, es usted un encanto.

-Usted sí que es un encanto, doctor. ¿Para cuándo la cena que me ha prometido?

-Está bien. Busque un hueco en mi agenda.

-Lo, haré, doctor. No se librará de mí.

La puerta se abrió y entró Albert, con tan mala cara como una hora antes.

-Llévese a este joven idiota, y traígamelo mañana a la misma hora.-

-Claro doctor.

Albert se dirigió  al diván donde yo permanecía tendido y muy cómodo, por cierto. Me tomó en brazos y me dejó caer sobre la silla de ruedas sin consideración alguna.

-Hasta mañana, doctor.-

Chao, Albert y procure no descuartizarme al joven antes de tiempo. Lo quiero entero.

-Sus deseos son órdenes, amado doctor.

-No sea pelota, Albert. Sabe que me repugna ese tipo de conducta.

Albert pateó la silla para descargar su mal humor. Me empujó hacia la puerta de salida, la abrió y volvió a patear la silla. Atravesé la puerta como un cohete y me incrusté  contra la pared de enfrente. Una mano amiga evitó que acabara por los suelos. Así conocí a Jimmy “El Pecas”.

CRAZYWORLD V (AUDIOLIBRO)


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EL DOCTOR SUN

Dolores continuó contándome chismorreos sobre aquella clínica del demonio. Algunos eran más bien secretos o misterios, sin duda muy importantes, pero a los que no hice demasiado caso, muy ocupado en rematar el desayuno. Aún ignoraba que un tal Jimmy, “El Pecas”, tomaría el relevo de Dolores y me desvelaría con pelos y señales qué me esperaba de ahora en adelante.

Dolores recogió la bandeja, la colocó en el carrito y se acercó a darme un beso maternal, que yo agradecí como un pollito angustiado agradecería a su mamá clueca que le librará del miedo a ser comido por el habitual zorro, depredador de gallineros. En ese momento entró de nuevo Albert, como un ciclón.

-El doctor Sun me ha ordenado que lo lleve inmediatamente a su consulta.

A Dolores, inclinada sobre mi frente, con sus castos y enormes pechos reposando en mi nariz, no le hizo demasiada gracia la interrupción.

-Usted es idiota, Albert, y en su casa aún no lo saben.

Se irguió en toda su majestuosidad frente al matón de gesto agrio (tal vez se desayunaba con zumo de limón puro) y a punto estuvo de sacarlo del cuarto a sopapos. Pero se lo pensó mejor (tal vez el hecho de que yo hubiera terminado mi desayuno ayudó bastante) y acató las órdenes del gran jefazo, no sin antes poner las cosas en su sitio.

-Dígale al doctor que no consentiré que se lleve a mis pacientes sin desayunar. Que sea la última vez.

-Eso se lo explica usted misma al doctor.

-Lo haré. ¡Vaya si lo haré! Y por lo que a usted se refiere quiero que me trate a este joven como si fuera mi hijo o caso contrario me rendirá cuentas.

Albert calló, por la cuenta que le traía y Dolores salió con el carrito, muy tiesa, y muy oronda. Las jambas de las puertas se apartaron unos centímetros, temerosas y recatadas.

Aquel mamón, matón y de leche agria, en cuanto mi benefactora desapareció de su vista, perdió los pocos escrúpulos que le quedaban. Sin presentarse, como es de buena educación, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, como es de gente, buena o mala, temerosa del destino, me tomó en sus brazos, sin ninguna consideración y se disponía a dejarme caer sobre una silla de ruedas, que había de traído de su mano, sin darle la menor importancia, cuando yo grité, primero, y después anuncié que no estaba dispuesto a presentarme en la consulta de un eminente doctor en pijama.

Albert me dejó caer sobre el lecho, que rechinó sobre sus goznes, y se dirigió, hecho un basilisco, al armario empotrado. Allí revolvió hasta sacar unos vaqueros con las rodilleras rotas y una camisa vaquera a rayas rojas y azules, realmente repugnante. Me calzó unas sandalias, tipo “pescador de hombres”,  y tras haberme arrancado el pijama a mordiscos y colocado de cualquier manera la ropa, me volvió a tomar en brazos e hizo como que mi peso le obligaba soltarme bruscamente. ¡Embustero, trapacero, hijo de p…! La silla crujió, las ruedas se desinflaron y mi cuerpo protestó como un millonario al botones de un hotel de seis estrellas.

Todo fue inútil, porque aquel maldito matón emprendió una loca carrera. La puerta no se expandió, como en el caso de Dolores, y mis rodillas tropezaron con las jambas, primero con una y luego con otra. Mientras Albert conducía la silla por el pasillo, como si fuera un bólido de fórmula uno, me restregué mis rótulas y busqué roturas en huesos y músculos. No sufría daño alguno y observé curioso cómo la ropa se ajustaba a mi cuerpo, como si fuera de mi talla, o más bien como si hubiera sido hecha a  medida. Anoté el dato para preguntarle a Dolores en la próxima ocasión.

Me habían adjudicado un cuarto en la quinta planta, la misma donde estaba situado el despacho del famoso doctor Sun. Eso me permitió librarme de la entrada en el ascensor. El grosero, estúpido y malnacido hijo de perra (me estoy refiriendo a Albert) llamó suavemente, casi diría que con dulzura, a la puerta, con sus nudillos de boxeador retirado. De haber empleado esa misma dulzura conmigo ahora nos estaríamos besando como apasionados amantes que acabaran de conocerse.

Una voz baja y varonil le invitó a pasar. La imagen que me hice del doctor Sun antes de atravesar la puerta fue más o menos ésta: fornido, ancho de hombros, alto, perilla a lo Freud, traje oscuro, estetoscopio colgado de su cuello…

Lo que vi fue esto otro: Un hombre tan canijo que su cabeza apenas sobresalía de la mesa de su despacho; tan morenazo que parecía negro; tan peludo que se le hubiera podido considerar como hijo del “hombre lobo”; tan serio que parecía Edipo tras sacarse los ojos, luego de haberse enterado que la tía buena con la que se acababa de acostar era su madre y el marido de la tía buena, su padre, y la jovencita con la que pensaba acostarse su hermana y…

-Buenos días, doctor Sun.

Aquel malnacido, era un redomado pelota. Suele pasar que bestias pardas como aquel matón se achantan y besan el culo de un superior que inclina el dedo pulgar hacia abajo, con los antiguos césares.

-Buenos días, Albert. Coloque al paciente en el diván y luego puede irse.

Albert me tomó en sus brazos, con  el mimo con el que un reciente esposo lleva a la esposa al lecho nupcial, y una vez en la perpendicular del diván, sin ningún remilgo, ni vergüenza, ni complejo, ni sentimiento de padecer una patología insana, me soltó sin avisar. Reboté, literalmente hablando, pero antes de tocar el suelo, el malnacido me empujó ligeramente con una mano y allí quedé, encajado casi de cualquier manera, en el amplio diván del doctor Sun. Este hombrecillo peludo hizo como que no hubiera visto nada, a pesar de que estaba observándome con los ojillos negros muy abiertos. Tomé buena nota y decidí odiarlo, aún antes de saber por qué razón o razones.

-Ya puedes irte, Albert. Regresa a por el paciente dentro de una hora.

-No me olvidaré, doctor.

-¡Maldito pelota, hijo de perra del averno! ¡ Así se rompiera la crisma por las escaleras!

Albert cerró la puerta con suavidad. Deseé ser una puerta.

-Bien. Póngase cómodo. Necesito que me de algunos datos para su historia clínica.

No hubiera necesitado el permiso del Dr. Sun para buscar mejor posición. Albert me había dejado en una posición realmente incómoda. Busqué acomodo en el diván y apenas lo hube encontrado cerré los ojos y me dispuse a dormir una buena siesta. Pero el Doctor no me lo permitió.

-¿Me ha oído?

La implacable voz de barítono del Dr. Sun hubiera seguido  incordiándome  el resto de la sesión, así que decidí contestar.

-No recuerdo nada.

-Bien. Ya suponía que era fácil que usted sufriera una amnesia  post traumática. ¿No recuerda nada, nada de nada?

-Nada, doctor.

-Bien.

El Dr. Sun se sentó tras su mesa de despacho. Abrió un cajón, sacó un folio y se puso a escribir sin parar, con una pluma estilográfica, que relucía, tal vez era de oro.

Se trataba de un hombres bajito –sus pies no llegaban al suelo, según  pude observar por el hueco, bajo la mesa-y tan peludo que bien hubiera podido interpretar el papel de hombre lobo en una película, sin necesidad de maquillarse.

Moreno por naturaleza, cabeza grande y cuerpo enjuto, dientes amarillos, boca pequeña y mandíbula firme. Me pregunté si entre el personal de Crazyworld habría psiquiatras femeninos, y sí podría cambiar de Doctor, sólo con pedirlo.

-¿Conserva su cartera? Tal vez con su carnet de conducir tengamos bastante… De momento.

-Lo siento Doctor. No he visto  mi ropa en el cuarto.

-Me enteraré.

El Doctor activó el interfono.

-Señorita Lucy, ¿puede venir  un momento?

Por una puerta lateral, que sin duda comunicaba con el despacho de su secretaría, se introdujo una mujer joven, bajita, taconeando en morse.

-Lucy. ¿Puedes enterarte de lo que ha sido de la ropa de este joven?

-Sí, doctor. Era una vocecita  remilgada, como el pedito  del anfitrión en un cóctel. Salió, cerrando la puerta tras de sí. Al cabo de un minuto, que el doctor Sun empleó en observarme con interés, la misma vocecita de antes sonó muy intensificada por el interfono.-

-Doctor. Lo tiraron todo a la basura. La ropa estaba inservible, rota y manchada de sangre. Nadie sabe nada de la cartera.

-¿No se encontró alguna documentación?

-Me interesé por ello, doctor. Supuse que me lo preguntaría.

El Dr. Sun golpeó con sus dedos peludos el interfono, como diciendo: ¡buena chica, buena chica! En realidad se trataba de otra maldita pelota, con voz de pedito. Comprendí que mi malhumor nacía del trato recibido de Albert. Tal vez en otra ocasión descubriera encantos escondidos en el cuerpecito o de Lucy.

CRAZYWORLD IV (AUDIOLIBRO)


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DOLORES

 

 

 

 

Una mujer, tan gruesa que la puerta se aparta un poco para dejarla pasar, se introduce en la habitación, con la fuerza de un tornado. Empuja un carrito metálico, que en sus grandes manos, parece un cochecito de bebé. Está repleto de bandejas que tintinean como campanitas de fiesta. Todas son redondas y ocultan alimentos bajo campanas metálicas que relucen como los chorros del oro. Ni en los hoteles más lujosos se sirven desayunos tan pantagruélicos, ni siquiera en la suite presidencial.

Cómo puedo recordar este detalle, cuando ni siquiera soy capaz de pronunciar mi nombre… Es un misterio.

-Hola, amigo. Me llamo Dolores, para servir a Dios y a usted, como decía mi abuela. ¿Puedo preguntarle su nombre?

-Puede, aunque siento mucho no poder contestar. Ni siquiera lo recuerdo.

-No se preocupe. Los golpes en la cabeza tienen estos efectos.

-¿Cómo sabe que me golpeé la cabeza?

-Dolores conoce todo lo que sucede en Crazyworld. No hay nada que se le escape. Anoche sufrió un accidente en su coche y los vigilantes de seguridad le encontraron desmayado a la puerta.

Extendió un mantel sobre mi pecho, tras doblar la almohada y acomodarse. Puso en mi regazo una bandeja con patas y destapó un par de platos que olían tan bien que alimentaba con solo bajar la nariz.

-Riñones al jerez y salchichas con huevos a la plancha. Imagino que tendrá usted mucho apetito, amiguito.

Antes de que pudiera responder lo hicieron mis tripas, emitiendo un gluglú muy aparatoso.

-Hágalas caso, amiguito, y no se preocupe por la cuenta, que esto es gratis.

-Me alegro que haya sacado el tema. ¿Han encontrado mi cartera o alguna tarjeta de crédito?

-Aún no. Eso ayudaría. No a pagar la cuenta –que el doctor Sun ya ha dado órdenes de que se le trate como a su invitado- sino a identificarlo.

-¿Quién es el doctor Sun?

-El director médico de Crazyworld. Si él no puede curarle, créame cuando le digo que nadie lo hará. ¿Quién le atendió anoche?

-¿No me dijo que lo sabía todo?

-Pero antes hay que preguntar.

-Pues solo recuerdo a una enfermera muy rara, que me miraba como si me fuera a clavar los colmillos. Se relamía cada poco. Me sentí un bomboncito en su boca.

-Kathy. Esa es Kathy. Ni siquiera es enfermera. El doctor Sun la obliga a trabajar, como terapia… Pero vaya comiendo, buen hombre, que yo mientras tanto le pondré al corriente de los secretos de Crazyworld. ¿Quiere un vaso de zumo para bajar la comida? ¿Sí? Pues como le decía Kathy es una paciente. La pobrecilla es ninfómana o adicta al sexo, como se dice ahora. No puede ver un pantalón sin tirarse a él, aunque lo lleve una mujer. Le gustan sobre todos los nuevos, si son jóvenes y guapos, como es el caso, mucho mejor… Tenga cuidado con ella, porque hasta a mí un joven tan guapo como usted me hace tilín entre los pechos. Se relamía porque estaba imaginando lo que hará con usted, amiguito. Pero no se preocupe, porque la jefa de enfermería, la señorita Ruth, ya ha ordenado que cierren su habitación por las noches y un celador vigilará la puerta para que ella no pueda colarse.

 

Dejé de comer riñones, muy sabrosos, para hacer una pregunta mientras imaginaba qué podría estar haciendo mi sex-appeal entre sus enormes pechos.

-¿Y quién le dio vela en este entierro a esa señorita Ruth?

-No se deje guiar por sus instintos, amiguito, o Kathy se lo merendará en dos bocados. Hágame caso. Sé lo que me digo. Más altas torres han sido exprimidas por sus colmillos de vampira. En cuanto a la señorita Ruth, se trata de una mujer mayor, delgada como un palo, plana como una tabla de planchar y tan desagradable como una serpiente de cascabel. Pero sabe lo que se hace…

Di buena cuenta de los últimos riñones y me pasé a las salchichas con huevos a la plancha. Mientras Dolores continuó poniéndome al día de los secretos de Crazyworld. Aquella mujer hablaba más que un locutor de radio retransmitiendo un acontecimiento que no termina de echar a andar.

-Aquí estará bien, amiguito. Dolores lo cuidará como al hijo que nunca tuvo. Aunque no me vendría mal que eligiera un nombre provisional. Me siento como una tonta, hablando sin parar y sin poder dirigirme a usted por su nombre.

No le hice caso. Acabé las salchichas y los huevos. Dolores me sirvió una taza de café que olía como el elixir de la eterna juventud. Me untó las tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. Antes de llegar a clavarle el diente a la primera, se abrió la puerta y un armario malencarado, vestido de blanco, se dirigió a ella con muy malos modos.

-El doctor Sun le está esperando.

-Dígale al doctor, Albert, que no pondré a mi protegido en sus garras con el estómago vacío. ¡Vaya a decírselo! No se quede ahí, como un pasmarote.

La puerta se cerró tras Albert. Mordí la tostada y Dolores volvió a lo suyo.

 

 

CRAZYWORLD III (AUDIOLIBRO)


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III

 

UNA CLÍNICA DE LOCOS

 

Peleaba con un extraño monstruo que pretendía clavarme los colmillos en el cuello. ¡Menos mal que me desperté!  Me encontraba en una amplia habitación, muy lujosa, muy bien decorada, vamos, como si no fuera un hospital.  La luz del día penetraba por las rendijas de la persiana. Me toqué la cara. Estaba vendada. Me toqué las piernas. Supe que no me las habían cortado. Pasé mi mano por la bragueta del pijama… todo seguía en su sitio.

 

De pronto la puerta se abrió y entró una enfermera. Era distinta a la de la noche. No estaba nada mal, cierto, pero mi enfermera de noche estaba mucho mejor. Aquella era guapa pero la otra estaba como mi deportivo antes de transformarse en un acordeón.

Con la lucidez de la mañana deduje que o bien el coche era de mi propiedad, con lo que podía dar por seguro que era un ricachón o bien lo había robado y en ese caso era un ladrón nada, nada tonto. Prefería la primera alternativa. Aunque continuaba sin poder recordar ni siquiera mi nombre.

-Me llamo Alice. Y seré su enfermera de mañanas. ¿Cómo se encuentra?

-Creo que bien.

-¿Solo lo cree?

-Bueno, ahora que está usted aquí, estoy bastante seguro.

-Jaja. Esa es buena señal. Llamaré a Dolores para que le traiga el desayuno. ¿Tiene apetito?

-¡Ya lo creo! Debo haberme pasado veinticuatro horas sin probar bocado.

-No se preocupe. Aquí alimentamos bien a nuestros pacientes.

Y salió del cuarto. No sin antes dirigirme una sonrisa, realmente seductora.

CRAZYWORLD II (AUDIOLIBROS)


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II

UNA ENFERMERA MUY EXTRAÑA

Abrí los ojos y pude ver frente a mí un bello y joven rostro de mujer.

-¡Vaya! ¡Vaya! Nuestro jovencito vuelve a la vida.

-¿Dónde estoy?

-En Crazyworld, por supuesto. Le hemos reparado algunos costurones en el rostro, en la espalda y en la piernas. Nada grave, se lo aseguro. Quedará tan guapo como siempre.

-Quiero ver al doctor.

-Lo siento. Se ha ido a dormir. No le ha gustado nada que le despertaran en plena noche. Tiene usted suerte de que no lo dejara desangrarse.

-¿Cuánto tiempo permaneceré aquí?

-El doctor dice que los golpes en la cabeza son impredecibles. Tendrá que pasarse una temporadita con nosotros. No tenga miedo. Lo trataremos muy bien.

La enfermera –ahora podía darme cuenta de que llevaba uniforme, tras observar detenidamente su cuerpo- se relamió los labios, en un gesto que no me pareció precisamente muy normal.

-¿Qué piensan hacer conmigo?

-Ahora está en el quirófano. Lo llevaremos a una habitación. No sin que antes le ponga una inyección calmante a mi niño guapo. Necesita dormir y descansar. Mañana dejaremos que coma todo lo que quiera.

La enfermera sonrió, enseñándome sus afilados dientes, y me clavó la jeringa antes de que pudiera darme cuenta. Quise decir algo, pero la vista se me fue nublando, hasta acabar en una oscuridad absoluta.

CRAZYWORLD I (AUDIOLIBROS)


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NOTA: Este es el primer capítulo de mi novela humorística Crazyworld, la historia más delirante jamás contada. Grabada por el propio autor que intenta imitar las voces de sus personajes, aunque no lo consigue. Este es el texto del primer capítulo para que puedan seguir el audiolibro si les apetece.

CRAZYWORLD

I

LA LLEGADA

Desperté, o más bien volví en mí, en plena noche. Me encontraba atrapado entre los hierros de un coche, que supuse mío. Aunque más bien debería decir que se trataba de un acordeón sin techo –era un deportivo descapotable-  directamente empotrado en el grueso tronco de un árbol.

No recordaba nada. Deduje que yo era el conductor, que me gustaba correr y que el accidente era estadísticamente muy probable. Pero lo que realmente urgía era salir de allí. Di una orden a las piernas y estas se movieron –menos mal- utilicé brazos y dientes para desprenderme del airbag y culebrear hasta que terminé en el suelo, primero la cabeza y  luego la espalda.

A pesar del terrible vacío que notaba en el interior de mi cráneo, una tímida lucecita se encendió en mi cabeza. Lo importante era alejarme del vehículo accidentado, porque éste podía explotar, aunque si no lo había hecho ya, era posible que no lo hiciera en el futuro.  ¡A ver quién es el guapo que se juega su vida a una suposición!

Me arrastré como pude por el suelo mullido del bosque hasta llegar a una distancia prudencial. Allí me senté, apoyándome en el tronco de un árbol y recapitulé lo ocurrido. Seguía sin recordar nada. Estaba vivo. Cierto, ¿pero estaba bien? Me dolía todo el cuerpo. La cabeza era una pelota de baseball golpeada una y otra vez por el bate. Por el rostro se deslizaba una sustancia viscosa y repugnante. La palma de mi mano derecha tocó la piel con cuidado. A la escasa luz de los faros del coche, que aún seguían encendidos, pude comprobar que era sangre. Para cerciorarme más pasé la lengua. Desde luego no era gasolina.

Así pues urgía encontrar ayuda. Me levanté haciendo un esfuerzo ímprobo y seguí la carretera, pensando que al menos pasaría alguien, de vez en cuando… No pasó nadie. A mi derecha pude ver un letrero mohoso que decía: “Crazyworld”.  Un camino de tierra supuestamente conducía al mundo loco que esperaba fuese mi salvación.

Al fondo, entre los árboles, titilaba una lucecita lejana. Cada vez me encontraba más débil y la masa viscosa no dejaba de moverse lentamente por mi cara. Tambaleándome me moví en aquella dirección… No sé cuánto tiempo transcurrió, ni si me desmayé en algún momento. Finalmente llegué a un muro de piedra, con una verja metálica. Estaba cerrada. Me así a ella y respiré anhelosamente.  A mi derecha pude ver una luz roja parpadeando. Tardé en darme cuenta de que se trataba de un timbre. Puse mi dedo en él y esperé…y esperé… hasta que caí redondo al suelo