RECUERDO


RECUERDO

 

Cuando el terapeuta me sugirió la hipnosis, como el último cartucho que restaba por disparar en aquel largo psicoanálisis, me negué en redondo. Siento pánico a no controlar mis pensamientos y emociones. Con voz fría, distante, tal vez para evitar la transferencia con el paciente, razonó su propuesta. Me encogí de hombros y le dije que me lo pensaría, solo para librarme de él.

En la siguiente sesión, una semana después, ante su insistencia, acepté. El que algo quiere, algo le cuesta, como dice la sabiduría popular y ya estaba harto de aquel largo camino que no me había llevado a parte alguna. No supe que estaba bajo hipnosis hasta que el terapeuta me pidió que moviera un brazo, no fui capaz. A continuación me pidió que regresara a la infancia y buscara un recuerdo, uno solo, el primero que acudiera a mi mente.

No sé por qué me vino a la memoria un recuerdo que llevaba ocultándome durante años. ¿Qué edad tendría? ¿Siete, ocho años? Vivíamos en un pueblo de montaña, una cuenca minera. Aquella tarde regresé a casa para merendar el típico chocolate terroso y un trozo de pan. No estaba mi madre. Eso me escamó, porque mi madre estaba siempre en casa. Le pregunté a mi padre y él me tomó el pelo. Ha ido a la peluquería, dijo. No me lo creí. Mi madre nunca iba a la peluquería.

Yo era un niño muy sensible, demasiado, ahora sé que ya entonces incubaba numerosas patologías en mi psiquis. ¿Por qué me vino aquella idea a la cabeza? No respondí. Comencé a buscar por toda la casa, en el servicio, en el salón, bajo las camas, en la despensa… Mi padre me seguía, riéndose de mí, y preguntándome si pensaba que a mi madre le gustaba jugar al escondite. Apreté mis puñitos, cerré la boca hasta hacerme daño y continué buscando. Por fin acepté la evidencia. Salí corriendo, sin tomar la merienda.

No paré de correr hasta llegar al cementerio del pueblo. Estaba cerrado, así que me senté en el suelo de tierra y con un palo comencé a dibujar una tumba en el cementerio. Allí enterrarían a mi madre. Mi padre la había matado en uno de sus arrebatos de cólera, por eso no estaba en casa. ¿Dónde la había ocultado? No lo sabía, pero nada hay imposible para la fantasía de un niño. Seguramente la habría descuartizado y ocultado sus restos en una bolsa. Luego habría limpiado la sangre. Por eso no pude ver ni una sola huella, a pesar de mi meticuloso examen.

Era inevitable que algo así acabara por ocurrir. Mi madre tenía una lengua viperina, nunca se callaba, era capaz de hacer perder el control hasta al santo Job. Mi padre tenía un “pronto” imposible, montaba en cólera y entonces hubiera sido capaz de cualquier cosa. Yo escapaba de casa cuando se montaba la bronca y no regresaba hasta pasadas unas cuantas horas, cuando pensaba que todo se había calmado. Una mañana, al levantarme, pude ver cómo mi madre llevaba gafas oscuras. ¿De dónde las había sacado? A pesar de su discreción, y en un descuido, pude observar su ojo morado.

Seguro que estaba muerta. Me había quedado sin madre. Continué dibujando con el palo un rectángulo pequeñito dentro de aquel gran rectángulo. Una tumba en un cementerio. Lloré, hipando, hasta sufrir el ataque. Años más tarde me diagnosticarían asma, causada por alergia a un montón de cosas. Jamás niño alguno vivió una tragedia más profunda y terrible.

Al caer la tarde regresé a casa, conocedor de que si no lo hacía, mi padre saldría a buscarme. Me llevé una increíble sorpresa. Mi madre estaba en casa, viva, y con la permanente. Estaba muy guapa.

Seguía bajo hipnosis. Me encontraba muy mal. No podía respirar. El terapeuta contó hasta tres para despertarme. Pero yo seguía sin poder respirar. Asustado llamó a una ambulancia. Me llevaron al hospital. Me pusieron oxígeno y me diagnosticaron un ataque asmático. Hacía más de treinta años que no había vuelto a sufrir los ataques que hicieron de mi juventud una especie de infernal Montaña mágica.

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