Reencuentro con una rubia


 

 

REENCUENTRO CON UNA RUBIA

Corría el año 1979, en plena transición, una época convulsa y compleja. Yo vivía por entonces en Madrid y trabajaba en la zona de Atocha. Y fue allí cerca, creo recordar que acababa de salir del metro Delicias, cuando una dulce voz de mujer me llamó por mi nombre o al menos estaba llamando a otro a quien habían bautizado con mi mismo nombre.

Como suele suceder en estos casos, vuelves la cabeza en un impulso irresistible. Si no soy yo a quien llama puede que se haya confundido y tal vez ella esté buena y tengamos un plan, etc etc La imaginación es como es y la mía siempre fue muy poderosa.

Desde luego la mujer estaba muy buena, y era rubia, y tenía una voz dulce y … lo que es mucho mejor, se estaba dirigiendo a mí y no a otro. Tardé unos segundos en reconocerla y situarla en el tiempo y el espacio. Era Maite. Tal vez hubieran transcurrido dos años desde nuestro último encuentro. No me costó mucho revivir aquel día. Acababa de llegar a Madrid para tomar posesión de mi puesto de funcionario, conseguido en una dura oposición. No pude dejar la maleta en la consigna de Chamartín porque ETA acaba de poner una bomba, no me pilló de milagro. Así que la arrastré hasta una cabina telefónica y llamé a Maite. Aquella tarde-noche no podíamos vernos, pero me citó para el próximo sábado.

A mis veintiún años yo apenas acababa de salir del cascarón. Tres años antes dejé mi vocación religiosa (iba para cura)y me estaba enfrentando al mundo, el demonio y la carne como un pollito descascarillado. La angustia de la soledad me impulsó a escribir una sobria carta a la revista “Diez Minutos”. Recibí casi mil respuestas. Maite fue una de ellas. Tal vez la pusiera entre mis favoritas porque acompañaba una foto.

Cuando abrió la puerta de su apartamento me dije que en persona aún estaba más buena que en la foto. Me invitó a pasar. Había preparado una comida rápida, aunque muy sabrosa, ensaladilla rusa y filetes con patatas y pimientos. Antes de comer me enseñó su hogar, un pequeño apartamento con dos habitaciones y la cocina y el salón unidos. Nos sentamos en un sofá y nos pusimos a charlar como dos viejos amigos. Yo no dejaba de fantasear con la posibilidad de que me invitara a quedarme a dormir. A veces no podía evitar ponerme colorado al mirarla.

Comimos sin dejar de hablar de esto y aquello. Un café nos ayudó a seguir con la cháchara. Antes de que nos hubiéramos dado cuenta ya había oscurecido. Me invitó a pasar allí la noche. No importaba que no hubiera traído pijama ni cepillo de dientes. Ella era la amante o la pareja de hecho, como se diría ahora, de un hombre casado, de buen pasar gracias a algunos negocios. El casado tenía hijos con su mujer y dos hijos con ella. Me dijo que la relación no iba bien y que podían romper en cualquier momento. El apartamento no era suyo. Su futuro estaba en el aire y no parecía importarle demasiado.

Nos dimos un beso de buenas noches y cada cual se fue a su habitación. Yo permanecí en la cama, embutido en el pijama de su amante, llamándome idiota y forzándome a llamar a su puerta y decirle que me sentía solo y deseaba dormir con ella. Algo me lo impidió. Ya estaba metido en el budismo gracias a un libro leído unos meses antes, Fundamentos de la mística tibetana del lama Anagorika Govinda. Cada decisión que tomamos en la vida es como elegir un camino en una encrucijada. Algo me decía que acostarme con la rubia sería un error. Por eso permanecí con la luz encendida, leyendo uno de los libros de su biblioteca.

Fue ella quien llamó a mi puerta. Me dijo que le dolía la espalda y si podía darle un masaje. Se tumbó de espaldas en su cama. Bajé su diminuta y trasparente “negligé” y me puse a masajear su espalda como una fiera. Entonces aún no sabía lo que era masaje “shiatsu”, pero creo que lo hice tan bien como si fuera un experto. Mientras acariciaba su espalda mi mano se deslizó a sus nalgas. Ella se dejó hacer, ronroneando. Luego bruscamente se volvió y pude ver sus braguitas. Me miró con ojos brillantes mientras yo acariciaba sus muslos y notaba una violenta tumescencia bajo mis calzoncillos.

Todo parecía dispuesto para una loca noche de placer, pero ella no me invitó a seguir y yo, tímido y dubitativo, no acabé dando el paso definitivo. El masaje terminó y cada mochuelo a su olivo. Nos seguimos viendo durante meses, conocí a su madre, inválida en una silla de ruedas, famosa bailarina de ballet en sus tiempos jóvenes. No llegué a ver a sus hijos porque estaban internos en un colegio. Me internaron una larga temporada en un psiquiátrico por una terrible depresión. Ya no había vuelto a verla.

Aquella mañana nos habíamos encontrado en una acera madrileña, la casualidad o el destino quiso que fuera así. Me presentó a su acompañante, un osote enorme y con cara de bonachón. Era su pareja actual. Ella trabajaba en una barra americana. Escribió las señas en un papel y me las dio.
Mientras me alejaba sin volver la cabeza, como una fiera hambrienta de sexo, no dejé de llamarme idiota hasta cansarme. La imaginé tras aquella barra, dejando que los clientes la invitaran a copas e inclinando el busto hacia delante al servirlas, para que aquellas fieras, tan hambrientas de sexo como yo, pudieran ver sus hermosos pechos rebosantes del atrevido escote. Estaba seguro de que por un precio aceptable ella se dejaría invitar a sus lechos.

Con el tiempo Milarepa me enseñaría que cada decisión que tomamos en nuestras vidas nos trasporta hacia horizontes diferentes. Toda decisión, incluso las buenas, son piedras en nuestra mochila kármica. Las malas pesan más, pero hasta las buenas están ahí, impidiéndonos la ascensión a la montaña. Entonces me llamé idiota por no haber aceptado su cuerpo. Pienso que tal vez aquella decisión me hubiera lanzado a otro camino diferente, donde no estarían mi mujer y mi hija, donde todo sería distinto.

Este breve episodio se convirtió en un largo relato dentro de mi serie “Algunas historias sórdidas”. Nunca fui capaz de escribir algo sobre lo que debió de ser el futuro de esta rubia con mala estrella… tal vez porque tema acertar. No la visité en la barra americana y no he vuelto a tener noticias suyas. ¿Qué ha sido de su vida?

Hoy, al tiempo que reflexiono sobre la inextricable cadena que conforman las decisiones humanas, una tras otra, durante días y días, creando una invisible tela de araña que nos lleva hacia el futuro, creo que por fin he asimilado las enseñanzas de Milarepa. Me siento bien cuando pienso en el sabio consejo de Don Juan a Castaneda.

“Un guerrero impecable hace lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo y espera que las fuerzas poderosas que rigen el universo y que él no puede controlar, le sean favorables”.

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