Un regalo por San Valentín (Relato)


UN REGALO POR SAN VALENTÍN

 

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Se estaba acercando el día de San Valentín y aún no había decidido si celebrarlo… de cualquier manera o hacerse el desmemoriado y ver qué pasaba. El San Valentín pasado era para él un recuerdo muy amargo. Compró una rosa roja en una floristería y la acompañó con un sobre en el que había dibujado dos corazoncitos atravesados por una flecha. En su interior un breve poema manuscrito que le había hecho sudar tinta. Entregó el regalo a su esposa al llegar a casa, ella le tiró la rosa a la cara, sin contemplaciones y luego abrió el sobre con sonrisa sardónica, leyó un par de versos y lo rompió en mil pedazos diciendo: Esto es una mierda.

No debió haberse ofendido tanto, al fin y al cabo el día anterior habían tenido una sonada bronca. El que ella reaccionara así, era comprensible. Pero le dolió, y mucho. Sin abrir la boca salió de casa dando un portazo. Subió al coche que no había guardado en la cochera –para que ella se j…- y se acercó a la ciudad. Recorrió varias discotecas buscando con desesperación un ligue cualquiera y terminó “ligando” con una botella de güisqui. Regresó dando más curvas que una camioneta por el Himalaya. La suerte no estaba de su parte. La guardia civil le dio el alto. El joven de uniforme se acercó con una media sonrisa en la boca. Enseguida vio el panorama. El pensó que de aquella no se libraba, le abrirían un procedimiento penal y le retirarían el carnet, aparte de quedarse sin puntos y tener que pagar una cuantiosa multa.

Casi se le pasó la borrachera cuando el joven uniformado le dijo que hoy era su día de suerte. Su novia le acababa de regalar un viaje al Caribe. Se marcharían dentro de una semana, aprovechando un permiso, unido a varios días libres que le debían aún del año anterior. Se sentía tan feliz que deseaba compartir su alegría con todo el mundo. Podía marcharse. Eso sí, no se libraría de una buena multa por exceso de velocidad y seis puntos menos en el carnet. ¿Exceso de velocidad? Casi se troncha de risa. Iba tan despacio que hasta un burro cansado le habría adelantado. Pero no dijo nada, salvo darle las gracias con voz pastosa. Lleve a su esposa al Caribe cuando pueda y si no la tiene busque una buena mujer y no salga de casa el día de San Valentín. Le aconsejó con tono paternal. Y vaya a poner una vela a la iglesia más cercana, porque si mi compañero no estuviera tan ocupado hoy soplaba como para hinchar un globo aerostático.

En efecto, su compañero estaba dando el alto a otros dos conductores. Se aferró al volante y logró pasar delante del otro trazando una milagrosa línea recta…Eso sí, iba tan despacio que el guardia civil le echó un vistazo y miró a su compañero, quien se encogió de hombros. Pudo llegar a casa y parar el coche, aunque no sin antes darle un buen golpe contra la verja de entrada que no vio hasta que estuvo encima. Roncó el resto de la noche en el sofá del salón y se despertó con la boca seca, pasado el mediodía. Su esposa no estaba, pero había dejado una nota. Roncabas como un cerdo, como lo que eres. Voy a pasar el día con unas amigas. Era domingo, recordó él de pronto, gracias a Dios porque no hubiera llegado a trabajar a tiempo.
Aquella era una deuda que ella le iba a pagar. Quince días antes su esposa se vio obligada a viajar por la enfermedad de un familiar cercano. El aprovechó para conectarse a Internet. Buscó afanosamente una página para contactos de casados infieles, se registró y estuvo tonteando hasta que una mujer de la misma localidad, que también estaba conectada, le dijo simplemente: hola, chato. De ahí a “en tu casa o en la mía” solo pasaron cinco minutos. En la mía, respondió él, y lo hicieron en la cama matrimonial.

Se pasó la semana pensando si debería volver a contactar con el “ligue provisional” o incluso buscarse más. Cuando su esposa regresó él continuó planteándoselo. Y ahora se acercaba San Valentín. Me haré el desmemoriado, se dijo. Pero de pronto una idea delirante pasó por su cabeza. Una amiga de su esposa le había prestado un libro, Las cincuenta sombras de Grey. Era la primera vez que ella leía algo erótico. Aún recordaba su risa estridente cuando él le propuso ver una película —– para ver de mejorar su vida sexual. Observó con la boca abierta cómo ella lo leía de un tirón. Le picó la curiosidad y también lo leyó a escondidas.

Lo preparó todo como si fuera otra persona, el pervertido que llevaba dentro y que ahora asomaba la cabeza… después de tantos años. Buscó en Internet. Encontró algo que ignoraba que existiera. Un motel virtual. Reservabas habitación pagando con tarjeta de crédito, te daban un código para la puerta y no estabas obligado a ver a nadie. Podías pedir cena y bebida y estaría todo preparado para la hora que dijeras, se garantizaba máxima discreción. Reservó habitación, le pidió a un médico un somnífero suave y le preguntó la dosis mínima para dormir solo unas horas.

Durante la comida de San Valentín vació una capsula en el plato de su mujer, aprovechando que ella tuvo que ir al servicio, últimamente “meaba” demasiado y siempre a las horas más inoportunas. Solo tuvo que esperar a que le hiciera efecto. Ya tenía preparada una maleta. Solo tuvo que llevarla en brazos hasta el coche. ¡Cómo pesaba la condenada! La colocó en el asiento trasero. Subió y arrancó el coche. Mientras conducía no pudo evitar que ideas delirantes pasaran por su cabeza. Todas hacían referencia a la posibilidad de un crimen perfecto. Llevaban veinte años casados, no habían tenido hijos y ninguno de los dos quiso someterse a un tratamiento de fertilidad o adoptar. No dejaría huérfanos.

Aún no era noche cerrada cuando llegó a los aledaños del motel. Decidió esperar en un área de descanso cercana. Salió del coche y se fumó un pitillo tras otro. ¿Y si…? Pensaba. No tardó mucho en llegar la completa oscuridad, al fin y al cabo era febrero, invierno. Se acercó al motel muy despacio, temiendo coincidir con otra pareja. Aquello estaba desierto y silencioso. Buscó el número del bungaló y estacionó enfrente. Marcó el código, abrió la puerta, sacó la maleta del maletero y echó un vistazo antes de tomar a su esposa en brazos, no sin antes mirar a uno y otro lado. Entró con ella, resoplando y cerró la puerta con el pie.

La desnudó deprisa, temiendo que se despertara de un momento a otro. La desnudó con la misma celeridad y la ató a la cama con cintas de seda. Llevó la maleta al servicio y al cabo de unos minutos salió. Ella aún no había despertado. Acercó una silla a la cama y se sentó, esperando. Había visto muchas veces desnuda a su mujer, pero aquella contemplación le produjo un extraño morbo, como si fuera una desconocida. De pronto ella rebulló. El se levantó de un salto, alejó la silla y se quedó de pie, firme. Sus ojos se encontraron. No le reconoció. Tardó en darse cuenta de que no estaba en casa y en plantearse qué era lo que podía haber ocurrido. Bruscamente abrió la boca y soltó el aullido más terrible que él escucharía nunca. Se abalanzó sobre ella y tapó su boca con la mano. Le susurró palabras tranquilizadoras. Soy yo, no me reconoces. Es una broma, tranquila. ¿Me prometes que no gritarás si quito la mano? Ella afirmó con la cabeza. Tenía los ojos desorbitados.

El retrocedió y se quedó frente a ella. Bueno, ya estaba hecho. Ella nunca le perdonaría. Le rogaría que la desatara, se vestiría y saldría corriendo. Llegaría antes a casa, cerraría por dentro con el pestillo y al día siguiente buscaría un abogado. ¡Si al menos se olvidara de ir a la comisaría más cercana a denunciarle! Sería duro, pero al menos tenía la página de contactos para casados infieles. Nadie tendría por qué saber que él ya no estaba casado. Tampoco importaba mucho porque seguro que también habría páginas de separados.

Ella no dejaba de mirarle. De los pies a la cabeza y de la cabeza a los pies, y luego vuelta a empezar. El hizo lo mismo. Los pies desnudos, las piernas desnudas llenas de vello, el diminuto tanga de cuero que le quedaba pequeño, dos bandas de cuero cruzándole el pecho, la barriga cervecera desparramándose sobre el tanga… y aquella capucha de cuero que le oprimía tanto y le daba tanto calor, con agujeritos para la boca, los ojos y las orejas… y además aquel ridículo látigo de juguete en la mano. Ni siquiera se acordaba de él.
De pronto ella abrió la boca y él se estremeció. Una sonora carcajada resonó en la habitación y luego otra y otra, después comenzó a agitarse, los pechos se bamboleaban al compás de una risa histérica imparable. El no sabía qué hacer. Se limitó a esperar con resignación. Por fin, tras un tiempo que se le hizo eterno, ella abrió la boca.
-Ven aquí, mi Graycito.
Y volvió a estremecerse de risa. El se acercó temblando. Ella le susurró.
-Te dejaré hacer lo que quieras si luego tú te dejas atar y me dejas hacer lo que me plazca. ¿De acuerdo?
El asintió con la cabeza. Fue una noche memorable, surrealista, esperpéntica, placentera, plena. Antes de cambiar el papel de sumiso cenaron. Él ni siquiera recordaba que había pedido una suculenta cena y champán francés.

De regresó a casa, dos días más tarde (había reservado tres días por si le daba la locura y necesitaba tiempo) a él se le escapó la risa.
-¿De qué te ríes, mi Graycito?
-De nada… de nada…

Y recordó las ideas que le habían asaltado durante el viaje de ida. Se le puso la carne de gallina.

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