Mes: mayo 2013

Un escritor frustrado (En casa de la mujer fantasma II)


 

Subió con mucho cuidado los escalones de madera hasta llegar al descansillo. A pesar del extremo cuidado que había puesto en cada paso, la madera chirrió quejándose de su peso y los chasquidos le hicieron pensar que estaba haciendo una locura. Aquello se podría venir abajo en cualquier momento. De pie, respirando con la boca abierta, jadeando como si hubiera subido una montaña, volvió a plantearse si no sería mejor salir de allí corriendo. Bajar los escalones corriendo, confiando en la suerte, para que no se hundiera ninguno, y buscar a Fogoso. Aquella era la mayor estupidez de su vida. De nuevo se representó la expresión jocosa del rostro de Hortensia mientras se reía con aquella risa tan peculiar en ella, como diciendo que todos los hombres eran unos cobardes, unos calzonazos, que no serían ni para hacerle cosquillas a una mujer.

No, esa opción estaba descartada, al menos tendría que intentarlo. El miedo se estaba intensificando hasta llegar a paralizar su cuerpo. Si continuaba mucho tiempo de esta guisa tendría que sentarse y esperar a recobrarse poco a poco. No era conveniente dejar su cuerpo demasiado tiempo sobre las tablas podridas. El silencio era casi absorbente, ni un solo ruido, ni siquiera los naturales en una casa abandonaba. Tomó la decisión de moverse para combatir aquella parálisis que le atenazaba. Subió el resto de la escalera sin la menor precaución. Ya arriba se felicitó de que la madera no hubiera cedido. A la luz de la vela observó el amplio rellano que se extendía frente a él. Al fondo una vieja mesa carcomida, al lado de un balcón cerrado por una puerta acristalada. El techo estaba muy alto, había sido confeccionado con bastas tablas de madera que sostenían poderosas vigas.

Se movió hacia la puerta más próxima, a la izquierda y la empujó con fuerza. Se produjo un ruido rechinante que le dio dentera. Alargando el brazo, con la vela por delante, Córcoles entró en aquel cuarto. Moviendo la vela en semicírculo descubrió una cama baja de madera sólida, aunque muy poco trabajada. Se acercó hasta poder tocarla. Una colcha polvorienta y arrugada apenas la cubría. Curioso la echó para atrás. Dos mantas rústicas y pesadas, muy groseras al tacto, le hicieron pensar en un cuerpo aplastado bajo aquel peso, intentando que el frío invernal quedara fuera. Al fondo, a la izquierda, una ventana con los postigos echados, una silla de madera al pie de la cama, ni siquiera artesanal, parecía echa de cualquier manera. Ocupando la pared, a la izquierda de la puerta, un arcón enorme, construido de tablas sin desbastar. Al  lado un baúl primorosamente labrado, aunque ya muy deteriorado. Pero lo que le llamó la atención fue aquella soga, colgando del techo. Había visto una parecida en el museo del pueblo, servía  para atar el heno al carro, que tirado por una pareja de vacas era trasladado desde el campo al pajar.

La sombra de la vela, a la luz de llama de la vela le produjo un escalofrío. Sin poder evitarlo una imagen le vino a la cabeza: el osote de Sisebuto con aquella soga al cuello, colgando sobre el arcón. Toda la habitación parecía estar cargada de una energía fantasmal, como si en ella hubieran ocurrido acontecimientos dramáticos, capaces de impregnar la madera, las paredes, pero especialmente aquella maldita soga que le estaba poniendo el vello de punta. Córcoles no creía en fantasmas, pero ahora podía comprender cómo se había formado la leyenda de la mujer fantasma. Por muy brutos que fueran los mozos del pueblo, si alguno de ellos había visitado la casa después de la tragedia tenía que haber quedado traumatizado por aquel ambiente opresivo, fantasmagórico.

Recordó la belleza de Julita y se dijo que si los fantasmas no envejecían tal vez se atrevería a invocarla. Todo por una mujer bella. Un buen polvo, incluso en aquella cama, le compensaría de aquella maldita aventura que estaba sufriendo por su estúpida cabezonería. El miedo, que no había dejado de intensificarse a cada momento, generó en él una reacción histérica. Lanzó un fuerte grito que reverberó entre las paredes. Le pareció escuchar un tenue eco a lo lejos.

-Julita, Julita, rústica belleza, aparece ante mí. Muéstrate como eres, y si puede ser desnuda mejor que vestida. Jaja. Te prometo que no te arrepentirás. Te voy a echar un polvo que hará temblar los cimientos de esta maldita casa.

No hubo respuesta. No ocurrió nada. Tal vez el silencio se hizo aún más opresivo, pero nada más. Aquello le aterrorizó más que si Julita se hubiera mostrado delante de él, con el típico rostro cadavérico de los fantasmas. Una risita histérica estremeció todo su cuerpo. No soportaba aquel silencio.

-Vamos, vamos, mujer estúpida, aprovecha la ocasión. Un buen polvo le viene bien hasta a una fantasma.

De pronto se oyó un golpeteo brutal y luego un estrépito de cristales rotos. Córcoles salió de la habitación temblando. En el rellano pudo ver los cristales de las puertas del balcón, esparcidos por el suelo. La puerta continuaba cerrada. Aquello no tenía sentido. Caminó con mucha precaución, se acercó a la puerta y probó de abrirla. Encontró un picaporte que se le resistió, aquello debía estar tan enmohecido que parecía cemento. Manipuló con fuerza y enfadado lanzó un puntapié. Una jamba se abrió con tal violencia que golpeó contra la pared. Salió al balcón. Era diminuto, apenas capaz para dos personas y muy juntas. Extendió el brazo intentando que la luz llegara lo más lejos posible.

En el exterior la noche era oscura, como boca de lobo. ¡Lástima de luna llena! Lo pensó en un impulso irresistible, luego reflexionó. Lo único que le faltaba a la maldita casa era ser iluminada por una rojiza luna llena. Eso sería capaz de atraer no solo fantasmas, hasta vampiros y hombres lobo. Observó asombrado que no soplaba ni una brizna de aire. ¿Cómo se habían roto los cristales? Era imposible que la puerta se hubiera movido, ni siquiera un vendaval habría sido capaz de abrirla. ¿Entonces? La llama de la vela permanecía quieta, ni siquiera chisporroteaba.

Córcoles notó cómo el terror se apoderaba de él. Se le soltó el vientre y en aquel silencio sepulcral se oyó una sonora ventosidad que puso el toque esperpéntico a la situación. Sin poder evitarlo se echó a reír compulsivamente. ¡Si Hortensia me viera! Lo que me faltaba, que tuviera que soltarme el cinturón, bajarme los pantalones y dejar la carga aquí mismo.

Entró y se acuclilló para calmar el vientre que no dejaba de emitir ruidos molestos. Las tripas comenzaron a retorcerse. El dolor se agudizó. Intentó controlarse a toda costa. Al menos aguantaría hasta que lograra salir de la casa. Luego buscaría la manera de poder limpiarse con un matojo de hierbas. De pronto le pareció escuchar (porque nunca admitiría que había sido algo real) una voz femenina, muy lejana, como si le llegara de algún lugar inconcreto, indetectable.  Aguzó el oído. Nada. ¿Estaría delirando? El silenció se rompió de nuevo. Era como una risita juguetona.

-Entra en la habitación de la izquierda, túmbate en la cama y espérame. Te daré lo que tanto necesitas.

No, no podía haber dicho eso. La voz era tan lejana que resultaba imposible discernir las palabras. Tenía que ser un pensamiento suyo. ¿Tan mal estaba? Sin embargo el fenómeno le había producido un efecto muy positivo. Dejó de oír sus tripas y los retorcijones desaparecieron. La paralización generada por el miedo había tenido un resultado benéfico. Se puso de pie de un salto y permaneció rígido. Su cuerpo temblaba como una vara verde agitada por el viento. La mano que sostenía la vela se movía espasmódicamente.

Tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo fue como una explosión. Salió corriendo como un cohete. Bajo los escalones del primer tramo de escaleras de dos en dos, y sin pensarlo dio un salto atlético que le hizo aterrizar sobre el rellano de la escalera. La fuerza del salto fue tal que las podridas tablas no pudieron resistir y el pie derecho se le hundió hasta la rodilla. Intentó librarse con todas sus fuerzas. Eso fue lo peor que hubiera podido hacer. Una tabla se había astillado completamente y una fina astilla se clavó en el tobillo. Sintió un terrible dolor que a punto estuvo de hacerle perder la consciencia. Se quedó paralizado. Si se movía la astilla penetraría más en la carne, puede que ya hubiera llegado al hueso. Respiró agitadamente  y el poco control que aún poseía sobre sí mismo se diluyó. Comenzó a llorar y a gemir como un niño. Maldijo en voz alta. ¿Y ahora qué? El dolor no disminuía. Tal vez fuera ese dolor el que le hizo pensar con un poco de lucidez. Se agachó, se subió la pernera del pantalón como pudo y sus dedos tantearon la piel. Algo viscoso le estaba empapando el pie. La vela debía de haber caído al suelo y se había apagado. Tanteó el suelo hasta encontrarla. Buscó en su bolsillo el mechero y la encendió con gran dificultad. A su luz observó cómo la astilla había perforado el tobillo y un gran chorro de sangre brotaba sin contemplaciones.

Era preciso detener la hemorragia, pero antes tenía que librar la pierna de aquel cepo. Colocó la vela en el suelo y tocó la astilla. Movió el tobillo con mucho cuidado. Por suerte el agujero era grande. Con mucha suavidad movió la pierna en dirección contraria. La astilla fue saliendo de la carne. El dolor era tan intenso que se vio obligado a detenerse. Respiró agitadamente y cuando reunió nuevas fuerzas hizo un movimiento muy brusco. Chilló como un energúmeno. Se agachó y pudo ver la fina punta de la madera empapada en sangre. Lo había conseguido. Con mucho cuidado maniobró la pierna y la fue elevando, doblando la rodilla. Logró librarla del cepo. Se hizo con la vela y renqueando subió las escaleras. El terror le impulsaba a bajar, buscando la puerta de la casa. Pero la extraña lucidez que le embargaba le hizo buscar un trozo de tela para utilizar como una venda y hacer un torniquete. Si no detenía la hemorragia podía verse en graves dificultades, no sabía si la astilla había perforado alguna vena.

Desechó la habitación más próxima, la de la soga, como si en ella estuviera colgado realmente un cadáver y se dirigió cojeando hacia la habitación cercana al balcón. Entró en ella, alumbrándose como pudo y solo entonces comprendió que era precisamente aquella que la voz le había indicado. No se detuvo a reflexionar sobre ello, sus prioridades eran claras. Colocó la vela sobre una rústica mesita de madera  y buscó una sábana bajo la colcha que cubría la cama. Por suerte había sábanas bajo la colcha y las mantas. Con los dientes desgarró la tela y la rasgó con las manos. Hizo una venda rudimentaria y con ella envolvió la herida. Hizo un fuerte nudo y buscó en el cajón de la mesita. Por suerte había un trozo de madera, tal vez desprendido de un lateral del cajón. Lo introdujo como pudo bajo el nudo y lo retorció con fuerza. Era un torniquete muy basto, pero pensó que sería suficiente.

Se sentía mareado. Se dejó caer sobre la cama, esperando que pasara el mareo y que el dolor fuera disminuyendo. Cerró los ojos y se dejó ir. Estuvo a punto de perder la consciencia. De pronto notó un peso extraño que hizo que el colchón de lana se hundiera. ¿Qué estaba sucediendo? Abrió los ojos, esperando encontrar a alguien encima de él. ¿La mujer fantasma? Era un idiota, allí no había nadie. Sin embargo el colchón continuaba hundiéndose. Palpó la cama con la mano, incrédulo. Deseaba salir de allí cuanto antes, pero no se sentía con fuerzas para ponerse en pie. Cerró los ojos de nuevo… Y entonces notó aquel peso sobre su cuerpo. Aterrado abrió los ojos. La llama de la vela iluminaba con suficiente claridad el lecho. Allí no había nadie. Tenía que moverse, salir cuanto antes de la casa. Como pudo se puso en pie y tomando la botella con la vela intentó caminar hacia la puerta.

Pudo ver que se trataba de una habitación amplia, el suelo de tablas, el techo alto, de madera. Una gran cama ocupaba la mayor parte de la superficie disponible. Parecía un lecho más moderno que el rústico que había visto en el cuarto de la soga. La cama estaba hecha, cubierta por una colcha moderna y barata. Aparecía extendida, sin una arruga, a pesar de que su cuerpo se había hundido profundamente. ¿O lo habría soñado? Entre los barrotes de madera de la cama pudo ver una pera, un artilugio que conocía del museo del pueblo y que servía para encender la bombilla del techo.

Córcoles se acercó y probó, oprimiendo el botón. No ocurrió nada. Era lógico, el suministro eléctrico tuvo que haber sido cortado muchos años atrás. Al lado de la ventana un armario ropero. Cojeando, tratando de que su pie derecho tocara el suelo lo menos posible, llegó hasta él. Se le estaban pasando las ganas de salir huyendo. El descanso le había venido muy bien a su mente que había retomado el discurrir razonable habitual. Su accidente resultaba muy comprensible, teniendo en cuenta la locura que supuso dar aquel salto sobre unas tablas medio podridas. En cuanto a la voz de mujer, teniendo en cuenta las circunstancias, la noche, el silencio, una casa abandonada en medio del campo con su fantasma, tal como le había contado Hortensia…hasta la mente menos imaginativa hubiera podido escuchar un coro de sirenas. Ya que estaba allí, mejor sacar el máximo partido de aquella noche. Estaba claro que la idea de salir corriendo era una estupidez. Con la pierna en aquel estado lo mejor que podía hacer sería descansar y por la mañana llamar a Fogoso y regresar a casa. Tal vez la herida no fuera nada, y si lo era Hortensia se encargaría de llamar al médico del pueblo.

Continuará.

 

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BREVES HISTORIAS DE OMEGA II (LA BIBLIOTECA DE VANTIS)


ImagenBREVES HISTORIAS DE OMEGA

NOTA EXPLICATIVA: Cuando me propuse esbozar la vida en el planeta Omega, tras asumir la inteligencia artificial sus funciones, imaginaba lo que se me caía encima, pero me quedé muy corto. Era preciso diseñar, al menos, cómo funcionaría todo en aquella nueva sociedad, y, por si fuera poco, también me obligué a trazar un pequeño esquema de lo que había sido la historia omeguiana hasta el momento.

Reconozco que fue una tarea muy, muy complicada, que me llevó años de anotaciones en cuadernos y libretas, además de pasarme horas y horas, días y días, elucubrando cómo podría funcionar una sociedad dirigida por una portentosa inteligencia artificial que se ocupaba de todo mientras los ciudadanos se tocaban la barriga portentosamente. A pesar de que la tarea me superaba y hubiera superado a cualquiera, no recuerdo haber pasado nunca momentos tan divertidos, a la hora de esbozar historias y de crear personajes, que las horas y horas que me pasé en Babia, mirando al horizonte sin verlo y viviendo con mi imaginación en aquella maravillosa sociedad donde nadie tenía que trabajar y todos poseían todo lo que era posible poseer, donde no había ricos ni pobres, ni poderosos ni miserables.

La biblioteca de Vantis, la capital omeguiana, es un breve resumen de todo lo que diseñé respecto al ocio, la cultura y el tema de los libros y las bibliotecas, algo que me interesaba sobre manera. Espero que les guste y que se hagan una idea de las ideas delirantes que se me ocurrían esbozando estas historias.

LA BIBLIOTECA DE VANTIS

Soy Aris Orbotón, rector de la universidad de VAntis, decano de la facultad de historia en la misma universidad, profesor de historia antigua de Omega y experto en civilizaciones extraomeguianas.

Todos estos rimbombantes títulos no significan nada, porque hoy la universidad de Vantis es un viejo museo que se conserva gracias a que un grupo de omeguianos, amantes de la historia antigua, exigimos del bueno de “H” (HDM-24, nuestra gloriosa inteligencia artificial que rige nuestros destinos)que dedicara parte de sus esfuerzos a conservar lo que aún perduraba de nuestra vieja historia en el planeta. Llegamos incluso a amenazarle con irnos a vivir a las montañas Negras, con los rebeldes. Si una inteligencia artificial pudiera reírse de las amenazas humanas no hubiera encontrado mejor motivo para burlarse de nosotros hasta desternillarse. No fue, pues, nuestra actitud lo que obligó a “H” a aceptar nuestras exigencias. Su maravilloso programa le hizo ver el lado práctico de semejante decisión porque al día siguiente nos comunicó que aceptaba nuestra propuesta con la condición de que cada miembro del grupo aceptara su correspondiente responsabilidad. Con el tiempo la tesis de uno de nuestros estudiantes sobre Helenio de Moroni y la evolución de su invento, nos haría ver que la programación de “H” tenía que llevarle necesariamente a tomar aquella decisión, puesto que había sido diseñada para respetar la forma de gobierno democrática que había imperado en Omega durante los últimos siglos y mejorarla, si ello era posible, al tiempo que un exquisito respeto por las minorías le obligaba a permitir que vivieran su vida como les pareciera oportuno, mientras no interfirieran gravemente que los derechos más importantes del resto.

No hay universidad que se precie que no disponga de una excelente biblioteca. La universidad de Vantis poseía la mejor de las bibliotecas posibles y aún mejoró mucho con la incorporación de los ejemplares del resto de las bibliotecas diseminadas por el planeta. Todo se centralizaría en la capital, esa era una condición muy aceptable para nosotros ya que éramos tan pocos que la dispersión terminaría muy pronto con nuestra ridícula rebelión cultural.
Yo acepté el cargo de rector, decano y profesor de historia antigua, todo en uno. Me responsabilicé del cuidado de la gran biblioteca que estaba a punto de desaparecer por falta de cuidado. Muchos libros estaban apolillados y tan deteriorados por el tiempo y el descuido que a no mucho tardar se acabarían convirtiendo en polvo. Teniendo en cuenta que la inteligencia artificial tenía en su memoria todos y cada uno de los libros existentes y conocidos y que eran accesibles de manera sencilla y variada a todos los ciudadanos de Omega, el hecho de que la biblioteca impresa se conservara o no, era algo que no preocupaba, ni mucho ni poco, excepto a nosotros.

Me puse a la labor, organizando la universidad, el profesorado y a los escasísimos alumnos rebeldes que se iban apuntando a las clases. Todo el mundo recibía educación en sus hogares y el bueno de “H”, adoptando la forma que cada alumno le pedía, se encargada de educar en todas las materias a todos los alumnos en edad de recibir educación obligatoria y al resto de animosos estudiantes veteranos. También me preocupé, muy mucho, de pedirle que imprimiera, en ediciones de lujo, todos los libros que estuvieran deteriorados, comenzando por aquellos cuya vida no podía durar mucho. El catálogo ya estaba en su memoria, por lo que me limité a consultarlo y a encargar a los becarios y aprendices de bibliotecarios que buscaran cuantos libros manuscritos se conservaran sobre el planeta para que pudieran ser impresos por nuestra paciente inteligencia artificial.

Todo el saber omeguiano estaba en la memoria de “H” pero nosotros queríamos que también estuviera en la biblioteca de la universidad de Vantis, y ello nos ocupó muchas horas de nuestros ociosos días. Cada día recibíamos peticiones de asociación de nuevos rebeldes culturales y con el tiempo nuestra universidad y biblioteca se pobló de amables ciudadanos que deseaban permanecer en los viejos tiempos porque odiaban que una inteligencia artificial les dijera hasta cuándo y dónde tenían que orinar.

Ciertamente “H” se ocupaba de todo, aunque al principio fue asumiendo sus funciones por etapas y bajo la supervisión del Consejo planetario de Omega, un órgano centralizado de poder que terminó con los gobiernos nacionales y federales y con toda su laberíntica burocracia. Helenio de Moroni dejó instrucciones claras, antes de su muerte, sobre cómo la inteligencia artificial debería ir asumiendo todas las funciones en aquella sociedad y cómo debería ser supervisada por un gran consejo de sabios que estarían a las órdenes de un Consejo de gobierno planetario, nombrado por voto libre y secreto de todos los omeguianos, grandes y chicos, a través de “H”.

La maravilla de disponer de tantos avances tecnológicos que permitían a cada ciudadano disponer casi todo lo que deseara sin verse obligado a trabajar o a comprar, vender o intercambiar, pasó pronto y la gente comenzó a aburrirse. Fue entonces cuando la inteligencia artificial se hizo cargo del ocio y de los medios de comunicación, última etapa en su evolución hacia la transformación en el cerebro del planeta. Pero ese es otro tema que trataremos en otro momento.

El grupo de rebeldes culturales se reunió, tras la propuesta de “H”, y cada uno aceptó su responsabilidad y las condiciones impuestas por la inteligencia artificial. Al principio me sentí bastante solo, puesto que era el decano y todo el profesorado al mismo tiempo. Conseguí que “H” me permitiera utilizar a un ejército de robots como bibliotecarios, limpiaban, catalogaban, ordenaban y asumían cualquier tarea que yo les ordenara. Luego fueron acudiendo rebeldes que se hicieron cargo de diversas materias en las diferentes facultades. Cuando el profesorado estuvo dispuesto comenzaron las clases. Los alumnos se habían ido apuntando y estaban a la espera de que pudiéramos poner en marcha aquella universidad tradicional.

El grupo me adjudicó como ayudante y secretaria a una jovencita que deseaba vivir la experiencia de cómo eran las cosas en los viejos tiempos en las universidades y bibliotecas. Gracias a ella mi soledad se atenuó y gracias a sus originales ideas la universidad y la biblioteca se convirtieron en el nido de amor de quienes comenzaban a odiar a “H” por su prepotencia y porque siempre resolvía todos los problemas, por muy arduos que fueran. Necesitaban sentirse libres y descubrir qué era aquello del “trabajo”, un concepto ya tan anticuado como la agricultura.

La jovencita se llama Lia Urmonita y fue la que me propuso que todo el grupo cultural rebelde hiciera una primera excursión a las montañas Negras, la sede del numeroso grupo rebelde a todo lo que supusiera el control por parte de “H” de sus vidas. Vivían en aquel entorno, respetado por todos y protegido por la inteligencia artificial con mucho mimo, como se vivía tradicionalmente en Omega, antes de que llegara el progreso y el turismo galáctico, es decir, en un sociedad agrícola y ganadera, en una gran tribu gobernada por un consejo de ancianos. Lo que ocurrió en esa primera expedición será objeto de otra historia que comenzaré a escribir con mi bolígrafo de cristal, un regalo especial de Lía, diseñado por ella y que el bueno de “H” no tuvo inconveniente en fabricar.

CONTINUARÁ

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BREVES HISTORIAS DE OMEGA I


NOTA INTRODUCTORIA Y EXPLICATORIA: A los dieciocho años escribí en un cuaderno el esbozo de una novela que se titulaba “El planeta de los vampiros”. Eran vampiros psíquicos, por supuesto, porque los otros no me interesaban mucho. Con el tiempo la historia fue cambiando hasta el punto de transformarse en una trilogía de ciencia ficción que tenía muy poco que ver con el argumento inicial. Durante años tomé apuntes en cuadernos esbozando el planeta Omega y todo el cuadrante habitado de aquella galaxia que no situaba en parte alguna conocida. Luego cuando me compré el primer ordenador y antes de que me atreviera a conectarme a Internet pasé todo lo escrito al ordenador, lo catalogué, lo ordené y lo desarrollé. A pesar de ello y de los casi treinta años que he dedicado a esta trilogía ni siquiera he logrado terminar la primera novela, “Diario de Ermantis”.

Como no quería desaprovechar todo el trabajo que había realizado a lo largo de los años esbozando todas las facetas de la vida en el planeta Omega, decidí escribir unos relatos breves sobre la vida cotidiana y todo lo relacionado con la historia que no se contaba en la trilogía por falta de espacio. De esta manera surgió la serie de relatos que titulé “Breves historias de Omega”.

La primera, titulada Inteligencia artificial, nos cuenta cómo el profesor Helenio de Moroni, una especie de profesor chiflado, inventa una prodigiosa inteligencia artificial capaz de controlar toda la actividad y la vida cotidiana en el planeta. Eso les deja a sus habitantes todo el tiempo libre del mundo. Es un planeta en el que sus habitantes viven en un ocio permanente. Debo confesar que el nombre de la inteligencia artificial HDM-24 lo decidí simplemente basándome en el HAL-9000 de una Odisea del espacio. Puse tres letras, al azar, y el número que se me ocurrió (tal vez entonces acababa de cumplir los veinticuatro años) no tenía nada que ver con idea preconcebida alguna. Con los años, bloqueado completamente en cuanto a cómo desarrollar la idea de la creación de la inteligencia artificial, se me ocurrió echar mano del humor, que siempre me saca de los mayores apuros literarios y entonces descubrí, asombrado, que HDM podía transformarse en Helenio (por lo de Hélade y los nombres griegos de la novela) de Moroni, porque me gustó la palabra, y 24 porque serían 23 los intentos fracasados del profesor chiflado hasta conseguir el éxito.

Subiendo este relato intento retomar la trilogía y los relatos breves, aprovecharé para hacer un índice más completo de personajes y acotaciones para que cualquier lector pueda seguir la historia con una mínima posibilidad de comprenderla. También aprovecharé para iniciar por mi cuenta un pequeño taller de novela de ciencia ficción. Con las notas introductorias explicaré cómo se me ocurrió la idea y cómo fui avanzando en la historia y los personajes.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El invento del profesor Helenio de Moroni estaba en boca de todos los omeguianos. Aprobado y recomendado por el Consejo Planetario de Omega -que por fin se había formado tras un muy largo periodo de negociaciones- era el tema de conversación predilecto de ociosos, que no dejaban de burlarse de las excentricidades del conocido sabio. En toda sociedad que alcanza un nivel tecnológico elemental acostumbra a surgir la figura del profesor chiflado, quien deja volar su delirante fantasía para producir engendros de lo más variopinto.

En el caso que nos ocupa el engendro no era otra cosa que un cerebrito artificial con el que nuestro chiflado profesor pretendía dar mil vueltas a todos y cada uno de los cerebros naturales omeguianos. Como diciendo: son ustedes tan tontos que una máquina con cuatro circuitos puede superar el pensamiento de los millones de neuronas que almacenan en sus gordas cabezas. Se trataba de la vieja cuestión de la preeminencia de la máquina sobre la carne que a todo científico le pasa por la mente en algún momento de su carrera contra-reloj por superar lo que la naturaleza hizo e hizo muy bien. Yo estaba convencido de que aquello era un simple divertimento o más bien la consecuencia de la congénita testarudez del ínclito profesor, quien no cesaba de pensar y hacer todo tipo de excentricidades, como si hubiera nacido exclusivamente para ello.

Quienes más nos burlábamos del invento éramos los estudiantes de primer curso de ingeniería aereoespacial. Los experimentos autorizados por el Consejo se iniciaban con nosotros, cobayas burlonas y rebeldes. Helenio iba a demostrar que su engendro podía dar clases y examinar mejor que cualquier otro profesor, incluido él. La voz vieja, metálica y gangosa del artilugio nos hacía pasar muy buenos ratos, todo hay que decirlo. Aunque yo no sentía muchas ganas de divertirme parodiando la dicción de la caja metálica situada sobre la mesa del profesor. Se aproximaban los exámenes finales y para mi era muy importante, no solo aprobarlos, sino sacar las mejores notas. Había solicitado una de las seis plazas ofertadas para la expedición de la Descubrimiento I, que saldría al espacio- si todo iba bien- dentro de unos veinte años. Como tripulantes se necesitaban omeguianos jóvenes y expertos. De ahí que escogieran fundamentalmente a futuros profesionales, ahora en formación.

Era condición imprescindible terminar la carrera y con muy buenas notas. Comprenderán mi nerviosismo tras pasarme muchas noches en blanco, intentando asimilar las asignaturas de primer curso, infladas por una multitud de datos facilitados por nuestro metálico profesor. No deseaba perderme la primera expedición que abandonaría el famoso cuadrante galáctico, habitado por especies inteligentes. La posibilidad de hallar vida inteligente fuera del universo conocido y que ésta nos ayudara a solucionar todos nuestros problemas de un plumazo (algo que se rumoreaba pretendían algunos miembros progresistas del Consejo) y que un estudiante anónimo y poco respetado entre sus colegas pudiera formar parte del comité que haría de intermediario entre ambas especies me erizaba el vello de satisfacción.

Llegó el día y la hora señalados y mis previsiones más pesimistas se materializaron. Realicé un examen nefasto. La única esperanza que aún me quedaba era que mis contrincantes lo hubieran hecho peor, algo realmente difícil, aunque no imposible. Nuestro muy poco apreciado profesor HDM-24 (Helenio de Moroni en su veinticuatroavo intento) se las ingenió para encontrar las preguntas más astutas y malevolentes, en un derroche de imaginación que necesariamente dejaría agotado cualquier cerebrito, por muy artificial que fuera. Al salir del aula pude oír comentarios para todos los gustos, todos coincidían en que al cacharro se le había quemado algún circuito o más bien varios. Un estudiante especialmente sarcástico hablaba de nuestra suerte por no haber perecido en un pavoroso incendio a consecuencia de los cortocircuitos del muy odiado profesor.

Mi sorpresa no tuvo límites cuando al día siguiente me encontré en la lista de aprobados, el primero, arriba del todo. Si Helenio, el profesor chiflado, no hubiera dado garantías a diestro y siniestro de que nadie, absolutamente nadie, podría manipular su artefacto, me habría atrevido a pensar en una recomendación de Moroni a mi favor. Algo insólito puesto que ni siquiera nos conocíamos. Fue entonces cuando inicié mis sospechas de que algo no iba bien en aquella inteligencia artificial. O puede que fuera demasiado bien, según el punto de vista.

No les voy a dejar con el suspense balanceándose en la nuez. Logré el título de ingeniero aereoespacial de primera. Embarqué en la Descubrimiento I, que partió un año antes de la fecha programada. Pero no les voy a narrar ahora estas aventuras, les cortarían el resuello. Es mejor que se vayan preparando porque esa es otra historia para otra ocasión.

A la vuelta, doscientos años más viejo, me encontré con una sociedad tan cambiada que no la reconocería ni su madre. Helenio de Moroni estaba difunto y su engendro había pasado a manos del Consejo Planetario, que lo utilizaba como asesor de todas sus decisiones. Algo así como un cerebro en la sombra, si me permiten el chiste. Omega había llegado a ser el planeta turístico por excelencia de todo el cuadrante. En las arcas del Consejo Planetario no dejaban de entrar divisas de todas las formas y calibres. Éramos inmensamente ricos, me refiero a todos los omeguianos, y se decía que el Consejo, con el asesoramiento de “H”, estaba pensando en sacarse de la manga un decreto que cerraría Omega al turismo, nos aislaría del resto de la Galaxia y convertiría nuestra civilización en la primera absolutamente ociosa de que se tuviera noticia. Los robots a trabajar y nosotros a disfrutar.

No era una mala perspectiva, pero algo me olía mal en todo aquello. Estaba convencido de que el estúpido invento de Moroni no era una inteligencia artificial al uso. Algo que se confirmó cuando aparecí en la lista de candidatos del Consejo a nuevo Presidente. Se celebrarían elecciones virtuales y el que más votos recibiera sería el nuevo Presidente y el encargado de llevar a cabo los nuevos planes que se estaban cociendo en los circuitos del engendro y en los pasillos del palacio de cristal que se acababa de construir para su sede y la del Consejo Planetario.

Lo han adivinado. Salí elegido por mayoría absoluta y en la primera vuelta, a pesar de no haber movido un solo dedo en la campaña electoral. Me convertí en el veinte presidente de Omega y el primero vitalicio, según establecía el decreto convocando las elecciones. No estaba dispuesto a dejarme manipular por una simple máquina. No al menos de que antes me dejara conocer su secreto. Porque tras los circuitos de “H” existía un misterio. Eso era seguro…El final de la historia era totalmente predecible. El me lo hizo saber y yo me dejé manipular. Pero esa también es otra historia… para otro momento.

FIN

Adjuntos:
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UN ESCRITOR FRUSTRADO (En la casa de la mujer fantasma)


Nota: Una gran amiga que estuvo siguiendo esta novela cuando la subía a Grupobuho, hoy desaparecido, se ha interesado por su continuación. Eso me anima a intentar acabarla y para ello iré subiendo aquí los capítulos que continúan la historia tal como la dejara en Grupobuho. Para los interesados en leerla desde el principio remito a mi almacén, donde podrán bajarse los tres archivos en que dividí la historia hasta ese momento.

Un escritor frustrado I parte

http://www.divshare.com/download/17121727-c52

Un escritor frustrado II parte

http://www.divshare.com/download/17121752-606

Un escritor frustrado III parte

http://www.divshare.com/download/17121755-467

EN LA CASA DE LA MUJER FANTASMA

En cuanto controló a Fogoso desmontó y tomando la mochila que había traído al efecto, con lo que supuso artilugios de primera necesidad, le dio una palmadita en el lomo y lo dejó partir. El caballo agradeció la libertad con un largo y agudo relincho y se perdió en la noche. Córcoles encendió el mechero para cerciorarse cuanto antes de que aquella era la mansión de la señora fantasma, Julita por otro nombre. No quiso sacar la linterna de la mochila porque otra necesidad le acuciaba. En cuanto se cercioró de que delante había una pared, de que el tejado no había sido un plano de un delirio mental y de que solo podía ser una casa porque en el valle solo una había de semejantes características, tiró el pitillo, guardó el mechero y colocándose contra la pared buscó su otro pitillo bajo la cremallera del pantalón vaquero. 

          

         Los buenos autores, de postín, suelen pensar que es una norma no escrita no hablar de las necesidades más bajas del ser humano, excepto del sexo, que para unos es baja y para otros, alta. ¡Vaya usted a saber por qué razón, tal vez porque unos tienen el sexo a la altura de la boca y otros donde lo tenemos todos! Yo ni quito ni pongo rey, me limito, como “narrador realista” a describir las necesidades de quienes las tienen y cuándo. Otro autor y de mucho prestigio, Cervantes, a quien yo admiro sin restricciones, no se avergonzó de describir cómo  

Sancho se fue patas abajo en la famosa aventura de los Batanes y de cómo su amo le dijo aquello de “aquí huele, Sancho, y no a ámbar”.

Lo cierto en este caso es que Córcoles sacó su miembro viril, que tantas aventuras gloriosas había vivido, y lo dedicó a otra más grosera, a desaguar los líquidos internos. Debía tener muchos y muy apretados porque salieron con gran fuerza, salpicando la pared, y de paso a su poseedor. Estuvo largo rato haciendo aguas y cuando ya terminaba sintió que el vientre se le aflojaba. Estuvo a punto de bajarse los pantalones a toda prisa y que saliera el sol por Antequera, cuando una especie de mano gigantesca oprimió su vientre y el viento buscó una salida. La ventosidad fue larga, sonora, espantosa, a juicio de Córcoles que se cuidaba mucho de lo que comía, cuándo y a quién vería después. Utilizaba cuanto producto de farmacia se publicitaba para esos efectos y pedía consejo a médicos y farmacéuticos de confianza. Éstos le decían siempre que para evitar los gases nada mejor que comer con calma, sin tomar aire entre bocado y bocado, es decir no hablando mucho y procurando no comer mucho y llevar una dieta adecuada. Todo esto y mucho más hacía Córcoles, especialmente cuando preveía que se acostaría con algún cuerpo desnudo de mujer. Entonces, sobre todo las primeras veces, procuraba que algo tan bajo y natural no le traicionara nunca.

Cuando el viento se aplacó y Córcoles, doblado y haciendo fuerza en los músculos correspondientes, pudo evitar que saliera algo más sólido, y el tiempo transcurrido en la postura le dijo que ya no había peligro, decidió que eso era todo. Se abrochó la bragueta y de pronto le entró una risa tonta e incontrolable. Cuando se recuperó un poco le dedicó la ventosidad a la fantasma, en voz alta. Va, por ti. A continuación le entró de nuevo la risa. Como estaba a oscuras palpó la pared y fue caminando hasta llegar a lo que supuso era la puerta. Se llamó idiota. ¿Qué necesidad tenía de ir palpando a oscuras cuando podía alumbrarse con el mechero? Echó mano al bolsillo y no lo encontró. Rebuscó por toda su ropa, bolsillos del vaquero, interior de la cazadora, el bolsillo de la camisa. Nada. A oscuras abrió la mochila y hurgó hasta encontrar la linterna. La sacó y le dio al interruptor. No se encendió. Maldijo su suerte. Como pudo desenroscó la tapa y manipuló las pilas. Todo parecía estar bien. ¿Entonces por qué no se encendía? Con paciencia infinita fue cambiando las pilas, una a una y probando? Al fin la linterna iluminó un retazo de pared. Enfocó la puerta. Era de madera, en sus tiempos debió de ser una puerta muy sólida, ahora parecía carcomida por el tiempo. Se acercó y la empujó. No se movió. Lo que me faltaba, se dijo, que estuviera cerrada con llave.

Entonces se acordó del mechero. ¿Se le habría caído al suelo? Buscó en círculos cada vez más amplios. Como no lo encontrara se puso de rodillas y comenzó a recorrer el espacio con la palma de las manos. No es que fuera una gran pérdida. Estaba harto del maldito mechero, pero si era un regalo de la letrada ella lo echaría en falta y se ofendería. Si en cambio fue un regalo de la criminóloga no habría el menor problema, se había casado y ya no se veían. Si algún día le echaba de menos porque su matrimonio hacía aguas, seguro que en lo último que pensaría sería en el “mecherito” de los demonios.  

Tocó algo. Hurgó y sacó el mechero. Estaba bajo una especie de mata de hierbajos. Miró hacia la pared, donde se había apoyado para hacer el pis. No comprendía cómo podía haber llegado hasta allí. Estaba muy lejos y no hizo movimiento brusco alguno. De eso estaba seguro.
Ya de puestos, se dijo… Y miró en la mochila. Allí siempre guardaba un mechero zipo que nadie le había regalado. Lo había comprado él con vistas a su vida campestre. Se rió entre dientes. Aquella era la primera excursión que hacía en mucho tiempo. Luego revisó toda la mochila. No faltaba nada, al menos no echaba de menos algo importante. La cerró con cuidado y se la echó a la espalda. Regresó a la puerta y estuvo manipulando sin éxito. Volvió a descolgar la mochila y sacó un cuchillo de monte, muy bueno, de dimensiones medias, bien afilado, resistente, de primera calidad. Todo eso se lo dijo Sebastián cuando se lo regaló después de pasarle a una amante que se estaba poniendo muy pesadita. Córcoles no quiso investigar si era cierto. El cuchillo parecía muy bueno y eso le bastaba. Ahora lo pondría a prueba. Lo sacó de la funda y fue pasando la punta por las hendiduras de la puerta, tanteando aquí y allá. Por fin decidió probar con la cerradura. No estaba echada la llave. El no era un cerrajero ni sabía nada de cerraduras, sin embargo estaba claro que la punta del cuchillo pasaba donde debería haber estado el trozo de metal que encajaba en el hueco correspondiente de la jamba.

 
 

 

 Si la puerta no estaba cerrada con llave no sería tan complicado abrirla. La madera se habría dilatado por el calor y encajado en la jamba. Tal vez una simple patada serviría. Se echó hacia atrás, iluminó la puerta con la linterna y como si de un Bruce Lee se tratara soltó una buena coz de costado, como en las películas. Su pie rebotó en la madera, un terrible dolor se apoderó de su tobillo, pero la puerta no se abrió. ¡Maldita sea! Lo que me faltaba, se dijo, bajo el puerto a oscuras, a un “trís” de despeñarme, le echo c… al asunto para que Hortensia no se burle de mí, me atrevo a enfrentarme a una mujer fantasma… ¿y todo para qué? Para encontrarme con una maldita puerta cerrada que no puedo echar abajo.

 El persistente dolor en el tobillo le hizo pensar que sería mejor tomárselo con calma. Como pudo se sentó en el suelo, iluminando con la linterna a su alrededor. La oscuridad era completa. ¿También había tenido la mala suerte de elegir precisamente una noche sin luna? Bien podría haber comprobado en el calendario los días de luna llena y elegir uno de ellos. Pero Córcoles no era precisamente un hombre reflexivo y pragmático, tomaba las decisiones en el momento, en caliente, y si no lo hacía, luego, con el tiempo no era capaz de ver otra cosa que el lado oscuro de los acontecimientos. ¿Dónde estaría Fogoso? Regresar a casa a “patita”, después de haberle ventoseado a la fantasma en las narices y de haber visto la casa lo suficiente como para que Hortensia se convenciera de que había estado allí, no era precisamente el regreso triunfal del héroe. ¡Maldita sea mi estampa! Intentó silbar, pero solo le salió un silbidito ridículo. Bueno, dejaría al caballo en paz, ya aparecería por la mañana buscando al dueño, y si no lo hacía…¡que se lo comieran los lobos! ¡Maldito caballo del demonio! 

 La postura no le hacía bien, el viejo dolor en el coxis, consecuencia de la caída del caballo, regresó a él con fuerza. Tampoco era buena para el tobillo, se veía obligado a mantener estirada la pierna y eso no era precisamente muy cómodo. Decidió ponerse en pie y seguir intentando echar la puerta abajo. Colocó la linterna en el suelo, para que iluminara un poco la puerta y tomando carrerilla y renqueando como un cojo se lanzó contra el último obstáculo que le separaba de la adorable mujer fantasma. Según iba acercándose colocó su hombro izquierdo por delante, y fue éste quien rebotó contra la puerta, con un crujido como de huesos astillados. Cayó al suelo y allí permaneció unos minutos, respirando con fuerza, intentando calmar el dolor del hombro. Se lo palpó con fuerza. No parecía haber nada roto, era lógico que le doliera tras un golpe como aquel. Se levantó y observó que la puerta se había movido ligeramente. Una rendija por la que cabía un dedo le hizo pensar que tal vez la madera arrastraba por el suelo. Se arrodilló y lo comprobó. Efectivamente, el suelo estaba formado por enormes piedras planas unidas por una especie de amalgama seca de yeso, rota en muchos sitios. Una de las piedras presentaba una ralladura, como un pequeño surco, que parecía generada por el constante arrastrar de la puerta. Terminaba en un ligero saliente. Sin duda era lo que impedía abrirse a la puerta.

 

             Córcoles se puso en pie e intentó subirla un poco, para que pasara por encima del saliente. No lo consiguió, tocaba en la jamba de piedra y solo raspando el lado superior con un cepillo de carpintero se podría llegar a conseguir. ¡Cómo echaba de menos un buen hacha! Empujó con el hombro derecho, la puerta se arrastró lo suficiente como para llegar hasta el saliente. El hombre colocó el cuchillo por debajo, izándola un poco para que permaneciera lo más alta posible, respecto al saliente y se dispuso a dar el golpe de gracia.

 El tobillo había entrado en calor y apenas le dolía. Encolerizado por las dificultades encontradas y en las que ni siquiera se le había ocurrido pensar, corrió hacia atrás, para tomar toda la carrerilla que le fuera posible. De pronto oyó un “crac” infernal. ¡Maldita sea mi alma de idiota! Efectivamente al retroceder había pisoteado la linterna sin darse cuenta. La luz se había apagado y ahora no podría correr a oscuras sin el claro peligro de golpear la pared de piedra en lugar de la puerta. Desprendió la mochila de la espalda y hurgó en ella hasta encontrar el zipo. Se encendió sin problemas, con una llama poderosa. Pero no podría correr con él en una mano y golpear con el hombro en la puerta con suficiente fuerza. Decidió acercarse y colocar el mechero en una rendija astillada del lado de la puerta donde no estaba la cerradura. Comprobó que no se apagaba -¡cómo podía suceder tal cosa, sino soplaba ni una brizna de aire- y ahora sí, retrocediendo sin miedo y tomando carrerilla como un saltador de triple salto olímpico se lanzó contra la maldita puerta con el mismo entusiasmo que si se tratara de una mujer desnuda.

 

Sonó un crac en el hombro que tenía muy mala pinta, pero al menos la puerta se movió con un sonido que le puso los pelos de punta. Era el típico rechinar de las puertas de las casas fantasmales, cuando se abren, poco a poco, empujadas por el viento. Solo que ésta se abrió de golpe, proyectando a Córcoles al interior, donde cayó de bruces, arrastrando las narices por el suelo de piedra. Fue un aterrizaje forzoso y tan doloroso como ridículo. Quedó ligeramente conmocionado, escuchando lo que le pareció el eco del ruido de la puerta, como un pistoletazo seco, unido al rechinar de la madera arrastrando por el suelo, que le había producido un poco de dentera. Solo ahora fue consciente de la intensidad del silencio que le había rodeado desde su llegada a la casa. A lo lejos, muy lejos, pudo escuchar el relincho de Fogoso. ¿Tenían tan buen oído los caballos?

 

 

 Como pudo se sentó en la fría piedra del hall. Afuera el mechero seguía encendido, alumbrando un pequeño círculo en la entrada. Puso oreja. La casa permanecía en silencio monástico. Eso le preocupó más que si hubiera escuchado el lamento de la mujer fantasma. Todas las casas, especialmente las casas viejas, suelen tener pequeños ruidos de fondo que las hacen inconfundibles para sus residentes. Aquí no se escuchaba ni el ruido de zapa de los ratones, ni el viento ululando en los huecos de los muros, nada…

Decidió hacerse con el mechero y buscar la linterna, por si aún servía. De otra forma tendría que hacerse una antorcha con trapos viejos y un mango de escoba o buscar algún cabo de vela que aún pudiera encenderse. El mechero era incómodo, y podría quemarse muy fácilmente, en cuanto soplara un poco de viento o hiciera un movimiento brusco. Salió a la puerta y tomó el mechero de la grieta. Caminó mirando el suelo hasta encontrar la linterna. Se acuclilló y la observó meticulosamente. La había aplastado por completo. Solo las pilas servirían. Se había olvidado de traer otra linterna de repuesto. ¿Había en la casa? Se metió las pilas en un bolsillo y pateó con rabia los restos de la linterna.

 Regresó a la casa. A la luz del mechero pudo ver el hall con bastante claridad. El suelo era de piedra, las paredes de ladrillo, excepto las que formaban parte de la pared exterior, hecha de piedra desnuda. Frente a él una escalera de madera, de suficiente amplitud para dos personas, ascendía al piso superior. A la izquierda una puerta muy basta, apenas tres tablones unidos por dos pequeñas tablas, una arriba y otra rozando el suelo. Córcoles supuso que sería la cocina y decidió entrar, por ver si encontraba algo con lo que fabricarse una antorcha, o algún cabo de vela que le pudiera servir.

  Abrió la puerta con suavidad. También produjo el típico ruido rechinante al arrastrar por el suelo. Al ir a atravesarla el mechero se apagó. ¿Cómo era posible? No soplaba ni una brizna de aire, algo que hasta al inexperto Córcoles le pareció extraño. Tenía entendido que en el campo siempre sopla algo de viento, incluso en las noches más tórridas y tranquilas del verano. Buscó a tientas el interruptor de la luz, a su derecha, y luego rodeó la puerta, hasta lograr palpar en la pared, tras ella. Allí fue donde encontró un antiguo interruptor, de esos que encienden y apagan la luz moviendo una pequeña palanquita para arriba o para abajo. Lo hizo repetidas veces, hasta caer en la cuenta. ¿Cómo iba una casa tan vieja y abandonada seguir teniendo suministro eléctrico? ¿Quién lo pagaría?

 

  Intentó encender el mechero. Lo consiguió a la tercera. ¿Se habría olvidado de comprobar si estaba cargado? ¡Imposible! Lo había hecho al preparar la excursión y sabía que lo había recargado. Todo estaba en orden. ¿Entonces? Se iluminó. Caminó unos pasos hasta el centro y allí fue girando en círculo sobre sí mismo. No se había equivocado. Era una cocina, aunque ni remotamente parecida a algo que él pudiera recordar. Bueno, sí. En la visita al museo antropológico comarcal aquella vieja mujer le había enseñado una cocina que tenía alguna semejanza con ésta.

 

 Una mesa hecha de tablas mal devastadas. Como patas cuatro maderos rectangulares clavados a las tablas con puntas. A la izquierda, y contra la pared, un banco que al parecer llamaban “escaño”. Unos viejos y polvorientos cojines aún permanecían en las esquinas. Sobre una de ellas, cerca de la puerta, y protegida por una apoyabrazos de madera, estaba la vieja llave de la luz que había manipulado a oscuras. Se acercó y tuvo que correr un poco la mesa, para hacerse sitio. Ésta se tambaleó. Córcoles intentó asentarla pero no lo consiguió. Una de las patas era más corta que el resto.

   Era negra y por arriba salía un cable muy elemental que recorría la pared hasta llegar a la jamba de la puerta. Allí habían hecho un agujero por el que pasaba el cable hasta el hall. Por curiosidad volvió a jugar con la palanquita. Elevó el mechero y vio en el alto techo de la cocina una vieja bombilla, sin pantalla ni otro adorno, tan solo con el casco y el cable que había sido sujetado al techo de madera con una simple punta.  Observó aquel techo con detenimiento. Estaba construido con varias vigas de madera que recorrían el rectángulo desde la pared exterior hasta la pared de ladrillo de la cocina. La madera era negra y aparecía quemada y astillada en muchos sitios. Las vigas sujetaban un techo de tablas que seguramente sería el suelo de una habitación, en el piso superior. Eso era todo, ni un simple adorno, solo el cable que llegaba hasta la bombilla.

Se acercó y recorrió el escaño hasta la esquina más cercana a la puerta de entrada de la casa. Allí, a una altura que superaba la cabeza de Córcoles había dos tablitas triangulares unidas. Sujetaban lo que parecía un viejo y enorme despertador. Córcoles quería examinarlo, pero para ello debería subirse al escaño. Decidió probarlo antes. Se sentó con precaución. La madera debía haber sido muy buena y sólida, porque aún soportaba su peso. Se imaginó al dueño de la casa, en este caso Sisebuto, sentado allí, con toda pachorra, mientras su mujer, Julita, atizaba el fuego y preparaba la comida. Él entretendría la espera bebiendo vino de uno de aquellos porrones de cristal que había visto en el museo.

Si el escaño aguantaba no habría el menor problema. Se levantó y puso un pie en el banco. Forzó un poco. Luego se empujó y puso los dos pies sobre el escaño. Se quedó muy quieto, como temeroso de que de pronto aquella madera que había aguantado décadas se quebrara bajo sus pies. No sucedió nada. Alargó el brazo y tomó el despertador en sus manos. Era enorme, de latón, con números romanos y en lo alto el “pitorrín” que servía para poner la alarma. A pesar de su tamaño no pesaba mucho. Era latón del malo. Se imaginó el enorme estrépito que produciría aquel trasto al dispararse la alarma. Lo dejó en su sitio. Bajo la plataforma aparecía colgado un calendario, mejor dicho la fotografía, porque las hojas habían sido arrancadas hace tiempo. Era una pena, porque así hubiera podido situar la historia de Julita y de Sisebuto en el tiempo. La fotografía era una especie de bodegón, sobre una mesa una gran hogaza de pan, un porrón lleno de vino, un plato de cocido de garbanzos, sobre un plato unas lonchas de jamón, de lo que parecía cecina y rodajitas de chorizo. Aquella visión hizo que Córcoles recordara que aún no había cenado y al muy tonto ni siquiera se le había ocurrido traer algo para el camino, un “currusco” de hogaza, como aquella, de unos dos kilos, calculó a ojo, y unas lonchitas de jamón y chorizo. ¡Qué menos!  Bueno, pensó, el estómago vacío no es mala cosa para enfrentarse a una fantasma. Mucho mejor que con el estómago lleno. Sería muy desagradable vomitar.

Pasada la esquina, en el centro de la pared de enfrente, había una gran ventana. Muy alta, aunque no tan amplia. Aparecía cerrada por dentro por contraventanas de madera. Córcoles se fue acercando con cuidado. Abrió una contraventana, sujeta por un trozo de alambre curvado a una especie de alcayata clavada en la jamba.  Se produjo el típico ruido. ¿Cuánto hacían que no se engrasaba nada en aquella casa? Se alumbró con el mechero y pudo ver un cristal muy basto, repleto de cagadas de mosca y polvoriento hasta dejar una buena capa de polvo encima. Córcoles trazó una línea con el dedo índice, y luego, viendo que no quedaba mal, escribió: “Aquí estuvo el tonto de Córcoles”. Y echó una rúbrica.

La llama se movió con brusquedad, como si una fuerte corriente de aire hubiera penetrado por la ventana, pero nada de eso había sucedido. Fue entonces cuando comprendió que antes de seguir viendo la casa debería buscarse algo más práctico que un mechero. Bajó del escaño y comenzó a examinar la cocina con meticulosidad. En la pared de enfrente una meseta de ladrillo, con superficie de azulejos con motivos florales, servía para acoger, por debajo, el hueco de una chimenea, cuyo tiro parecía ir por dentro del muro de piedra, hasta el tejado.

Córcoles se acercó para examinarla más a fondo. Se acuclilló porque la llama del mechero apenas llegaba unos centímetros en el interior del hueco. Alargó el brazo con el mechero. Sobre un trípode de metal aún quedaban restos, como petrificados y negruzcos, de troncos que habían servido para atizar el fuego. La pared del fondo estaba completamente negra y el suelo repleto de antiguas brasas, ahora ceniza maloliente.

Al lado una vieja cocina de hierro, también semejante a la que había visto en el museo, incluso la marca era la misma. No podía leerse con claridad pero se adivinaba un nombre vasco. Alguien le había dicho que se fabricaban en Eibar, creía recordar, o puede que fuera otro nombre, los famosos altos hornos de Vizcaya durante el franquismo. Se alimentaba con leña, por arriba, donde había un enorme agujero circular con varios círculos que ocupaba cada uno su propio espacio, los más cercanos al máximo círculo más grandes y así iban disminuyendo hasta una especie de tortita circular con un pequeño agujero en el centro. ¿Cómo le habían dicho que se llamaban? …¡Ah, sí! Arandelas. Córcoles intuyó que estaban hechas para adaptarse a los diferentes culos de las potas, unos más grandes y otros más chicos…Como los de las mujeres. Pensó y escuchar su propia risa en el sólido silencio de la casa hizo que se estremeciera. Claro que también era necesario mantener el círculo máximo para que cupieran los leños que se echaban a la lumbre. Aunque no todos podrían caber por arriba. Entonces se dio cuenta de que en el lateral existía una puertecilla de hierro macizo. Se cerraba con un pequeño picaporte. Se le daba la vuelta y el trozo de hierro que encajaba en una especie de horquilla, subía, y la puerta se abría. Así se abre, así se cierra. Córcoles comenzó a jugar con el mecanismo como un niño asombrado con algo que no había visto nunca.

Por allí sí que se podían echar troncos al fuego, incluso muy largos y gruesos. Imaginó cómo se encendía la cocina. Unos papeles de periódico, encima unas ramitas secas y muy delgadas. Se prende fuego con el mechero o con la llama de la vela, por la noche, y se van echando ramas más gruesas. Cuando el fuego es ya importante se introduce por el lateral un grueso tronco y se deja que la lumbre vaya avivando. Se lo había enseñado la abuelita del museo. Al parecer en tiempos los habitantes de la comarca subían a los montes, cortaban árboles con sierras elementales, nada de motosierras, de esas grandes que se usan entre dos, uno tira para sí desde su lado y luego deja que el otro haga lo mismo desde el suyo. Los árboles se podaban de las ramas, y troncos y ramas se cargaban en los carros tirados por vacas hasta que fueron llegando los tractores.

Córcoles se imaginó aquel tipo de vida y se dijo que tenía su encanto. Claro que solo si se vivía así durante un fin de semana, con unos amigos. En invierno, cuando fuera estaba cayendo una gran nevada. Se hacían unas buenas sopas de ajo, muy picantitas, una gran tortilla con trozos de jamón y chorizo, y todo ello se regaba con un buen vino, servido en copas, o bien en el porrón, si apetecía sentirse un labriego. Un café de perol con su toquecito de aguardiente. Luego vodka o güisqui añejo hasta que el personal se fuera calentando. Luego hasta era posible que las parejas asistentes decidieran intercambiarse. A Córcoles se le hizo la boca agua. Nunca había probado algo parecido. Tal vez debería hacerlo alguna vez. Una especie de fiesta recordando tiempos pretéritos. Claro que para ello tendría que librarse de Nely y conseguir que Hortensia no se fuera de la lengua. Para el invierno, Nely estaría ya casi a punto de entrar en cuentas y él podría alegar cualquier cosa para acercarse por la casa. Invitaría a alguna que otra pareja de amigos, muy escogida y hasta era posible que buscara alguna pareja joven del pueblo… para ver cómo reaccionaban.

El hombre suspiró. La imaginación nunca se le desbocaba de aquella manera. ¿Sería la casa? Continuó por la meseta. Ahora, al final de la plancha de hierro, había una especie de pozo rectangular.  Un hueco que ascendía de la superficie con unos rebordes de latón, tapados con una gran tapa del mismo material. La puso a un lado. El interior estaba casi vacío. En el fondo unos hilillos de agua producían un olor fuerte y repugnante, como a charca hedionda. Allí al parecer calentaban el agua para lavarse los pies o bañarse en el gran balde de latón. Se imaginó a Julita, desnuda, una noche cualquiera, sentada en el balde, pasándose el “chumino” con una esponja. En ese momento entra Sisebuto y no puede resistirse. La saca del balde a peso, la toma en brazos y la sube al dormitorio, donde la posee con la brutalidad de un oso.

Córcoles se estremeció de placer. ¿Cómo sería Julita? No había visto ninguna foto aún, aunque Hortensia le prometió enseñarle alguna que guardaba en un viejo álbum.  A continuación venía un fregadero de piedra, con un grifo muy elemental, de diseño antiquísimo. Se movía una palanquita en el grifo, hacia adelante o hacia atrás y salía agua. Lo probó. Se oyó un fuerte gorgoteo de aire y luego salió con fuerza un chorro de agua muy sucia. Curioso. Aquello aún seguía funcionando tras décadas de abandono.

Córcoles puso la mano para que la mojara el chorro de agua. Salía muy fría. Se lavó la cara para refrescarse y bajó la cabeza para que empapara su cráneo. No era una noche especialmente cálida aunque estaba sudando bajo la camisa, tal vez el miedo. Alumbró la esquina con el mechero. En lo alto, empotrado en la esquina, observó un curioso armario. Sostenido por dos listones que parecían clavados en la pared por puntas. Ocupaba buena parte de la pared, desde cerca de un metro por encima del fregadero hasta un par de cuartas para llegar al techo. Estaba hecho de tal manera que encajaba a la perfección en la esquina. Córcoles abrió una de las dos puertas encristaladas y sucias y observó el interior. Existían varios estantes, cuatro, contó sintiéndose ridículo por sentir curiosidad por ese detalle. El de abajo lo ocupaba una vieja vajilla, platos amontonados a la derecha, vasos de duralex en el centro, fuentes a la izquierda. En el segundo estante una cajita metálica con dibujos, al parecer había contenido dulce de membrillo, cajitas también metálicas de pimentón, una botella vacía, tal vez de orujo.

¿Qué era aquello? Córcoles alargó la mano. Sobre un casi desmigajado trozo de periódico, completamente ilegible, pudo ver al menos media docena de cabos de vela, algunos sin empezar. Tomó uno, estaba tan duro que parecía un trozo de madera. Lo observó con curiosidad. La mecha sobresalía por uno de los extremos. Si era capaz de encenderla habría solucionado el problema de la iluminación. Con la linterna rota no era cuestión de ir por toda la casa con el mechero en la mano. Lo encendió y con mucho cuidado aplicó la llama a la mecha. Tardó en encender. Primero produjo un sonido como de siseo y luego comenzó a salir una buena humareda. Córcoles tosió, aunque continuó aplicando la llama. Por fin la mecha se encendió y la llama bailoteó alegre ante los ojos del hombre.

Alargó la mano izquierda y tomó la botella vacía, en cuyo gollete encasquetó la vela. Perfecto. La colocó sobre la tarima y siguió observando el interior del armario. En el tercer estante había una especie de jarra de latón muy elemental, hecha con los restos de cajas metálicas, tal vez de conservas, y con un asa del mismo material. Una lechera de plástico y embudos de latón de diversos tamaños. Una garrafa de aceite, cerrada, con algo sucio en el fondo. En el último estante solo pudo ver cajas de palillos y botes redondos, herrumbrosos, tal vez conteniendo puntas o tornillos. Su vista no llegaba al fondo. No quiso arrimar una de las sillas que rodeaban la mesa del comedor. Hubiera sido muy arriesgado subirse a ella. La madera seguramente estaría podrida y podría darse una buena culada.

Decidió mirar bajo el fregadero. Un lienzo de madera, sucio, jabonoso, cubría el hueco, no se le podía considerar una verdadera puerta, puesto que no estaba unido a la pared, no había visagras, simplemente se quitaba y se ponía colocándolo con las manos. Córcoles lo movió con cuidado, situándolo a la derecha del fregadero. Bajó la botella con la vela e iluminó el interior.? La pared del fondo tenía grandes manchones de humedad que habían criado moho, había desconchones y hasta un pequeño agujero en un ladrillo. Sobre el suelo de tabla una típica botella de anís, con salientes del mismo tamaño que se utilizaban para hacer música pasando un palo por ellos, arriba y abajo. La mujer del museo comarcal le había enseñado cómo se hacía y no era un sonido desagradable. La botella estaba mediada de un líquido que podría ser lejía o algún otro producto de limpieza. Córcoles no quiso saberlo, arrimar la nariz al gollete podría hasta intoxicarle. Estropajos de alambre, trapos secos que una vez estuvieron empapados y se dejaron secar hechos una pelota desprendían un olor insoportable. En el suelo, entre dos tablas astilladas, le pareció ver algo que relucía a la luz de la vela. No quiso desprenderse de la mochila que llevaba a la espalda para buscar su navaja multiusos. Tal vez encontrara algún cuchillo en el cajón de la mesa.

Se levantó y caminó sobre el suelo de tablas que crujió con un extraño sonido fantasmal. Tiró del cajón de la mesa, pero lo hizo con tanta fuerza que se quedó con él en la mano. El peso hizo que lo soltara y cayó al suelo produciendo un estrépito que sonó como un cañonazo en el silencio de la casa. Córcoles se estremeció. La noche, el silencio y aquellos pequeños incidentes le estaban poniendo los nervios de punta. Se acuclilló observando el contenido del cajón. En diversos compartimentos había tenedores, cucharas, cuchillos grandes, de postre, cucharitas, un reposaperolas de madera. Tomó un cuchillo y notó el fuerte tacto de la alpaca. Eran bastos, el mango muy grande y ancho, y el filo inexistente. Se lo pasó con cuidado por la palma de la mano izquierda. Nada. Hubiera tenido que dar de martillazos sobre el cuchillo para hacerse una herida. A pesar de ello le podría servir.

Regresó hasta el fregadero y hurgó en la madera. Algo redondo se desprendió y se movió y cayó del fregadero hasta el suelo de tablas. Córcoles lo iluminó. Era una canica de cristal. ¿No le había contado Hortensia que Julita no tuvo hijos? Tal vez no lo recordara bien. La borrachera de aquella noche y los fragmentos de la historia que le había pedido le recordara en días sucesivos habían originado un terrible caos en su mente, aunque juraría que en aquella casa nunca debió haber niños. Tendría que preguntárselo a la buena mujer.

Decidió dejar el cajón de la mesa, con los cubiertos en el suelo, y se dispuso a observar el resto de la cocina. Al alzar la botella con el cabo de vela, éste iluminó la esquina donde había visto el despertador. Allí seguía como un viejo soldado que hubiera participado en todas las guerras. Ahora se apercibió que marcaba las 7,20. Las agujas habían elegido aquel momento en el tiempo, como muy bien podrían haber escogido otro cualquiera y allí se habían quedado, agazapadas, esperando algo que él no podía imaginar. Se le ocurrió la idea de darle cuerda y sin pararse a pensárselo dos veces, corrió un poco la mesa hacia un lado, se subió al escaño, con cuidado y extendió la mano hacia la plataforma de madera. Se hizo con el reloj. Se bajó, sentándose en el escaño y colocando el despertador en una esquina de la mesa buscó la forma de darle cuerda. Era algo sencillo. Por detrás sobresalía una enorme llave metálica que encajaba en un agujero. Solo había que moverlo siguiendo la dirección de las agujas del reloj y en el interior del mecanismo se iba apretando un muelle. Éste debía de estar muy recio porque le costó dar una vuelta a la llave. Tuvo que hacer mucha fuerza y a cada vuelta de llave le dolían los dedos. Finalmente el muelle alcanzó el tope y Córcoles lo dejó con cuidado encima de la mesa. La alarma estaba puesta, pero no sabía cómo se activaba. Miró por detrás. Aparte de la llave por debajo de ellos había como dos tornillos. Hurgó con los dedos. Volteó el reloj para verlo por delante. Estaba claro que uno de ellos era para ponerlo en hora. ¿Y el otro? Le dio vueltas con los dedos. De pronto la alarma del enorme despertador se disparó de repente. El sonido estridente y desagradable fue tan repentino que la sorpresa hizo que se cayera del escaño. Sobre la mesa el despertador siguió y siguió repicando. La casa pareció despertar de su letargo y a Córcoles le pareció escuchar algo en el piso de arriba. Como pasos que se movían sobre el suelo de tablas, acompañados por una especie de sonido que le pareció un gemido o una respiración acompasada. No podía saberlo con certeza porque el repiqueteo del despertador ahogaba cualquier otro sonido. Intentó pararlo pero no encontró el botón que detenía la alarma. Ésta siguió hasta que a Córcoles le pareció que el muelle ya se había extendido por completo y aún continuó un tiempo. Aquello no le pareció muy normal. No entendía de aquella antigualla de despertadores, pero sin duda su alarma funcionaba con un muelle que se encogía y oprimía dando vueltas a la llave y que se disparaba cuando un botón quitaba el seguro. Una vez el muelle extendido por completo era imposible que la alarma siguiera sonando. Y sin embargo era lo que estaba ocurriendo. El repiqueteó continuó y continuó. Córcoles miró su reloj, un minuto, dos, tres? Por fin se detuvo como un agonizante mastodonte.

Un sudor frio le empapó la frente y el resto del cuerpo. A pesar de que aquel fenómeno bien podría ser normal -desconocía el tiempo que tardaba un viejo despertador como aquel en agotar la alarma- a él no se lo parecía, en absoluto. ¿La mujer fantasma? Una risa histérica le asomó a la boca y salió disparada sin que él pudiera impedirlo. Entonces sí oyó con claridad un sonido en el piso de arriba, como el de unos pasos. ¿Era una voz gimiente o el viento lo que estaba escuchando también? Ni un soplo de aire se movía en la cocina. Arriba tampoco debería soplar el viento. ¿Qué era aquello? De pronto el calendario, que estaba clavado con una punta por debajo de la plataforma de madera donde había estado del despertador, se desprendió y cayó al suelo como balanceándose en el aire. En realidad solo quedaba la enorme fotografía, puesto que todas las hojas habían sido arrancadas, pero aún así había tardado mucho en caer, como deteniéndose en un vuelo sin motor. Tampoco aquello era muy normal, al menos a él no se lo parecía, en absoluto. Estuvo tentado de salir corriendo de allí o incluso se planteó subir deprisa al piso de arriba y cerciorarse de que no había nadie, pero un prurito de dignidad le impidió hacerlo. No iba a irse por las patas abajo, aunque no se lo contara nunca a Hortensia, tan solo el recuerdo le humillaría el resto de su vida. Decidió mirar qué había detrás de la puerta que había observado a la derecha del armario colgado en la pared. Iría moviéndose por la casa siguiendo el plan que había establecido, nada de salir corriendo de acá para allá, por muchos ruidos extraños que se produjeran.

Córcoles quiso ponerse en pie, pero sus piernas no le sostenían. Permaneció allí, con los codos apoyados en la mesa, observando fijamente el despertador. Escuchó algo,  como un sonido de conversación. El vello de los brazos se le puso de punta hasta que comprendió que era él mismo quien estaba hablando en voz alta. Se le disparó una risa histérica que no pudo controlar hasta pasados unos minutos.

Decidió continuar investigando. Empujó la puerta de madera que estaba al lado del armario que colgaba de la pared, en la esquina, sobre el fregadero. Estaba entreabierta. Apenas se movió un poco cuando la empujó con fuerza. Decidió patearla. Se abrió con un chirrido que le dio dentera. Seguramente los cambios de temperatura y el tiempo transcurrido la habían dilatado y deteriorado, ya no encajaba en el dintel, arrastraba por el suelo. Bajó el cabo de vela, lo observó con atención. Se trataba de un suelo de tablas mal devastadas, que encajaban mal, tal vez clavadas con puntas. La puerta había dejado un rastro en el polvo, comiendo la parte superior de las tablas.

Dio unos pasos y examinó el cuarto, elevando la vela sobre su cabeza. Parecía una especie de despensa. En el centro una gran mesa de madera, muy basta, construida por los propios residentes, ningún carpintero, ni el más “chapuzas” se atribuiría algo así. Las patas eran muy gruesas, aunque al menos todas tenían la misma altura, no como en la mesa de la cocina.

Sobre la mesa un balde de metal, muy grande. Córcoles se acercó. Estaba vacío y oxidado. A su lado una pequeña artesa de madera. ¿Para qué la utilizarían? Elevó la vista. Colgados de una gran viga unos ganchos metálicos. Allí colgarían los jamones y chorizos. No imaginaba otra utilidad. A la izquierda una ventana alta y estrecha, con los cuarterones de madera echados, cerrados con un trozo de metal doblado que encajaba en una alcayata cerrada. Todo muy rústico y hecho a mano. En una esquina un lavamanos de madera con espejo y una palangana desportillada. Arrimado a la pared de la derecha un gran arcón de madera. Córcoles lo abrió con cuidado. Iluminó el fondo con la vela. Estaba vacío.

Cubos de hojalata en el suelo, bajo la mesa. Estaban hechos de grandes latas de conserva, estañados de forma peculiar, con un asa grande. Tal vez los utilizaran para ordeñar a las vacas, aunque a Córcoles le pareció muy poco higiénico. Un gran cubo metálico con asa. Sin duda comprado, a juzgar por su buen acabado.  Apoyado en una pared un rastrillo de madera con unos cuantos dientes rotos. Sabía que se utilizaba para atropar la hierba en los campos, se lo había explicado la rústica abuela que hacía de guía del museo comarcal, en el pueblo.

Poco más que reseñar. Algunas tablas estaban rotas y todo muy sucio y polvoriento. Regresó sobre sus pasos a la cocina. Observó el despertador con mirada irónica. Le había dado un buen susto, pero ahora, a la luz temblorosa de la vela parecía un cacharro más, tan muerto como la casa. Decidió seguir explorando. Salió al vestíbulo. Antes de trepar por la escalera de madera al piso superior tomó la decisión de ser metódico, examinaría primero la planta baja y luego subiría a la superior. Iría cuarto por cuarto. Una vez allí ya no tenía prisa, lo mismo le daba regresar a casa a las cuatro de la mañana que una vez saliera el sol. Mejor con luz, aunque no podía imaginar nada que atrajera su atención lo suficiente para permanecer en aquella vieja casa fantasmal el resto de la noche.

Sintió curiosidad por saber qué contenía el hueco, bajo la escalera. Le bastaron unos cortos pasos para situarse debajo, tuvo que inclinar un poco la cabeza para no darse contra los escalones que sobresalían. Arrimado a la pared desconchada un banco de madera, aún más rústico que el mobiliario visto hasta ese momento. Sobre él unos sacos de arpillera, medio vacíos. No quiso mirar en su interior, aquello olía mal. Tal vez algo de trigo o cebada, podridos. ¿Podían aguantar tanto tiempo los cereales?

Una hoz oxidada colgaba de una punta clavada a un escalón. Servía para segar el trigo y la cebada, según le explicara la abuela en el museo. Arrimada al hueco más oscuro, bajo la escalera, y ligeramente inclinada, una vieja guadaña, completamente oxidada. De su empuñadura de madera colgaba un extraño artilugio de madera, muy bien trabajado, con un dibujo geométrico. De aquella especie de diminuto ataúd cerrado, asomaba, por la apertura de arriba una piedra que Córcoles había visto en el museo. Servía para afilar la guadaña. La vieja le había enseñado cómo se hacía. Tomando una guadaña en sus manos, sosteniéndola con una pierna adelantada, sacó la piedra de afilar del estuche que estaba lleno de hierba verde y con algo de agua en el fondo, y se puso a afilar la guadaña, con un salero que a Córcoles le hizo tanta gracia que al terminar la visita al museo le dio a la abuela una generosa propina.

Una horca de dos dientes estaba arrimada también a la pared, con los dientes tocando el suelo, una precaución que era de agradecer, más de noche y con tan pobre alumbrado. Colgados también de clavos sombreros de paja, una boina y un cesto de mimbre, que sin duda se utilizó para llevar la comida a los segadores en el campo, con el pan y el chorizo envuelto en una fárdela y un porrón de vino, tal como le detallara la amable viejecita.

Una puerta de madera, medio desvencijada, intentaba cerrar otra puerta, frente al hueco de la escalera. Córcoles la empujó, esta vez sin dificultad, aunque lanzó un largo y estridente chirrido, y examinó a la luz de la vela el nuevo cuarto. Era una fresquera, sin duda, unos cuantos tablones servían para que el montón de patatas no se desparramara en exceso, tal como le habían explicado. No quedaban patatas, seguramente se habrían podrido y sumido por las rendijas del suelo, de piedras mal colocadas. Allí se enfriaban los garrafones de vino y los porrones, antes de comer. También servía para que los alimentos perecederos durasen un poco más. En aquellos tiempos no se había inventado el frigorífico o refrigerador, o al menos no había llegado al campo, o a España.

Decidió que ya había visto bastante. Regresó al hall y se introdujo en la cuarto de al lado. Esta vez la puerta estaba abierta. No cabía duda, era el salón de la casa. Sin duda el cuarto más lujoso. Pudo ver un aparador en una esquina, con puertas de cristal. En su interior aún estaba guardada la vajilla. Córcoles se preguntó cómo no la habían saqueado. Sin duda Hortensia le hubiera dicho que por miedo a la fantasma. Él pensaba que la gente de los pueblos es muy supersticiosa. Eso era todo. Se acercó y abrió las puertas. Iluminó el interior. Allí se guardaba la vajilla de fiesta. Platos floreados, sucios de polvo. Con un dedo quitó el polvo de un trozo de plato. Pudo ver con claridad una flor con un largo tallo. Aquel era el concepto de lujo que tenían los campesinos en aquella época. Una gran sopera, platos hondos y llanos, vasos, copas que para aquella gente debieron de parecerles de un gusto exquisito, pero que hoy se encontrarían en cualquier tienda de todo a cien y muy baratos.

Un armario estaba arrimado a la pared de enfrente. Era alto, tocaba el techo, y bastante ancho para ocupar media pared. En el hueco central hoy cabría un televisor mediano. Aquella casa había muerto antes de conocer semejante invento. Córcoles no había visto un aparato de radio en la cocina, uno de aquellos mamotretos, radios de galena, que si te caían en la cabeza podían darte un disgusto. Eso fue exactamente lo que le dijo la simpática abuelita.

En los cajones cubiertos de acero inoxidable, no los de alpaca que había visto en la cocina. Un sacacorchos, un abrebotellas, un abrelatas. Servilletas de hilo dobladas con todo esmero… Casi se podía imaginar un día de fiesta en aquel salón. La fiesta del pueblo por ejemplo, se mataba un gallo y se ponía con arroz, nada de porrón de vino, una botella con etiqueta , copas, una ensalada con lechugas y tomates de la huerta, y para rematar, si la fiesta era grande, un cordero asado o un lechón. Toda la familia endomingada, los hombres con trajes de pana, las mujeres con vestidos de fiesta y pañuelos de color sobre las cabezas…

Córcoles recordó que según Hortensia en aquella casa solo habían estado tres personas: Julita, su marido, Sisebuto, y el amante. Poca gente para una celebración. Algo llamó su atención. Arrimó la vela. Clavadas a la pared con chinchetas aparecían viejas fotos amarillentas. Inclinó la cabeza para verlas mejor.

Al inclinar la cabeza hacia la pared una foto se desprendió, como si el movimiento de su cráneo

hubiera generado una fuerte corriente de aire. Hizo un extraño, balanceándose como un avión de papel y cayó a sus pies. Córcoles se retiró para buscarla y al hacerlo la pisó sin darse cuenta. Se acuclilló con el cabo de vela en la mano izquierda, la cogió con cuidado y la observó detenidamente. Sin duda se trataba de Sisebuto, fotografiado él solo a la puerta de la casa, seguramente el día de la boda. Se admiró de su imponente físico. Se trataba de un auténtico oso, muy alto, ancho de hombros, con cara de dóberman enfadado. Brazos largos, manazas enormes, pies grandes embutidos en bastos zapatos a la moda de la época. Un bigote, muy recortado, le daba un extraño aspecto , como una especie de dictador de opereta, algo así como Charlot en el Gran dictador, solo que el cuerpecillo del actor lo habían cambiado por el de un enorme oso salvaje. Resultaba ridículo y a Córcoles casi se le salta la risa, cortada con brusquedad por un acontecimiento inquietante.

Sin saber cómo, porque tenía muy bien sujeta la fotografía, ésta se desprendió de sus dedos y fue a caer precisamente sobre la llama de la vela. Comenzó a quemarse por una esquina y Córcoles dejando el cabo de vela sobre la mesa intentó apagarla sin resultado hasta que utilizó las dos palmas de sus manos para oprimirla con fuerza. Se quemó y saltó un juramento. Sin ser muy consciente de lo que hacía salió disparado hacia la cocina y abrió el grifo del fregadero, sin recordar que ya lo había hecho. La poco agua barrosa que permanecía en las tuberías ya había salido. El grifo hizo un ruido extraño y escupió una especie de salivazo húmedo de color marrón que cayó sobre la palma de su mano izquierda que tenía colocada bajo el chorro. Volvió a maldecir, muy enfadado y buscó en el hueco del fregadero algún líquido que pudiera servirle para humedecer las quemaduras. Solo encontró lejía.

Salió al exterior, buscando no sabía muy bien qué. Aunque recordaba  que en las alforjas que llevaba Fogoso a cuestas aún había una botella de agua sin empezar, eso no le servía de nada porque el maldito caballo había desaparecido. Pensó en silbar para ver si respondía, pero la oscuridad y la quietud de la noche eran tales que por un momento pensó que le traería mala suerte romper el silencio. ¡A saber dónde estaría ya aquel maldito caballo!

El dolor de las quemaduras se hizo insoportable. Se acuclilló y pasó las palmas de las manos por la hierba reseca, como si pensara en la posibilidad de que el relente las hubiera humedecido. Solo consiguió sentir más dolor y darse cuenta de lo imbécil que era. Separó los brazos del cuerpo y extendió las palmas hacia adelante, como si pensara de esta forma atraer algo de brisa fresca. Se llamó idiota. Era una noche cálida de verano, el aire permanecía invisible, dormido. En las montañas nunca hay bochorno por las noches, pero tampoco podría decirse que el famoso relente hubiera hecho acto de presencia o pensara hacerlo. Maldijo de nuevo, se sopló las palmas de las manos y para calmar el dolor comenzó a correr de acá para allá, levantando mucho las piernas, como un recluta novato a presencia del sargento.

Se le ocurrió escupir sobre las quemaduras y ensalivarlas bien. Sintió un ligero alivio. Permaneció allí de pie, un par de minutos, llamándose de todo y pensando cómo regresaría si no lograba atraer a Fogoso hasta la casa. ¡Qué necesidad tenía de mostrarle a Hortensia que era un hombre con muchas gónadas!  ¡Bonita noche le esperaba! Regresó a la casa. Por suerte la vela no se había apagado. Observó preocupado la esquina quemada de la foto. Se le escapó un suspiro. Casi había dado por supuesto que la foto habría vuelto a volar hasta la llama, como una mariposa nocturna, transformándose en cenizas. Estaba dispuesto a creer que esa noche podría pasar cualquier cosa.

Córcoles era un incrédulo, o tal vez sería mejor llamarlo agnóstico –ateo suena ancestral, desfasado- materialista, cientifista, lógico, racionalista…Como Santo Tomás solo creía lo que veían sus ojos y palpaban sus manos, mejor si era un cuerpo desnudo de mujer. En eso sí creía y mucho. No pensaba en la muerte, ya llegaría, era inevitable; tampoco dejaba que su mente le diera muchas vueltas a cualquier cosa que no encajara en el río lógico de la vida. Pero como nos sucede a todos, incluso a los hombr es con más gónadas, siempre hay momentos de soledad, por mucho que huyamos de ella, situaciones como aquella en las que uno se encuentra solo, en medio de la noche, lejos de la civilización, enfrentado a sí mismo y a su mente saltarina

Es en esos momentos cuando de poco sirven la lógica y el racionalismo. Uno puede intentar, como hacía Córcoles, achacar los eventos más inesperados a la mala suerte, al azar, a la estadística que resbala de las manos, pero de nada sirve si estás solo en medio de la oscura noche y sin posibilidades de salir corriendo en tu coche e ir a tomar una copa a un puticlub de carretera. Porque en eso pensaba ahora, en lo bien que se lo estaría pasando Sebastián, su chofer y factótum, con permiso del patrón, o sea él, en el nuevo puticlub de la comarca –el verano pasado aún estaba en construcción- restregándose contra la brasileña, una maravillosa mujer –debería serlo para casi enamoriscar a Sebas-  y tan olvidado de Córcoles como de la inevitable muerte que algún día a todos nos alcanzará.

Estudió de nuevo con detenimiento la foto de Sisebuto, maldiciendo de su irracionalidad, era imposible que el fantasma de Julita anduviera por allí, soplando con fuerza en una foto para que cayera al suelo y luego impulsándola hacia la llama de una vela. La soledad y la noche despiertan la imaginación. Vestía un traje a medida, de la mejor pana, hecho sin duda en la villa, capital de la comarca. Se preguntó si Julita no hubiera preferido un traje de tergal, confeccionado en Madrid.

¡Vaya si tiene pinta de bruto! Pensó Córcoles. Con cuidado tomó la botella con la vela en su mano izquierda y notó el alivio del vidrio en su palma. ¡Cómo no lo había pensado antes! Cambió la botella a la mano derecha y de esta forma, rotando, experimentó una grata mejoría en las quemaduras. Continuó observando las fotos en la pared. En la foto de al lado, enmarcada, se apreciaba la presencia de una hermosa moza en “traje de faena”, embutida en un vestido pueblerino que resaltaba mucho más la rotundidad de su cuerpo que el vestido de novia que aparecía en la siguiente foto, también enmarcada, más lujosamente que la anterior.  A Córcoles le llamó la atención que en el retrato “oficial” de boda, tomado delante del caserón, la novia sentada en una silla de enea, las manos recogidas sobre el regazo, llevara una pañoleta cubriéndole la cabeza, como si estuviera preparada para salir al campo a recoger la hierba seca. La pañoleta era típica en las mujeres para resguardarse del sol, lo mismo que el sombrero de paja o la boina cubría la cabeza de los hombres. Era otro dato que le había facilitada la abuelita encargada del museo comarcal, siempre inagotable en la cháchara y muy cansina en su obsesión por resultar educada y en hacer que el visitante, en aquel momento Córcoles, se sintiera a gusto. Al lado de la puerta aparecía colocado, precisamente, un rastrillo, con los dientes para arriba. ¿La fotografía habría sido tomada días después de la boda? Suponía que no, teniendo en cuenta que Julita era muy “capitalina”, muy adaptada a las costumbres de la villa y corte, aunque resultaba muy verosímil pensar que Sisebuto se hubiera hecho con los mandos, incluso antes de la boda, y organizado todo a su gusto y siguiendo las costumbres de la comarca.

Al tiempo que daba vueltas en su cabeza a estas y otras ideas, en paralelo y sin poder evitarlo, una parte de su mente elucubraba sobre el miedo y cómo éste influye hasta en la mente más racional. Córcoles era un hombre de mentalidad muy práctica. Todo aquello que no podía ser comprobado, es decir visto y palpado, no existía para él, aunque eso no le impedía llegar a utilizar lo que denominaba “credulidad o superstición” de la gente, especialmente en las mujeres. Era incapaz de sentir el menor remordimiento al manipular la credulidad de algunas mujeres para lograr, si era posible, sus favores s exuales. Lo había hecho hasta entonces y no encontraba ninguna razón válida para no seguir haciéndolo de ahora en adelante.

Podríamos decir, sin faltar a la verdad, que Córcoles era un verdadero Santo Tomás, capaz de introducir la mano en el costado de cualquier presunto resucitado para comprobar si estaba realmente muerto o no. Nunca se le ocurrió plantearse la existencia del más allá, porque esta posible dimensión existencial no había movido ni un solo pelo de su cabeza. Daba por evidente su nacimiento porque estaba en el mundo, vivito y coleando, y porque su madre, en quien confiaba a pies juntillas en estas cuestiones, le relató en diferentes ocasiones su llegada a la vida. Daba por supuesto que la muerte era el final de la existencia porque nadie regresó nunca para contar cómo era posible seguir existiendo sin cuerpo. Los fantasmas no eran otra cosa que invenciones de imaginaciones vivas y mentes incapaces de aceptar que estamos solos y que todo tiene un principio y un fin.

Si bien la visita que estaba realizando a la casa fantasmal había sido una estúpida decisión de un macho picado en su orgullo por Hortensia, una mujer a la que se le daba muy bien hacerle cosquillas en salva sea la parte, en ningún momento se le ocurrió la idea de que en aquel lugar pudieran ocurrir algo que una mente razonable no pudiera asumir como científico y estadísticamente más o menos probable o improbable. Sin embargo una cosa es predicar y otra dar trigo, como dice el refrán. La soledad, la noche oscura, el campo desierto y una casa abandonada, muy alejada de la civilización, pueden hacer que el hombre más hombre se vaya por la pata abajo y la mente más racional se ponga a dar tumbos como un borracho.

Eso le estaba ocurriendo a Córcoles en aquel momento. El miedo le estaba generando una flojera de vientre no precisamente causada por cualquier incidente biológico y su mente se tambaleaba, a oscuras y borracha, de acá para allá, buscando explicaciones para eventos que a plena luz del día no hubieran tenido la menor importancia. ¿A qué venía sino el intento de explicarse la caída de una foto que había permanecido clavada a la pared durante décadas? ¿No resultaba más ilógico el que hubiera permanecido en su sitio durante tanto tiempo? ¿Pero por qué precisamente caía al suelo justo cuando él acercaba su nariz para observarla?  ¿Y cómo se había quemado una de las puntas al caer sobre la vela, una vez recogida del suelo, y por qué precisamente la foto de Sisebuto y no otra? ¿Y el apagón de la llama de la vela, cuando no soplaba ni una brizna de aire? ¿Y aquel maldito y viejo despertador sonando atronadoramente cuando debería estar más muerto que el propio Sisebuto?

Eran preguntas tontas, impropias de una mente como la suya. De haber estado acompañado se habría reído y continuado sin más la visita a la casa, que tanto parecía interesarle, aunque no encontraba explicación alguna para esta morbosa curiosidad. Si Julita andaba por allí, en cuerpo fantasmal e invisible, ¿por qué no manifestársele claramente en lugar de comportarse de una forma tan estúpida? ¿Por qué no hablarle, dejar que la tocara, y si los fantasmas pueden follar, por qué no ponerse a ello de inmediato? A Córcoles estos atrevidos pensamientos no le sonaban a blasfemos, al contrario. Le daban ganas de ponerse a gritar y a berrear, enfadando a la fantasma para que se manifestara de una vez. Algo se lo impedía y no era precisamente la posibilidad de contemplar su cuerpo, desnudo mejor si era posible, sino un miedo cerval, ancestral, el pensamiento irracional de que algo así pudiera realmente ocurrir.

Decidió enfrentarse a la parte irracional de su subconsciente, provocándola incluso. Córcoles examinó la foto de la mujer con un placer indescriptible. No contento con ello colocó el cabo de vela que seguía consumiéndose sujeto por la botella de anís, sobre la mesa, descolgó la foto enmarcada y la puso también sobre la mesa, recorriendo con el dedo índice de su mano derecha la silueta de la mujer. El cosquilleo del dedo se transmitió al  resto de su cuerpo y con gran sorpresa por su parte notó que algo revivía  en el interior de su bragueta. Su miembro despertaba, intentando asumir la rígida postura de cadáver, como un estado permanente. Le vino a la cabeza una idea divertida. El miembro es la única parte anatómica del hombre que está muerta cuando está normal y que está muy vivita y coleando cuando adopta la rigidez cadavérica. Le gustó la metáfora y la guardó en su memoria para utilizarla en la novela.

La yema de su dedo se detuvo a la altura de los senos de la mujer y se movió con delicadeza sobre el cristal como si fuera capaz de acariciar los pezones de la mujer a pesar del cristal y de la ropa que la cubría, como si ella estuviera realmente allí, viva y desnuda. Su miembro saltó bajo la tela como despertando de su abotargamiento debido a un shock eléctrico

¡Sí que estaba buena la moza! Hortensia se había quedado corta al describirla.

Córcoles se había expresado en voz alta. Se sobresaltó al escuchar su propia voz rompiendo el sepulcral silencio de la casa. El sobresalto no quedó ahí, la llama de la vela parpadeó, se inclinó hacia uno y otro lado, aumentó de tamaño, como si quisiera llegar al techo y cambió de color, pasando de un azul intenso a un rojo violento. Cuando hubo hecho todas estas cosas decidió apagarse de repente, sin que corriente alguna de aire u otro motivo físico hicieran razonable este fenómeno. El hombre dio un bote, como si tuviera muelles en los pies, empujó una de las sillas que cayó al suelo, hacia él, y de tal manea que estuvo en un tris de derribarle. Córcoles se quedó a oscuras y acuclillado unos segundos, respirando como si temiera que el oxígeno del cuarto se fuera a terminar de un momento a otro. El golpe de la silla contra el suelo de madera resonó como un disparo. Por un momento le vino a la cabeza la escopeta de Sisebuto. Comenzó a temblar y a maldecir en voz baja.

-Lo siento. Fue sin querer.

Se estaba dirigiendo a la mujer fantasma, pidiendo disculpas por su lujuria, expresada de forma tan evidente. Estuvo a punto de añadir: No sabía que hubiera nadie aquí. Pero decidió quedarse callado. Ya estaba haciendo el ridículo más de la cuenta. Si Hortensia le estuviera viendo por un agujerito no sería capaz de volver a casa, se marcharía directamente a Madrid y no regresaría nunca jamás.

¡Qué estoy haciendo! Se dijo Córcoles y decidió poner un poco de orden. Como pudo volvió a encender la vela, colocó la silla de pie y se sentó en ella, a la espera de que sus piernas dejaran de temblar. Buscó un pitillo desesperadamente y cuando encontró la cajetilla y el mechero, encendió uno con mano temblorosa y se quedó mirando las sombras que la vela dejaba en las paredes, como un bobo que no tuviera nada mejor que hacer.

Pensó que la soledad era muy mala, casi lo peor que le puede pasar a un ser humano… después de la muerte, claro. De haber estado allí acompañado, por Hortensia, por Sebastián, por cualquier otra persona que le hubiera acompañado, nada de aquello habría sucedido o de haber pasado exactamente igual solo habría provocado risas y comentarios jocosos. Alguien habría traído una botella con alcohol, una petaca, o aunque fuera un porrón de vino, y se hubieran liado a tragos y a burlarse de la fantasma y a contar anécdotas y chascarrillos… ¡Qué bien le vendría ahora un trago de algo! Se llamó imbécil por haberse olvidado de lo más importante. Cuando salgas al campo, solo, especialmente si vas a pasar la noche en algún sitio, nunca te olvides de una buena petaca con güisqui o con coñac o vodka, lo que fuera le hubiera venido de perlas.

El alcohol anima a los cobardes, pensó, y no se sintió avergonzado en lo más mínimo de sentirse un cobarde. Aunque, pensándolo bien, si tan sobrio como el agua era capaz de sufrir aquellos delirios, ¿qué no le hubiera ocurrido de haber estado borracho y bajo la euforia del alcohol? Hasta habría visto a Julita en carne y hueso… Aunque no sabía si eso era bueno o malo.

Terminó el pitillo y lo arrojó al suelo, pisándolo con cuidado. Tal vez debería pegar fuego a la casa y salir de allí para no volver nunca. Bien, siempre habría tiempo para un disparate así. Más animado echó un último vistazo a la foto. Estaba buena, muy buena, pensó como retando de nuevo a la mujer fantasma (¿qué le podría hacer? ¿materializarse en cuerpo y hueso? Ja. Le echaría un polvo que nunca olvidaría) pero esta vez no ocurrió nada, como si lo sucedido fuera pura casualidad o tal vez la mujer fantasma se estaba riendo a sus espaldas, preparando algo sonado. Fuera lo que fuera, ya había visto bastante en el comedor. Decidió explorar la parte alta de la casa. Tomando la botella con el cabo de vela, se puso en pie y antes de abandonar aquel cuarto echó un último vistazo.

El hall le pareció amplio, vio la puerta de la calle abierta y se puso a pensar si él la había dejado así. El suelo, de grandes lajas de piedra, le gustaba, seguramente en verano era fresco, hasta se podría andar descalzo; en cambio en invierno el fuego de la chimenea calentaría la piedra y ésta conservaría bien el calor. ¿O no era así? Le hubiera gustado vivir unos días en una casa tan rústica, haciendo lo que hacían aquellos rústicos campesinos. Hubiera sido una experiencia interesante. ¡Ya lo creo que sí!

Iluminó la escalera de madera que comenzaba en un peldaño de piedra, y se dispuso a subir al piso superior. Existía el claro riesgo de que todo aquello se viniera abajo. La madera podría estar podrida y el paso del tiempo no parecía el mejor aliado para mantener todo aquello en pie. Puso el pie derecho sobre el peldaño de piedra y respiró profundamente. Lo que hubiera de ser, sería. Si todo se derrumbaba sobre su cabeza no habría habido nadie para rescatarlo. Una estupidez venir solo. ¿Y si hubiera llevado el móvil? También se lo había dejado en casa. Claro que en aquella zona lo milagroso sería encontrar cobertura, aunque solo fuera para una llamada de socorro.

CONTINUARÁ.