BREVES HISTORIAS DE OMEGA I


NOTA INTRODUCTORIA Y EXPLICATORIA: A los dieciocho años escribí en un cuaderno el esbozo de una novela que se titulaba “El planeta de los vampiros”. Eran vampiros psíquicos, por supuesto, porque los otros no me interesaban mucho. Con el tiempo la historia fue cambiando hasta el punto de transformarse en una trilogía de ciencia ficción que tenía muy poco que ver con el argumento inicial. Durante años tomé apuntes en cuadernos esbozando el planeta Omega y todo el cuadrante habitado de aquella galaxia que no situaba en parte alguna conocida. Luego cuando me compré el primer ordenador y antes de que me atreviera a conectarme a Internet pasé todo lo escrito al ordenador, lo catalogué, lo ordené y lo desarrollé. A pesar de ello y de los casi treinta años que he dedicado a esta trilogía ni siquiera he logrado terminar la primera novela, “Diario de Ermantis”.

Como no quería desaprovechar todo el trabajo que había realizado a lo largo de los años esbozando todas las facetas de la vida en el planeta Omega, decidí escribir unos relatos breves sobre la vida cotidiana y todo lo relacionado con la historia que no se contaba en la trilogía por falta de espacio. De esta manera surgió la serie de relatos que titulé “Breves historias de Omega”.

La primera, titulada Inteligencia artificial, nos cuenta cómo el profesor Helenio de Moroni, una especie de profesor chiflado, inventa una prodigiosa inteligencia artificial capaz de controlar toda la actividad y la vida cotidiana en el planeta. Eso les deja a sus habitantes todo el tiempo libre del mundo. Es un planeta en el que sus habitantes viven en un ocio permanente. Debo confesar que el nombre de la inteligencia artificial HDM-24 lo decidí simplemente basándome en el HAL-9000 de una Odisea del espacio. Puse tres letras, al azar, y el número que se me ocurrió (tal vez entonces acababa de cumplir los veinticuatro años) no tenía nada que ver con idea preconcebida alguna. Con los años, bloqueado completamente en cuanto a cómo desarrollar la idea de la creación de la inteligencia artificial, se me ocurrió echar mano del humor, que siempre me saca de los mayores apuros literarios y entonces descubrí, asombrado, que HDM podía transformarse en Helenio (por lo de Hélade y los nombres griegos de la novela) de Moroni, porque me gustó la palabra, y 24 porque serían 23 los intentos fracasados del profesor chiflado hasta conseguir el éxito.

Subiendo este relato intento retomar la trilogía y los relatos breves, aprovecharé para hacer un índice más completo de personajes y acotaciones para que cualquier lector pueda seguir la historia con una mínima posibilidad de comprenderla. También aprovecharé para iniciar por mi cuenta un pequeño taller de novela de ciencia ficción. Con las notas introductorias explicaré cómo se me ocurrió la idea y cómo fui avanzando en la historia y los personajes.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El invento del profesor Helenio de Moroni estaba en boca de todos los omeguianos. Aprobado y recomendado por el Consejo Planetario de Omega -que por fin se había formado tras un muy largo periodo de negociaciones- era el tema de conversación predilecto de ociosos, que no dejaban de burlarse de las excentricidades del conocido sabio. En toda sociedad que alcanza un nivel tecnológico elemental acostumbra a surgir la figura del profesor chiflado, quien deja volar su delirante fantasía para producir engendros de lo más variopinto.

En el caso que nos ocupa el engendro no era otra cosa que un cerebrito artificial con el que nuestro chiflado profesor pretendía dar mil vueltas a todos y cada uno de los cerebros naturales omeguianos. Como diciendo: son ustedes tan tontos que una máquina con cuatro circuitos puede superar el pensamiento de los millones de neuronas que almacenan en sus gordas cabezas. Se trataba de la vieja cuestión de la preeminencia de la máquina sobre la carne que a todo científico le pasa por la mente en algún momento de su carrera contra-reloj por superar lo que la naturaleza hizo e hizo muy bien. Yo estaba convencido de que aquello era un simple divertimento o más bien la consecuencia de la congénita testarudez del ínclito profesor, quien no cesaba de pensar y hacer todo tipo de excentricidades, como si hubiera nacido exclusivamente para ello.

Quienes más nos burlábamos del invento éramos los estudiantes de primer curso de ingeniería aereoespacial. Los experimentos autorizados por el Consejo se iniciaban con nosotros, cobayas burlonas y rebeldes. Helenio iba a demostrar que su engendro podía dar clases y examinar mejor que cualquier otro profesor, incluido él. La voz vieja, metálica y gangosa del artilugio nos hacía pasar muy buenos ratos, todo hay que decirlo. Aunque yo no sentía muchas ganas de divertirme parodiando la dicción de la caja metálica situada sobre la mesa del profesor. Se aproximaban los exámenes finales y para mi era muy importante, no solo aprobarlos, sino sacar las mejores notas. Había solicitado una de las seis plazas ofertadas para la expedición de la Descubrimiento I, que saldría al espacio- si todo iba bien- dentro de unos veinte años. Como tripulantes se necesitaban omeguianos jóvenes y expertos. De ahí que escogieran fundamentalmente a futuros profesionales, ahora en formación.

Era condición imprescindible terminar la carrera y con muy buenas notas. Comprenderán mi nerviosismo tras pasarme muchas noches en blanco, intentando asimilar las asignaturas de primer curso, infladas por una multitud de datos facilitados por nuestro metálico profesor. No deseaba perderme la primera expedición que abandonaría el famoso cuadrante galáctico, habitado por especies inteligentes. La posibilidad de hallar vida inteligente fuera del universo conocido y que ésta nos ayudara a solucionar todos nuestros problemas de un plumazo (algo que se rumoreaba pretendían algunos miembros progresistas del Consejo) y que un estudiante anónimo y poco respetado entre sus colegas pudiera formar parte del comité que haría de intermediario entre ambas especies me erizaba el vello de satisfacción.

Llegó el día y la hora señalados y mis previsiones más pesimistas se materializaron. Realicé un examen nefasto. La única esperanza que aún me quedaba era que mis contrincantes lo hubieran hecho peor, algo realmente difícil, aunque no imposible. Nuestro muy poco apreciado profesor HDM-24 (Helenio de Moroni en su veinticuatroavo intento) se las ingenió para encontrar las preguntas más astutas y malevolentes, en un derroche de imaginación que necesariamente dejaría agotado cualquier cerebrito, por muy artificial que fuera. Al salir del aula pude oír comentarios para todos los gustos, todos coincidían en que al cacharro se le había quemado algún circuito o más bien varios. Un estudiante especialmente sarcástico hablaba de nuestra suerte por no haber perecido en un pavoroso incendio a consecuencia de los cortocircuitos del muy odiado profesor.

Mi sorpresa no tuvo límites cuando al día siguiente me encontré en la lista de aprobados, el primero, arriba del todo. Si Helenio, el profesor chiflado, no hubiera dado garantías a diestro y siniestro de que nadie, absolutamente nadie, podría manipular su artefacto, me habría atrevido a pensar en una recomendación de Moroni a mi favor. Algo insólito puesto que ni siquiera nos conocíamos. Fue entonces cuando inicié mis sospechas de que algo no iba bien en aquella inteligencia artificial. O puede que fuera demasiado bien, según el punto de vista.

No les voy a dejar con el suspense balanceándose en la nuez. Logré el título de ingeniero aereoespacial de primera. Embarqué en la Descubrimiento I, que partió un año antes de la fecha programada. Pero no les voy a narrar ahora estas aventuras, les cortarían el resuello. Es mejor que se vayan preparando porque esa es otra historia para otra ocasión.

A la vuelta, doscientos años más viejo, me encontré con una sociedad tan cambiada que no la reconocería ni su madre. Helenio de Moroni estaba difunto y su engendro había pasado a manos del Consejo Planetario, que lo utilizaba como asesor de todas sus decisiones. Algo así como un cerebro en la sombra, si me permiten el chiste. Omega había llegado a ser el planeta turístico por excelencia de todo el cuadrante. En las arcas del Consejo Planetario no dejaban de entrar divisas de todas las formas y calibres. Éramos inmensamente ricos, me refiero a todos los omeguianos, y se decía que el Consejo, con el asesoramiento de “H”, estaba pensando en sacarse de la manga un decreto que cerraría Omega al turismo, nos aislaría del resto de la Galaxia y convertiría nuestra civilización en la primera absolutamente ociosa de que se tuviera noticia. Los robots a trabajar y nosotros a disfrutar.

No era una mala perspectiva, pero algo me olía mal en todo aquello. Estaba convencido de que el estúpido invento de Moroni no era una inteligencia artificial al uso. Algo que se confirmó cuando aparecí en la lista de candidatos del Consejo a nuevo Presidente. Se celebrarían elecciones virtuales y el que más votos recibiera sería el nuevo Presidente y el encargado de llevar a cabo los nuevos planes que se estaban cociendo en los circuitos del engendro y en los pasillos del palacio de cristal que se acababa de construir para su sede y la del Consejo Planetario.

Lo han adivinado. Salí elegido por mayoría absoluta y en la primera vuelta, a pesar de no haber movido un solo dedo en la campaña electoral. Me convertí en el veinte presidente de Omega y el primero vitalicio, según establecía el decreto convocando las elecciones. No estaba dispuesto a dejarme manipular por una simple máquina. No al menos de que antes me dejara conocer su secreto. Porque tras los circuitos de “H” existía un misterio. Eso era seguro…El final de la historia era totalmente predecible. El me lo hizo saber y yo me dejé manipular. Pero esa también es otra historia… para otro momento.

FIN

Adjuntos:
“>Planetas+iluminados+por+una+lejana+estrella+en+el+espacio[1].jpg
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