BREVES HISTORIAS DE OMEGA II (LA BIBLIOTECA DE VANTIS)


ImagenBREVES HISTORIAS DE OMEGA

NOTA EXPLICATIVA: Cuando me propuse esbozar la vida en el planeta Omega, tras asumir la inteligencia artificial sus funciones, imaginaba lo que se me caía encima, pero me quedé muy corto. Era preciso diseñar, al menos, cómo funcionaría todo en aquella nueva sociedad, y, por si fuera poco, también me obligué a trazar un pequeño esquema de lo que había sido la historia omeguiana hasta el momento.

Reconozco que fue una tarea muy, muy complicada, que me llevó años de anotaciones en cuadernos y libretas, además de pasarme horas y horas, días y días, elucubrando cómo podría funcionar una sociedad dirigida por una portentosa inteligencia artificial que se ocupaba de todo mientras los ciudadanos se tocaban la barriga portentosamente. A pesar de que la tarea me superaba y hubiera superado a cualquiera, no recuerdo haber pasado nunca momentos tan divertidos, a la hora de esbozar historias y de crear personajes, que las horas y horas que me pasé en Babia, mirando al horizonte sin verlo y viviendo con mi imaginación en aquella maravillosa sociedad donde nadie tenía que trabajar y todos poseían todo lo que era posible poseer, donde no había ricos ni pobres, ni poderosos ni miserables.

La biblioteca de Vantis, la capital omeguiana, es un breve resumen de todo lo que diseñé respecto al ocio, la cultura y el tema de los libros y las bibliotecas, algo que me interesaba sobre manera. Espero que les guste y que se hagan una idea de las ideas delirantes que se me ocurrían esbozando estas historias.

LA BIBLIOTECA DE VANTIS

Soy Aris Orbotón, rector de la universidad de VAntis, decano de la facultad de historia en la misma universidad, profesor de historia antigua de Omega y experto en civilizaciones extraomeguianas.

Todos estos rimbombantes títulos no significan nada, porque hoy la universidad de Vantis es un viejo museo que se conserva gracias a que un grupo de omeguianos, amantes de la historia antigua, exigimos del bueno de “H” (HDM-24, nuestra gloriosa inteligencia artificial que rige nuestros destinos)que dedicara parte de sus esfuerzos a conservar lo que aún perduraba de nuestra vieja historia en el planeta. Llegamos incluso a amenazarle con irnos a vivir a las montañas Negras, con los rebeldes. Si una inteligencia artificial pudiera reírse de las amenazas humanas no hubiera encontrado mejor motivo para burlarse de nosotros hasta desternillarse. No fue, pues, nuestra actitud lo que obligó a “H” a aceptar nuestras exigencias. Su maravilloso programa le hizo ver el lado práctico de semejante decisión porque al día siguiente nos comunicó que aceptaba nuestra propuesta con la condición de que cada miembro del grupo aceptara su correspondiente responsabilidad. Con el tiempo la tesis de uno de nuestros estudiantes sobre Helenio de Moroni y la evolución de su invento, nos haría ver que la programación de “H” tenía que llevarle necesariamente a tomar aquella decisión, puesto que había sido diseñada para respetar la forma de gobierno democrática que había imperado en Omega durante los últimos siglos y mejorarla, si ello era posible, al tiempo que un exquisito respeto por las minorías le obligaba a permitir que vivieran su vida como les pareciera oportuno, mientras no interfirieran gravemente que los derechos más importantes del resto.

No hay universidad que se precie que no disponga de una excelente biblioteca. La universidad de Vantis poseía la mejor de las bibliotecas posibles y aún mejoró mucho con la incorporación de los ejemplares del resto de las bibliotecas diseminadas por el planeta. Todo se centralizaría en la capital, esa era una condición muy aceptable para nosotros ya que éramos tan pocos que la dispersión terminaría muy pronto con nuestra ridícula rebelión cultural.
Yo acepté el cargo de rector, decano y profesor de historia antigua, todo en uno. Me responsabilicé del cuidado de la gran biblioteca que estaba a punto de desaparecer por falta de cuidado. Muchos libros estaban apolillados y tan deteriorados por el tiempo y el descuido que a no mucho tardar se acabarían convirtiendo en polvo. Teniendo en cuenta que la inteligencia artificial tenía en su memoria todos y cada uno de los libros existentes y conocidos y que eran accesibles de manera sencilla y variada a todos los ciudadanos de Omega, el hecho de que la biblioteca impresa se conservara o no, era algo que no preocupaba, ni mucho ni poco, excepto a nosotros.

Me puse a la labor, organizando la universidad, el profesorado y a los escasísimos alumnos rebeldes que se iban apuntando a las clases. Todo el mundo recibía educación en sus hogares y el bueno de “H”, adoptando la forma que cada alumno le pedía, se encargada de educar en todas las materias a todos los alumnos en edad de recibir educación obligatoria y al resto de animosos estudiantes veteranos. También me preocupé, muy mucho, de pedirle que imprimiera, en ediciones de lujo, todos los libros que estuvieran deteriorados, comenzando por aquellos cuya vida no podía durar mucho. El catálogo ya estaba en su memoria, por lo que me limité a consultarlo y a encargar a los becarios y aprendices de bibliotecarios que buscaran cuantos libros manuscritos se conservaran sobre el planeta para que pudieran ser impresos por nuestra paciente inteligencia artificial.

Todo el saber omeguiano estaba en la memoria de “H” pero nosotros queríamos que también estuviera en la biblioteca de la universidad de Vantis, y ello nos ocupó muchas horas de nuestros ociosos días. Cada día recibíamos peticiones de asociación de nuevos rebeldes culturales y con el tiempo nuestra universidad y biblioteca se pobló de amables ciudadanos que deseaban permanecer en los viejos tiempos porque odiaban que una inteligencia artificial les dijera hasta cuándo y dónde tenían que orinar.

Ciertamente “H” se ocupaba de todo, aunque al principio fue asumiendo sus funciones por etapas y bajo la supervisión del Consejo planetario de Omega, un órgano centralizado de poder que terminó con los gobiernos nacionales y federales y con toda su laberíntica burocracia. Helenio de Moroni dejó instrucciones claras, antes de su muerte, sobre cómo la inteligencia artificial debería ir asumiendo todas las funciones en aquella sociedad y cómo debería ser supervisada por un gran consejo de sabios que estarían a las órdenes de un Consejo de gobierno planetario, nombrado por voto libre y secreto de todos los omeguianos, grandes y chicos, a través de “H”.

La maravilla de disponer de tantos avances tecnológicos que permitían a cada ciudadano disponer casi todo lo que deseara sin verse obligado a trabajar o a comprar, vender o intercambiar, pasó pronto y la gente comenzó a aburrirse. Fue entonces cuando la inteligencia artificial se hizo cargo del ocio y de los medios de comunicación, última etapa en su evolución hacia la transformación en el cerebro del planeta. Pero ese es otro tema que trataremos en otro momento.

El grupo de rebeldes culturales se reunió, tras la propuesta de “H”, y cada uno aceptó su responsabilidad y las condiciones impuestas por la inteligencia artificial. Al principio me sentí bastante solo, puesto que era el decano y todo el profesorado al mismo tiempo. Conseguí que “H” me permitiera utilizar a un ejército de robots como bibliotecarios, limpiaban, catalogaban, ordenaban y asumían cualquier tarea que yo les ordenara. Luego fueron acudiendo rebeldes que se hicieron cargo de diversas materias en las diferentes facultades. Cuando el profesorado estuvo dispuesto comenzaron las clases. Los alumnos se habían ido apuntando y estaban a la espera de que pudiéramos poner en marcha aquella universidad tradicional.

El grupo me adjudicó como ayudante y secretaria a una jovencita que deseaba vivir la experiencia de cómo eran las cosas en los viejos tiempos en las universidades y bibliotecas. Gracias a ella mi soledad se atenuó y gracias a sus originales ideas la universidad y la biblioteca se convirtieron en el nido de amor de quienes comenzaban a odiar a “H” por su prepotencia y porque siempre resolvía todos los problemas, por muy arduos que fueran. Necesitaban sentirse libres y descubrir qué era aquello del “trabajo”, un concepto ya tan anticuado como la agricultura.

La jovencita se llama Lia Urmonita y fue la que me propuso que todo el grupo cultural rebelde hiciera una primera excursión a las montañas Negras, la sede del numeroso grupo rebelde a todo lo que supusiera el control por parte de “H” de sus vidas. Vivían en aquel entorno, respetado por todos y protegido por la inteligencia artificial con mucho mimo, como se vivía tradicionalmente en Omega, antes de que llegara el progreso y el turismo galáctico, es decir, en un sociedad agrícola y ganadera, en una gran tribu gobernada por un consejo de ancianos. Lo que ocurrió en esa primera expedición será objeto de otra historia que comenzaré a escribir con mi bolígrafo de cristal, un regalo especial de Lía, diseñado por ella y que el bueno de “H” no tuvo inconveniente en fabricar.

CONTINUARÁ

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