Un escritor frustrado (En casa de la mujer fantasma II)


 

Subió con mucho cuidado los escalones de madera hasta llegar al descansillo. A pesar del extremo cuidado que había puesto en cada paso, la madera chirrió quejándose de su peso y los chasquidos le hicieron pensar que estaba haciendo una locura. Aquello se podría venir abajo en cualquier momento. De pie, respirando con la boca abierta, jadeando como si hubiera subido una montaña, volvió a plantearse si no sería mejor salir de allí corriendo. Bajar los escalones corriendo, confiando en la suerte, para que no se hundiera ninguno, y buscar a Fogoso. Aquella era la mayor estupidez de su vida. De nuevo se representó la expresión jocosa del rostro de Hortensia mientras se reía con aquella risa tan peculiar en ella, como diciendo que todos los hombres eran unos cobardes, unos calzonazos, que no serían ni para hacerle cosquillas a una mujer.

No, esa opción estaba descartada, al menos tendría que intentarlo. El miedo se estaba intensificando hasta llegar a paralizar su cuerpo. Si continuaba mucho tiempo de esta guisa tendría que sentarse y esperar a recobrarse poco a poco. No era conveniente dejar su cuerpo demasiado tiempo sobre las tablas podridas. El silencio era casi absorbente, ni un solo ruido, ni siquiera los naturales en una casa abandonaba. Tomó la decisión de moverse para combatir aquella parálisis que le atenazaba. Subió el resto de la escalera sin la menor precaución. Ya arriba se felicitó de que la madera no hubiera cedido. A la luz de la vela observó el amplio rellano que se extendía frente a él. Al fondo una vieja mesa carcomida, al lado de un balcón cerrado por una puerta acristalada. El techo estaba muy alto, había sido confeccionado con bastas tablas de madera que sostenían poderosas vigas.

Se movió hacia la puerta más próxima, a la izquierda y la empujó con fuerza. Se produjo un ruido rechinante que le dio dentera. Alargando el brazo, con la vela por delante, Córcoles entró en aquel cuarto. Moviendo la vela en semicírculo descubrió una cama baja de madera sólida, aunque muy poco trabajada. Se acercó hasta poder tocarla. Una colcha polvorienta y arrugada apenas la cubría. Curioso la echó para atrás. Dos mantas rústicas y pesadas, muy groseras al tacto, le hicieron pensar en un cuerpo aplastado bajo aquel peso, intentando que el frío invernal quedara fuera. Al fondo, a la izquierda, una ventana con los postigos echados, una silla de madera al pie de la cama, ni siquiera artesanal, parecía echa de cualquier manera. Ocupando la pared, a la izquierda de la puerta, un arcón enorme, construido de tablas sin desbastar. Al  lado un baúl primorosamente labrado, aunque ya muy deteriorado. Pero lo que le llamó la atención fue aquella soga, colgando del techo. Había visto una parecida en el museo del pueblo, servía  para atar el heno al carro, que tirado por una pareja de vacas era trasladado desde el campo al pajar.

La sombra de la vela, a la luz de llama de la vela le produjo un escalofrío. Sin poder evitarlo una imagen le vino a la cabeza: el osote de Sisebuto con aquella soga al cuello, colgando sobre el arcón. Toda la habitación parecía estar cargada de una energía fantasmal, como si en ella hubieran ocurrido acontecimientos dramáticos, capaces de impregnar la madera, las paredes, pero especialmente aquella maldita soga que le estaba poniendo el vello de punta. Córcoles no creía en fantasmas, pero ahora podía comprender cómo se había formado la leyenda de la mujer fantasma. Por muy brutos que fueran los mozos del pueblo, si alguno de ellos había visitado la casa después de la tragedia tenía que haber quedado traumatizado por aquel ambiente opresivo, fantasmagórico.

Recordó la belleza de Julita y se dijo que si los fantasmas no envejecían tal vez se atrevería a invocarla. Todo por una mujer bella. Un buen polvo, incluso en aquella cama, le compensaría de aquella maldita aventura que estaba sufriendo por su estúpida cabezonería. El miedo, que no había dejado de intensificarse a cada momento, generó en él una reacción histérica. Lanzó un fuerte grito que reverberó entre las paredes. Le pareció escuchar un tenue eco a lo lejos.

-Julita, Julita, rústica belleza, aparece ante mí. Muéstrate como eres, y si puede ser desnuda mejor que vestida. Jaja. Te prometo que no te arrepentirás. Te voy a echar un polvo que hará temblar los cimientos de esta maldita casa.

No hubo respuesta. No ocurrió nada. Tal vez el silencio se hizo aún más opresivo, pero nada más. Aquello le aterrorizó más que si Julita se hubiera mostrado delante de él, con el típico rostro cadavérico de los fantasmas. Una risita histérica estremeció todo su cuerpo. No soportaba aquel silencio.

-Vamos, vamos, mujer estúpida, aprovecha la ocasión. Un buen polvo le viene bien hasta a una fantasma.

De pronto se oyó un golpeteo brutal y luego un estrépito de cristales rotos. Córcoles salió de la habitación temblando. En el rellano pudo ver los cristales de las puertas del balcón, esparcidos por el suelo. La puerta continuaba cerrada. Aquello no tenía sentido. Caminó con mucha precaución, se acercó a la puerta y probó de abrirla. Encontró un picaporte que se le resistió, aquello debía estar tan enmohecido que parecía cemento. Manipuló con fuerza y enfadado lanzó un puntapié. Una jamba se abrió con tal violencia que golpeó contra la pared. Salió al balcón. Era diminuto, apenas capaz para dos personas y muy juntas. Extendió el brazo intentando que la luz llegara lo más lejos posible.

En el exterior la noche era oscura, como boca de lobo. ¡Lástima de luna llena! Lo pensó en un impulso irresistible, luego reflexionó. Lo único que le faltaba a la maldita casa era ser iluminada por una rojiza luna llena. Eso sería capaz de atraer no solo fantasmas, hasta vampiros y hombres lobo. Observó asombrado que no soplaba ni una brizna de aire. ¿Cómo se habían roto los cristales? Era imposible que la puerta se hubiera movido, ni siquiera un vendaval habría sido capaz de abrirla. ¿Entonces? La llama de la vela permanecía quieta, ni siquiera chisporroteaba.

Córcoles notó cómo el terror se apoderaba de él. Se le soltó el vientre y en aquel silencio sepulcral se oyó una sonora ventosidad que puso el toque esperpéntico a la situación. Sin poder evitarlo se echó a reír compulsivamente. ¡Si Hortensia me viera! Lo que me faltaba, que tuviera que soltarme el cinturón, bajarme los pantalones y dejar la carga aquí mismo.

Entró y se acuclilló para calmar el vientre que no dejaba de emitir ruidos molestos. Las tripas comenzaron a retorcerse. El dolor se agudizó. Intentó controlarse a toda costa. Al menos aguantaría hasta que lograra salir de la casa. Luego buscaría la manera de poder limpiarse con un matojo de hierbas. De pronto le pareció escuchar (porque nunca admitiría que había sido algo real) una voz femenina, muy lejana, como si le llegara de algún lugar inconcreto, indetectable.  Aguzó el oído. Nada. ¿Estaría delirando? El silenció se rompió de nuevo. Era como una risita juguetona.

-Entra en la habitación de la izquierda, túmbate en la cama y espérame. Te daré lo que tanto necesitas.

No, no podía haber dicho eso. La voz era tan lejana que resultaba imposible discernir las palabras. Tenía que ser un pensamiento suyo. ¿Tan mal estaba? Sin embargo el fenómeno le había producido un efecto muy positivo. Dejó de oír sus tripas y los retorcijones desaparecieron. La paralización generada por el miedo había tenido un resultado benéfico. Se puso de pie de un salto y permaneció rígido. Su cuerpo temblaba como una vara verde agitada por el viento. La mano que sostenía la vela se movía espasmódicamente.

Tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo fue como una explosión. Salió corriendo como un cohete. Bajo los escalones del primer tramo de escaleras de dos en dos, y sin pensarlo dio un salto atlético que le hizo aterrizar sobre el rellano de la escalera. La fuerza del salto fue tal que las podridas tablas no pudieron resistir y el pie derecho se le hundió hasta la rodilla. Intentó librarse con todas sus fuerzas. Eso fue lo peor que hubiera podido hacer. Una tabla se había astillado completamente y una fina astilla se clavó en el tobillo. Sintió un terrible dolor que a punto estuvo de hacerle perder la consciencia. Se quedó paralizado. Si se movía la astilla penetraría más en la carne, puede que ya hubiera llegado al hueso. Respiró agitadamente  y el poco control que aún poseía sobre sí mismo se diluyó. Comenzó a llorar y a gemir como un niño. Maldijo en voz alta. ¿Y ahora qué? El dolor no disminuía. Tal vez fuera ese dolor el que le hizo pensar con un poco de lucidez. Se agachó, se subió la pernera del pantalón como pudo y sus dedos tantearon la piel. Algo viscoso le estaba empapando el pie. La vela debía de haber caído al suelo y se había apagado. Tanteó el suelo hasta encontrarla. Buscó en su bolsillo el mechero y la encendió con gran dificultad. A su luz observó cómo la astilla había perforado el tobillo y un gran chorro de sangre brotaba sin contemplaciones.

Era preciso detener la hemorragia, pero antes tenía que librar la pierna de aquel cepo. Colocó la vela en el suelo y tocó la astilla. Movió el tobillo con mucho cuidado. Por suerte el agujero era grande. Con mucha suavidad movió la pierna en dirección contraria. La astilla fue saliendo de la carne. El dolor era tan intenso que se vio obligado a detenerse. Respiró agitadamente y cuando reunió nuevas fuerzas hizo un movimiento muy brusco. Chilló como un energúmeno. Se agachó y pudo ver la fina punta de la madera empapada en sangre. Lo había conseguido. Con mucho cuidado maniobró la pierna y la fue elevando, doblando la rodilla. Logró librarla del cepo. Se hizo con la vela y renqueando subió las escaleras. El terror le impulsaba a bajar, buscando la puerta de la casa. Pero la extraña lucidez que le embargaba le hizo buscar un trozo de tela para utilizar como una venda y hacer un torniquete. Si no detenía la hemorragia podía verse en graves dificultades, no sabía si la astilla había perforado alguna vena.

Desechó la habitación más próxima, la de la soga, como si en ella estuviera colgado realmente un cadáver y se dirigió cojeando hacia la habitación cercana al balcón. Entró en ella, alumbrándose como pudo y solo entonces comprendió que era precisamente aquella que la voz le había indicado. No se detuvo a reflexionar sobre ello, sus prioridades eran claras. Colocó la vela sobre una rústica mesita de madera  y buscó una sábana bajo la colcha que cubría la cama. Por suerte había sábanas bajo la colcha y las mantas. Con los dientes desgarró la tela y la rasgó con las manos. Hizo una venda rudimentaria y con ella envolvió la herida. Hizo un fuerte nudo y buscó en el cajón de la mesita. Por suerte había un trozo de madera, tal vez desprendido de un lateral del cajón. Lo introdujo como pudo bajo el nudo y lo retorció con fuerza. Era un torniquete muy basto, pero pensó que sería suficiente.

Se sentía mareado. Se dejó caer sobre la cama, esperando que pasara el mareo y que el dolor fuera disminuyendo. Cerró los ojos y se dejó ir. Estuvo a punto de perder la consciencia. De pronto notó un peso extraño que hizo que el colchón de lana se hundiera. ¿Qué estaba sucediendo? Abrió los ojos, esperando encontrar a alguien encima de él. ¿La mujer fantasma? Era un idiota, allí no había nadie. Sin embargo el colchón continuaba hundiéndose. Palpó la cama con la mano, incrédulo. Deseaba salir de allí cuanto antes, pero no se sentía con fuerzas para ponerse en pie. Cerró los ojos de nuevo… Y entonces notó aquel peso sobre su cuerpo. Aterrado abrió los ojos. La llama de la vela iluminaba con suficiente claridad el lecho. Allí no había nadie. Tenía que moverse, salir cuanto antes de la casa. Como pudo se puso en pie y tomando la botella con la vela intentó caminar hacia la puerta.

Pudo ver que se trataba de una habitación amplia, el suelo de tablas, el techo alto, de madera. Una gran cama ocupaba la mayor parte de la superficie disponible. Parecía un lecho más moderno que el rústico que había visto en el cuarto de la soga. La cama estaba hecha, cubierta por una colcha moderna y barata. Aparecía extendida, sin una arruga, a pesar de que su cuerpo se había hundido profundamente. ¿O lo habría soñado? Entre los barrotes de madera de la cama pudo ver una pera, un artilugio que conocía del museo del pueblo y que servía para encender la bombilla del techo.

Córcoles se acercó y probó, oprimiendo el botón. No ocurrió nada. Era lógico, el suministro eléctrico tuvo que haber sido cortado muchos años atrás. Al lado de la ventana un armario ropero. Cojeando, tratando de que su pie derecho tocara el suelo lo menos posible, llegó hasta él. Se le estaban pasando las ganas de salir huyendo. El descanso le había venido muy bien a su mente que había retomado el discurrir razonable habitual. Su accidente resultaba muy comprensible, teniendo en cuenta la locura que supuso dar aquel salto sobre unas tablas medio podridas. En cuanto a la voz de mujer, teniendo en cuenta las circunstancias, la noche, el silencio, una casa abandonada en medio del campo con su fantasma, tal como le había contado Hortensia…hasta la mente menos imaginativa hubiera podido escuchar un coro de sirenas. Ya que estaba allí, mejor sacar el máximo partido de aquella noche. Estaba claro que la idea de salir corriendo era una estupidez. Con la pierna en aquel estado lo mejor que podía hacer sería descansar y por la mañana llamar a Fogoso y regresar a casa. Tal vez la herida no fuera nada, y si lo era Hortensia se encargaría de llamar al médico del pueblo.

Continuará.

 

——————————————————-

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s