Mes: junio 2013

Todos estamos solos al caer la tarde VII


 

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Pico de Águila se internó unos pasos y de pronto se detuvo para iluminarme. Cuando estuve a su lado me señaló un hueco entre dos postes de madera que sostenían parte del techo. Dirigió la luz hacia allí. Pude ver, colgadas de una cuerda horizontal, que alguien había clavado entre los dos maderos varias antorchas.

-Tenemos antorchas, sheriff. Si ha traído su mechero podremos encender un par de ellas y dejar la linterna como reserva.

-¿Quién crees que se ocupa de la provisión de antorchas?

-Sin duda algún visitante que viene muy a menudo por aquí.

-¿Podría ser el chico de la reserva que descubrió el cadáver?

-Es posible. Se lo preguntaré cuando vuelva a verle.

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Hurgué en mis bolsillos. Por suerte había dejado mi viejo mechero en un bolsillo de la cazadora. Hubo un tiempo en el que fui fumador empedernido. Utilizaba el tabaco para calmar mi angustia. También el alcohol. Por suerte no me dio por la droga. Aún continuaba fumando algún que otro pitillo de vez en cuando. Lo utilicé para encender una de las antorchas, que entregué a Pico de Águila. Encendí también otra para mí.

-Si estamos listos me gustaría ver el cadáver cuanto antes. Necesito hacerme una idea de a qué nos enfrentamos.

-Claro, sheriff. Sígame.

Recorrimos unos metros, justo hasta donde otra galería secundaria comenzaba su recorrido en curva, hacia la izquierda. Ahora tuvimos que caminar un poco más. Justo en la primera curva, a la izquierda, existía un rectángulo bastante amplio, que tal vez se utilizara en los viejos tiempos, en los que la mina estaba activa, como almacén para las tinajas de agua, para cambiarse de ropa o para descansar un rato, si eso era posible. Lo ignoraba todo de las viejas minas de oro del Oeste. Cuando dispusiera de un poco de tiempo me vería obligado a documentarme en mi ordenador.

 

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Pico de Águila caminó hasta el fondo y alzó la antorcha hacia la pared. La llama titubeante iluminó un bulto. Me estremecí. Cuando acepté, o más bien admití el chantaje del alcalde, para convertirme en sheriff del condado, fui consciente de que algo así podía ocurrir, aunque dada la tranquilidad habitual del condado, donde para recordar el último asesinato era preciso remontarse mucho en el tiempo, aquello me resultaba tan remoto que no me paré mucho a pensar en ello. Ahora había sucedido y aquel bulto iba a poner a prueba mis cualidades como sheriff.

Como tardara en acercarme Pico de Águila hizo un leve gesto bajando la cabeza. Solo entonces fui consciente de que me había quedado paralizado durante unos segundos. Me acerqué, temiendo que aquel espectáculo iba a poner a prueba la solidez de mi estómago, pero sobre todo mis convicciones morales. Un cuerpo desnudo, atado a la pared, ensangrentado. Conforme me iba acercando podía apreciar más detalles. Se trataba claramente de una mujer, los pechos ensangrentados al aire, el sexo atravesado por una larga barra de hierro que seguramente había sido introducida por el ano… No pude controlarme, una angustia infinita me revolvió las tripas. Salí corriendo, pero no llegué muy lejos, en la curva del siguiente corredor me incliné estremecido y vomité lo que pude. En aquel momento ni recordaba si había cenado o no. Permanecí aferrado a la pared del túnel, expulsando bilis por la boca. Cuando me recuperé un poco decidí salir al exterior, en busca de aire fresco.

Mi cuerpo temblaba, sentía frío a pesar del calor de la noche, y debía de estar pálido como un cadáver, a juzgar por las sensaciones que me llegaban del rostro. Maldije entre dientes al alcalde y me llamé idiota por haber aceptado el cargo de sheriff, un puesto para el que no estaba preparado, ni siquiera en un condado tan tranquilo como aquel.

Alguien puso la mano sobre mi hombro y a punto estuve de sufrir un colapso. Me volví con brusquedad, aterrorizado, no sé por qué razón, tal vez pensara que el fantasma de la mujer muerta había decidido darme un susto de muerte. Cuando comprobé que era Pico de Águila no pude refrenar mi malhumor.

-Maldita sea, eres tan silencioso como una serpiente. Un día te voy a descerrajar un tiro y luego será tarde para lamentaciones.

-Disculpe sheriff, siempre me olvido de que usted no es un navajo.

Continuará.

 

 

 

 

AMAR LA MÚSICA CLÁSICA IV


LA MÚSICA SINFÓNICA

Aquella famosa tarde en la que descubrí la música clásica rematé con una tercera pieza sinfónica. Se trata del Capricho italiano de Rimsky Korsakof. ¿O era el capricho español? ¿El italiano es de Thaicovsky? Quedé embelesado y siempre fue un compositor cuya música melódica me resulta especialmente atractiva, sobre todo Sherezade. Es curioso que durante los primeros años como melómano solo escuchara música sinfónica. La poca música de cámara, para piano u otro instrumento que escuché, apenas me llamó la atención. Tardaría algunos años en apreciar la música de cámara. Tal vez sea cuestión de sensibilidad musical, aunque debe ser bastante frecuente que a un no entendido en música clásica le atraiga más al principio la música sinfónica que el resto de formatos. La orquesta sinfónica tiene una fuerza que para la oreja poco entrenada de un neófito es mucho más asequible que el resto de géneros musicales. Por eso recomiendo a quienes aún no sean capaces de degustar la música clásica que comiencen escuchando música sinfónica hasta lograr encontrar alguna pieza que les atraiga mucho y que puedan escuchar sin cansarse o aburrirse. Luego pueden seguir buscando compositores y obras que les lleguen sin esfuerzo. Claro que antes o después tendrán que esforzarse si quieren ser algo más que meros aficionadillos a la música clásica. Hay compositores, grandes maestros de la música clásica, que deben escucharse, sí o sí, o de lo contrario uno puede ser tildado, con toda razón, de “inculto musical”. Esta piedra de toque debe de ser superada antes o después. A mí me ocurrió con Bach, concretamente con su Pasión según San Mateo, que escucharía algún tiempo después durante los ejercicios espirituales de la Semana Santa. Eran tres días en los que era obligatorio guardar absoluto silencio. Pero ese es ya un tema para el siguiente capítulo. Es curioso que luego Bach llegara a ser mi compositor favorito tras la dificultad que tuve en escucharme su pasión entera. De lo que se deduce lo fundamental que puede resultar tener un amigo o familiar amante de la música clásica que te asesore y te inicie. De haber escuchado otra pieza de Bach al principio tal vez no me hubiera costado tanto como me costó llegar a sentir a fondo su música.

 

AMAR LA MÚSICA CLÁSICA III


ENCUENTRO CON BEETHOVEN

Aquella primera tarde en la que descubrí la música clásica solo pude escuchar tres piezas, la obertura 1812 de Tchaicovsky, el coro de peregrinos del Tanhauser de Wagner y la sexta sinfonía de Beethoven. Creo que tuve suerte porque de haber iniciado mi aproximación a la música clásica con otros compositores y otras piezas, tal vez me hubiera sentido decepcionado y hubiera dejado para otra ocasión –que es posible que nunca se hubiera producido- aquella música tan extraña. La vida es una constante encrucijada de caminos y cada elección supone dejar atrás muchas cosas que ya nunca recuperaremos.

No era un adolescente con especial sensibilidad para la música, al contrario que la lectura, que me apasionaba, la música hasta aquel momento no me había dicho nada. En casa mis padres escuchaban a Manolo Escobar en un pequeño tocadiscos que comprara mi padre con el importe de un premio en la lotería. Fue la primera y única vez que le tocó y la cantidad fue más bien discreta, aunque le hizo tanta ilusión que casi saltaba de alegría. Recuerdo que en aquellos tiempos podías juntar tapones de las botellas de coñac fundador y a cambio te daban un disco de vinilo, nada de “longplays”, ni siquiera sabíamos que era aquello, un “single” con una canción por cada cara. Manolo Escobar era uno de los cantantes que aparecían en aquellos diminutos discos. No me gustó nada y llegué a odiar aquellas canciones que me parecieron ramplonas y repetitivas. En cambio había otras que me llamaban la atención, aunque no acabaran de gustarme. Juanito Valderrama, Antonio Molina y algunos otros cantantes por el estilo tenían algo que sin llegar a gustarme, tampoco me desagradaba en exceso. Mi hermana escuchaba en la radio de galena los cantantes de moda. Llegué a odiar a Camilo Sexto, aunque no sé muy bien si empezaba a cantar por aquel entonces o un poco más tarde. La música no me decía nada y procuraba huir de ella, tanto si eran mis padres los que escuchaban los discos de Fundador en el tocadiscos o mi hermana que ponía en la radio las emisoras musicales de entonces (¿existirían ya los cuarenta principales?).

Por eso aquella tarde veraniega en la que decidí aprovechar la hora de la siesta para meterme en aquella pequeña habitación y escuchar los discos de vinilo que los frailes habían puesto a nuestra disposición, marcaría mi vida. Fue una de esas encrucijadas en las que o tomas un camino o el otro, no suele haber vuelta atrás. Bien podía haber puesto un disco de música de cámara, algún cuarteto, y habría decidido que aquella música no era para mí. En cambio escuché la obertura 1812 y me gustó. Enlacé con el coro de peregrinos y me sentí conmovido… y para rematar me encontré con la sexta sinfonía de Beethoven y al acabar de escucharla mi decisión estaba tomada. Aquel era un universo inexplorado que merecía la pena conocer. La sexta fue el mejor primer contacto con Beethoven que hubiera podido elegir. Me gustaba la naturaleza con locura, especialmente la montaña. Aquella música me recordaba un día de verano en la montaña, el agua cristalina deslizándose por el prado en un pequeño arroyo cantarín, la tormenta con rayos y truenos… Era maravilloso. Cerré los ojos y me dejé llevar.

Así terminó aquella tarde, pero regresé otras y continué explorando. Por suerte en aquella pequeña discoteca también estaba la quinta de Beethoven. Fue un puñetazo en el plexo solar. Beethoven se convirtió en mi compositor favorito. Aún tardaría en escuchar la novena y cuando lo hice lloré a lágrima viva, como años más tarde, cuando decidí rememorar aquel momento escribiendo un relato musical. Lo escribí de un tirón y con lágrimas en los ojos. Pero eso forma parte de otro capítulo.

Cuando no tienes la suerte de nacer en una familia melómana o de estudiar música en un conservatorio o que un familiar entendido te vaya introduciendo en este maravilloso universo, el amar o no la música clásica muchas veces depende de la casualidad, porque la sensibilidad musical aún no está formada y cualquier incidente te puede alejar de ella durante muchos años o para siempre. Un mal profesor de música puede conseguir que sus alumnos lleguen a odiar la música clásica. Lo sé por haberle ocurrido a alguien muy cercano.
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Amar la música clásica II


EL VERANO EN EL QUE DESCUBRÍ LA MÚSICA CLÁSICA

TIEMPO: Allá por 1970.
LUGAR: Un pueblecito navarro.

Mientras los compañeros se echaban una siesta o jugaban al frontón o al futbol, yo me refugiaba en una pequeña dependencia donde habían colocado un tocadiscos muy modesto y unos cuantos discos de vinilo en una caja.

Tras descubrir a Tchaikovsky y su obertura 1812, escuché Cascanueces y el Lago de los cisnes. Me gustaba porque me llegaba su melodía, no tenía que hacer ningún esfuerzo. La música comenzó a ser algo básicamente emocional para mí. Me gustaban determinadas obras o no me gustaban según me llegaran emocionalmente, según el momento, el lugar y el estado de ánimo. No sabía nada de compositores, con el tiempo comenzaría a buscar sus nombres en la enciclopedia y a tomar notas, algo que nunca he dejado de hacer desde adolescente, notas sobre música, literatura, sobre cualquier cosa que me interesara. Con el tiempo vería la película de Ken Russel sobre el compositor. ¿Cómo se titulaba? Ahora no recuerdo. Cuando me gustaba un compositor procuraba enterarme de su vida y milagros. Otra cosa era escuchar toda su música, había música que me gustaba y otra que no. Nunca me forcé.

Rematé aquella tarde con una pieza que me extasió. Se trataba del coro de peregrinos de TAnhauser de Wagner. La escuché una y otra vez. El problema llegó cuando intenté escuchar una de sus óperas completas. Me sobrepasaba. Era demasiado para aquel ingenuo aprendiz de melómano. Pero todo llegaría con el tiempo. Mi sugerencia es comenzar con pequeñas piezas, las que más nos gusten, e ir ampliando gustos poco a poco. En mi caso solo apreciaba la música sinfónica, luego escucharía piezas para piano, música de cámara, pero eso me llevaría un tiempo.

Buscaré el coro de peregrinos. Si no lo encuentro lo reemplazaré con algo.

 

AMAR LA MÚSICA CLÁSICA I


AMAR LA MÚSICA CLÁSICA, UNA APROXIMACIÓN POR UN MELÓMANO QUE NO SABE NADA O CASI NADA DE TÉCNICA MUSICAL

Hola amigos: Aprovecho estas fiestas navideñas para iniciar una serie sobre un tema muy querido para mí, la música clásica. No sé qué continuidad tendrá, porque estoy muy ocupado en el área literaria, pero intentaré acercarme por aquí cuando pueda. No soy músico, aunque me hubiera gustado serlo. Tampoco pude estudiar técnica musical porque durante el bachillerato, interno en un colegio religioso, un fraile nos hacía cantar la escala al principio del curso en su asignatura de música y a los que teníamos mala voz o nos salían gallos, nos mandaba con cajas destempladas a la huerta del colegio, a recoger patatas, tomates, etc. No volvíamos a pisar la clase. Una pena porque años más tarde, en otro colegio, ya preparándome para ser cura, me encontré con ocho pianos como ocho soles. A pesar de que carecía de la más mínima formación musical me puse por mi cuenta a estudiar algo de anotación musical, redondas, corcheas,etc , clave de sol, etc. Al final, como pude, en ratos libres, fui desentrañando partituras y aprendiendo a tocar por mi cuenta, con enorme dificultad, eso sí, haciendo escalas y escalas y buscando partituras sencillas. Mi esfuerzo, los que me conocen bien lo llaman cabezonería, me permitió tocar “Para Elisa de Beethoven” con cierta discreción.

Pero en realidad ese no fue mi comienzo en la música clásica. Creo que con catorce años, pasando las vacaciones de verano en un colegio que la orden tenía en Navarra, descubrí una pequeña discoteca de música clásica y un tocadiscos muy elemental, pero aceptable, y comencé a escuchar y ver si me gustaba. Me gustaría repetir aquí aquella iniciación a la música clásica. Al principio solo me gustaban pequeñas piezas muy melódicas y escogidas, luego me fue gustando todo y terminé con lo que para mí fue una hazaña en aquel tiempo: escuchar la Pasión según San Mateo de Bach en una sola tarde, durante los ejercicios espirituales que hacíamos en Semana Santa.

Apreciar la música es un don que nos concede la vida. Algunos tienen la suerte de nacer en una familia culta y apasionada de la música, otros pueden estudiarla en el conservatorio, hay quienes consiguen ser músicos (¡felices ellos!) Yo tuve que conformarme con ser un autodidacta y dejarme guiar por mi sensibilidad musical. Si yo pude llegar de esta manera a gustar de la música clásica, creo que cualquiera puede lograrlo. Me dijeron que mi oído era lo peor con que se habían encontrado nunca y que mi voz era el maullido de un gato al que hubieran limado las cuerdas vocales. No me importó. Solo se necesita sensibilidad, yo diría que espiritual, para apreciar la música clásica.

Hoy solo les propongo escuchar una pieza que yo oí por primera vez en aquel colegio, de vacaciones, a los 14 años. Dicen que Tchaicovsky es demasiado meloso y vulgar, a mi me sigue gustando y gracias a él no salí corriendo la primera vez que escuché música clásica. Les propongo la obertura 1812. Si la encuentro en Youtube. Si no la sustituiré con otra.

FELIZ AÑO 2013 PARA TODOS

MI BIBLIOTECA PERSONAL I


No hace mucho, cuando me llegó este enlace, pensé que era el momento de crear mi propia biblioteca virtual, recordando los libros que había leído a lo largo de mi vida, los que estaba leyendo y los que anhelaba leer pero que no habían caído aún en mis manos. Se dice que quien tiene un amigo tiene un tesoro, por mi parte añadiría que tiene un libro tiene un amigo y por lo tanto un tesoro. Acumulé libros en papel durante años, que son auténticos tesoros, y ahora con la modernidad nuestro hijo Daniel, Danielillo para los amigos, nos regaló a su familia un libro electrónico, que es como una gigantesca biblioteca de Alejandría, solo que en un formato que da risa. ¿Cómo puede contener en su interior una biblioteca semejante? Os sugiero que habléis, no solo del libro que estáis leyendo en este momento, sino los que habéis leído a lo largo de vuestra vida y de cómo es vuestra biblioteca en papel o virtual y de las experiencias y emociones que os han causado los libros y cómo habéis llegado a ellos. Os pongo un enlace de una página donde cada cual habla de sus libros, crea su propia biblioteca, hace sus comentarios y todo muy bien ordenadito. Con el tiempo espero que este foro se convierta en un verdadero templo del libro, un templo muy hogareño, muy de andar por casa, sin necesidad de descalzarse o de andar con cuidado no sea que te pille la parienta con barro en las botas.

ENTRELECTORES, UNA PÁGINA PARA QUE LOS LECTORES SE CREEN SU PROPIA BIBLIOTECA.

http://www.entrelectores.com/

 

 

http://www.entrelectores.com/wp-content/uploads/portadas/092008/rfyysmdybfjiszhmyebqdnaog.jpg

Fue una de mis lecturas de juventud, cuando compraba libros de editorial Reno, muy baratos, casi los únicos que podía permitirme junto con los de Bruguera. Eran dos tomos que leí casi sin aliento. Una historia inolvidable, real, cruda, dura y que luego llevaría a la pantalla John Ford, uno de mis directores favoritos. Este primer contacto con Steinbeck hizo que siguiera leyendo su obra y se convirtiera en uno de mis escritores favoritos. Una obra imprescindible para un lector interesado en la literatura del siglo XX

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Reseñas
La complejidad de un personaje dostoievskiano
Reseña del libro

Nueva historia de Mouchette

Los libros de Bernanos no son fáciles de leer, especialmente para un lector que busque más la diversión y el entretenimiento que otra cosa. También te puede echar para atrás el que sea un escritor católico confeso si no comulgas con sus ideas. No obstante su calidad literaria es innegable y su sensibilidad hacia el alma humana y el tratamiento de sus personajes a mí me recuerda mucho a Dostoievsky. El personaje de Mouchette, supuestamente poco más que una adolescente en la novela, es de una complejidad psicológica apabullante, entroncada también con los conceptos de bien y el mal tan peculiares de estos escritores católicos de su época, como Julien Greene o Graham Green. Resulta curioso observar que mientras la novela Lolita de Nabukov siempre ha generado polémicas, un personaje de edad parecida tratado de una forma muy diferente no ha levantado la menor polémica, aunque tengan ciertas características muy parecidas. Una novela imprescindible para quien guste de la buena literatura y sea un apasionado de Dostoievsky.

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ULISES DE JAMES JOYCE

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NOTA PREVIA: Solo mi cabezonería va a conseguir que llegue a buen puerto. Después de haber escrito toda la reseña, y antes de guardarla, se me fue todo a… (me guardo la expresión). Mi portatil debe tener algún problema, esto no va, a ver si luego le pongo el antivirus. Pero a cabezón no me gana nadie, como dice mi mujer. Así que rehago todo lo escrito.

MIS IMPRESIONES PERSONALES

Como decíamos ayer (en expresión de Fray Luis de León) compré esta novela en el barrio de Arguelles, en Madrid, allá por el año 1978. Visitaba mucho el barrio con mi amigo Antonio porque allí vivía su madre, y me acostumbré a comprar allí casi todos mis libros, en un quiosco que regentaba, si no recuerdo mal, un argentino. La edición que tengo en mi biblioteca personal es de Editorial Bruguera, de bolsillo, del año 1976. Excelente traducción de Jose-María Valverde.

Tendría yo por entonces unos 22 años y atravesaba la fase más infernal de mi enfermedad depresiva, por lo que ponerme a leer el Ulises fue más cabezonería que otra cosa. Quería conocer a toda costa una de las obras cumbre de la literatura universal y nada ni nadie me lo iba a impedir. Como hago siempre en estos casos, coloco la novela sobre la mesita de noche y así llueva o truene leo un par de páginas todas las noches, al menos dos.

Tardé un año en leerla entera, pero lo hice, así me parta un rayo. La impresión que obtuve fue que sin duda estaba ante una de las obras cumbres de la literatura universal, por su originalidad, por su estilo, por un montón de razones. Pero ello no obstante estaba claro que aquello era un verdadero ladrillo. Con el tiempo, y especialmente cuando me dediqué en serio a escribir, la releí por segunda vez, luego por tercera y hasta por cuarta. Ahora estoy pensando en leerla por quinta vez. Creo que la he exprimido bien, he sacado mucho provecho y hasta he disfrutado de ella. La considero imprescindible para todo aquel que desee ser escritor y un buen escritor.

ESTA ES LA RESEÑA QUE HICE EN ENTRELECTORES

Reseñas
UN REVOLUCIONARIO DE LA HISTORIA DE LA LITERATURA
Reseña del libro

ULISES

Publicada por
el 2 diciembre, 2011
con puntuación:

Creo que también lo compré en el tenderete de Argüelles que menciono al hablar de Proust y su Búsqueda del tiempo perdido. Una edición de bolsillo barata y en oferta.Yo estaba dispuesto a leer todos los clásicos, uno tras otro, y a cualquier precio. Necesitaba descubrirlos a todos para elegir mis favoritos y disfrutar con ellos.rnrn Por entonces, con unos 19 o 20 años, sabía muy bien quién era Joyce y que resultaba imprescindible leer su \”Ulises\”. Debo decir que para mí supuso una auténtica revolución. Había estado leyendo a clásicos del XIX y de pronto me encuentro con una ruptura, una grieta, en la historia de la literatura. Después de Joyce ya nada sería igual. Para un escritor, como es mi caso, no haber leído a Joyce, y concretamente su Ulises, hubiera sido tanto como ser un tragón o un gourmet, o como quieran denominarlo, y no haber probado nunca la paella, el cocido madrileño, los callos a la madrileña, la fabada asturiana, etc. Si no has leído a Joyce y te llamas escritor, es como si te consideraras un gourmet y nunca hubieras probado el cocido, la fabada, los callos, los riñones al jerez, la paella, etc etc. rnrn A Joyce hay que leerlo por obligación y si es posible disfrutarlo con pasión. La lectura del Ulises no es fácil y hay que tomárselo con calma. Lo mismo que si te tomas deprisa y corriendo una buena fabada… Puede haber gases. Si sufres de indigestión con su lectura, déjala y retómala meses más tarde o años. En algún momento un lector lo disfrutará y aprenderá mucho. Eso sí, hay que prepararse, vaciar el estómago, pedir un buen vino, meterse en un lugar discreto y comenzar con la fabada, sin prisas, degustando cada cucharada, y si luego sientes ganas de eructar… te tomas un buen Rioja o un Ribera del Duero y te levantas y estiras las piernas y miras la decoración del cuarto… y… Me da igual lo indigesta que sea una fabada, soy asturiano, me las como desde niño y disfruto como un enano. Recuerdo la primera fabada que comí. Era de Litoral, de bote, y agarré una buena indigestión y tuve gases. Porque era niño y tragón y me la comí toda, toda. Con el Ulises pasa lo mismo. Precaución, eso sí, pero a disfrutar.

SINOPSIS

Como saben todos los que hayan oído hablar de esta obra, la acción transcurre en Dublín y es la historia de un día en la vida de Leopold Bloom, el protagonista, un agente publicitario, de su mujer Molly, cantante profesional, y del joven Stephen Dedalus, que si no recuerdo mal protagonizaría su novela Retrato del artista adolescente. Sigue el patrón de la Odisea de Homero y como imaginarán, teniendo en cuenta que son más de mil páginas, la odisea es considerable. El diálogo interno del protagonista es fantástico y revolucionaría para siempre la forma de escribir de los autores que le siguieron.

FICHA TÉCNICA

AUTOR: James Joyce.

TÍTULO ORIGINAL: Ulysses.

EDITORIAL: Bruguera Libro amigo-Lumen 1976.

ISBN 84-02-06644-5

GÉNERO: Narrativa.

Slictik

Postdata: Pronto subiré la biografía y bibliografía de Joyce a Efemérides.

Adjuntos:
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Parafraseando el diálogo interno de Leopold Bloom: “César… Cesitar… eres tan cabezón que un día te vas a comer las paredes, solo porque alguien te diga que no se pueden comer… especialmente si te lo dice tu mujer… Fuiste guardando cada párrafo que escribías, para que no te volviera a pasar lo mismo y luego escaneaste la portada de tu libro y lo subiste a tu blog y copiaste la URL aquí y resultó que el tamaño era enorme, y lo volviste a recortar y lo volviste a subir, y resultó que seguía siendo enorme, y decidiste copiar la URL de la fotito, sin editar, y te quedó muy pequeñita, y decidiste copiar la foto de la portada del libro que aparece en “Entrelectores” y luego decidiste copiar la reseña que hiciste allí… y luego, que es casi la hora de comer y no has desayunado ni te has quitado el pijama… y como se entere tu amada Conchi, te va a dar detrás de las orejas y lo tendrás bien merecido… Y todo porque se te ocurrió encender el ordenador para que se fuera encendiendo con su parsimonia habitual y su pausado vivir y así poder usarlo después del desayuno. Y viste un folleto sobre el arte de la creación mental que tenías al lado del ordenador para subir un texto a tu blog, el Guerrero impecable, y ya te liaste, César, Cesarín, idiotín, que te lías como una madeja y eres un adicto a toda clase de creación y te lías y te lías… ¡Oh my God! Que Dios me perdone, pero no volveré a hacer esto otra vez. Y ahora ponte a hacer todo lo que tienes pendiente, incluida la comida, para que tu Conchi lo tenga todo listao cuando regrese agotada del trabajo y luego… m… no lo volveré a hacer nunca… nunca… nunca…

Y esto sería una imitación humorística y no demasiado literal, pero sí bastante, de un monólogo interno del cuitado de Leopold Bloom, que es casi tan cuitado como Cesarín.

 

Y tuviste que subir la dichosa fotito, aunque fuera como archivo adjunto, por c… que tú eres más cabezón que nadie. Y ya no vas a desayunar, que son las trece horas… y no te has afeitado. Que Dios me coja confesado.

Y lean, lean el Ulises de Joyce, y disfruten del diálogo interno del bueno de Leopold, que sois como dos gotitas de agua, Cesarín, majín.

 

NOTA: Aprovecho que en mi relato “La rebelión de los libros” que estoy subiendo al hilo “Celebrando el día del libro” se mencionan unos cuantos libros escogidos y robotizados, para subir aquí las reseñas que de esos libros hice en mi página de Entrelectores.

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EL PODER Y LA GLORIA

Publicada por
el 30 noviembre, 2011
con puntuación:

Recuerdo que con dieciocho años comencé a comprar libros para iniciar mi biblioteca personal. La mayoría de ellos eran de la colección Reno de Plaza y Janés. Eran baratos, ediciones completas y fáciles de leer, aparte de estar muy bien editados para su precio (después de más de treinta años aún se conservan en buen estado. Creo recordar que compré el Poder y la gloria junto con Cada hombre en su noche de Julien Green. Ambos autores formaron parte de mis favoritos desde aquel momento y nunca han dejado de serlos. Una de las características que más me gustan de Graham Greene es su facilidad para la narración, un estilo sencillo pero cien por cien efectivo. Ninguna de sus novelas me aburrió nunca. Son obras maestras de la literatura y sencillas y divertidas de leer. Sus personajes son antológicos, como este cura, protagonista de la novela. Cualquiera de sus obras merece al menos una primera lectura. Ésta en concreto también forma parte de mi lista de relecturas.

 

 

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CADA HOMBRE EN SU NOCHE

EDITORIALPLAZA &JANÉS S.A. /COLECCIÓN RENO/ TÍTULO ORGINAL “CHAQUE HOMME DANS SA NUIT”. RADUCCIÓN DE J. FERRER ALEU. PORTADA DE R. COBOS-DEPÓSITO LEGAL B.43.689-1969/50 pesetas. BIBLIOTECA DE SLICTIK.

Cada libro llega a nosotros en el momento más adecuado, llama a nuestra puerta cuando más lo necesitamos -¿o es al contrario?- y se queda, con los ojos cerrados, esperando una señal por nuestra parte.

Los libros son una pequeña pócima, en la que el autor encierra un perfume, que lo quiera o no, huele a su propia vida. Por eso los libros no son objetos muertos, sino puentes escritos, por los que el lector puede pasar al encuentro de otras vidas.

Leí por primera vez “Cada hombre en su noche” a los dieciocho o diecinueve años. Ya conocía a Julien Green gracias a la lectura del libro de un belga, creo recordar, llamado Charles Moeller, y titulado “Literatura del siglo XX y cristianismo”. Lo encontré en la pequeña biblioteca que los frailes ponían a disposición de los futuros novicios en una pequeña sala de aquel colegio de Fuenterrabia-Ondarribia, cercano a Irún y a la frontera con Francia, donde transcurrieron tres años de mi vida, entre los quince y los dieciocho.

Aquel libro de Möeller me abrió nuevos horizontes, gracias a él oí hablar por primera vez de un tal Julien Greene, de Graham Greene, de Bernanos, de Henry James, de Maxence Van ders Meers y de bastantes escritores de gran altura, etiquetados por Möeller de “cristianos”, aunque si bien algunos de ellos se reconocen católicos, su obra va mucho más allá de sus creencias.

Por eso cuando me acerqué a mi librería habitual, dispuesto a gastarme la propinilla del mes -que mis padres daban al joven de dieciocho años para que se “divirtiera”, con gran sacrificio por su parte- en un libro de bolsillo (mi presupuesto no daba para rústica) y me di de bruces con una novela titulada “Cada hombre en su noche” mi corazón comenzó a latir aceleradamente. Efectivamente era de Julien Greene, un autor al que ansiaba echar el guante desde que leyera el excelente estudio del belga.

En la portada del libro, que aún conservo en mi biblioteca particular, aparece un dibujo de un joven a punto de subir una escalera. Su mirada se detiene en la estatua de una mujer que porta una antorcha en su mano derecha y cuyas curvas se disimulan bajo ropajes que la cubren de los pies a la cabeza. El dibujo no es muy bueno y además parece hecho a propósito para superar la ridícula censura de aquellos años de la dictadura franquista. En lugar de pintar la estatua desnuda (lo que hubiera estado más acorde con lo que se quería explicitar: la lujuria del protagonista) la cubre con una túnica que nos hace pensar en cómo el joven lujurioso puede sentirse atraído por ella.

En la solapa el burócrata de turno de la editorial escribe: “Cada hombre en su noche narra la historia de Wilfred Ingram, personaje que esconde tras una imagen de fe y de pureza, la búsqueda y la obsesión del placer”. Si no hubiera leído el ensayo de Möeller seguro que habría pensado en una especie de novela “porno” capaz de poner los dientes largos al jovencito de dieciocho años que yo era entonces.

Me aferré al libro como un buitre y pagué apresuradamente su importe. En mi recuerdo aparecía la cifra de 25 pesetas de entonces, aunque acabo de comprobar que en la solapa aparece el precio de venta al público: 50 pesetas. Debí salir como alma que lleva al diablo, no con el ansia de sumergirme en una novela repleta de lujuria desenfrenada, sino debido al exceso de emotividad que es uno de los defectos de mi carácter. Entonces era capaz de emocionarme hasta las lágrimas al encontrar entre mis manos un libro largamente ansiado.

Para un joven recién salido del férreo nido del colegio religioso, donde me estuve preparando para el sacerdocio, casi cualquier cosa podía ser objeto de mi pecaminosa lujuria, hasta el puritano dibujo de la portada del libro. A pesar de ser muy consciente de la calidad de la novela, también esperaba con cierto morbo encontrarme con escenas de sexo más o menos explícito.

Debí subir las escaleras de dos en dos y encerrarme en mi habitación (vivía con mis padres en un pisito de alquiler) donde me tumbaría en la cama, tal como estaba, disponiéndome a leer, pausada y concentradamente, la breve biografía de la solapa, las tres frases del burócrata sobre el contenido de la novela y el primer capítulo.

Seguro que luego cerré el libro y respiré con agitación, pensando en el gozo que me produciría su lectura durante la noche, que acostumbraba a pasar en vela, leyendo y escuchando en la radio al loco de la colina. Aún no había encontrado trabajo, a pesar de mis esfuerzos, y prefería aprovechar la noche, el mejor momento del día, leyendo, que madrugar (me levantaba a la hora de comer, a pesar de las protestas de mi madre).

Enseguida me identifiqué con el protagonista, un joven católico, por tradición familiar, aunque no practica una religión en la que no cree demasiado. Sin embargo aún tiene clavado en el subconsciente el concepto de pecado y de castigo. Carece de cultura y su obsesión son las mujeres, algo que dada su juventud y soltería no parece excesivamente “pecaminoso”.

Su vida es anodina, aburrida, no se diferencia mucho de la nuestra. Trabaja en la sección de perfumería de unos grandes almacenes y su jefe y sus compañeros de trabajo no son precisamente para tirar cohetes.

Julien Greene es una especie de narrador de género negro, eso sí, un tanto “sui géneris”, porque en sus historias apenas aparecen cadáveres y el suspense está menos en saber quién mató al fiambre de turno y sus motivos que en saber hasta dónde llevarán a los personajes sus emociones y pensamientos, su carácter.

Hace algún tiempo mi hija Sara (a quien había dejado leer un par de novelas cortas del autor, acuciado por su interés en conocer nuevos autores y ampliar sus horizontes de lectora compulsiva, como su papá) me comentó que las historias de Julien Green tenían un suspense “muy raro” (el género policiaco es uno de sus favoritos), aunque eso no impedía que le gustaran mucho.

Le expliqué mi teoría de que el auténtico suspense está más en saber a dónde nos conduce la vida y cómo se enfrentarán a ella los personajes de la novela que en conocer el nombre y los apellidos del supuesto asesino. Es más interesante conocer la vida íntima de un personaje que saber si fue el mayordomo quien mató al señor de la mansión.

Aquí Julien Green entronca con la magistral narrativa de Dostoyevski y se parece mucho a autores como Graham Greene o Bernanos. Entre la realidad exterior y la interior escoge la segunda, porque sabe que lo que realmente nos interesa es lo que sucede en el interior de nosotros mismos, el resto es puro divertimento que nos aleja de los auténticos problemas, irresolubles, que bullen en nuestra consciencias.

El hecho de que elija el mundo interno como el universo donde se desarrolla su narrativa no lo hace menos ameno y misterioso. Al contrario, gracias a su prosa magistral descubrimos que en realidad nuestros pensamientos y emociones son infinitamente más interesantes de lo que nunca nos atreveremos a pensar.

Sus personajes también se benefician de esta elección. Su solidez, su entidad, “su carne” brota de lo que ellos viven por dentro y no de lo que sucede a su alrededor. Para ello no necesita desvelar todos y cada uno de sus pensamientos y emociones, ni siquiera la totalidad de su vida pasada. Nos basta con un atisbo de lo que ocultan, de lo que han podido ser sus vidas, para que el interés y el suspense se intensifiquen.

Es sintomático, por ejemplo, que un personaje secundario, en cuanto a la extensión de páginas que ocupa en la novela, aunque no en cuanto a la importancia que tiene en la trama, esté tan bien construido y resulte tan interesante para el lector que muy bien se habría podido escribir una nueva novela con él de protagonista. Se trata de un extraño loco, cuya patología y las circunstancias que la provocaron permanecen en una adecuada semipenumbra. Su relación con el protagonista se produce de manera misteriosamente casual –aquí aparecen claramente las fuerzas del mal, en cuyo manejo Julien Green es un verdadero maestro- y desembocará en un sorprende e irreversible final.

Ya por entonces sentía una gran fascinación por este tipo de personajes, aunque durante la primera lectura de la novela estaba bien lejos de suponer que con el tiempo yo llegaría a ser un loco tan apasionante, para mí como autor, como lo era él. Curiosamente este personaje tiene el mismo nombre que el que da título a la novela de Henry Miller, “Max y los fagocitos blancos”. Los hubiera relacionado de inmediato a los dos si por entonces hubiera leído la novela de Miller, pero aún me restaban algunos años para hacerlo.

El tratamiento que hace J. Green del mal no puede ser más misterioso y sutil. Como en Bernanos el mal no está claramente definido, ni puede ser encarnado en un hombre concreto, permanece en el aire, como un tóxico invisible, envenenándolo todo y haciendo que las circunstancias más anodinas se acaben transformando en el frío rostro del destino, de un Satanás, tan invisible como omnipresente.

La novela me fascinó y es posible que la releyera una segunda vez, ya que la propina de mis padres rara vez me daba para comprarme una segunda novela antes de cobrar la próxima.

A lo largo de los años la he releído varias veces y siempre con la misma o parecida fascinación. Creo que dentro de la obra de Green ocupa un lugar destacado, aunque otras tal vez la superen en la concepción global de la historia y en ese ambiente de pesadilla que acaba por atemorizar al lector un poco sensible. “Cada hombre en su noche” es una novela para leer de un tirón, sumergidos en su ambiente como buceadores en aguas profundas. No se trata de una novela para católicos que crean en el pecado y en su correspondiente castigo, sino para lectores sensibles que hayan percibido alguna vez el misterio de la vida y casi tocado con su mano temerosa el mal que pulula a nuestro alrededor.

Si aún no conocen al autor es una excelente manera de comenzar a conocerlo. No es un bestseller a la moda, sino uno de esos libros que dejan huella. La que dejó en mi vida es imborrable. Creo que el libro llamó a mi puerta en el momento oportuno y la lección que traía consigo resultó inolvidable.

Sinopsis

Una de las obras cumbre de Julien Greene. El autor es ya un clásico, uno de los novelistas más importantes del siglo XX. Considerada como una obra religiosa, católica, cristina, y su autor como uno de los escritores cristianos más importantes de todos los tiempos, la novela trasciende cualquier etiqueta y categoría. No deja indiferente, seas creyente o agnóstico, es humana y sobre todo es una obra maestra de la literatura.

 

 

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DAVID COPPERFIELD
Por: Charles Dickens

Recuerdo muy bien la impresión que me causó la primera lectura. Alguien me había prestado la novela, no recuerdo quién. Creo que yo tenía entonces 18 o 19 años. La leí de un tirón y disfrutando y sufriendo como con pocas novelas. Creo que fue mi primera lectura de Dickens y desde entonces entraría en mi biblioteca para siempre. Ahora tengo un buen número de sus obras. Es un maravilloso narrador y poco importa que la sociedad evolucione y sus descripciones hayan quedado atrás, tiene la magia del buen narrador, nunca te deja indiferente. Creo que ya va siendo hora de releerla, las relecturas de los clásicos son imprescindibles para un buen lector.
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EL PROCESO
Por: Franz Kafka

Kafka fue uno de los descubrimientos más delirantes y terribles en mi vida de lector juvenil.A pesar de la dificultad de su lectura y de la poca amenidad de sus tramas, no pude permanecer impasible ante su devastadora visión de nuestra sociedad moderna. En este caso la trama me cae tan cercana (por mi profesión) que durante su lectura llegó a obsesionarme. Quienes no hayan vivido nunca el laberinto que supone un proceso judicial estarán tentados de pensar que esta es la típica historia de alguien que se ha fumado algo y le ha sentado muy mal. Quienes conocemos ese mundo sabemos que la realidad supera siempre a la ficción.

Kafka es tan demoledor que cuando terminas de leer una de sus obras tienes que pasar por el psiquiatra y seguir una terapia de choque para evitar la depresión. Lo más duro de admitir es que tenga más razón que un santo. La deshumanización burocrática aún estaba en pañales, y es bastante anterior al Gran Hermano de George Orwell, sin embargo jamás encontraré, aunque viva mil años, algo más deprimente sobre la condición del hombre moderno y la sociedad en la que por desgracia nos ha tocado vivir.

Kafka marcó mi vida y su influencia en mí como escritor es tan profunda que a veces me cuesta encontrar las raíces. Leí casi toda su obra, pero es uno de los pocos autores, clásicos de la literatura, que tendría que mentalizarme muy mucho para volver a releerlo.

 

 

EL CLUB DE LA COMEDIA EN EL TEATRO MÁGICO I


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PRESENTACIÓN

ÑORAS-ÑORES: Soy el emérito académico Mr. Slictik y estoy en el taller del loco, concretamente en el Teatro mágico, al ladito mismo del taller de Vocablo y del laboratorio de alquimia del verbo, donde el profesor Cabezaprivilegiada intenta aplicar las leyes cuánticas para cambiar el mundo a través de la palabra.

Como observarán, si se fijan bien, el escenario del teatro mágico se encuentra vacío, aunque ha sido acondicionado para que funcione como club de la comedia cuando cualquier visitante, avisado, avispado o despistado entre y decida explicarnos su visión del mundo a través de monólogos humorísticos. Para ello dispone de un armario con fondo donde podrá disfrazarse de lo que le apetezca, de una mesa surrealista diseñada por don Alcanfor, modisto y decorador, con una botella de agua, un vaso de cristal o de papel (cada participante podrá engañar al respetable mezclando agua con gúisqui o hacer que la ginebra parezca agua) gafas para los miopes, gafas para los hipermetropes, telescopios para los que miran lejos, microscopios para los que miran cerca, etc etc. Disponen de un micrófono, de pie, sentado o tumbado, como ustedes quieran o de esos artilugios modernos que se pueden pegar a la oreja y sale un tubito hasta la boca y de esta manera ustedes pueden hablar por el servicio de megafonía y escucharse o no escucharse, según el momento.

Ustedes puede subir, prepararse, aclararse la voz, aclararse la mente, hacer ejercicios gimnásticos, etc etc hasta que estén preparados. Entonces nos cuentan lo que quieran, en un monólogo divertido, y hasta pueden reírse de sí mismos. Claro que para evitar el caos y la confusión que reinaba antes del primer día de la creación, habrá un tema mensual que por esta vez pone el presentador y que luego podrán acordar los participantes.

El tema para este mes, es decir hasta que comience la primavera el 21 de junio será el siguiente:

EL HUMOR Y EL HUMORISTA, QUIÉNES SON, CÓMO SE CONOCIERON, CAMINO RECORRIDO, HACIA DÓNDE VAN Y HACIA DÓNDE NO IRÁN NI ATADOS, ETC ETC

Mi homenaje a todos los humoristas que nos han precedido, especialmente a Tip y Coll, inventores o usuarios del “ñoras-ñores”. A Miguel Gila, a Martes y Trece, Cruz y Raya, a Les Luthiers, a Charlot, Buster Keaton, el gordo y el flaco, y etc etc, que eran dos humoristas muy conocidos pero un poco grises.

YA PUEDEN COMENZAR

 

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EL HUMOR Y EL HUMORISTA POR OLEGARIO BRUNELLI, EL HUMORISTA “NUMBER ONE”, NARRADO POR EL EMÉRITO ACADÉMICO MR. SLICTIK, QUE SE ENCUENTRA SITUADO EN PRIMERA FILA, CON LOS OJOS MUY ABIERTOS.

NARRADOR: Olegario es un hombre cincuentón, bajo, gordito, calvo, con gafas de un diseño posmodernista, tal vez de Don Alcanfor, modisto y decorador, sus cristales tienen tantos colores como el arcoiris o más. Hace acto de presencia en el escenario vestido de luto riguroso, traje negro, corbata negra, zapatos negros de charol, en el brazo derecho lleva un brazalete negro. Camina como un pato mareado hasta el pedqueño podium del escenario. Toma el micrófono de a pie (hay otros sentados, tumbados, etc) y se mueve con él como si fuera su pareja de baile, una hermosa y sensual bailarina. Se para en el centro del escenario, mira al público (inexistente pero posible o hipotético), mira al emérito académico Mr. Slictik o sea a mí, al narrador, y comienza su show, de aquesta guisa:

-Ñoras, ñores, ñoritas, ñoritos, señoras, señores, caballeras, caballeros y hasta caballos, si hay alguno en la sala. Me llaman Olegario, aunque yo me llamo tonto y otros me dicen Olé-Olé, pocas veces, las más Márchate.

Mi apellido Brunelli es por mi padre, un italiano cachondo, machista, amante de la ópera y de la tortilla de patata, causa fundamental de que viniera a España, encontrara a mi madre, una lozana andaluza, llamada Dolores de Triana, la hiciera un bebé, o sea yo, y se marchara con tal rapidez, que si te he visto no me acuerdo.

Tal vez debido a este suceso dramático que ya desde bebé comenzara a verlo todo negro, hasta la papilla, creo que hasta el pecho de mamá, aunque en realidad puede que me confundiera, como era niño… quiero decir que mamá era tan morena que a lo mejor veía su pecho negro, cuando en realidad era moreno, muy moreno.

No supe que yo, en realidad, era un humorista nato hasta muchos años después. Hasta entonces nunca dejé de portar unas gafas negras, casi opacas, para ver lo menos posible de la realidad y de la vida. Pero un año, estando yo en Cádiz, por casualidad, una chirigota decidió despojarme de mi ropa, como broma, y me colocó unas gafas de colorines sobre el puente de mi nariz… Estas…

NARRADOR: Brunelli se las quita y las enseña al amable público.

-De esta guisa, desnudo y con gafas de colorines, me paseé por todo Cadiz, disfrutando del carnaval, y éste, el carnaval, disfrutando de mi. La gente me miraba y se reía, yo miraba a la gente y me reía. Así deberían ser las cosas en nuestra sociedad, especialmente en política, si los políticos se ríen de nosotros, nosotros deberíamos reírnos de los políticos.

De esta forma tan chusca y chabacana descubrí el humor y ya nunca lo dejé, ni él a mí, como un buen matrimonio, que puede tener amantes esporádicos, pero que siempre viven juntos y se hacen cosquillas juntos.

-¿Qué es el humor? Me preguntas clavando tu mirada atormentadas en mis ojos.
-Humor eres tú, respondo.

NARRADOR: Se oye una música de tango y Brunelli baila con el micrófono. Se para otra vez y señalando al hipotético público, prosigue:

-Sí, humor eres tú y tú… y nada más que tú.

NARRADOR: Vuelve a bailar mientras suena la vieja cancioncilla cuya letra decía: “me gustas tú, y tú y nada más que tú”, etc. Se para y resopla, el esfuerzo debe ser importante para un hombre tan gordito.

-Todos llevamos un humorista dentro, lo mismo que también un político, solo que pocos se atreven a descubrir al segundo. En nuestra mano está elegir ser víctima o verdugo. ¿Quién es quién? Depende de cómo, quién, cuándo y dónde. Ahora mismo el político es mi víctima, la diana de mis dardos envenenados. Fuera de aquí yo soy la víctima del político y sus peregrinas ideas. Como paso más tiempo fuera de aquí que dentro… pues hagan ustedes sus deducciones de quién es el verdugo y quién la víctima.

NARRADOR. Brunelli se quita de nueva las gafas de colores.

Se preguntarán, muy en serio, por qué me he puesto de luto. ¿Puede un humorista ser serio o hacer algo serio en su vida? Ya lo creo, dicen que los humoristas somos los tipos más serios y trágicos de la creación… y puede que no anden descaminados quienes así piensan.

NARRADOR: Suena un vals y Brunelli baila con el micrófono, lo besa, se para, prosigue:

-En serio, yo soy un desgraciadito, mi padre me abandonó, mi madre se amargó y me amargó la vida con su leche amarga de su pecho moreno. He vivido en una trágica soledad toda mi vida. Las mujeres me huyen porque como demasiado y estoy gordito. ¿Qué quieren que haga? ¿Qué me prive del único placer que me queda en la vida?

NARRADOR: Se toca la barriga con regodeo y camina como un pato mareado. Se desabotona la camisa y enseña la barriga desnuda al respetable. Se da palmadas en dicha barriga que suenan como timbales. Y prosigue.

-Bueno, tal vez mienta. También disfruto con el humor. No siempre, porque…. Porque hay muchas clases de humor y de humoristas. Si les gustan las etiquetas, aquí tienen unas cuantas.

NARRADOR: Se saca del bolsillo un montón de etiquetas y las arroja al aire, como confeti.

-Está el humorista generoso. Primero se autoparodia, se hace sangre, se… burla de sí mismo, y cuando ya no le queda sangre en las venas, aprovecha para burlarse de los demás.

-Está el humorista matafire: todo el mundo es un cordero en el matadero y él les clava el cuchillo en la garganta y luego se ríe. Cobra su estipendio y se va a tomar unas copas con los amiguetes. Lo que les suceda a los corderos no le preocupa, nunca le ha preocupado y nunca le preocupará.

-Está el humorista intelectual. En lugar de escribir novelas nos las cuenta en el escenario y de forma amena.

-Está el humorista chabacano. O no le llega para ser intelectual o decide que sus espectadores son chabacanos y les da lo que quieren… chistes malos, groseros, basura.

-Está el humorista… Pero dejémonos de etiquetas

NARRADOR: Comienza a dar patadas a las etiquetas como si fueran balones de fútbol. Sale corriendo y regresa vestido de bufón. Se pone las gafas de colorines.

-¿Quieren recibir una lección magistral sobre el humor? Pues vayan a la universidad. Yo soy un pobre bufón, y los bufones no damos lecciones… las recibimos… de todo el mundo. Eso sí les puedo dar algunas técnicas que a mí me funcionan, tal vez porque sea gordo y los flacos necesiten técnicas diferentes. Eso no lo puedo saber.

NARRADOR: Suena música de rap y se pone a bailar como una peonza rota.

-Si quieres hacer humor, tomen situaciones reales y estírenlas como si fueran chicles, llévenlas al extremo. La extremosidad es la madre del humor. El padre es desconocido.

-Si quieren hacer humor tomen unas cuantas personas, agítenlas como en una cubitera de cóctel y saquen solo lo malo… o saquen solo lo bueno, pero llevado al extremo.

-Si quieren hacer humor, dibujen caricaturas y denles vida, como hicieron con Pinocho, el muñeco de madera.

-Si quieren… pero ustedes solo quieren pasárselo bien. Pues entonces dejen que haga el humor que a mí me gusta.

NARRADOR: De pronto se lleva las manos a las partes pudendas y a grito pelado anuncia que está prostático y no puede contenerse. Se da la vuelta y desaparece caminando como si pisara huevos, con miedo a romper alguno y que le salga por la bragueta. Yo espero y espero y espero… pero no regresa. ¿Qué estará haciendo este hombre?