AMAR LA MÚSICA CLÁSICA III


ENCUENTRO CON BEETHOVEN

Aquella primera tarde en la que descubrí la música clásica solo pude escuchar tres piezas, la obertura 1812 de Tchaicovsky, el coro de peregrinos del Tanhauser de Wagner y la sexta sinfonía de Beethoven. Creo que tuve suerte porque de haber iniciado mi aproximación a la música clásica con otros compositores y otras piezas, tal vez me hubiera sentido decepcionado y hubiera dejado para otra ocasión –que es posible que nunca se hubiera producido- aquella música tan extraña. La vida es una constante encrucijada de caminos y cada elección supone dejar atrás muchas cosas que ya nunca recuperaremos.

No era un adolescente con especial sensibilidad para la música, al contrario que la lectura, que me apasionaba, la música hasta aquel momento no me había dicho nada. En casa mis padres escuchaban a Manolo Escobar en un pequeño tocadiscos que comprara mi padre con el importe de un premio en la lotería. Fue la primera y única vez que le tocó y la cantidad fue más bien discreta, aunque le hizo tanta ilusión que casi saltaba de alegría. Recuerdo que en aquellos tiempos podías juntar tapones de las botellas de coñac fundador y a cambio te daban un disco de vinilo, nada de “longplays”, ni siquiera sabíamos que era aquello, un “single” con una canción por cada cara. Manolo Escobar era uno de los cantantes que aparecían en aquellos diminutos discos. No me gustó nada y llegué a odiar aquellas canciones que me parecieron ramplonas y repetitivas. En cambio había otras que me llamaban la atención, aunque no acabaran de gustarme. Juanito Valderrama, Antonio Molina y algunos otros cantantes por el estilo tenían algo que sin llegar a gustarme, tampoco me desagradaba en exceso. Mi hermana escuchaba en la radio de galena los cantantes de moda. Llegué a odiar a Camilo Sexto, aunque no sé muy bien si empezaba a cantar por aquel entonces o un poco más tarde. La música no me decía nada y procuraba huir de ella, tanto si eran mis padres los que escuchaban los discos de Fundador en el tocadiscos o mi hermana que ponía en la radio las emisoras musicales de entonces (¿existirían ya los cuarenta principales?).

Por eso aquella tarde veraniega en la que decidí aprovechar la hora de la siesta para meterme en aquella pequeña habitación y escuchar los discos de vinilo que los frailes habían puesto a nuestra disposición, marcaría mi vida. Fue una de esas encrucijadas en las que o tomas un camino o el otro, no suele haber vuelta atrás. Bien podía haber puesto un disco de música de cámara, algún cuarteto, y habría decidido que aquella música no era para mí. En cambio escuché la obertura 1812 y me gustó. Enlacé con el coro de peregrinos y me sentí conmovido… y para rematar me encontré con la sexta sinfonía de Beethoven y al acabar de escucharla mi decisión estaba tomada. Aquel era un universo inexplorado que merecía la pena conocer. La sexta fue el mejor primer contacto con Beethoven que hubiera podido elegir. Me gustaba la naturaleza con locura, especialmente la montaña. Aquella música me recordaba un día de verano en la montaña, el agua cristalina deslizándose por el prado en un pequeño arroyo cantarín, la tormenta con rayos y truenos… Era maravilloso. Cerré los ojos y me dejé llevar.

Así terminó aquella tarde, pero regresé otras y continué explorando. Por suerte en aquella pequeña discoteca también estaba la quinta de Beethoven. Fue un puñetazo en el plexo solar. Beethoven se convirtió en mi compositor favorito. Aún tardaría en escuchar la novena y cuando lo hice lloré a lágrima viva, como años más tarde, cuando decidí rememorar aquel momento escribiendo un relato musical. Lo escribí de un tirón y con lágrimas en los ojos. Pero eso forma parte de otro capítulo.

Cuando no tienes la suerte de nacer en una familia melómana o de estudiar música en un conservatorio o que un familiar entendido te vaya introduciendo en este maravilloso universo, el amar o no la música clásica muchas veces depende de la casualidad, porque la sensibilidad musical aún no está formada y cualquier incidente te puede alejar de ella durante muchos años o para siempre. Un mal profesor de música puede conseguir que sus alumnos lleguen a odiar la música clásica. Lo sé por haberle ocurrido a alguien muy cercano.
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