Todos estamos solos al caer la tarde VII


 

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Pico de Águila se internó unos pasos y de pronto se detuvo para iluminarme. Cuando estuve a su lado me señaló un hueco entre dos postes de madera que sostenían parte del techo. Dirigió la luz hacia allí. Pude ver, colgadas de una cuerda horizontal, que alguien había clavado entre los dos maderos varias antorchas.

-Tenemos antorchas, sheriff. Si ha traído su mechero podremos encender un par de ellas y dejar la linterna como reserva.

-¿Quién crees que se ocupa de la provisión de antorchas?

-Sin duda algún visitante que viene muy a menudo por aquí.

-¿Podría ser el chico de la reserva que descubrió el cadáver?

-Es posible. Se lo preguntaré cuando vuelva a verle.

Todos estamos 2

 

 

Hurgué en mis bolsillos. Por suerte había dejado mi viejo mechero en un bolsillo de la cazadora. Hubo un tiempo en el que fui fumador empedernido. Utilizaba el tabaco para calmar mi angustia. También el alcohol. Por suerte no me dio por la droga. Aún continuaba fumando algún que otro pitillo de vez en cuando. Lo utilicé para encender una de las antorchas, que entregué a Pico de Águila. Encendí también otra para mí.

-Si estamos listos me gustaría ver el cadáver cuanto antes. Necesito hacerme una idea de a qué nos enfrentamos.

-Claro, sheriff. Sígame.

Recorrimos unos metros, justo hasta donde otra galería secundaria comenzaba su recorrido en curva, hacia la izquierda. Ahora tuvimos que caminar un poco más. Justo en la primera curva, a la izquierda, existía un rectángulo bastante amplio, que tal vez se utilizara en los viejos tiempos, en los que la mina estaba activa, como almacén para las tinajas de agua, para cambiarse de ropa o para descansar un rato, si eso era posible. Lo ignoraba todo de las viejas minas de oro del Oeste. Cuando dispusiera de un poco de tiempo me vería obligado a documentarme en mi ordenador.

 

Todos estamos 3

 

Pico de Águila caminó hasta el fondo y alzó la antorcha hacia la pared. La llama titubeante iluminó un bulto. Me estremecí. Cuando acepté, o más bien admití el chantaje del alcalde, para convertirme en sheriff del condado, fui consciente de que algo así podía ocurrir, aunque dada la tranquilidad habitual del condado, donde para recordar el último asesinato era preciso remontarse mucho en el tiempo, aquello me resultaba tan remoto que no me paré mucho a pensar en ello. Ahora había sucedido y aquel bulto iba a poner a prueba mis cualidades como sheriff.

Como tardara en acercarme Pico de Águila hizo un leve gesto bajando la cabeza. Solo entonces fui consciente de que me había quedado paralizado durante unos segundos. Me acerqué, temiendo que aquel espectáculo iba a poner a prueba la solidez de mi estómago, pero sobre todo mis convicciones morales. Un cuerpo desnudo, atado a la pared, ensangrentado. Conforme me iba acercando podía apreciar más detalles. Se trataba claramente de una mujer, los pechos ensangrentados al aire, el sexo atravesado por una larga barra de hierro que seguramente había sido introducida por el ano… No pude controlarme, una angustia infinita me revolvió las tripas. Salí corriendo, pero no llegué muy lejos, en la curva del siguiente corredor me incliné estremecido y vomité lo que pude. En aquel momento ni recordaba si había cenado o no. Permanecí aferrado a la pared del túnel, expulsando bilis por la boca. Cuando me recuperé un poco decidí salir al exterior, en busca de aire fresco.

Mi cuerpo temblaba, sentía frío a pesar del calor de la noche, y debía de estar pálido como un cadáver, a juzgar por las sensaciones que me llegaban del rostro. Maldije entre dientes al alcalde y me llamé idiota por haber aceptado el cargo de sheriff, un puesto para el que no estaba preparado, ni siquiera en un condado tan tranquilo como aquel.

Alguien puso la mano sobre mi hombro y a punto estuve de sufrir un colapso. Me volví con brusquedad, aterrorizado, no sé por qué razón, tal vez pensara que el fantasma de la mujer muerta había decidido darme un susto de muerte. Cuando comprobé que era Pico de Águila no pude refrenar mi malhumor.

-Maldita sea, eres tan silencioso como una serpiente. Un día te voy a descerrajar un tiro y luego será tarde para lamentaciones.

-Disculpe sheriff, siempre me olvido de que usted no es un navajo.

Continuará.

 

 

 

 

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