Mes: julio 2013

AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL PEQUEÑO CELEMÍN I


NOTA INTRODUCTORIA: Esta novela, basada en mis recuerdos de infancia ha tenido tantas versiones manuscritas, con tantos títulos, con narradores tan diferentes y con estructuras tan distintas, que he decidido hacer una versión definitiva y rematarla de una vez por todas. Remito al archivo que he subido a mi almacén para quienes estén interesados en leerla desde el principio. En el blog voy a continuar donde lo dejé e iré subiendo capítulos, para animarme a terminar la historia y que no se me pierda en algún cajón para siempre.

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ESPA„A 23

Y pecar era terrible, incluso los pecadillos más tontos te podían condenar al infierno. Los pecados veniales, acumulados, se convertían en pecados mortales y un solo pecado mortal te condenaba al infierno de todas-todas. No era posible tener la seguridad de que en el último momento ibas a poder confesarte o hacer un acto de profunda contricción para que Dios te perdonara y pudieras ir al cielo. Había que estar muy atento, porque la muerte llegaba en cualquier momento y si te pillaba descuidado, ¡zás!, ya estabas en el infierno. Y eso no era cualquier cosa, toda la eternidad, un día tras otro, un año tras otro, para siempre, allí metido en las calderas de Pedro Botero, quemándote el culo y lo que no es el culo. Es un sufrimiento espantoso que nadie puede soportar. Todo aquello me lo habían enseñado desde el catecismo y lo creía a pies juntillas. Por eso me confesaba al menos una vez a la semana y cada vez que cometía un pecado mortal. No quería ir al infierno, antes cualquier cosa. Pero decir los pecados a un cura, que no dejaba de ser un hombre, aunque con sotana, cada vez se me hacía más cuesta arriba. No soportaba la angustia de hacer un recuento de los pecados y luego una lista para decírsela al cura. Me daba una vergüenza terrible.

En aquella iglesia tan grande me imaginé diciéndole al cura mis pecados todas las semanas y el mundo se me cayó encima. Quería salir de allí cuanto antes y no veía el momento. Por fin el cura se cansó de tanta cháchara y salimos fuera. Ahora, nos dijo, iríamos al salón de actos. De lo mejorcito de España y del mundo. Y sí que lo era, porque nada más entrar me quedé con la boca abierta. Allí cabía mucha gente, pero que mucha, todos sentaditos para ver las películas o las obras de teatro. El cura nos dijo que allí podía verse la televisión, cuando había algún acontecimiento deportivo, o el cine, todos los fines de semana, o alguna obra de teatro, representada por los mayores en las fiestas del colegio. Aquello me entusiasmo, porque yo no había visto aún ninguna obra de teatro y me parecía el espectáculo más maravilloso del mundo.

Nos dejó bajar por aquella cuesta tan empinada y sentarnos en la butaca que más nos gustara. Solo pensar en las películas de Charlot o del Gordo y el Flaco me relamí de gusto. A pesar de estar medio dormido y de que me dolía todo el cuerpo, por las dichosas piedrecitas de la entrada, tanta novedad me empezaba a entusiasmar de tal manera que temí comenzar a dar saltos de alegría.

Aquel telón en el escenario me parecía algo mágico. Bastaría con descorrerlo para que se pudieran ver las mayores maravillas del mundo. Recapitulé sobre todas las alegrías que me esperaban: jugar el futbol todos los días en los campos que habíamos visto; ver cine todos los fines de semana; bañarnos en la piscina en verano; jugar a baloncesto y a balonmano… Comparadas con tantas alegrías, el madrugar y el tener que confesarme y comulgar todas las semanas me parecía hasta aceptable. El cura nos explicó las actividades que se desarrollarían allí durante todo el año y especialmente durante las fiestas del patrono del colegio, San Agustín. Pero deberíamos dar allí por terminada la visita al colegio, porque se acercaba la hora del desayuno. El cura miró el reloj y nos hizo una seña para que le siguiéramos.

A paso ligero recorrimos otra vez el largo pasillo. Mientras lo hacíamos no pude evitar imaginarme lo adecuado que era para echar carreras. Sonreí ante la escena. Unos cuantos nos poníamos en un extremo, alguien contaba, una, dos y tres. Y salíamos corriendo como alma que lleva el diablo. Nunca mejor dicho. Pero aquello no era nada más que un sueño. Era evidente que aquel cura nunca permitiría aquello. Todo en el colegio respiraba un aire de seriedad y religiosidad que asustaba al más pintado… y yo no lo era.

Al llegar al hall el cura continuó adelante. Abrió una puerta acristalada como al parecer lo eran todas y nos invitó a seguirle. En la pared de enfrente había una especie de dibujo o pintura, hecha al parecer con pequeños trozos de piedra o cerámica, representaba alguna escena que no pude entender. Las figuras eran altas y estaban distorsionadas, los colores muy vivos. Me resultaba difícil decidir si aquello me gustaba o no. Al final me dije que me gustaba más de lo que no me gustaba, por lo que di como ganador al „me gustaba“ y atendí las explicaciones del cura. Nos estaba diciendo que a la izquierda estaba el comedor de los mayores, es decir de quienes estudiaban cuarto, quinto y sexto de bachillerato. A la derecha estaba el nuestro, es decir para los estudiantes de primero, segundo y tercero de bachiller.

Pasamos al comedor y todos nos quedamos deslumbrados. Había tantas ventanas que uno se hubiera dicho al aire libre. El salón era muy grande y gruesas columnas de cemento pintadas sujetaban el techo. Había tantas mesas que dejé de contarlas, perdí la cuenta. Estaban colocadas en filas que llegaban hasta el centro, dejando allí un amplio pasillo y continuaban hasta la otra pared, también horadada por muchos ventanales. El cura nos dijo que podíamos sentarnos para probar las sillas. Eso era lo que más nos había sorprendido de todo. Las mesas, para ocho, cuatro en un lado y cuatro en el otro, era de formica y las sillas estaban sujetas por tuberias a las mesas. No se podían mover.

Tanto Antonio como yo nos sentamos con una cierta precaución, temiendo que aquellos tubos se rompieran y termináramos en el suelo, pero descubrimos que todo aquel artilugio era muy sólido. El cura nos lo explicó con una sonrisa de oreja a oreja. Era de lo más moderno y muy sólido, como para sostener a ocho personas sentadas a la vez, no se rompería el tubo, no. Satisfechos nos levantamos. El cura nos invitó a mirarnos en un gran espejo que había en la esquina por donde habíamos entrado, al lado de una puerta de madera. Nos miramos y no encontramos nada extraordinario en el espejo, aparte de que era muy grande y nos podiamos ver de cuerpo entero. Reflejaba muy bien, eso sí. Entonces el cura, con el gesto de un mago que va a sacar un conejo de su chistera, abrió la puerta de madera y nos invitó a pasar. Lo hicimos, curiosos, y pudimos ver lo que resultó ser el comedor del prefecto. Allí comía y los platos le llegaban a través de un torno de madera situado en una esquina, cuyo funcionamiento nos enseñó. Era la primera vez que veíamos algo semejante y todos soltamos exclamaciones, hasta los papás. Sin embargo lo más sorprendente estaba aún por llegar. Nos señaló con un dedo el rectángulo que daba al comedor, a la altura del espejo que estaba por fuera. Nuestra sorpresa se expresó con chillidos de alegría. Por dentro no era un espejo, se podía ver todo el comedor a la perfección. Se trababa de una venta con cristal, disimulada por fuera como si fuera un espejo. Desde allí el prefecto podía vigilar el comedor y nadie sabría si lo estaban mirando en el momento que hacía una trastada o no, por lo que siempre tendría que estar muy atento y modoso. Eso nos dijo el cura, solo que con otras palabras, y cuando Antonio y yo comprendimos el alcance de lo que estábamos viendo, nos miramos con miedo y se nos fue la alegría de la sorpresa.

El cura nos preguntó si deseábamos ver las cocinas y mi papá dijo que sí enseguida. Le gustaba comer, cocinar y todo lo que se refiriera a la comida. La puerta estaba al lado de su comedor. Me quedé muy sorprendido de que fueran dos puertas como las que se ven en las películas del Oeste, cuando entran al salón a tomarse su vasito de guisqui. El cura entró primero y sostuvo una de las puertas para que todos pasáramos. Las cocinas eran muy grandes, enormes. Sobre unos grandes fuegos había hasta seis enormes perolas. Si nos hubieran echado a los niños dentro, de pie, no se nos vería la cabeza.

Breves historias de Omega (Actores de carne y hueso)


BREVES HISTORIAS DE OMEGA IV

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NOTA INTRODUCTORIA/ Cuando decidí ir esbozando, por partes y temas, los distintos aspectos de la sociedad omeguiana tras el advenimiento de “H”, la gran inteligencia artificial, una especie de Mesías virtual, sabía muy bien que me enfrentaba a una compleja tarea que me llevaría años. Algunos temas fueron más sencillos de esbozar que otros. Por lo que se refiere al ocio y la cultura después de que “H” tomara las riendas, consideré bastante lógico que si la inteligencia artificial se ocupaba de la alimentación, la vivienda y toda la logística en aquella sociedad, también terminara por ocuparse del ocio y la cultura. Los seres humanos somos muy cómodos, muy vagos, si nos dan todo hecho, sin tener que trabajar, lo aceptamos encantados, a no ser que lo que se nos ofrece sea auténtica basura, y aún así nos lo pensamos dos veces antes de rechazarlo.

Los omeguianos fueron esbozados como seres humanos, solo que en otro planeta y con otras circunstancias. Si como vemos en nuestra sociedad la mayoría de la gente es absolutamente pasiva en cuanto al ocio y la cultura (aceptan lo que les echen de comer a través de la televisión o cualquier otro medio de comunicación) no veía la necesidad de que en Omega las cosas fueran muy distintas. Teniendo en cuenta que “H” era una inteligencia artificial con capacidades casi “divinas” o si lo preferimos, verdaderamente “demoniacas”, y que mi profesor chiflado, Helenio de Moroni, la había programado para dar a todos los omeguianos lo que desearan, en una sociedad democrática, justa e igualitaria, cómo podría ser el ocio y la cultura, diseñados por “H”, estaba bastante claro.

Si Helenio hubiera programado a su artilugio para dar a los omeguianos lo que verdaderamente necesitaran y no lo que quisieran o desearan, todo hubiera sido muy, muy diferente, pero como bien sabemos en nuestra sociedad humana lo importante no es lo que las personas necesiten si no lo que deseen, con el fin de que al satisfacer sus deseos los empresarios del ocio y la cultura puedan recibir a cambio sus deseables y deseados emolumentos (Mi tesooorooo de Gollum). Tampoco es muy importante saber lo que los ciudadanos desean puesto que los deseos se pueden crear, primero, para satisfacer, después. Algo que es paradigmático en el mundo de la publicidad.

La inteligencia artificial podía crear algo parecido a la televisión, la holovisión, y en ella unir todo lo que en nuestra sociedad son los medios de comunicación, Internet, prensa, radio, etc. Como no necesitaba personal creativo o burocrático, ni tampoco financiación alguna, crear un ocio, una cultura, y programarla y distribuirla por el canal único y complejo de la “holovisión” era coser y cantar. Se crearon presentadores, actores y todo tipo de figuras virtuales para que aparecieran en programas, obras teatrales, películas, etc. La inteligencia artificial no necesitaba profesionales del ramo ni tampoco guionistas o creativos, todo lo podía hacer ella y mejor o casi mejor que nadie.

No tuve claro cómo sería este mundo virtual hasta ver la famosa película, Matrix, entonces grité “¡eureka!” como al parecer hizo Arquímides, y comencé a esbozar la holovisión, el cine, el Internet omeguiano y otras muchas cosas más. Luego cuando vi la película Avatar y otras que trataban el mundo virtual tales como Johnny Mnemónic, ya ni tuve que gritar eureka, simplemente me puse a trabajar como un poseso.

En Omega todo el mundo del ocio y la cultura acaba siendo virtual y generado por la inteligencia artificial quien crea actores virtuales, holovisivos, en tres dimensiones, y todo tipo de películas y programas. Los no rebeldes aceptan encantados lo que les da “H” pero como ocurrió en otros terrenos, con más razón en este, hay quienes no soportan que toda la creatividad de su especie resida en un cerebro artificial, les repugna visceralmente, y es por ello que deciden rebelarse y crear su propio ocio y cultura. Y este es el tema de este nuevo capítulo de Historias breves de Omega. Como es muy amplio me limitaré a esbozarlo y lo iré desarrollando en otros breves capítulos de esta serie. El resultado de la falta de creatividad humana lo desarrollo en otra novela, “La vida es pura sensación”, que nada tiene que ver con el universo de Omega, pero que desarrolla este tema hasta las últimas consecuencias.

ACTORES DE CARNE Y HUESO

Extracto del diario manuscrito del actor Eriditis Asuras.

“Soy un actor de carne y hueso, me llamo Eriditis Asuras y en otros tiempos tal vez habría sido un actor famoso, respetado y halagado por crítica y público. Hoy, en estos aciagos tiempos, debo pelear a brazo partido con una inteligencia artificial para poder representar obras creadas por mí o por otros creativos rebeldes.

Bueno, tal vez no esté diciendo toda la verdad y me pueda la repugnancia que siento hacia todo lo virtual o artificial. En realidad el bueno de “H” nuestra portentosa inteligencia artificial, colabora con nosotros, facilitándonos todo tipo de infraestructuras para que podamos desarrollar nuestra creatividad, incluso ha puesto a nuestra disposición uno de sus canales holovisivos para que podamos difundir nuestra propia cultura.

Me gusta visualizar al bueno de “H”, como hombre, un anciano longevo y barbudo, aunque bien podría visualizarlo como una mujer y entonces la llamaría la buena de “H”, y no sería descabellado puesto que cada omeguiano elige bajo qué figura quiere que se le aparezca la inteligencia artificial para comunicarse. Si la llamáramos inteligencia podríamos visualizarla como mujer, pero si la llamáramos cerebro bien nos la podríamos imaginar como hombre. En realidad el bueno o la buena de “H” es asexual, se limita a “pensar” con los algoritmos que le programara el maldito chiflado del profesor Moroni, y tal vez se deba a ello que nuestra creativa minoría sea tratada con todo decoro, dejando aparte los derechos numéricos que siempre tiene la masa.

Hasta que se produjo la batalla del Valle de la Muerte, el desarrollo teatral de Omega, lo mismo en otros campos, como la narrativa y el arte y la cultura en general, fue tan lógico como razonable. Se generaron toda clase de mitos y leyendas que luego pasarían a la ficción literaria y los viejos ritos religiosos se transformaron, como suele ser común en todas las culturas, en representaciones teatrales que poco a poco se desgajaron del árbol madre para producir su propia dramaturgia profana. Todos conocemos a los grandes dramaturgos de aquella época, especialmente a Sofonoros Sapestis, el más grande autor de todos los tiempos.

Tras la famosa batalla y el salto que se produjo en todos los terrenos, la dramaturgia despreció su herencia y sus raíces, dedicándose a la burla del pasado, a ironizar sobre el presente y a utilizar todos los artilugios puestos a su alcance por la moderna tecnología para convertir al teatro en un híbrido incomible. Con el advenimiento de nuestro emperador “H” al poder (permítaseme la ironía) el teatro y demás artes y manifestaciones culturales pasaron a ser un simple producto de la fábrica “hachiana” para gran contento de la mayoría de la población que come lo que le dan, viste lo que una máquina diseña, vive en las casas que los robots fabrican, a las órdenes de nuestro cerebrito preferido y se entretiene con lo que sus circuitos generan.

Por suerte ya vamos siendo algunos más los que consideramos que estamos en nuestro derecho de utilizar nuestra propia creatividad para nuestras diversiones. En cuanto a trabajar para construir nuestras propias casas o cultivar la tierra para comer los productos de la tierra cultivados con nuestras manos… la verdad es que resulta muy cómodo dejar que el bueno de “H” nos suministre todo lo necesario, e incluso lo accesorio. Eso nos permite un ocio total, y muy productivo, si uno se dedica a ello y no a dejar que los circuitos de un cerebrito nos digan lo que nos entretiene y lo que no.

Dejando a los granjeros rebeldes, que comen aparte, se puede decir que la rebeldía cultural se ha centrado en la universidad de Vantis, donde el gran director de biblioteca y universidad, nuestro ínclito Aris Orbotón, centraliza y hace juegos malabares para preservar nuestro pasado cultural. El grupo dramático, compuesto por autores, actores, decoradores y demás attrezzistas, nos dedicamos a representar obras para los rebeldes culturales, siguiendo lo que en otro tiempo hubiera sido una temporada teatral al uso.

Pero esta representación, cuyo estreno está señalado para mañana, es algo insólito y esperanzador. Por cierto que acabo de salir del ensayo general de la última obra de nuestro peculiar genio Aloris Agoris, quien nos presenta un drama muy humano que se desarrolla en la tienda donde uno de los reyezuelos que participaron en la batalla del Valle de la Muerte y sus generales, diseñan la estrategia del día siguiente, al tiempo que comen, beben y follan con las cortesanas que acompañan a todos los ejércitos. No puedo estar más satisfecho del ensayo general. La participación de “H” ha sido espléndida.

Hace un mes, mientras ensayábamos la obra en la gran sala teatral del palacio de cristal de “H”, para lo cual nuestro cerebrito preferido nos dio el correspondiente permiso, escuchamos una voz etérea que nos costó identificar. Paralizamos el ensayo y nos dedicamos a husmear por el escenario, para ver quién nos gastaba la broma. El bueno de “H” se rió un rato. Luego nos propuso su colaboración. ¿Por qué limitarnos a un pobre decorado que remedara el interior de una tienda de campaña y a los personajes diseñados por Aloris? El nos ofreció todo el Valle de la Muerte como escenario. Con sus medios técnicos podía hacer que la representación fuera algo apoteósico. Incluso podía ofrecernos unos cuantos de sus actores virtuales y holográficos que tan buen resultado daban en los culebrones holovisivos.

No respondimos de inmediato, muy sorprendidos por la propuesta. La reunión que se celebró fuera del recinto (aunque todos sospechamos que los ojos y las orejas de “H” llegan a todas partes) estuvo muy animada. Muchos querían rechazar el ofrecimiento, alegando que los resultados dramáticos del “holocine” y de las series holovisivas, eran detestables y que los actores virtuales repugnaban a cualquiera por su frialdad y falta de sensibilidad humana. Me costó convencerles de que nada perdíamos probando, puesto que la inteligencia artificial no iba a imponernos nada que nosotros no quisiéramos utilizar. Y así fue como, tras un trabajo previo conjunto humano-artificial-, se creó un guión que se fue poniendo en práctica con resultados tan esperanzadores que a la semana no quedó nadie que se opusiera a esta colaboración.

El ensayo general ha demostrado que la colaboración máquina-humano puede llegar a producir resultados fantásticos. Ahora solo queda que mañana se llene el gran salón teatral (lo que dudo mucho) y de que la transmisión holovisiva en directo sea un éxito (¡imposible!). No tengo muchas esperanzas en el resultado del experimento, pero aún así confío en que se produzcan nuevas oportunidades para los actores de carne y hueso. No niego la perfección maquinista en las interpretaciones de los actores holovisivos creados por “H” e incluso yo mismo llegué a enamorarme de una conocida actriz virtual, pero no nos engañemos, donde esté la carne y el hueso que se quiten los circuitos.

 

REQUIEM DE LIGETI


RELATOS MUSICALES
REQUIEM de LIGETI

 

El silencio infinito…, pero no el silencio imaginado un segundo antes de la creación del universo, de la explosión primigenia, sino un silencio ominoso, pavoroso, tan brutalmente potente que ninguna criatura real o imaginaria, ni siquiera las huestes angélicas podrían percibirlo sin sumergirse voluntariamente en la nada absoluta.

De pronto el grito horrísono de las criaturas humanas perdidas en un punto azul en mitad de un universo vacío. El grito de las víctimas… las víctimas del terror, del odio más puro y frío, aquel donde no hay la menor mezcla contaminante de emociones o sentimientos; las víctimas del hermano asesino, de la espada degolladora, de la maza aplastante de vísceras, de la pez hirviendo sobre desnudas cabezas, del potro de tortura descoyuntando huesos, de la sal en las heridas sangrantes, de la bala asesina, de la mano estranguladora, de los dientes afilados, de los cañones estruendosos, de los misiles silenciosos, de los aviones rugientes, de las botas claveteadas, de las miradas rencorosas, de los machetes afilados, de los insultos obscenos, de las amenazas sibilantes, de la limpia bomba de neutrones, del hongo infernal.

Las víctimas… las víctimas son mujeres indefensas ——– con sadismo, niños inocentes masacrados, sin respuesta a su ingenua pregunta, campesinos honrados inclinados sobre la tierra arisca, hombres buenos huyendo de la violencia con mirada de infinita tristeza, bebés inocentes balbuceando la súplica de una caricia, parturientas dolientes aterrorizadas ante la posibilidad de traer nuevas vidas para la muerte infame.

Las víctimas… las víctimas son las consciencias, las emociones más puras, las esperanzas más anhelantes, el amor más hermoso.

Los asesinos…los asesinos son nuestros propios hermanos, nuestros padres, nuestras madres, nuestros hijos queridos, nuestros vecinos de atractiva sonrisa, nuestros amigos de la infancia. Los asesinos… los asesinos tienen rostro humano, utilizan palabras humanas, su sonrisa es agradable, su corazón tan caliente y su sangre tan roja como la de sus víctimas, pero a pesar de ello siegan nuestras gargantas con sus cuchillos afilados, perforan nuestra piel con sus suaves dedos engatillados, corrompen nuestras entrañas con ciegos bacilos, virus y toda clase de invisibles bichitos manipulados por manos enguantadas que no tiemblan.

Los asesino…los asesinos están aquí y están allí; a este lado de la línea que se ve en el mapa y más allá de todas las líneas blancas, azules o rojas. Los asesinos no creen en el hombre, no creen en Dios, no creen en nada. Los asesinos odian, matan, violan, torturan, masacran, pisotean, escupen, escarban, blasfeman, maldicen… Los asesinos…los asesinos son fríos, se creen omniscientes; no tiemblan, no aman, no comen, como sus hermanos, el alimento cotidiano, ni beben el dulce vino del olvido; sus dientes están manchados con la sangre caliente de las vísceras de sus víctimas mordidas a dentelladas; son caníbales implacables, no hacen el amor, no perdonan, no acarician a los niños, no besan a sus madres, no duermen, no sueñan…

Los asesinos…los asesinos solo son capaces de odiar y el odio que nace en sus entrañas va corrompiendo sus corazones, se expande a través de su sangre y llega a sus diminutos cerebros donde bloquea sus pocas neuronas activas; sus ojos se tiñen de rojo sangrante coloreando todo su alrededor. Temen la aparición en sus frentes de la marca de Caín; el sarpullido infecto que va apareciendo en su piel sin que puedan evitarlo, son los únicos signos visibles de su odio invisible. Cuando éste les ha consumido por dentro deciden suicidarse pilotando aviones asesinos, se atan a bombas, cabalgan en fríos misiles metálicos, se empequeñecen hasta convertirse en bacterias o hacerse balas de sus propias pistolas, si todo les falla, en el clímax de su furor asesino intentan matar a cabezazos a todo hermano que encuentren a la vuelta de la esquina.

Los asesinos… los asesinos no respetan la vida, no dignifican la muerte, no se hacen pan para el hambre de sus hermanos, no creen en la inocencia de los niños, no sonríen nunca. Viven como bestias y mueren como bestias, incapaces de alcanzar otra evolución que unas uñas más afiladas, colmillos más desgarradores o corazones más pétreos.

Los asesinos…los asesinos no nacen, se hacen día a día en el fragor del odio constante. Los asesinos somos todos, cuando no tendemos la mano a nuestros hermanos dolientes, cuando escupimos en su hambre, en su frío, en su impotencia, en su desesperanza, en su sonrisa resignada, en su cálido perdón.

Una misa de réquiem para las víctimas. Una oración por los asesinos… Luego nada… después el silencio… finalmente… el vacío más absoluto.

¿Es eso lo que deseamos para la raza humana?.

El futuro está doblando la esquina. Su rostro está siendo moldeado en nuestras manos.

PARA TODAS LAS VICTIMAS DE LA VIOLENCIA

http://youtu.be/sa7h7TwJzaM

Descubrí a György Ligeti, compositor húngaro, nacido en 1923 y dedicado especialmente a la música electrónica y a las variantes de la música aleatoria, al ver por primera vez 2001, odisea del espacio de Kubrik. Creo que a lo largo de la película se utilizaban dos de sus obras, una era su requiem. Su música me estremeció, porque el futuro de la raza humana que yo capté en aquellos sonidos cósmicos, no era muy agradable que digamos. Ahora vivimos en el terror y el futuro está ahí, a la vuelta de la esquina. Nos queda poco tiempo para enmendar los pasos perdidos.

LA LLAVE


LA LLAVE

 

Al subir al coche me asalta una sensación rara. Me dirijo a la puerta y compruebo que está cerrada. ¿Con dos vueltas de llave? Miro en el bolsillo derecho de mi pantalón… Nada. Hago lo mismo con el izquierdo y comienzo a ponerme nervioso. Rebusco en la cazadora… Regreso al coche y comienzo una búsqueda exhaustiva. Los asientos, el suelo, el salpicadero. .. Nada. Decido que se hace tarde. Tomo asiento, me coloco el cinturón de seguridad y arranco. Mientras recorro las calles sumergidas en una espesa niebla no dejo de pensar. ¿Dónde está la llave? ¿Dentro de la casa? No puede ser. Vivo solo, estoy solo, no tengo familia, no tengo amigos. No puedo dejar una llave de repuesto a nadie. No puedo dejar una copia en uno de los tiestos de la entrada. No me fio. Asaltan casas, secuestran familias, roban…Estoy a las afueras. Tomo la carretera comarcal hacia el trabajo. La niebla es cada vez más espesa. Enciendo los faros antiniebla. Ahora tengo que llamar a los bomberos o a un cerrajero. Es una pasta gansa. Cambio de cerradura. Creo que voy a alquilar una habitación. Si puede ser a una chica joven. No voy a estar solo, voy a tener una llave de repuesto por si pasa algo. Tal vez la chica y yo…

Estoy delirando. Un fuerte sentimiento de cólera se apodera de mí. ¿No puedo ser una persona normal? Maldigo en voz alta… y vuelvo a maldecir. Enciendo el equipo, pongo el pendrive. Escucho una canción. Mad world de Gary Jules. Suena en la escena final de Donnie Darko. En ella el protagonista se mueve en bicicleta, a cámara lenta. Todos los futuros posibles elegidos son peores que el de su muerte. La secuencia, con la música de Gary es impresionante. Me siento raro. No puedo evitarlo.

El tiempo transcurre. Conduzco con mucha precaución, aferrado al volante, la vista clavada en la niebla. Vuelvo a maldecir. Sin poder evitarlo golpeo el volante con los dos puños cerrados. El coche hace un extraño. Veo salir de la niebla los dos ojos del demonio. Es otro coche que viene en dirección contraria. Vamos a chocar. Doy un volantazo. Ruidos extraños. Adiós coche. Aprieto el freno a fondo. Pongo el freno de mano. Salgo rápido del coche. No veo nada. Me miro las manos. No consigo vérmelas. Me preocupo hasta que me hago consciente de que estoy llorando. Abro el maletero. Cojo la linterna. La enciendo. Miro las cuatro ruedas. Las dos delanteras están incrustadas en una zanja. Me subo al coche, arranco, meto marcha atrás. Con cuidado voy bajando el acelerador. Nada. Repito la maniobra una y otra vez. Me encolerizo. Aprieto a fondo el acelerador. El motor ruge. Nada. Me doy por vencido.

Llamo a la grúa. La operadora es un robot, no comprende mi problema. Lo sentimos, la grúa más cercana no está disponible. ¿Cuánto tengo que esperar? No lo sé, una hora, tal vez más. Necesito su número de móvil. Se lo doy. Desconecto. Llego tarde a trabajar. Tal como están los tiempos…Llamo al trabajo. Explico mi situación. Cuelgo. Estoy cada vez más nervioso. Me reclino en el asiento. Pongo la radio. Saco la libreta y el bolígrafo del bolsillo de la camisa. Escribo. Me viene bien para calmar la mente. Una ciudad. Sucede algo extraño. La gente ya no se fía de nadie. No se atreven a cruzar un paso de cebra si hay coches cerca. Caminan por las aceras, tensos, como esperando el ataque de alguien. Nadie se fía de nadie. La ciudad es un caos, una selva. Ahora comprenden que sin la mínima confianza en el prójimo no se puede vivir.

Dejo de escribir. Estoy angustiado. ¿Y si el señor de la grúa decide que hoy no sale, que no quiere correr riesgos? Me embuto en el chaleco reflectante. Camino hacia la carretera con la linterna encendida. No veo nada. Camino por la cuneta, no hay arcén, voy y vengo, vengo y voy. Si todo va mal, al menos puedo llamar a la policía. ¿Y si está ocurriendo algo imprevisto? Puedo regresar a pie. ¿Cuántos kilómetros? No lo sé. Transcurre el tiempo. Me quedo de pie, sin moverme, paralizado. Y espero…y espero… y espero.

LOS AMANTES (UN MITO OLVIDADO)


LOS AMANTES (UN MITO OLVIDADO)

Los dioses vivían en su paraíso de antimateria, el Walhalla, y los humanos en su humilde infierno, el planeta Tierra. No podía existir comunicación entre ellos porque materia y antimateria se aniquilan al menor contacto. A pesar de ello florecieron los mitos en ese sentido: Júpiter bajando del Olimpo en forma de toro para embarazar mujeres humanas, Prometeo trayendo el fuego de los dioses… Puede que haya algo de verdad en todo esto. Alguien debió de encontrar la fórmula para que los dioses se humanizaran y los humanos se divinizaran.

La walkiria Brunhilde, hija del padre de los dioses, Wotan, se enamoró de Sigfrido, el único humano que no temía a la muerte, y decidió humanizarse y darse a conocer. A su vez Sigfrido intentó elevarse y mató a Fafner el dios avaro que se humanizó para apoderarse de los tesoros materiales de la humanidad y que guardó en el fondo de una caverna, bajo un volcán. Sigfrido le clavó su espada Nothung, se bañó en su sangre y repartió los tesoros que guardaba el dios, transformado en dragón, entre los más desposeídos.

La sangre del dragón sobre su piel le transformó y pudo ver a Brunhilde. Ambos enamorados recorrieron los bosques, tomados de la mano, y cuando aquella noche estaban dispuestos a entregarse al amor, apareció Wotan y encolerizado durmió a su hija y la colocó sobre un túmulo. A su alrededor colocó un gran anillo de fuego, pensando que ningún humano se atrevería a cruzar para despertar a la durmiente con un beso en la boca. Ignoraba que Sigfrido era el único humano que no temía a la muerte.

Cuando Wotan desapareció Sigfrido atravesó el círculo de fuego al que combatió con su espada Nothung, y con un largo beso en la boca despertó a la durmiente. Ambos, encendidos en pasión, se apresuraron a consumar su amor y lo siguieron consumando toda la noche, hasta que agotados, al alba, se durmieron estrechamente abrazados, cuerpo con cuerpo, boca con boca. Así los encontró el padre de los dioses que había regresado para cerciorarse de que nadie había atravesado el círculo y burlarse de Sigfrido. Su cólera no tuvo límites. Arrojó a Sigfrido al otro lado del círculo, ordenó a Brunhilde que se vistiera y le acompañara. Antes tocó con su lanza la cabeza de su hija y lanzó una maldición sobre cielos e infiernos: Sus ojos nunca verían a su amado, sus labios nunca besarían sus labios y su boca nunca pronunciaría su nombre.

Hizo lo mismo con Sigfrido, a quien además condenó a la inmortalidad, puesto que tanto la deseaba y arrebató a la walkiria de su amante para siempre. Sigfrido regresó entre los humanos y desesperado juró olvidar a los dioses y a su amada para siempre, intentando olvidar a la walkiria entre los brazos de las más hermosas mujeres. Pero no pudo lograrlo y escondido bajo mil formas humanas escribió los poemas más bellos, las músicas más hermosas, pintó los cuadros más románticos y cantó las arias más conmovedoras. A su vez Brunhilde despreció el consuelo de los dioses, paseando solitaria por los jardines del Walhala.

Destino, que controla dioses y hombres, conmovido su corazón de piedra propuso a la diosa Maya confeccionar un velo que permitiera a diosa y humano el contacto. Pero ni uno ni otro se atrevieron a desairar a Wotan, por lo que interpretando de forma literal su maldición, Maya confeccionó un velo que solo serviría para tapar sus cabezas, impidiendo que pudieran verse, besarse y pronunciar sus nombres. De esta forma el resto de sus cuerpos, no alcanzados por la maldición, podrían amarse.

Y así cada noche los amantes se encuentran en la mansión que Destino puso a su disposición en un lugar oculto de la Tierra. Antes de entrar se colocan el velo sobre sus cabezas y se buscan a tientas. Desnudan sus cuerpos y se entregan al deseo, pero no pueden amarse con sus almas que residen en sus cabezas, porque no pueden verse, ni besarse, ni pronunciar sus nombres.

Cuentan las crónicas humanas que un trágico genio, Magritte, pintó una serie de cuadros sobre dos amantes con las cabezas tapadas por un velo. Mentes enfermizas afirman que los pintó tras el suicidio de su madre por la que sentía un deseo incestuoso. Solo yo conozco la verdad. ¿Quién soy? El cronista de dioses y hombres, quien solicitó del guardián de los sueños humanos le permitiera transmitir a Magritte, la verdad oculta en el viejo mito.

Se acerca el ocaso de los dioses y el apocalipsis humano, solo Brunhilde y Sigfrido podrían impedirlo, pero no lo harán, porque están convencidos de que ocaso y apocalipsis les librarán de la maldición y de nuevo podrán encontrarse en el lecho, contemplarse, besarse, pronunciar sus nombres y entregarse no solo sus cuerpos, sino también sus almas. Ignoran lo que yo sé, que nada puede librarles de la maldición y que el ocaso terminará con todos los dioses, incluida Brunhilde y el apocalipsis con todos los humanos, incluido Sigfrido. Mientras llega el fin de todos, que espero con ansia para librarme de una vez de escribir estas miserables crónicas, pienso divertirme buscando un nuevo pintor genial que quite el velo a los amantes en una nueva serie de cuadros.

Diario de un sordomudo


DIARIO DE UN SORDOMUDO

Hoy ha sido un día especialmente silencioso…Intento tomarme el pelo para evitar esos estados de ánimo depresivos que me asaltan desde que tengo uso de razón, pero me temo que el humor es un instrumento solo al alcance de las almas elevadas, sobre todo cuando debes burlarte de tus propias tragedias. Me temo que mi alma está más bien a ras de tierra, reptando de acá para allá a la busca de la supervivencia diaria. No le pido más a la vida.

Es bueno mantener la esperanza, aunque sea a costa de engañarte y sugestionarte con la posibilidad de un milagro. Nací sordomudo, como mis padres, y tardé en hacerme consciente de que el silencio que me envolvía, como un impenetrable muro de acero, no era algo natural a la condición humana, sino consecuencia de una enfermedad o tal vez de una maldición divina, como me decía mi madre con signos muy drásticos de sus manos y la expresión de sus ojos, mirando al cielo, como si pudieran fulminar a la divinidad. Desde aquel momento no he cesado de buscar fórmulas para mantenerme a flote, nadando en un océano de silencio. Primero fue la milagrosa operación que me devolvería el oído y con él tal vez la posibilidad de hablar. Luego las creencias religiosas, que mi madre me inculcó con verdadera devoción, a pesar de sus fulminantes salidas blasfemas, cuando la incomunicación con su entorno la hundía en la desesperación. Hubo un tiempo en el que imaginé que las nuevas tecnologías acabarían por resolver muchos problemas insolubles hasta aquel momento, implantando chips en el cerebro que permitieran ver a los ciegos, oír a los sordos, hablar a los mudos y caminar a los parapléjicos. Fue una etapa que acabé quemando como todas las anteriores. Ahora me da por el budismo, el yoga mental y la posibilidad de comunicarme a través de la telepatía. Cualquier cosa me sirve para no darme por vencido.

Esta mañana, después de vestirme, de forma instintiva coloqué mi libreta y el lapicero en el bolsillo de la camisa. Aún no he asimilado que aquí no lo necesito. Hace unos meses que dejamos la ciudad. Al jubilarse mi padre decidió hacerme caso y comprar una casa cualquiera en un pueblo abandonado. Me costó más convencerlo de que escogiera una zona de montaña. Con los ahorros que la familia tenía en un banco – que no se llevaron las acciones preferentes ni las quiebras- conseguimos hacernos, a buen precio, con una casa abandonada en un pueblo casi desierto, perdido en una zona montañosa del norte. Hay mucho que mejorar en la casa, pero no es precisamente tiempo lo que nos falta. En eso nos ocupamos, además de cuidar un par de vacas, unas cuantas santas cabras, un pequeño rebaño de ovejas y un corral de gallinas, y por supuesto dos cerdos, para tener chorizo, jamón y morcilla. Con eso y una huerta donde intentamos sembrar alguna patata, berzas, judías verdes, lechugas, tomates y lo que acepte el terreno, vamos saliendo adelante, al menos no nos moriremos de hambre.

Tras desayunar un tazón de leche recién ordeñada, con unos huevos fritos y unos torreznos, he salido a caminar por el bosque cercano. Es hermoso, pero tan silencioso como mi propia alma. A veces intento imaginarme cómo sería oír. La única comparación que se me ocurre es pensar cómo se imaginará un ciego de nacimiento la realidad coloreada. Algo indescriptible. En la ciudad gastaba más libretas que dinero en trasporte. Nadie conoce el lenguaje de signos y cuando quieres algo y no te haces entender tienes que escribir en la libreta y arrancar luego la hoja. Aquí no la necesito para nada. La pinta, mi vaca preferida, se me queda mirando con sus enormes ojos bovinos durante largo rato, pero a ella no puedo darle una hoja de papel con unas palabras. Ella me entiende igual que yo a ella, con una mirada.

En la ciudad solía acercarme por la asociación de sordomudos. Me gustaba hablar con mi propio lenguaje de signos, aparatosos, cínicamente metafóricos. Los demás se reían de mis invenciones, les hacía mucha gracia. Decían que yo era un sordomudo marciano, por eso hablaba así. Los normales no saben que no existe un lenguaje universal de signos, cada país, casi cada grupo tiene su propio lenguaje adaptado a sus necesidades e idiosincrasia. Mejor o peor cualquier sordomudo que conozca un lenguaje de signos acabará por hacerse entender de otros, pero eso siempre lleva un tiempo de adaptación. A veces me digo que nuestros gestos son tan expresivos que los normales deberían probar a convertirse en mudos por un tiempo. Creo que así se entenderían mejor entre ellos, sobre todo los políticos. Pero es solo el típico consuelo del tonto… mal de muchos…
Me gusta imaginarme a los políticos hablando el lenguaje de los sordomudos. Me troncho de risa cuando pienso en ello. Especialmente me divierte desde que con los recortes nuestras posibilidades económicas se acercan a la indigencia. Al menos la casa es nuestra y mal que bien vamos comiendo, patatas viudas como dice mi padre o sopas de ajo, o lo que sea, pero comemos. A veces mi fantasía delirante me lleva a pensar en que los brazos me crecen, me crecen, hasta hacerse gigantescos y desde lo alto, casi desde el cielo, puedo hacer un corte de mangas que todos vean. No solo a los políticos, también el resto de normales insensibles merece un severo corte de mangas.

He trabajado arreglando el tejado, luego, después de comer me he ido al bosque con mi libro electrónico y he leído hasta cansarme. Es uno de los inventos más maravillosos de la tecnología, al menos para un sordomudo al que le gusta leer, como es mi caso. Antes de venirnos para acá me bajé miles de libros de varias páginas de descargas gratuitas. Tengo lectura hasta que me muera. Me importa un rábano lo que piensen los autores de que les he quitado unas buenas ganancias. Nadie se ocupa de nosotros, son capaces de recortarnos o suprimir las magras ayudas de la ley de dependencia que casi nadie ha recibido, no existimos para ellos, los normales que no necesitan un intérprete de signos para ver un telediario. ¡Que les zurzan! Si alguien piensa que soy tan idiota como para gastarme en libros lo que necesito para comer es que es un idiota. En la ciudad conseguía trabajar de vez en cuando, muy poco, la mayor parte del tiempo estaba en el paro, cuando lo tenía. Si a los normales les va como les va, a nosotros ni te cuento.
Lo único que hecho de menos es la conexión a Internet. Me gusta escribir, llevo años haciéndolo y subiendo mis textos en blogs o donde me dejaran. Me hacía la ilusión de ser una persona normal hablando en chats y hasta intentando ligar. Lo pasaba de rechupete, hasta que la chica me pedía una cita…entonces todo se venía abajo. ¿Cómo decirle a una chica que tiene que aprender el lenguaje de signos para hablar contigo? Me deprimía tanto que pasaba meses sin conectarme. Ahora tenemos la posibilidad de mandar “esemeses” o correos electrónicos, o chatear, sí es cierto, pero yo sigo prefiriendo el lenguaje de los signos, al menos si la otra persona te entiende y te responde, sabes que estás en condiciones de plantearte una amista o lo que sea. Una cosa es jugar en Internet y otra, muy diferente, decirle a una preciosidad, por signos, que la quieres y que contigo pan y cebolla… cebolla… y haces como si pelaras una cebolla.
He aprovechado que llevaba la libreta para escribir. Antes de llegar al pueblo, durante el traslado, hemos parado a comer en un bar de carretera, en un pueblecito que no queda demasiado lejos. He visto que tenían un pequeño cibercafé. Es posible que mi portátil, donde escribo a veces y donde guardo todos mis libros electrónicos, me pueda servir para algo más. Tal vez pueda seguir subiendo textos. Si no me sirve el pendrive creo que podría mandarme los textos al correo y luego subirlos desde el caber.

Después de cenar ha venido mi madre a la cocina y me ha tocado el hombro con cuidado, para que no me sobresaltara demasiado. Me ha pedido que fuera con ella al salón. En la 2 de tve estaban echando la noche temática, documentales sobre sordomudos. Me he quedado porque mis padres insistieron, pero no me ha hecho mucha gracia ver cómo somos realmente los sordomudos. A los normales les gusta poner de manifiesto nuestros fantásticos logros, una mujer sordomuda que consigue que aprecien su pintura, Borges se quedó ciego al final de su vida, ese atleta de las piernas artificiales compitió en las últimas olimpiadas… No soporto esa mierda. Me siento como una hormiga que tardara un año en llevar una miga de pan desde el suelo de la cocina al hormiguero, atravesando toda la casa y el patio. Quiero ser yo quien produzca las migas, sentado a la mesa, dándome un banquete y que sean “otras hormigas” las que se arrastren buscando la miguita y recorriendo todo un universo hasta el hormiguero para que su familia pueda comer.

Me he ido a la cama antes de que acabara. Hoy no me apetece leer, ni hacer nada. En cuanto acabe esta entrada en el diario apagaré el portátil, apagaré la luz y me iré al mundo de los sueños, el único lugar donde soy igual que los demás. Por mi me quedaría dormido el resto de mi vida. También voy a dejar el budismo. Me importa un bledo que en la próxima reencarnación nazca normal y pueda hablar desde que el médico me propine un golpe en las nalgas hasta que muera, a edad provecta, sin dejar de hablar un segundo. También me importa un bledo lo que pude haber hecho en vidas pasadas para tener que pagar este maldito karma. Solo quiero dormir, dormir, dormir…

Me temo que mañana mi madre me despierte igual que hoy. Puede dar un portazo o entrar tocando la trompeta, yo no me enteraría. Solo su mano en mi hombro puede atenuar este silencio absoluto, aunque sea durante unos segundos.

NOTA IMPORTANTE Se ha puesto en contacto conmigo una persona que me dice que el término “sordomudo” está desfasado y que hasta les resulta ofensivo a personas que padecen esta deficiencia física. Pido disculpas por mi ignorancia y me documentaré al respecto. Es evidente que el texto no pretende ofender a nadie y que el tema está tratado con mi máxima sensibilidad humana. No obstante he decidido mantener el título porque nos dice más del carácter del personaje que si lo cambiara por cualquier otro. Diario de un discapacitado físico, Diario de una persona con problemas de audición, etc me parecen ridículos, creo que importa más cómo te traten que como te llamen, aunque si documentándome veo que realmente puede resultar ofensivo para ese colectivo lo cambiaría sin problemas.

LOS DIOSES


DEDICADO A MI PERRITA TULA, ATROPELLADA POR UN CAMIÓN CUANDO YO TENÍA TRES AÑOS. NUNCA PUDE RECUPERARME Y NO HE VUELTO A TENER PERRO.
IN MEMORIAM

LOS DIOSES

Ellos creen que no les comprendemos, que son nuestros dioses, que están por encima de nosotros, como nuestros dueños y señores. Ellos creen que entre humanos y perros hay más distancia que entre su planeta, al que llaman Tierra y el confín del universo. Ellos creen muchas cosas pero nunca admitirán que están equivocados.

Dicen que no entienden nuestro lenguaje canino, que es muy simple, solo un “guau” para decir cualquier cosa. ¿Para qué más si con olernos ya sabemos todo del otro? ¿Acaso ellos entienden todos los lenguajes de todas las tribus de su planeta? Hay casi tantos lenguajes como humanos. Les ha llevado siglos decidir que hablando inglés podrán entenderse mejor.

Dicen que nuestro tipo de sociedad es muy rudimentario, que en realidad somos sus esclavos y que nuestra territorialidad es irracional. A ellos les ha llevado siglos fundar su famosa ONU, ¡y para lo que les sirve! En cuanto a su territorialidad la defienden con misiles nucleares. A nosotros nos basta con un ladrido más alto que otro y con enseñar los dientes.

Dicen que nuestra economía es muy rudimentaria. A cambio de dejarnos acariciar detrás de las orejas y de aceptar convivir con ellos nos echan algún hueso que otro o nos dan esos malditos piensos de los supermercados que saben a goma de mascar. En cambio ellos inventaron el dinero y la economía de mercado y están todos los días aterrorizados por sus primas de riesgo y sus bolsas de pacotilla.

Dicen que no hemos conseguido evolucionar en miles de años. Ellos en cambio han conseguido pasar del garrote a la bomba nuclear en un santiamén.

Se creen los jerarcas supremos del universo, los amos de su destino. No saben que nosotros llevamos oliendo a otras entidades más altas que ellos desde que el primer perro pisó el árido suelo de este maldito planeta-prisión. Ignoran que ellos son sus perros y que sus destinos están atados con correas.

Son incapaces de ver lo que tienen delante de los ojos. Hay una rebelión soterrada en el reino animal. Los perros estamos planificando la gran rebelión. Es cierto que nos llevará mucho tiempo, lo mismo que a los esclavos humanos les llevó mucho tiempo romper el yugo de sus jerarcas y aristócratas y a sus mujeres convencer a sus hombres de que tenían alma, aunque fuera mejor que la suya. Aún hoy las mujeres están en pie de guerra para alcanzar las últimas metas de su liberación.

Hay una rebelión soterrada que les estallará un día en las narices. En nuestra especie los terroristas han decidido utilizar la violencia y algunos perros se han rebelado y acabado con la vida de algunos humanos. No me atreveré a decir que no se lo merecían, sin embargo la gran mayoría estamos por una resistencia pacífica.

Nuestra evolución no nos ha llevado a caminar a dos patas y a desarrollar los dedos de las patas delanteras como instrumento para evolucionar hacia una cultura de “canis hábilis”. Ellos creen que tener cosas es mejor que tener una gran manada solidaria y amorosa; que inventar cosas es mejor que acariciarse a la luz de la luna.

Desprecian nuestra sexualidad perruna porque no tenemos inhibiciones y desprecian nuestras vidas, llamándolas vidas de perros, porque están convencidos de que la humana es una gran vida.

Ellos se creen nuestros dioses y lo mismo nos llevan a una peluquería canina (¡maldita la falta que nos hace!) que nos abandonan en una gasolinera. Son nuestros amos y señores, los gobernantes de nuestros destinos. No saben que hay una revolución en marcha y los dioses serán destronados y abandonados a su suerte.

Ellos no saben que la rebelión aún no ha estallado porque algunos amos nos tratan como si fuéramos sus hijos y un perro nunca puede morder la mano que le acaricia. Pero nuestra paciencia no es eterna y algún día se encontrarán con las gargantas rotas mientras duermen. Que los dioses, los verdaderos dioses, no lo quieran. Yo soy el Ghandi de los perros y creo en la resistencia pacífica, en un ladrido a tiempo, en salvar a los humanos de sus propias contradicciones, haciéndoles ver que una buena manada, amorosa y solidaria vale más que mil millones de humanos armados con misiles y jugando a la bolsa en sus ratos libres.

Que la paz sea con todos, perros y humanos, animales y dioses, porque todos procedemos del gran Todo. El humano Milarepa me lo enseñó telepáticamente. Yo fui su mascota durante años, hasta que decidí abandonarle tras una buena lamida cariñosa. Ya soy viejo y debo ponerme al frente de mi raza para evitar la masacre.