Un escritor frustrado (En casa de la mujer fantasma III)


Abrió una de las dos puertas del armario. El interior estaba lleno de ropa, algunos vestidos femeninos, un traje, un par de zapatos de tacón en el fondo…Se preguntó cómo era posible que hubieran resistido el paso del tiempo. Deberían estar todos apolillados, hechos auténticos guiñapos. Por muchas sustancias antipolilla que hubieran dejado allí, el tiempo debería haber terminado con todas. ¿Alguien visitaba la casa? ¿Hortensia? No podía creerlo. ¿Entonces? No se atrevía a tocar la ropa, seguro que se desmoronaba entre sus dedos, pero la tentación era demasiado irresistible. Lo hizo. Era ropa elegante, Julita podía haber vivido como una auténtica campesina en el pueblo, pero aquellos vestidos eran de ciudad, adquiridos en tiendas donde se vestían las damas burguesas de aquella época. Eran suaves al tacto, el corte elegante, modernos, hasta sensuales para la época.  Eligio uno de los vestidos y lo colocó sobre la cama. Dejó la botella con el cabo de vela sobre la mesita para tener libres las dos manos. Extendió el vestido sobre el lecho y puso a sus pies uno de los pares de zapatos de tacón. Oyó un tintineo bajo la cama. Se arrodilló y el miedo dio paso a la sonrisa.  Se trataba de un orinal de cerámica y se estaba moviendo, como si una mano invisible lo acabara de posar allí.  Lo sacó y se lo acercó a la nariz con cierta repugnancia. Olía mal. Un hilillo de orina, en el fondo se había podrido. ¿Podía conservarse la orina tras tantos años?  Volvió a dejarlo en su sitio. Todo aquello era muy extraño. El paso del tiempo debería haber acabado con todo en aquella casa, excepto paredes y tal vez las vigas de madera, aunque él no era un experto. El que los vestidos se conservaran tan bien era algo inconcebible. La única explicación lógica era pensar que alguien visitaba la casa de vez en cuando. ¿Hortensia? ¡Maldita mujer! Eso explicaría por qué le había comentado lo del fantasma de la casa, como provocándole en su hombría.

Se sentó en la cama. El colchón se hundió profundamente. Quiso probarlo. La sensación anterior del peso de un cuerpo sobre el suyo y el hundimiento del colchón bien podía deberse a un mareo y a la sugestión provocada por la debilidad. Parecía un colchón de lana, de esos en los que te hundes como en un agujero. En el museo habían descrito cómo se vareaban los colchones de lana. Al parecer tardaron en ser desterrados por los colchones de muelles porque los del pueblo seguían pensando que eran muy cómodos. Se tumbó de lado, procurando que el tobillo herido se mantuviera en el aire, para no rozar con la ropa. Córcoles parecía haber superado la momentánea debilidad porque de nuevo se imaginó a Julita, desnuda, tumbada a su lado. ¡Era una pena que los fantasmas no existieran!

Observó la bombilla que aún continuaba enroscada en el portalámparas que colgaba del techo. El cable eléctrico estaba clavado en la madera, un trozo colgaba y el resto bajaba por la pared hasta la pera. La bombilla estaba muy sucia, repleta de cagarrutas de moscas.  Al otro lado de la cama un enorme arcón cerrado, apoyado contra la pared. Una silla frente a un palanganero, un mueble de madera que ocupaba una esquina. Un espejo ovalado con marco de madera, unido al mueble, parecía poder girar de abajo a arriba.

De pronto escuchó un ruido que le pareció extraño, como un arrastrar de pies en el exterior. Aguzó el oído. El ruido persistía. Notó cómo se le aceleraba el ritmo cardiaco y se le erizaba el vello por todo el cuerpo. Fijó la mirada en la puerta, hipnotizado.  Por un momento le pareció como si una sombra hubiera cruzado el dintel. Intentó achacarlo a un juego de sombras, generado por la llama de la vela que se estaba moviendo ahora de una forma extraña.  La llama tan pronto subía como bajaba, se inclinaba a un lado o al otro, como si una corriente errática de aire la estuviera afectando, casi sin tiempo para que el aire pudiera cambiar de dirección. Sintió frio. La temperatura del cuarto había bajado repentinamente, o tal vez su cuerpo se enfriara muy deprisa como consecuencia de la herida y la pérdida de sangre. Una especie de luz se había pegado a la pared, junto a la ventana. Sin duda era un maldito juego de luces, provocado por una vela que llevaba años sin usarse.

Decidió dejar de mirar. Cerró los ojos y contuvo la respiración. ¿Era tan grave la herida? ¿Podría morir? La herida había sido provocada por una astilla de madera, era imposible que pudiera pillar el tétanos. Aunque… ¿cómo sabía que una punta o un clavo no habían penetrado también en su carne? El dolor le había impedido concentrarse en lo que hizo para librarse de la trampa, todo estaba muy confuso en su memoria. Rechazó la idea de que estuviera tan grave o hubiera contraído el tétanos. No iba a morir, todo era producto de la sugestión que le producía el miedo. Se dio tiempo antes de abrir de nuevo los ojos. En unos minutos los efectos de la sugestión desaparecerían y podría salir de allí. Lejos de la casa todo volvería a la normalidad.

Cuando abrió los ojos se sintió mejor. Esbozó una sonrisa. El fantasma de Julita no estaba allí, todo aquello era producto de su lujuria, que no descansaba ni en los momentos más inoportunos, como aquel. Se abrazó al vestido, acarició su tela. Luego se levantó con rapidez, procurando mantener el tobillo en el aire. Se le había ocurrido una idea, era estúpida, pero nadie le estaba mirando. Alguna que otra vez se había dejado llevar por la curiosidad fetichista. ¿Qué sentiría un fetichista acariciando un vestido, unos zapatos de tacón, la ropa interior de la mujer a la que pertenecía? Ahora, allí, tenía a su disposición todo el vestuario de Julita. ¿Por qué no probar? Se acercó al armario y fue sacando los cajones. Se hizo con una braguita, un sujetador, unas medias, un liguero… Todo lo fue poniendo sobre el vestido, el sujetador arriba, donde sin duda debieron estar los pechos de Julita, las braguitas sobre el vestido, justo en el lugar donde debió de estar el pubis de la mujer. Luego el liguero, las medias, los zapatos de tacón. Para conseguir el mejor efecto se vio obligado a colocar todo de nuevo, buscando el mejor acomodo en el lecho. Intentó imaginarse el cuerpo desnudo de Julita bajo aquella especie de maniquí que había confeccionado con las ropas y se dejó caer poco a poco, procurando que el maldito tobillo no rozara nada. Le seguía molestando, de vez en cuando notaba fuertes pinchazos. No era agradable. Cuando su cuerpo tocó el colchón se produjo un fenómeno que a punto estuvo de hacerle salir corriendo, a la pata coja.

Era imposible, pero hubiera jurado que sobre la cama había algo sólido. Su cuerpo había chocado con algo que estaba allí. Es cierto que lo había atravesado, pero no sin antes notar una fuerte presión, algo así como si hubiera encontrado un cuerpo perfectamente moldeado, de aire sólido. Le entraron ganas de carcajearse. Solo una persona que está solo se atreve a pensar y a hacer semejantes tonterías. Cerró los ojos con suavidad y se dispuso a vivir los preliminares de un coito ficticio. Acarició el vestido como si bajo él estuviera un cuerpo desnudo. Acarició el sujetador intentando que su tacto notara la piel suave, los pezones imaginarios de aquella espléndida mujer, de Julita. Luego su mano derecha bajó y subió el vestido, como buscando la fina piel del muslo. Acarició la braguita y una intensa sensación de placer le inundó. Realmente Julita parecía estar allí, dentro de aquella ropa interior y de aquel vestido.

Algo le empujó con brusquedad, su cuerpo se volteó, hasta quedar boca arriba. Ahora, sí, un peso había caído sobre su cuerpo con violencia. El colchón se estaba hundiendo. Sus manos buscaron encima de su torso, como si realmente tuviera un cuerpo encima y pudiera arrojarlo lejos de sí. Solo encontraron aire, pero un aire solidificado, algo que se podía penetrar pero no sin oponer resistencia. Sintió cómo el terror se apoderaba de él, sin contemplaciones. Intentó salir de allí a cualquier precio. Aquello había dejado de ser una divertida broma. Pugnó con todas sus fuerzas por levantarse, por saltar de la cama, sin preocuparse de lo que le ocurriera a su tobillo. Estaba decidido. Saldría de allí aunque tuviera que arrastrarse, y una vez fuera de la casa seguiría caminando, con Fogoso o sin él, hasta llegar a casita. Olvidaría aquella pesadilla. Porque eso era lo que en realidad le estaba sucediendo. Había perdido el conocimiento y entrado en una pesadilla tan vívida que la sensación de realidad era apabullante.

Manoteó con fuerza, fue inútil, gimió, chilló y de pronto un grito horrísono salió de su garganta. A él mismo le aterrorizó, nadie podía gritar de esa manera. Y fue ese momento el que eligió la llama de la vela para apagarse, de repente, sin avisar. La habitación quedó a oscuras y en un silencio estremecedor. Córcoles pensó continuar luchando hasta la extenuación, pero algo se lo impidió. No podía ser verdad, pero aquel peso se iba haciendo cada vez más concreto, casi podía sentir los pechos de Julita sobre su torso. Casi podía sentir la piel. Su mente se fue nublando, como si entrara en el típico duermevela que precede al sueño. Cerró los ojos. Era increíble, pero casi estaba viendo a la mujer. Desnuda, los pechos al aire, a horcajadas sobre él. Su rostro era dulce, agradable, como el que había visto en una de las fotos. Su boca de labios carnosos, de un color rojo muy fuerte, se iba acercando. Sintió el aire sólido sobre sus labios. Era agradable, como si la carne se hubiera transformado en aire, sin perder sus propiedades. Dejó que una lengua de aire entrara en su boca y buscara la suya. El peso sobre su cuerpo se fue intensificando. Si aquello era hacer el amor con una mujer fantasma, Córcoles estaba dispuesto a disfrutar de la experiencia hasta el final.

Continuará

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