LOS AMANTES (UN MITO OLVIDADO)


LOS AMANTES (UN MITO OLVIDADO)

Los dioses vivían en su paraíso de antimateria, el Walhalla, y los humanos en su humilde infierno, el planeta Tierra. No podía existir comunicación entre ellos porque materia y antimateria se aniquilan al menor contacto. A pesar de ello florecieron los mitos en ese sentido: Júpiter bajando del Olimpo en forma de toro para embarazar mujeres humanas, Prometeo trayendo el fuego de los dioses… Puede que haya algo de verdad en todo esto. Alguien debió de encontrar la fórmula para que los dioses se humanizaran y los humanos se divinizaran.

La walkiria Brunhilde, hija del padre de los dioses, Wotan, se enamoró de Sigfrido, el único humano que no temía a la muerte, y decidió humanizarse y darse a conocer. A su vez Sigfrido intentó elevarse y mató a Fafner el dios avaro que se humanizó para apoderarse de los tesoros materiales de la humanidad y que guardó en el fondo de una caverna, bajo un volcán. Sigfrido le clavó su espada Nothung, se bañó en su sangre y repartió los tesoros que guardaba el dios, transformado en dragón, entre los más desposeídos.

La sangre del dragón sobre su piel le transformó y pudo ver a Brunhilde. Ambos enamorados recorrieron los bosques, tomados de la mano, y cuando aquella noche estaban dispuestos a entregarse al amor, apareció Wotan y encolerizado durmió a su hija y la colocó sobre un túmulo. A su alrededor colocó un gran anillo de fuego, pensando que ningún humano se atrevería a cruzar para despertar a la durmiente con un beso en la boca. Ignoraba que Sigfrido era el único humano que no temía a la muerte.

Cuando Wotan desapareció Sigfrido atravesó el círculo de fuego al que combatió con su espada Nothung, y con un largo beso en la boca despertó a la durmiente. Ambos, encendidos en pasión, se apresuraron a consumar su amor y lo siguieron consumando toda la noche, hasta que agotados, al alba, se durmieron estrechamente abrazados, cuerpo con cuerpo, boca con boca. Así los encontró el padre de los dioses que había regresado para cerciorarse de que nadie había atravesado el círculo y burlarse de Sigfrido. Su cólera no tuvo límites. Arrojó a Sigfrido al otro lado del círculo, ordenó a Brunhilde que se vistiera y le acompañara. Antes tocó con su lanza la cabeza de su hija y lanzó una maldición sobre cielos e infiernos: Sus ojos nunca verían a su amado, sus labios nunca besarían sus labios y su boca nunca pronunciaría su nombre.

Hizo lo mismo con Sigfrido, a quien además condenó a la inmortalidad, puesto que tanto la deseaba y arrebató a la walkiria de su amante para siempre. Sigfrido regresó entre los humanos y desesperado juró olvidar a los dioses y a su amada para siempre, intentando olvidar a la walkiria entre los brazos de las más hermosas mujeres. Pero no pudo lograrlo y escondido bajo mil formas humanas escribió los poemas más bellos, las músicas más hermosas, pintó los cuadros más románticos y cantó las arias más conmovedoras. A su vez Brunhilde despreció el consuelo de los dioses, paseando solitaria por los jardines del Walhala.

Destino, que controla dioses y hombres, conmovido su corazón de piedra propuso a la diosa Maya confeccionar un velo que permitiera a diosa y humano el contacto. Pero ni uno ni otro se atrevieron a desairar a Wotan, por lo que interpretando de forma literal su maldición, Maya confeccionó un velo que solo serviría para tapar sus cabezas, impidiendo que pudieran verse, besarse y pronunciar sus nombres. De esta forma el resto de sus cuerpos, no alcanzados por la maldición, podrían amarse.

Y así cada noche los amantes se encuentran en la mansión que Destino puso a su disposición en un lugar oculto de la Tierra. Antes de entrar se colocan el velo sobre sus cabezas y se buscan a tientas. Desnudan sus cuerpos y se entregan al deseo, pero no pueden amarse con sus almas que residen en sus cabezas, porque no pueden verse, ni besarse, ni pronunciar sus nombres.

Cuentan las crónicas humanas que un trágico genio, Magritte, pintó una serie de cuadros sobre dos amantes con las cabezas tapadas por un velo. Mentes enfermizas afirman que los pintó tras el suicidio de su madre por la que sentía un deseo incestuoso. Solo yo conozco la verdad. ¿Quién soy? El cronista de dioses y hombres, quien solicitó del guardián de los sueños humanos le permitiera transmitir a Magritte, la verdad oculta en el viejo mito.

Se acerca el ocaso de los dioses y el apocalipsis humano, solo Brunhilde y Sigfrido podrían impedirlo, pero no lo harán, porque están convencidos de que ocaso y apocalipsis les librarán de la maldición y de nuevo podrán encontrarse en el lecho, contemplarse, besarse, pronunciar sus nombres y entregarse no solo sus cuerpos, sino también sus almas. Ignoran lo que yo sé, que nada puede librarles de la maldición y que el ocaso terminará con todos los dioses, incluida Brunhilde y el apocalipsis con todos los humanos, incluido Sigfrido. Mientras llega el fin de todos, que espero con ansia para librarme de una vez de escribir estas miserables crónicas, pienso divertirme buscando un nuevo pintor genial que quite el velo a los amantes en una nueva serie de cuadros.

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