AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL PEQUEÑO CELEMÍN I


NOTA INTRODUCTORIA: Esta novela, basada en mis recuerdos de infancia ha tenido tantas versiones manuscritas, con tantos títulos, con narradores tan diferentes y con estructuras tan distintas, que he decidido hacer una versión definitiva y rematarla de una vez por todas. Remito al archivo que he subido a mi almacén para quienes estén interesados en leerla desde el principio. En el blog voy a continuar donde lo dejé e iré subiendo capítulos, para animarme a terminar la historia y que no se me pierda en algún cajón para siempre.

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ESPA„A 23

Y pecar era terrible, incluso los pecadillos más tontos te podían condenar al infierno. Los pecados veniales, acumulados, se convertían en pecados mortales y un solo pecado mortal te condenaba al infierno de todas-todas. No era posible tener la seguridad de que en el último momento ibas a poder confesarte o hacer un acto de profunda contricción para que Dios te perdonara y pudieras ir al cielo. Había que estar muy atento, porque la muerte llegaba en cualquier momento y si te pillaba descuidado, ¡zás!, ya estabas en el infierno. Y eso no era cualquier cosa, toda la eternidad, un día tras otro, un año tras otro, para siempre, allí metido en las calderas de Pedro Botero, quemándote el culo y lo que no es el culo. Es un sufrimiento espantoso que nadie puede soportar. Todo aquello me lo habían enseñado desde el catecismo y lo creía a pies juntillas. Por eso me confesaba al menos una vez a la semana y cada vez que cometía un pecado mortal. No quería ir al infierno, antes cualquier cosa. Pero decir los pecados a un cura, que no dejaba de ser un hombre, aunque con sotana, cada vez se me hacía más cuesta arriba. No soportaba la angustia de hacer un recuento de los pecados y luego una lista para decírsela al cura. Me daba una vergüenza terrible.

En aquella iglesia tan grande me imaginé diciéndole al cura mis pecados todas las semanas y el mundo se me cayó encima. Quería salir de allí cuanto antes y no veía el momento. Por fin el cura se cansó de tanta cháchara y salimos fuera. Ahora, nos dijo, iríamos al salón de actos. De lo mejorcito de España y del mundo. Y sí que lo era, porque nada más entrar me quedé con la boca abierta. Allí cabía mucha gente, pero que mucha, todos sentaditos para ver las películas o las obras de teatro. El cura nos dijo que allí podía verse la televisión, cuando había algún acontecimiento deportivo, o el cine, todos los fines de semana, o alguna obra de teatro, representada por los mayores en las fiestas del colegio. Aquello me entusiasmo, porque yo no había visto aún ninguna obra de teatro y me parecía el espectáculo más maravilloso del mundo.

Nos dejó bajar por aquella cuesta tan empinada y sentarnos en la butaca que más nos gustara. Solo pensar en las películas de Charlot o del Gordo y el Flaco me relamí de gusto. A pesar de estar medio dormido y de que me dolía todo el cuerpo, por las dichosas piedrecitas de la entrada, tanta novedad me empezaba a entusiasmar de tal manera que temí comenzar a dar saltos de alegría.

Aquel telón en el escenario me parecía algo mágico. Bastaría con descorrerlo para que se pudieran ver las mayores maravillas del mundo. Recapitulé sobre todas las alegrías que me esperaban: jugar el futbol todos los días en los campos que habíamos visto; ver cine todos los fines de semana; bañarnos en la piscina en verano; jugar a baloncesto y a balonmano… Comparadas con tantas alegrías, el madrugar y el tener que confesarme y comulgar todas las semanas me parecía hasta aceptable. El cura nos explicó las actividades que se desarrollarían allí durante todo el año y especialmente durante las fiestas del patrono del colegio, San Agustín. Pero deberíamos dar allí por terminada la visita al colegio, porque se acercaba la hora del desayuno. El cura miró el reloj y nos hizo una seña para que le siguiéramos.

A paso ligero recorrimos otra vez el largo pasillo. Mientras lo hacíamos no pude evitar imaginarme lo adecuado que era para echar carreras. Sonreí ante la escena. Unos cuantos nos poníamos en un extremo, alguien contaba, una, dos y tres. Y salíamos corriendo como alma que lleva el diablo. Nunca mejor dicho. Pero aquello no era nada más que un sueño. Era evidente que aquel cura nunca permitiría aquello. Todo en el colegio respiraba un aire de seriedad y religiosidad que asustaba al más pintado… y yo no lo era.

Al llegar al hall el cura continuó adelante. Abrió una puerta acristalada como al parecer lo eran todas y nos invitó a seguirle. En la pared de enfrente había una especie de dibujo o pintura, hecha al parecer con pequeños trozos de piedra o cerámica, representaba alguna escena que no pude entender. Las figuras eran altas y estaban distorsionadas, los colores muy vivos. Me resultaba difícil decidir si aquello me gustaba o no. Al final me dije que me gustaba más de lo que no me gustaba, por lo que di como ganador al „me gustaba“ y atendí las explicaciones del cura. Nos estaba diciendo que a la izquierda estaba el comedor de los mayores, es decir de quienes estudiaban cuarto, quinto y sexto de bachillerato. A la derecha estaba el nuestro, es decir para los estudiantes de primero, segundo y tercero de bachiller.

Pasamos al comedor y todos nos quedamos deslumbrados. Había tantas ventanas que uno se hubiera dicho al aire libre. El salón era muy grande y gruesas columnas de cemento pintadas sujetaban el techo. Había tantas mesas que dejé de contarlas, perdí la cuenta. Estaban colocadas en filas que llegaban hasta el centro, dejando allí un amplio pasillo y continuaban hasta la otra pared, también horadada por muchos ventanales. El cura nos dijo que podíamos sentarnos para probar las sillas. Eso era lo que más nos había sorprendido de todo. Las mesas, para ocho, cuatro en un lado y cuatro en el otro, era de formica y las sillas estaban sujetas por tuberias a las mesas. No se podían mover.

Tanto Antonio como yo nos sentamos con una cierta precaución, temiendo que aquellos tubos se rompieran y termináramos en el suelo, pero descubrimos que todo aquel artilugio era muy sólido. El cura nos lo explicó con una sonrisa de oreja a oreja. Era de lo más moderno y muy sólido, como para sostener a ocho personas sentadas a la vez, no se rompería el tubo, no. Satisfechos nos levantamos. El cura nos invitó a mirarnos en un gran espejo que había en la esquina por donde habíamos entrado, al lado de una puerta de madera. Nos miramos y no encontramos nada extraordinario en el espejo, aparte de que era muy grande y nos podiamos ver de cuerpo entero. Reflejaba muy bien, eso sí. Entonces el cura, con el gesto de un mago que va a sacar un conejo de su chistera, abrió la puerta de madera y nos invitó a pasar. Lo hicimos, curiosos, y pudimos ver lo que resultó ser el comedor del prefecto. Allí comía y los platos le llegaban a través de un torno de madera situado en una esquina, cuyo funcionamiento nos enseñó. Era la primera vez que veíamos algo semejante y todos soltamos exclamaciones, hasta los papás. Sin embargo lo más sorprendente estaba aún por llegar. Nos señaló con un dedo el rectángulo que daba al comedor, a la altura del espejo que estaba por fuera. Nuestra sorpresa se expresó con chillidos de alegría. Por dentro no era un espejo, se podía ver todo el comedor a la perfección. Se trababa de una venta con cristal, disimulada por fuera como si fuera un espejo. Desde allí el prefecto podía vigilar el comedor y nadie sabría si lo estaban mirando en el momento que hacía una trastada o no, por lo que siempre tendría que estar muy atento y modoso. Eso nos dijo el cura, solo que con otras palabras, y cuando Antonio y yo comprendimos el alcance de lo que estábamos viendo, nos miramos con miedo y se nos fue la alegría de la sorpresa.

El cura nos preguntó si deseábamos ver las cocinas y mi papá dijo que sí enseguida. Le gustaba comer, cocinar y todo lo que se refiriera a la comida. La puerta estaba al lado de su comedor. Me quedé muy sorprendido de que fueran dos puertas como las que se ven en las películas del Oeste, cuando entran al salón a tomarse su vasito de guisqui. El cura entró primero y sostuvo una de las puertas para que todos pasáramos. Las cocinas eran muy grandes, enormes. Sobre unos grandes fuegos había hasta seis enormes perolas. Si nos hubieran echado a los niños dentro, de pie, no se nos vería la cabeza.

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