Un escritor frustrado (En casa de la mujer fantasma IV)


 

No podía estar ocurriendo, los fantasmas no existían, no existía nada que no se pudiera tocar, palpar con las manos… y aquel fenómeno no podía ser tocado, sus dedos solo sentían aire, un aire extraño, eso era cierto, pero aire al fin y al cabo. Sintió un profundo vértigo y nunca supo si se debió a la herida del tobillo o al intenso miedo, al terror, la cabeza se le fue y cayó en una profunda inconsciencia.

 

Una mujer estaba sentada en el suelo, la espalda apoyada en una pared. Córcoles reconoció el lugar, era la cocina. Era Julita, no tuvo dudas aunque nunca la había visto físicamente y las fotografías no le hacían justicia. Le estaba mirando, en sus ojos pudo ver el miedo. Pero no era a él a quien miraba. ¿Entonces a quién? Lo supo de inmediato. Entonces oyó una risa histérica que le heló el alma. La escena cambió. Un hombre, alto y fuerte como un oso, estaba hablando con Julita. Él podía verlo todo  desde el techo. Ahora notó que la mujer tenía las muñecas y los tobillos atados con cuerdas. Frente a ella, en la cocina, un hombre joven, al que Córcoles no conocía, pero que supo era su chofer y amante, también estaba atado de manos y piernas y en su mirada se podía percibir el terror más profundo.

La voz del hombre-oso resonó como un eco en la cabeza de Córcoles. Era Sisebuto, no cabía la menor duda. Le estaba diciendo algo a Julita que no podía entender. Ella parecía no hacerle mucho caso. Entonces el hombre se acercó y le soltó dos tremendas bofetadas que hicieron rebotar la cabeza de la mujer contra la pared. Quedó tendida en el suelo. Sisebuto la pateó. La mujer se desmayó. El hombre trajo un cubo de agua que había llenado en el fregadero y se lo echó por la cabeza. Ella pareció despertar sobresaltada. Sisebuto tenía un cuchillo en la mano derecha. Córcoles sentía el terror de Julita porque en realidad él era Julita. Perdió la consciencia de sí mismo, la solidez de su personalidad se diluyó. El cuerpo y las emociones de la mujer eran las suyas, él era la mujer. Oyó una risa feroz en alguna parte, como muy lejos.

Él iba a clavarle el cuchillo, el miedo a la muerte cortó su respiración. Cuando el hombre se inclinó hacia ella, comenzó a rezar un padrenuestro… La cuerda de sus muñecas se cortó de un fuerte golpe de cuchillo. Sisebuto la estaba desatando. Se arrodilló y el filo del cuchillo se introdujo entre sus tobillos, un fuerte golpe de muñeca y la cuerda se cortó con gran facilidad. Estaba libre. Intentó ponerse en pie y escapar corriendo, pero no pudo, tenía las piernas dormidas de haber mantenido tanto tiempo la incómoda postura. El hombre separó sus piernas de un manotazo y sin darle tiempo a hacerse una idea de lo que se avecinaba subió sus faldas. Ella supo entonces lo que pretendía y se resistió con todas sus fuerzas. Sisebuto le propinó un bofetón tan tremendo que ella, sin caer en la inconsciencia, notó cómo su cabeza rebotaba contra el suelo y quedaba mirando hacia un lado, como lela. El hombre introdujo su mano bajo sus bragas y tirando con fuerza las rompió. Se bajó los pantalones a toda prisa y luego los calzoncillos. Con brutalidad sus manos separaron sus muslos. Sabía lo que iba a pasar pero no podía moverse. El enorme miembro de Sisebuto se abrió paso con brutalidad.

Entonces Córcoles volvió a escuchar la espantosa risa histérica que iba y venía. Supo que era un espectador de una escena que ya conocía o intuía a través del relato de Hortensia. Algo le estaba haciendo Julita, la mujer fantasma, algo que él no podía aceptar. Quiso resistirse e intentó bucear hasta la superficie de la consciencia. Era preciso despertar, pero no pudo, algo le retenía en aquel lugar y en aquel tiempo, algo controlaba su mente. Era consciente de lo que ella estaba intentando, hacerle revivir todo lo sucedido en la casa, aquellas escenas con las que tanto había disfrutado cuando se las escuchaba contar a Hortensia. El monstruo en el que se había transformado Julita no iba a tener compasión con él, le haría revivir todo su sufrimiento y luego se apoderaría de su mente, de su consciencia, como un auténtico demonio. Quiso luchar contra lo que se le venía encima pero todo fue inútil.

 

Sentía crecer el miembro entre sus piernas, sentía la excitación en todo su cuerpo, percibía cómo la sangre acudía a aquel trozo de carne ansioso por apoderarse de lo que tantas veces le había sido negado. Con un fuerte golpe de cadera la violación se consumó. Ahora pudo mirar hacia aquel hombrecito aterrorizado que lo observaba todo, atado y amordazado, y una risa feroz brotó de sus entrañas y asomó a su boca, rebotando por toda la cocina. Era feliz, al placer de la posesión se unía el dulce sabor de la venganza. No le importaba nada de lo que fuera a ocurrir después. Violaría a Julita cuantas veces quisiera y aquel gusano que le había puesto los cuernos lo vería una y otra vez, una y otra vez. Antes o después lo descubrirían, alguien avisaría a la guardia civil y acabarían cercando la casa. Pero no le importaba, la decisión ya había sido tomada tras aquella dura temporada en el momento, después de aquellas noches en que bajaba del monte y acechaba la casa como un lobo en celo. Les había visto hacerlo en la cocina, donde ahora estaban, sin el menor pudor, sin cerrar las contraventanas ni correr la cortina, a la luz de una vela. Hasta había trepado, colocando con mucho cuidado la escalera, y se había asomado a la ventana del dormitorio, de su dormitorio. Les había visto refocilarse sin la menor vergüenza en su lecho, sin cerrar las contraventanas. Estaba convencido de que ella sabía que la estaba espiando. Sintió arder el odio en sus entrañas y las caderas se movieron con fuerza, como si quisieran aplastar aquel cuerpo. Cuando la mujer recobró por completo la consciencia y movió la cabeza para mirarle de frente sintió un placer infernal que se agudizó cuando ella intentó mover las piernas y golpearle con las manos. Logró, en un descuido del hombre, arañarle la cara. Él ni siquiera se inmutó, se limitó a galopar con más fuerza, con todas sus fuerzas.

 

Córcoles volvió a escuchar aquella risa demoniaca y supo que ella le había dejado regresar a su consciencia, a su personalidad por un momento, antes… antes de introducirle en su propio cuerpo. Y allí supo cuánto odio almacenaba la mujer. La violación física no era tan terrible como aquella violación de su ser más profundo. Al fin y al cabo ella había dormido con Sisebuto muchas veces en el lecho y conocía bien su cuerpo y la dureza de su miembro que la penetraba una y otra vez mientras ella gemía y agradecía. Hubieran podido ser felices de no haber sido tan celoso, aquella bestia no atendía a razones y la maltrataba cada vez con más saña. Había hecho bien marchándose de su lado y luego regresando con aquel jovencito tan amable y dulce. Sintió un desgarro en las entrañas y sus piernas se impulsaron salvajemente, como si pudieran alcanzar la cabeza de Sisebuto y hacerla explotar. Sus uñas arañaron con saña el rostro de aquel monstruo. Y entonces llegó el terrible puñetazo y volvió a caer en la inconsciencia.

 

Córcoles no podía soportarlo más. Escuchó de nuevo la risa y una voz fantasmal que le decía algo que no podía entender, aunque intuía su significado. Se estaba burlando de su deseo hacia ella, del placer obtenido imaginando su sufrimiento en las reiteradas violaciones de Sisebuto. Y de nuevo era el hombre que embestía una y otra vez y notó aquel espantoso calor en las entrañas que se iba extendiendo por todo el cuerpo y cómo el orgasmo llegaba al tiempo que un éxtasis demoniaco se abría paso hacia su garganta y salía de su boca en un grito horrísono.

 

Y entonces se despertó en la cama de aquella casa fantasmal y notó el peso de ella galopando sobre su cuerpo y sin poder evitarlo, en contra de su voluntad que le impulsaba a moverse y salir corriendo, alcanzó un orgasmo terrible, en nada comparable a todos sus orgasmos de don Juan. Sintió brotar el pegajoso líquido vital de su miembro y empapar su calzoncillo. Ahora, pensó, me dejará en paz y podré salir corriendo de este infierno. Pero ella no aflojó la presión, al contrario, su cuerpo parecía clavarse en el sueño con la propia fuerza de Sisebuto. Y allí le mantuvo, prisionero, incitándole a relajarse y disfrutar de los coletazos del orgasmo. Córcoles sintió un espantoso mareo, le entraron ganas de vomitar, pero antes de que pudiera hacerlo ya estaba otra vez inconsciente.

 

Continuará.

 

 

 

 

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