CRAZYWORLD IV


DOLORES

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Una mujer, tan gruesa que la puerta se aparta un poco para dejarla pasar, se introduce en la habitación, con la fuerza de un tornado. Empuja un carrito metálico, que en sus grandes manos, parece un cochecito de bebé. Está repleto de bandejas que tintinean como campanitas de fiesta. Todas son redondas y ocultan alimentos bajo campanas metálicas que relucen como los chorros del oro. Ni en los hoteles más lujosos se sirven desayunos tan pantagruélicos, ni siquiera en la suite presidencial.

Cómo puedo recordar este detalle, cuando ni siquiera soy capaz de pronunciar mi nombre… Es un misterio.

-Hola, amigo. Me llamo Dolores, para servir a Dios y a usted, como decía mi abuela. ¿Puedo preguntarle su nombre?

-Puede, aunque siento mucho no poder contestar. Ni siquiera lo recuerdo.

-No se preocupe. Los golpes en la cabeza tienen estos efectos.

-¿Cómo sabe que me golpeé la cabeza?

-Dolores conoce todo lo que sucede en Crazyworld. No hay nada que se le escape. Anoche sufrió un accidente en su coche y los vigilantes de seguridad le encontraron desmayado a la puerta.

Extendió un mantel sobre mi pecho, tras doblar la almohada y acomodarse. Puso en mi regazo una bandeja con patas y destapó un par de platos que olían tan bien que alimentaba con solo bajar la nariz.

-Riñones al jerez y salchichas con huevos a la plancha. Imagino que tendrá usted mucho apetito, amiguito.

Antes de que pudiera responder lo hicieron mis tripas, emitiendo un gluglú muy aparatoso.

-Hágalas caso, amiguito, y no se preocupe por la cuenta, que esto es gratis.

-Me alegro que haya sacado el tema. ¿Han encontrado mi cartera o alguna tarjeta de crédito?

-Aún no. Eso ayudaría. No a pagar la cuenta –que el doctor Sun ya ha dado órdenes de que se le trate como a su invitado- sino a identificarlo.

-¿Quién es el doctor Sun?

-El director médico de Crazyworld. Si él no puede curarle, créame cuando le digo que nadie lo hará. ¿Quién le atendió anoche?

-¿No me dijo que lo sabía todo?

-Pero antes hay que preguntar.

-Pues solo recuerdo a una enfermera muy rara, que me miraba como si me fuera a clavar los colmillos. Se relamía cada poco. Me sentí un bomboncito en su boca.

-Kathy. Esa es Kathy. Ni siquiera es enfermera. El doctor Sun la obliga a trabajar, como terapia… Pero vaya comiendo, buen hombre, que yo mientras tanto le pondré al corriente de los secretos de Crazyworld. ¿Quiere un vaso de zumo para bajar la comida? ¿Sí? Pues como le decía Kathy es una paciente. La pobrecilla es ninfómana o adicta al sexo, como se dice ahora. No puede ver un pantalón sin tirarse a él, aunque lo lleve una mujer. Le gustan sobre todos los nuevos, si son jóvenes y guapos, como es el caso, mucho mejor… Tenga cuidado con ella, porque hasta a mí un joven tan guapo como usted me hace tilín entre los pechos. Se relamía porque estaba imaginando lo que hará con usted, amiguito. Pero no se preocupe, porque la jefa de enfermería, la señorita Ruth, ya ha ordenado que cierren su habitación por las noches y un celador vigilará la puerta para que ella no pueda colarse.

Dejé de comer riñones, muy sabrosos, para hacer una pregunta mientras imaginaba qué podría estar haciendo mi sex-appeal entre sus enormes pechos.

-¿Y quién le dio vela en este entierro a esa señorita Ruth?

-No se deje guiar por sus instintos, amiguito, o Kathy se lo merendará en dos bocados. Hágame caso. Sé lo que me digo. Más altas torres han sido exprimidas por sus colmillos de vampira. En cuanto a la señorita Ruth, se trata de una mujer mayor, delgada como un palo, plana como una tabla de planchar y tan desagradable como una serpiente de cascabel. Pero sabe lo que se hace…

Di buena cuenta de los últimos riñones y me pasé a las salchichas con huevos a la plancha. Mientras Dolores continuó poniéndome al día de los secretos de Crazyworld. Aquella mujer hablaba más que un locutor de radio retransmitiendo un acontecimiento que no termina de echar a andar.

-Aquí estará bien, amiguito. Dolores lo cuidará como al hijo que nunca tuvo. Aunque no me vendría mal que eligiera un nombre provisional. Me siento como una tonta, hablando sin parar y sin poder dirigirme a usted por su nombre.

No le hice caso. Acabé las salchichas y los huevos. Dolores me sirvió una taza de café que olía como el elixir de la eterna juventud. Me untó las tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. Antes de llegar a clavarle el diente a la primera, se abrió la puerta y un armario malencarado, vestido de blanco, se dirigió a ella con muy malos modos.

-El doctor Sun le está esperando.

-Dígale al doctor, Albert, que no pondré a mi protegido en sus garras con el estómago vacío. ¡Vaya a decírselo! No se quede ahí, como un pasmarote.

La puerta se cerró tras Albert. Mordí la tostada y Dolores volvió a lo suyo.

 

Continuará.

 

 

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