CRAZY WORLD V (El doctor Sun)


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EL DOCTOR SUN

Dolores continuó contándome chismorreos sobre aquella clínica del demonio. Algunos eran más bien secretos o misterios, sin duda muy importantes, pero a los que no hice demasiado caso, muy ocupado en rematar el desayuno. Aún ignoraba que un tal Jimmy, “El Pecas”, tomaría el relevo de Dolores y me desvelaría con pelos y señales qué me esperaba de ahora en adelante.

Dolores recogió la bandeja, la colocó en el carrito y se acercó a darme un beso maternal, que yo agradecí como un pollito angustiado agradecería a su mamá clueca que le librará del miedo a ser comido por el habitual zorro, depredador de gallineros. En ese momento entró de nuevo Albert, como un ciclón.

-El doctor Sun me ha ordenado que lo lleve inmediatamente a su consulta.
A Dolores, inclinada sobre mi frente, con sus castos y enormes pechos reposando en mi nariz, no le hizo demasiada gracia la interrupción.
-Usted es idiota, Albert, y en su casa aún no lo saben.

Se irguió en toda su majestuosidad frente al matón de gesto agrio (tal vez se desayunaba con zumo de limón puro) y a punto estuvo de sacarlo del cuarto a sopapos. Pero se lo pensó mejor (tal vez el hecho de que yo hubiera terminado mi desayuno ayudó bastante) y acató las órdenes del gran jefazo, no sin antes poner las cosas en su sitio.

-Dígale al doctor que no consentiré que se lleve a mis pacientes sin desayunar. Que sea la última vez.

-Eso se lo explica usted misma al doctor.

-Lo haré. ¡Vaya si lo haré! Y por lo que a usted se refiere quiero que me trate a este joven como si fuera mi hijo o caso contrario me rendirá cuentas.

Albert calló, por la cuenta que le traía y Dolores salió con el carrito, muy tiesa y muy oronda. Las jambas de las puertas se apartaron unos centímetros, temerosas y recatadas.

Aquel mamón, matón y de leche agria, en cuanto mi benefactora desapareció de su vista, perdió los pocos escrúpulos que le quedaban. Sin presentarse, como es de buena educación, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, como es de gente, buena o mala, temerosa del destino, me tomó en sus brazos, sin ninguna consideración y se disponía a dejarme caer sobre una silla de ruedas, que había de traído de su mano, sin darle la menor importancia, cuando yo grité, primero, y después anuncié que no estaba dispuesto a presentarme en la consulta de un eminente doctor en pijama.

Albert me dejó caer sobre el lecho, que rechinó sobre sus goznes, y se dirigió, hecho un basilisco, al armario empotrado. Allí revolvió hasta sacar unos vaqueros con las rodilleras rotas y una camisa vaquera a rayas rojas y azules, realmente repugnante. Me calzó unas sandalias, tipo “pescador de hombres”, y tras haberme arrancado el pijama a mordiscos y colocado de cualquier manera la ropa, me volvió a tomar en brazos e hizo como que mi peso le obligaba soltarme bruscamente. ¡Embustero, trapacero, hijo de p…! La silla crujió, las ruedas se desinflaron y mi cuerpo protestó como un millonario al botones de un hotel de seis estrellas.

Todo fue inútil, porque aquel maldito matón emprendió una loca carrera. La puerta no se expandió, como en el caso de Dolores, y mis rodillas tropezaron con las jambas, primero con una y luego con otra. Mientras Albert conducía la silla por el pasillo, como si fuera un bólido de fórmula uno, me restregué mis rótulas y busqué roturas en huesos y músculos. No sufría daño alguno y observé curioso cómo la ropa se ajustaba a mi cuerpo, como si fuera de mi talla, o más bien como si hubiera sido hecha a medida. Anoté el dato para preguntarle a Dolores en la próxima ocasión.

Me habían adjudicado un cuarto en la quinta planta, la misma donde estaba situado el despacho del famoso doctor Sun. Eso me permitió librarme de la entrada en el ascensor. El grosero, estúpido y malnacido hijo de perra (me estoy refiriendo a Albert) llamó suavemente, casi diría que con dulzura, a la puerta, con sus nudillos de boxeador retirado. De haber empleado esa misma dulzura conmigo ahora nos estaríamos besando como apasionados amantes que acabaran de conocerse.

Una voz baja y varonil le invitó a pasar. La imagen que me hice del doctor Sun antes de atravesar la puerta fue más o menos ésta: fornido, ancho de hombros, alto, perilla a lo Freud, traje oscuro, estetoscopio colgado de su cuello…

Lo que vi fue esto otro: Un hombre tan canijo que su cabeza apenas sobresalía de la mesa de su despacho; tan morenazo que parecía negro; tan peludo que se le hubiera podido considerar como hijo del “hombre lobo”; tan serio que parecía Edipo tras sacarse los ojos, luego de haberse enterado que la tía buena con la que se acababa de acostar era su madre y el marido de la tía buena, su padre, y la jovencita con la que pensaba acostarse su hermana y…

-Buenos días, doctor Sun.

Aquel malnacido era un redomado pelota. Suele pasar que bestias pardas como aquel matón se achantan y besan el culo de un superior que inclina el dedo pulgar hacia abajo, con los antiguos césares.

-Buenos días, Albert. Coloque al paciente en el diván y luego puede irse.

Albert me tomó en sus brazos, con el mimo con el que un reciente esposo lleva a la esposa al lecho nupcial, y una vez en la perpendicular del diván, sin ningún remilgo, ni vergüenza, ni complejo, ni sentimiento de padecer una patología insana, me soltó sin avisar. Reboté, literalmente hablando, pero antes de tocar el suelo, el malnacido me empujó ligeramente con una mano y allí quedé, encajado casi de cualquier manera, en el amplio diván del doctor Sun. Este hombrecillo peludo hizo como que no hubiera visto nada, a pesar de que estaba observándome con los ojillos negros muy abiertos. Tomé buena nota y decidí odiarlo, aún antes de saber por qué razón o razones.

-Ya puedes irte, Albert. Regresa a por el paciente dentro de una hora.

-No me olvidaré, doctor.

-¡Maldito pelota, hijo de perra del averno! ¡ Así se rompiera la crisma por las escaleras!

Albert cerró la puerta con suavidad. Deseé ser una puerta.

-Bien. Póngase cómodo. Necesito que me de algunos datos para su historia clínica.

No hubiera necesitado el permiso del Dr. Sun para buscar mejor posición. Albert me había dejado en una posición realmente incómoda. Busqué acomodo en el diván y apenas lo hube encontrado cerré los ojos y me dispuse a dormir una buena siesta. Pero el Doctor no me lo permitió.

-¿Me ha oído?

La implacable voz de barítono del Dr. Sun hubiera seguido incordiándome el resto de la sesión, así que decidí contestar.

-No recuerdo nada.

-Bien. Ya suponía que era fácil que usted sufriera una amnesia post traumática. ¿No recuerda nada, nada de nada?

-Nada, doctor.

-Bien.

El Dr. Sun se sentó tras su mesa de despacho. Abrió un cajón, sacó un folio y se puso a escribir sin parar, con una pluma estilográfica, que relucía, tal vez era de oro.

Se trataba de un hombres bajito –sus pies no llegaban al suelo, según un pude observar por el hueco, bajo la mesa-y tan peludo que bien hubiera podido interpretar el papel de hombre lobo en una película, sin necesidad de maquillarse.
Moreno por naturaleza, cabeza grande y cuerpo enjuto, dientes amarillos, boca pequeña y mandíbula firme. Me pregunté si entre el personal de Crazyworld habría psiquiatras femeninos, y sí podría cambiar de Doctor, sólo con pedirlo.

-¿Conserva su cartera? Tal vez con su carnet de conducir tengamos bastante… De momento.

-Lo siento Doctor. No he visto mi ropa en el cuarto.

-Me enteraré.

El Doctor activó el interfono.

-Señorita Lucy, ¿puede venir un momento?

Por una puerta lateral, que sin duda comunicaba con el despacho de su secretaría, se introdujo una mujer joven, bajita, taconeando en morse.

-Lucy. ¿Puedes enterarte de lo que ha sido de la ropa de este joven?

-Sí, doctor. Era una vocecita remilgada, como el pedito del anfitrión en un cóctel. Salió, cerrando la puerta tras de sí. Al cabo de un minuto, que el doctor Sun empleó en observarme con interés, la misma vocecita de antes sonó muy intensificada por el interfono.-

-Doctor. Lo tiraron todo a la basura. La ropa estaba inservible, rota y manchada de sangre. Nadie sabe nada de la cartera.

-¿No se encontró alguna documentación?

-Me interesé por ello, doctor. Supuse que me lo preguntaría.

El Dr. Sun golpeó con sus dedos peludos el interfono, como diciendo: ¡buena chica, buena chica! En realidad se trataba de otra maldita pelota, con voz de pedito. Comprendí que mi malhumor nacía del trato recibido de Albert. Tal vez en otra ocasión descubriera encantos escondidos en el cuerpecito o de Lucy.

Continuará.

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